Cine y TV

Una sociedad sana y sensata necesita a los Gremlins

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Gremlins 2 (1990). Imagen: Warner Bros.

¡Vuelven los gremlins! O eso dice Chris Columbus, quien asegura tener terminado el guion para la tercera entrega de la saga protagonizada por nuestros adefesios de orejas puntiagudas favoritos. Es difícil imaginar cómo se puede recrear de manera efectiva el muy particular tono de una película de 1984 en pleno siglo XXI, y de hecho Columbus parece decidido a afrontar la historia desde un ángulo completamente nuevo. En cualquier caso, al menos sobre el papel, el retorno de los gremlins sería una buena noticia.

Columbus escribió la película «navideña» (ambientada en Navidad, pero estrenada en verano) e «infantil» (algo bastante discutible) más psicótica en la historia de Hollywood. Siempre hubo películas muy raras ambientadas en Navidad, aberraciones concebidas bajo los efectos de algún psicotrópico como la inefable Santa Claus conquista a los marcianos. O aquel otro delirio titulado sencillamente Santa Claus, producido en 1959 por nuestros siempre imaginativos hermanos mexicanos, en el que Papá Noel se enfrentaba al diablo junto a personajes secundarios tan entrañables como un mago alcohólico que hacía hilarantes apologías involuntarias de las drogas («Los polvos para tener sueños de color de rosa»). Cada cual tiene su visión de la Navidad; en mi opinión es un arrebato de esquizofrenia colectiva que produce cine aún más esquizofrénico y, por más que Gremlins fuese un estreno estival, hacía justicia a tan psicótica festividad.

Tuvo muchísimo éxito y fue el cuarto bombazo comercial en un 1984 repleto de bombas atómicas en la taquilla: Superpolicía en Hollywood, Cazafantasmas, Indiana Jones y el templo maldito, Karate Kid, Loca academia de policía, Splash, Star Trek III… ¡A eso se le llama competencia! Hasta Prince tuvo su taquillazo con Purple Rain. La fiebre gremliniana se materializó en juguetes, libros, pastelitos y toda clase de mercancías superfluas —que son las que nos hacen más felices a todos—, incluido aquel videojuego para ZX Spectrum que se parecía más de la cuenta a trabajar en un ministerio:

La saga, tras unos años de pausa, intentó un retorno que no cuajó. Los malévolos y carismáticos bichejos murieron para el celuloide en 1990, año en que la enloquecida y eternamente incomprendida Gremlins 2: La nueva generación fue desdeñada por una parte sustanciosa de los espectadores. Se podría discutir mucho sobre Gremlins 2. Muchos la consideran una película estúpida que debería ser borrada de la historia del cine. Otros, que supongo conformamos una minoría trastornada PERO poseedora de la verdad, la consideramos tan digna de culto como la primera. Todo esto es lo de menos, en cualquier caso. La espera de Gremlins 3, que seguramente tendrá otro título en plan Gremlins: Infinity War, es una excusa como cualquier otra para hablar de la honda influencia que la película original de 1984 ejerció sobre el posterior desarrollo de la industria y para recordar un poco el estrambótico contexto comercial del cine infantil y juvenil de los años ochenta.

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5 comentarios

  1. Absoluta devoción por este artículo y su premisa. Los gremlins punkarras y esa historia destroyer son uno de mis mejores recuerdos cinematográficos. Asimismo, también echo de menos a un Spielberg algo más irreverente.

  2. El famoso monologo de los gremlins tambien dio origen al mito de que en festividades como la navidad la gente se suicida mas.

  3. Para mi la escena más impactante,y asquerosa,fue la del microondas y bueno,que me decís la de la abuela y silla eléctrica de la escalera?.Descacharrante humor negro.

