Consejos de un discípulo de Sade a un fanático de Grey

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Fotografía: Grendelkhan (CC BY-SA 3.0).

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 9.

Un libro es un amo, un esclavo, un amante. Las palabras que alineamos son otras tantas alegrías, dolores, orgasmos y latigazos. Annick Foucault, El ama.

«¡Suerte que esta novela resulta erótica sin recurrir a eso de las Cincuenta sombras de atar o pegar!». Me disponía a dar una charla sobre literatura erótica en la biblioteca de Collserola tomando como punto de partida PlayRoom, primera novela de Patricia Muñiz, hasta que otro de los ponentes mencionó al memo de Grey. Pensé que todo estaba perdido. Hasta ese día había intentado contemporizar con las Cincuenta sombras, créanme. Buscaba el lado positivo del fenómeno: el mommy porn como acercamiento al erotismo de un grupo tradicionalmente excluido, el sadomasoquismo mal retratado pero al menos despertando un interés matizable… Pero ya basta. El SM es un arte sexual que ha acompañado a la humanidad desde hace siglos con diferentes nombres y disfraces, antes incluso de Sade y Masoch (¡hay flagelación erótica en una tumba etrusca del siglo V a. C.!). Apena ver toda esa sutileza asociada a los polvos sosainas de un millonario con aires de concejal marbellí y una acelga pusilánime.

Las novelas que han acercado el sadomasoquismo al gran público son basura machista radioactiva, repleta de tópicos insensatos y psicología majadera de barra de bar. Nacieron como una fan fiction erótica de Crepúsculo que sustituyó al vampiro por un millonario, en una graciosa metáfora involuntariamente honesta. Grey es un papanatas celoso, controlador y antipático, un pobre niño rico con más traumas que Bruce Wayne y peor gusto para las mujeres. Porque su víctima es una versión necia de Amélie, que ya es decir, con el voltaje erótico de una pila sulfatada. Es inevitable compadecerse de ella, sin embargo, porque Grey es un acosador de manual: rastrea a su presa a través de ordenador y móvil, busca aislarla siempre que puede y empieza a menudo sus sesioncillas sadomaso enfadado o alterado, justificándose en su versión retorcida del SM. E. L. James ha profanado algo muy querido para mí.

Pero incluso eso se lo hubiera perdonado si sus novelas hubieran mostrado más valor al adentrarse en el exceso. La literatura erótica no tiene por qué ser sensata ni describir prácticas reales, puede optar por la caricatura o el desenfreno sadiano. Pero la pegajosa ñoñería de las Sombras hace que no funcione ni como imaginación desbocada ni como iniciación al BDSM auténtico. Permítanme algunas recomendaciones literarias que triunfan allí donde las Sombras fracasan.

1. Apología del exceso

En Sade y en Masoch, la literatura sirve para nombrar no el mundo, pues eso ya está hecho, sino un doble del mundo capaz de abarcar su violencia y su exceso. Gilles Deleuze, Presentación de Sacher-Masoch.

«La muy puta conducía a toda velocidad»… Así arranca Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, primera novela de Roberto Bolaño y A. G. Porta. No es una novela erótica, pero sus páginas rezuman lujuria: por la poesía, por la chispa devoradora que surge cuando una femme fatale topa con un homme fatale, por la relación oculta entre sexo, violencia, literatura y muerte. Dice el mismo Bolaño en El gaucho insufrible: «El deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz». La literatura erótica no busca solamente excitar, sino también quebrar esa paz rompiendo las barreras de lógica y razón, enemigas naturales del abandono visceral al placer. Una novela sadomasoquista no limitada por la realidad amplía el mundo hasta el exceso rompiendo los límites del dolor y el delirio; refleja el fuego blanco del estallido del placer y su pérdida momentánea de cordura (¡el orgasmo como estado alterado de conciencia!), aunque para ello deba descolocar o enfrentar con lo prohibido, hasta con lo que tiene buenas razones para estarlo.

