Gladys Palmera, historia de una mecenas inesperada

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Fotografía: Begoña Rivas

Cuando Alejandra Fierro Eleta le dijo a su padre que iba a hacer un programa de música caribeña en la radio, este se removió en el asiento: «Lo que quieras, pero no con mi nombre», le dijo. Ella tropicalizó entonces su identidad: un nombre sugerente, que usaba su hermano para bromear, y un apellido ad hoc. Así nació Gladys Palmera.

Hoy bajo esa etiqueta convive el personaje de Fierro con su legado: una colección de cien mil discos y una radio digital que es referencia máxima en música latinoamericana y otros sonidos de raíz. Su conjunción conforma un proyecto por amor al arte nacido de esta mujer de cincuenta y nueve años de tupida cabellera entrecana, moda austera, colgante de palmera al cuello y voz de contralto, que contagia el ambiente con una risa ahogada, con ecos de humo, como sacudiéndose las evidencias que la señalan como filántropa en un mundillo huérfano de mecenas. «Yo soy solo una señora normalísima, tímida, pasional, temperamental, cabezota y apasionada de la música. Y que, además, de chiquitita ya era radioaficionada, montaba antenas con doce años. Luego, no se sabe por qué, por suerte o por destino, he acabado haciendo esto».

Todo «esto» comenzó en la cuna, en una casa con banda sonora caribeña. Su padre, empresario español con relaciones en las Américas. Su madre, panameña de ascendencia española, era hermana de Carlos Eleta, eminencia del bolero y compositor del archiconocido «Historia de un amor» («como no hay otro igual, que me hizo comprender todo el bien, todo el mal»). A Alejandra —aún no era Gladys— le cambió la vida el año que pasó en Panamá cuando cumplió los dieciocho. «Ahí conecté con la salsa de los setenta y, antes que nada, con Rubén Blades». Su álbum Metiendo mano, con Willie Colón, fue su primera adquisición y ya no paró, sobre todo cuando supo que toda la discoteca de una célebre radio panameña había desaparecido tras una inundación. «Me quedé tan impactada que dije: voy a hacer una colección el día de mañana», cuenta hoy tras unas gafas de sol pentagonales.

Alzada en las nobles laderas de San Lorenzo de El Escorial, la casa de Fierro, llamada —cómo si no— Villa Palmera, atesora una colección única. «No es la mayor de música latinoamericana; es la mejor», dice sin atisbo de fanfarronería. Cincuenta y cinco mil vinilos, entre LP de 33 rpm, sencillos de 45 y discos de 78, y cuarenta y cinco mil CD. Repartidos en varios pisos y estancias, en estanterías correderas y anaqueles de suelo a techo, los discos guardan millones de melodías respaldadas en armonías sobre los ritmos más diversos. Un festival de metales, cuerdas y tumbaos de piano, acomodados sobre congas, bongós, güiros, claves y maracas. Y, por supuesto, voces de cuantos registros encontró a lo largo de las décadas en los reductos ocultos del universo afrolatino. «Iba a Nueva York y me metía horas y horas en tiendas, y compraba y volvía, iba a Puerto Rico, me metía en una tienda con un desván lleno de discos, tanteando con una linterna y con una máscara para no tragar polvo». Su búsqueda se ha ido diversificando, hasta hacerse incluso con colecciones completas, pero la selección sigue basándose en tres premisas: la calidad del disco, su estado de conservación y el nivel de dificultad: «Nunca sabes lo que vas a encontrar. Compras una copia, pero quizás no está bien. Ha habido discos que he comprado siete veces. En Cuba pasa mucho, porque suelen estar mal conservados, pero terminas encontrando lo que buscas», relata.

A esos parámetros podría añadirse el arte y diseño de los álbumes, otra de las debilidades de Gladys, como se comprueba en las paredes de la casa, decorada con carátulas de la era dorada del chachachá, divas caribeñas y collages que ella misma hace con discos inservibles. La colección tiene su fuerte en la música cubana de los años treinta a los sesenta. Pero también está toda la música colombiana o la salsa con todos sus sellos. Y ediciones diferentes del mismo álbum. Y, por supuesto, rarezas, lo más preciado. Un ejemplo: «Tengo un disco de un transformista cubano llamado Musmé, que hizo de un disco solo diez copias, para él. Y algunas las tengo yo». Tiene joyas como un álbum de James Dean a las tumbadoras, la serie completa de mambos de Tito Puente o una colección de la aerolínea cubana de los cincuenta. Son tantos los discos que hace tiempo Gladys decidió dejar de pensar cómo organizarlos y los dispuso por simple orden alfabético del autor, sin importar género o procedencia. Las líneas geométricas obsesivamente iguales que forman las hileras de discos solo son rotas por pegatinas que sobresalen en bandera entre los plásticos siguiendo un código de colores. Pero aún hay más. En la planta más alta de la casa, sobre una gran mesa alargada, se apretujan decenas de pósteres entelados, la mayoría de películas mexicanas de los años cuarenta y cincuenta, dispuestos para ser guardados primero y luego para ser compartidos en una exposición, igual que la música lo hace en la radio.