  4. Carta para G.

    Deseamos que estés bien.
    Tu pueblo, que es el mío, ha insistido en hacer algo para recordarte, para hablarte en tu ausencia, para poder esperar con algo más de ánimo y pensar que quizás es posible que algún día regreses.
    Ha decidido también que lancemos este mensaje al mar, por si alguien que te conozca recibe el mensaje y puede guiarte de vuelta a nosotros. Lanzaremos uno cada nueva noche, y al salir de nuestro abrigo en el corazón de la montaña, saludaremos a la luna y nos acercaremos al torrente que riega nuestros árboles, para confiarle un nuevo mensaje que llevar al océano.
    No es posible que te hayas olvidado de nosotros, salvo que hayas contraído la locura de los generosos elegidos, y eres demasiado listo, demasiado puro para eso. Pero de cualquier manera tu pueblo quiere ayudar a tu memoria y así, quizás, hacer que quieras regresar.
    ¿Recuerdas, amigo, tu isla? La más hermosa del océano pacífico. Una joya escondida a los ojos de comerciantes y conquistadores, durante siglos. Un paraíso nacido de un volcán en cuyo sueño plácido pudo florecer la vida. Las plantas más delicadas, los pájaros más coloridos, brillantes insectos, exuberantes mariposas, enormes bancos de peces de finísima plata que llegaban justo hasta nuestras playas. Y en el centro de aquella perfecta creación, nosotros. Un pueblo surgido al abrigo de las azuladas noches isleñas. Un pueblo que siempre se ha mantenido cómodo en la gran caverna a la que llamamos hogar, en las estancias más profundas de nuestra montaña sagrada. Tu pueblo, que es el mío.
    Muchas leyendas contamos acerca de nuestro propio origen, aunque nadie queda hoy como testigo para confirmarlas o desmentirlas. Se dice que, una noche, el propio Dios modeló a uno de nosotros a partir de un coco, y que la lluvia hizo el resto. Otra leyenda dice que vinimos del otro confín del mar, huyendo de una guerra fratricida. Sabes, amigo, tan bien como yo, que ambas cosas pueden ser perfectamente ciertas, aunque no ambas, claro está.
    Nuestro pueblo nunca fue demasiado numeroso. Así lo quisimos desde el principio y así tuvimos siempre cuidado en no proliferar. Los recursos de la isla eran numerosos, pero no quisimos tentar a la suerte dejándonos llevar por la tentación de criar un pueblo multitudinario.
    Éramos, por tanto, un pueblo conservador, y lo seguimos siendo. Cuando llega la temporada de huracanes y tormentas, apenas salimos de las cuevas, con el alimento necesario para pasar el bache. Y cuando llega el buen tiempo, llega de nuevo la

    recolección, siempre tierra adentro por ser nuestro pueblo poco amante de las artes de pesca, por decirlo así.
    Seguimos habitando la montaña sagrada del centro de la isla, desde la que dominamos el horizonte en todas direcciones: sabemos cuándo se acerca la lluvia, vemos las luces rosadas del amanecer y vemos también las siluetas de los barcos que pasan por el horizonte.
    Afortunadamente, nuestra isla está rodeada de islotes rocosos, que sirven de defensa natural ante los visitantes no deseados. Sin embargo, aún recordamos aquellas escasas ocasiones en las que tripulantes de aquellos barcos pusieron su pie en la isla: piratas, algunas veces; comerciantes extraviados, otras; incluso algún barco de guerra, separado de su escuadra por alguna tormenta, terminó apareciendo en nuestras playas.
    ¿Recuerdas lo cerca que estuvimos de la destrucción en algunas de esas ocasiones? El ansia de aquellos intrusos de hacernos prisioneros, de robar nuestras riquezas, de llevarnos a su país como un extraño y exótico tesoro. Todo eso fue antes de que decidiéramos usar a los elegidos.
    Éramos, y somos, un pueblo pacífico. Que vive en armonía con la naturaleza. Pero, igual que una bella flor tiene sus espinas, igual que una laboriosa abeja tiene un aguijón para su defensa, nosotros disponemos de un don. Un don terrible, como sabes mejor que nadie, amigo. Lo sabes porque cuando hubo que combatir a los intrusos, fuiste quien ordenó recurrir a la elección de los generosos. Fueron diez en aquella ocasión, que ofrecieron su juventud, su porvenir, su cordura y su alma en beneficio de la comunidad.
    Tras seguir un ritual que había estado prohibido hasta entonces, y del que nuestro pueblo solamente había hablado en susurros, aquellos jóvenes se convirtieron en guerreros, en salvajes. Endurecieron su piel y tensaron sus tendones, crisparon sus dedos como si fueran terribles garras, y desecharon de sus mentes todo aquello que no fuera la destrucción total del enemigo. Y ganaron.
    Ganaron la primera vez, y ganaron todas las demás veces que hubo que recurrir a ellos. Muchos de ellos entregaron su vida en el combate, pero otros, al permanecer vivos tras la victoria, descubrieron la verdadera magnitud de su maldición, ya que no podían regresar a su hogar en el corazón de la montaña, dada su nueva naturaleza.
    Recuerda cómo llorábamos al descubrir que ya éramos dos pueblos diferentes, y que aquellos que habían dado un paso al frente para protegernos, se habían convertido en una nueva amenaza, tan o más terrible que la de los intrusos.