Sade no trata de resultar realista, ni falta que le hace. Los crímenes sexuales de La filosofía en el tocador o la enumeración de atrocidades de Las 120 jornadas de Sodoma son joyas de un humor negro feroz y nihilista con el que desarrolla ideas revolucionarias y una filosofía atea, naturalista y profundamente contradictoria. En un registro similar se mueven los empalamientos y orgías en el Orient-Express de Las once mil vergas, de Guillaume Apollinaire, o las poéticas alabanzas al mal del conde de Lautréamont en los Cantos de Maldoror. También Georges Bataille mezcló en Historia del ojo metáforas sobre huevos, ojos y testículos con escenas de mujeres masturbándose furiosamente en el barro, crueles asesinatos y corridas de toros… Estos cuatro franceses excesivos tuvieron propósitos diferentes, pero coincidieron en su pasión por la desmesura y en la elección del sexo desencadenado como vehículo para la ruptura del lenguaje. Bien por ellos: ya dijo Antonin Artaud que toda escritura es una marranada.

Otro tipo de literatura erótica tiene más contacto con la realidad. La mismísima Venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch, está basada en una experiencia verdadera: el escritor firmó un simbólico contrato de sumisión ante la baronesa Fanny Pistor, por el que se comprometía a adorarla y servirla como un esclavo durante seis meses. Si esta línea de adoración reverencial, sumisión masculina y fetichismo les llama la atención, corran a investigar los grabados del artista polaco Bruno Schulz en El libro idólatra… Ilustraciones oscuras y delicadas de hombres arrodillados adorando a bellísimas diosas altivas; imágenes que muestran la dimensión sagrada y ritual del fetichismo por los pies femeninos.

En coordenadas estilísticas similares, pero cambiando la sumisión masculina por la femenina, se mueve Historia de O de Pauline Réage, seudónimo de Anne Desclos. Con elegancia y una gravitas envidiable, habla de una fraternidad sadomasoquista a la que acuden para ser entrenadas quienes desean convertirse en sumisas. A partir de su adaptación cinematográfica de 1975, Historia de O se convirtió en la biblia estética y de protocolo para una generación de aficionados al SM, tomando a veces demasiado literalmente los excesos de Réage. Albert Camus encontraba tan perversa Historia de O que se negó a creer que hubiera sido escrita por una mujer… Y sin embargo muchas mujeres han escrito libros potentísimos sobre dominación. En los ochenta una tal A. N. Roquelaure  publicó una tetralogía de novelas sadomasoquistas, El cuarteto de la Bella Durmiente, ambientadas en un mundo de fantasía medieval con subastas de esclavas, harenes y ponygirls. Roquelaure resultó ser Anne Rice, autora de Entrevista con el vampiro (¡otra relación entre vampirismo y SM!), que publicó los libros como reacción a la censura que le llegó tanto por la puritana derecha como por la izquierda, a manos de cierto feminismo de segunda ola. ¡Nadie le dice a Anne Rice qué le puede o no poner cachonda! Las barreras entre literatura erótica y de género son muy finas: tanto las Crónicas de Gor de John Norman como la trilogía de Jacques Sadoul El evangelio según Satán transcurren en mundos sado-medievales similares al de Rice.

Si hablamos de novelas que, aun siendo ficción, reflejen situaciones habituales en el BDSM, recomiendo una breve joya de Juan Abreu llamada Diosa, con su continuación El reto. Abreu perfila un tarot sadomasoquista con figuras arquetípicas bigger than life (el Amo, la sumisa, el Maestro), y baraja esas cartas en escenas que buscan la pureza en la obscenidad. Esa misma sensibilidad contradictoria se puede encontrar en el sutil autor de Elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki. Obras como La llave o Jotaro el masoquista son maravillas de la psicología fetichista, y en el recopilatorio Cuentos de amor encontramos dolorosa ritualidad en «Tatuaje» o delicado fetichismo sacramental en «Los pies de Fumiko». La sensibilidad japonesa se presta especialmente a la complejidad sadomasoquista, tanto en su vertiente extrema a lo Yukio Mishima como en la estilizada de Yoko Ogawa en Hotel Iris.