De nada sirve tener rarezas únicas como Chappottín y sus Estrellas o las selecciones favoritas de Arsenio Rodríguez si no se dan a escuchar. Así lo piensa Alejandra. Pudo llegar antes la colección que la radio, pero la idea inconsciente de dar a conocer su catálogo siempre percutió en su cabeza. Solo hubo que encontrar el momento. Y eso ocurrió en 1988. «Tuve una crisis existencial después de la movida. Me dije: ¿Qué te gusta hacer? ¿Te gusta la música latina y la radio? Pues adelante». Tocó a la puerta de Radio Oeste, en Pozuelo de Alarcón, y pidió que le dejasen poner su música. No solo le dijeron que sí, sino que también la invitaron a abrir la puerta, atender el teléfono y limpiar el baño. Pero a cambio también pudo al fin presentar una música que en la radio solo había tratado hasta entonces Caco Senante. Nació así Sabrosura, por Gladys Palmera. El programa funcionó tan bien que la contrató la Cope, donde el programa se emitió para toda España durante tres años. Ya en los noventa Alejandra pergeñó otros planes y se mudó a Barcelona, donde empezó una nueva aventura. Quería abrir una radio propia, pero para emitir en FM había que pagar quinientos millones de pesetas, tres millones de euros. Trazó una alianza entonces con Radio Pica, legendaria emisora libre que emite desde los años de la Transición. Con ella compartió frecuencia y horarios. En doce horas de parrilla Gladys Palmera daba cabida, desde su propia casa, a treinta programas especializados, con personajes de todo pelaje. Dice Fierro que en aquella época se ganaba cierto dinero con la publicidad, en unos años en que llegaba inmigración latinoamericana por aluvión. Pero después de trece años llegó la crisis, y decidió que su reino ya no era de FM, aunque para entonces ya había crecido con diales en Madrid y Valencia.  

Álex García Amat es, según su tarjeta, director de contenidos de Radio Gladys Palmera. Según la propia Alejandra, es la alma mater de la radio. A él le dijo un día de 2009 en París: «No puedo mantener esto como antes». Y entonces migraron «también en la forma de pensar» al online. Se convirtieron en una plataforma web de radio de autor, de acceso rápido e intuitivo, y desde 2014 funcionan también con aplicación, acompañando la era de los smartphones. En cualquiera de sus versiones ofrece el mismo catálogo torrencial: quince espacios de música global, cuyo archivo supera los mil quinientos podcasts, más de quinientas listas de reproducción divididas por géneros, tres canales temáticos de veinticuatro horas en streaming, blogs y, cada vez, más, vídeo de alta calidad. «Aquello de video killed the radio star no es literal, pero la imagen y el vídeo cada vez más elaborado en la radio es una realidad. Es uno de los productos que más éxito tiene», reconoce Álex. Todo sigue la lógica que siempre ha caracterizado el proyecto y que resume así García: «Radio Gladys Palmera tiene un pie en el futuro pero mirando al retrovisor». Aquí caben Benny Moré, La Lupe o los Lebron Brothers, como el chachá, el guaguancó, el boogaloo, el son, el bolero y la salsa, pero también campa la fusión inclasificable de la argentina Nathy Peluso o el folk electrónico del gallego Baiuca, por poner los dos últimos descubrimientos que suenan sin cesar. O los que la misma Alejandra nombra como recomendaciones, en un cruce estilos y latitudes: Orquesta Akokán, Ondatrópica, Dengue Dengue Dengue o Camila Moreno. Por algo dice una de sus cuñas que Gladys Palmera emite «con el pasado por delante».

Si hay un nombre ilustre que brille en esa aparente paradoja es Diego A. Manrique, al que «la jefa», como él llama a Alejandra, llamó tras su salida de Radio 3 para que se subiese al barco. El entorno no le era ajeno. «Mi primer programa en la radio pública se llamó Canela. Ponía la Fania, reggae y música brasileña», cuenta con ojos entusiasmados en el estudio madrileño de Radio Gladys Palmera —tiene otro en Barcelona—. Allí hace El mapa secreto, un caramelo monográfico semanal que se ha convertido en un ejercicio de estilo para Manrique, porque cree que el podcast es la antítesis de la radio convencional y del mainstream. Lo define como una botella lanzada al océano: «Tú la echas y no sabes quién te va a escuchar. La botella está girando y a veces la gente la abre, mira, la cierra y la vuelve a abrir. Y eso es muy bonito». Por ese sencillo estudio sin pecera también pasa cada quince días Martirio, cuyo programa, Cantes rodados, es otro podcast monográfico y, sobre todo, heterogéneo. En sus álbumes Flor de Piel y Mucho corazón, Martirio rescató temas del repertorio latinoamericano y los encajó en compases flamencos. Alejandra Fierro la entrevistó por entonces para su radio. Y hubo flechazo. «Tenemos una afinidad de amores musicales muy parecida, y una voluntad muy grande de no perder la memoria de las cosas que están bien hechas». Pero en este caso cuesta el doble, pues hay que vencer los prejuicios que arrastra la música del otro lado, da igual el nombre que se le dé: latinoamericana, afrocubana, afrolatina, caribeña.