    Pero fuiste, una vez más, el líder que nuestro pueblo necesitaba, y decretaste lo que nadie se hubiera atrevido a hacer: aquellos generosos elegidos debían estar separados del resto de la isla, para la seguridad de nuestro pueblo y de todas las demás especies. Así ordenaste excavar un foso, un enorme foso, que rodease toda la isla, a pocos centenares de metros tierra adentro. Ese sería el hogar de los guerreros que habrían de protegernos. Su hogar, y su prisión.
    Mandaste excavar también unas pequeñas cuevas que les sirviesen de protección frente a la dañina luz del sol, que todo lo reseca y todo lo corrompe. Sin embargo, fuiste lo suficientemente listo para que esas cuevas no fueran demasiado grandes, de manera que aquel nuevo pueblo de salvajes nunca pudiese proliferar.
    Esa es la gloria y la vergüenza de nuestro pueblo: somos capaces de entregar a diez, a cien, a mil de nosotros, y mandarles al foso a esperar a la nueva amenaza que se cierna sobre nosotros. Convertirles en guerreros sin mente ni sentimientos, y desecharlos al final de la batalla, dejando solamente unos pocos que patrullen el foso, ese foso que enmarca a nuestra civilización.
    Quizás ese fue el motivo de tu marcha. No sabemos si una noche quisiste ir hasta la playa a reflexionar sobre la deriva de nuestra sociedad, y fuiste capturado allí. O quizás al ser informado de la existencia de un pequeño barco, te apiadaste de aquellos marineros y decidiste bajar a guiarles de vuelta a su mundo.
    El hecho es que te has marchado. Huyes de unas decisiones que has tenido que tomar para salvar a tu pueblo, y huyes del recuerdo de unos horrores que tú no has causado, pues la naturaleza de nuestro pueblo es ésta, y así lo seguirá siendo. Pues este pueblo tuyo, que es el mío, seguirá proliferando con las lluvias, y muriendo bajo el sol, y seguirá necesitando a los elegidos para que se inmolen entre el caos y la destrucción. Seguiremos llevando la ofrenda de alimentos al foso en su primera noche como elegidos, para olvidarnos de ellos para siempre.
    Regresa, amigo. Pues este pueblo mío, y que llamo mío porque ya todos son yo, y que sigue siendo tuyo puesto que yo seré siempre tú, te necesita. Necesitamos de tu guía, y necesitamos de tu nueva descendencia, ya que la mía no está tan cercana a la perfección como aquellos que vinimos de ti.
    Regresa con tu pueblo. Tu tribu entera te lo ruega, y por ello firmamos todos como uno solo, con un solo nombre que nos nombra a todos y a cada uno:

    MOGWAI.

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