Fotografía: pixabay (DP).

Otras novelas se especializan en el noble arte de enrojecer lúdicamente unas nalgas, como El arte del azote, escrito por Jean-Pierre Enard e ilustrado por Milo Manara: historias tórridas en trenes o mansiones que demuestran que cualquier situación y combinación de géneros permite disfrutar del equilibrio entre dolor y placer. Y en Elogio de la azotaina, Jacques Serguine realiza una defensa irónica y divertidísima del «pam pam en el culo» (llamémosle spanking) como juego erótico consensuado de alto voltaje a pesar de su obsoleto origen de castigo doméstico.  

También juega con el dolor Cosas y pelo de Manuel Montalvo, buena referencia a pesar de las imperfecciones propias de una primera novela. En cambio, otros libros sadomasoquistas frecuentemente recomendados por su realismo contienen errores de bulto. Es el caso de Entre sus manos, de Marthe Blau, con frases como «entro en un juego cuyas reglas ignoro pero que acepto por anticipado: tal vez sea eso la sumisión». Pues no: el único juego sin reglas es el calvinball. También La atadura de Vanessa Duriès cae en tópicos destructivos no tan diferentes a los de las Cincuenta Sombras, pero a cambio su parte central contiene reflexiones atinadas. Como ven, abandonamos ya el exceso fantástico para acercanos al realismo…

2. Apología de la experiencia

La pasión, aun cuando tengamos derecho a cultivarla hasta hacerla tan completa como seamos capaces de realizar, nunca debe ofuscar la razón. En ese equilibrio entre realidad y fantasía, entre raciocinio y pasión, está la esencia del juego SM. Dómina Zara, Soy un Sueño.

Resulta frustrante oír que las Cincuenta sombras sirven de entrada al mundo del BDSM. Soy consciente de que hay tantas formas de vivir el sadomasoquismo como personas, lo que hace inútiles los dogmatismos. En el mundillo hay disputas entre la vieja y la nueva guardia (tradición contra experimentación, ¿no ocurre en todos los ámbitos?), peleas entre los intensitos de la sumisión psicológica y los fanáticos de las cuerdas… No me preocupan estas diferencias de enfoque, pero sí la plaga de Amos tuiteros trajeados que imitan los aires de nuevo rico de Grey confundiendo la seguridad dominante con la chulería machista y  prepotente. Una grey según la RAE es un «rebaño de ganado menor», qué irónica es la vida a veces.

La ruta más directa para distinguir entre fantasía y realidad es la de las autobiografías, y la más sensata, didáctica y cercana es Soy un sueño, de Dómina Zara y Antonio Gómez. Pionera del sadomasoquismo en España, Zara habla no solo de su experiencia profesional como Dómina, sino del significado y profundidad de toda relación SM. A través de cartas recibidas, recuerdos y reflexiones, Zara define el sadomasoquismo como una relación basada en el consenso, el placer mutuo y la complementariedad. Muchas fantasías sexuales son irrealizables por definición, pero es posible acercarse a ellas y hallar un punto medio de equilibrio en que coincidan las expectativas y necesidades de las partes Dominante y sumisa. Otra Dómina que ha narrado su experiencia es Annick Foucault, que en El ama enumera las filias y fobias de decenas de personas que conoció siendo Maitresse Françoise, o su alter ego sumisa Marianne. Su escritura es ágil, divertida y verosímil dentro de la exageración, aunque le falta el punto de autoironía y separación entre el personaje y la persona que Zara domina naturalmente.

Entre tanta Dómina, Melusina ha publicado Papi, la autobiografía de Madison Young, actriz, educadora sexual y musa sadomasoquista («la Picasso del porno» según Annie Sprinkle). Young no habla solo de pornografía, sino también de su búsqueda de un daddy (un tipo particular de Dominante) que demuestre poseer la combinación justa de autoridad y ternura. El resultado es apasionante, una capa externa de inocencia naif que esconde torpedos inesperados.

El descubrimiento y aceptación de la propia tendencia bedesemera se describe con mayor o menor acierto en varios testimonios. Diario de una sumisa de Sophie Morgan recoge confesiones de una periodista inglesa con habilidad literaria discutible, pero más sinceridad que las Cincuenta Sombras: ¿cómo resistirse a un libro con escenas como la introducción de un plug anal de raíces de jengibre? Otra periodista de origen inglés, Venus O’Hara, narra en La máscara de Venus la exploración temprana de su sexualidad y su fascinación por La Venus de las pieles. En un registro más mundano, La sumisa insumisa es una sarcástica novela de descubrimiento escrita por Rosa Peñasco y basada en una relación SM real. Y dos libros publicados por Bellaterra, La crueldad puede ser exquisita de Arturo Roca (con asesoramiento de Lady Monique de Nemours) y el recopilatorio Armarios de cuero, de Olga Viñuales y Fernando Sáez, se inspiran en personas existentes y activas en el mundillo no siempre subterráneo del BDSM barcelonés. También es Barcelona uno de los centros más prolíficos en lo que a poesía con guiños bedesemeros se refiere, desde los Versos de perra negra de Pura Salceda hasta el Morbo de Roser Amills.  

Llegados a este punto, debería recomendar también ensayos sobre sadomasoquismo, más escasos de lo que podría parecer. Un punto de partida podría ser BDSM: Introducción a las técnicas y su significado de Jay Wiseman, quizá desfasado en algunos aspectos y algo incompleto en otros, pero magnífico como guía práctica de iniciación y referencia. Una versión más hispánica sería Las reglas del juego, de José Luis Carranco, que habla de herramientas, métodos y estrategias para disfrutar sin que llegue la sangre al río.

Otros ensayos se centran menos en los cómos y más en los porqués, desmintiendo de paso la estúpida relación que intenta establecer Sombras entre traumas infantiles y gusto por el SM. Aparte de los estudios de Michel Foucault (sadomasoquista practicante) o Deleuze, son recomendables En defensa del masoquismo de Anita Phillips o Un estudio sobre el masoquismo del psiquiatra Paco Traver, del que discrepo pero cuyo análisis da pie a discusiones interesantes. BDSM: Estudios sobre la dominación y la sumisión, de Thomas Weinberg, incluye análisis sociológicos basados en estudios de hace más de treinta años que piden a gritos una puesta al día. La escena sadomasoquista cambió radicalmente cuando el boom de internet facilitó que los practicantes conectaran entre sí, lo que disminuyó el peso de la Dominación profesional frente a la aparición de comunidades de aficionados, aglutinadas en torno a redes como Fetlife (el Facebook fetichista) o locales como los barceloneses Rosas 5, La Órbita de IO o LCR.

Una última recomendación. Tanto Sombras como gran parte de la literatura mencionada (con las excepciones de Diosa, Papi y PlayRoom) pasan por alto una de las técnicas más potentes del BDSM: el shibari o kinbaku, el arte japonés de la atadura erótica que mezcla estética, placer y conexión tanto mental como espiritual entre dos personas. Para entender esta maravillosa técnica lean The beauty of kinbaku, de Master K, echen un ojo a los tutoriales Complete shibari de Douglas Kent, consigan el pasado número de invierno de la revista Eikyô y háganse con los libros de fotografías Tattooatados o Shibari Experience de Tentesion. En las cuerdas del kinbaku se esconden los secretos del BDSM: el abandono total, la confianza absoluta, el posible dolor que deviene placer, la restricción de movimientos que se convierte en liberación inesperada…

Todo ello sobrevivirá cuando nadie recuerde ya las Sombras.

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1 comentario

  1. Creo que está equivocado. Millones de mujeres lectoras lo demuestran. Ellas quieren Grey, por mucho que el libro sea una basura, él un millonario papanatas y ella una acelga.

    Quieren un millonario papanatas que le pague los vicio a la acelga, o es que usted no es de aquí? Si él no fuera millonario o ella fuera una supermodelo, el libro no hubiera pasada de las mil copias.

    Luego ya conocemos a sus lectoras. Lo interesante de este artículo es conocerle a usted ;)

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