Así lo dice Diego Manrique: «España es un país que ha identificado la modernidad con la anglofilia, cosa que no sorprende en la era del imperio anglo, pero aquí hay un prejuicio más profundo con las músicas más carnales. Su capacidad de contagio erótico nos pone un poco nerviosos. Tenemos problemas con nuestro cuerpo. La música de allá nos trae los elementos rítmicos que nos faltan a nuestra vida. Este es un país muy soso», lamenta.

No lo tuvo ni lo tiene fácil Alejandra Fierro para tumbar clichés y apuntalar un puente cultural de cuatro siglos y más de uno en lo musical. Cuenta Gladys que a Europa la música del otro lado llegó por Joséphine Baker en los años veinte como algo elegante y fino. Pero en España llegó la dictadura, y esa recepción se torció cuando Franco vio una película en la que un músico negro se besaba con una blanca, cuenta. «El único que vino a España fue el querido Antonio Machín, que todo el mundo adoraba, porque hablaba de cocoteros y Caribe en plena posguerra. Pero en España se ha vendido aquella música en plan culos y tetas. El Caribe Mix ha hecho muchísimo daño». Hoy habla del reguetón, que casi no suena en su radio pero que podría hacerlo, dice, si «merece la pena». «El mainstream nunca me ha interesado, porque para eso te vas a Los 40. Eso me chirría los oídos», dice. Pero si tiene calidad todo cabe. «La salsa que conocemos aquí es “Ven, devórame otra vez”. Y eso sería, en todo caso, salsa romántica de alcoba. La salsa es el barrio, el orgullo de los portorriqueños en Nueva York», lamenta. Para evitar que la historia se cuente al revés, se ponen esfuerzos de cara al futuro de Gladys Palmera, la radio y la colección. Al bajar las escaleras del jardín de Villa Palmera, dejando atrás una explanada de albero y una palmera traída de Argentina —«no del trópico, así aguanta bien el frío»—, se abre la puerta de un garaje reconvertido en almacén que funciona como cocina de la colección. Tres personas trabajan a diario, una especializada en Cuba, otra en salsa y latin jazz y una tercera que se encarga de la fotografía. Aquí se digitaliza la colección disco a disco, en un proceso meticuloso que porta la magia de lo artesanal. Al llegar, cada vinilo pasa por una máquina limpiadora. Luego se le fotografía la portada y la galleta del vinilo, anverso y reverso. Se enfunda, como una matrioshka, en un primer papel satinado, que va dentro de un papel normal, a su vez en un cartón y este en la carátula oficial, finalmente encartada en un plástico, listo para guardar una vez digitalizado. Desde mayo está disponible dentro de la propia web una nueva página en la que se vuelcan contenidos de la colección y se amplían diariamente hasta el infinito.

«Yo ya tengo una edad y tengo mucha gente que depende de mí. Y yo no quiero ser una caprichosa y llegar un día y decir: señores esto no da más, se cierra, todo el mundo a la calle. Tengo que pensar en ellos más que en mí», cuenta. Entre otras cosas baraja encontrar un modelo de monetización en una radio que no tiene publicidad, o bien abrir nuevos caminos de colaboración además de los que ya tiene. Pero su obsesión sigue siendo compartir. «Hay muchísima gente que lo agradece», dice Martirio. «Escuchan cosas que no pueden oír en radios más comerciales. Ahí hay un verdadero legado para la gente que ame la música», opina la cantante. «Hay mucha gente que se conforma con acumular discos, pero hay que darle sentido a eso. A nadie le gustará presumir de mecenas, pero ¡Alejandra lo es! Ser mecenas de esta música es extraordinario. Y debería ser imitado. No mucho, pero algo sí [risas]», concluye Manrique.

La propia Gladys se encoge de hombros cuando se le dicen esas palabras, y remite a su obra más allá de la radio y la colección. «Yo he llegado donde estoy por el equipo que formamos y me gusta ayudar a los demás. Por eso monté la escuela de Panamá». Se refiere a la Escuelita del Ritmo, un conservatorio gratuito que se ha convertido también en una academia de valores para los chavales de Portobelo, un pueblo de herencia cimarrón en la empobrecida costa caribeña de Panamá. Allí, en el país de su madre, Gladys creó ese lugar para fortalecer la herencia cultural negra al tiempo que les ofrece una salida a los jóvenes. Hoy algunos de esos chicos estudian en Berklee College of Music gracias a las becas que han conseguido de su mano. Y ese, y no otro, es el verdadero cierre deseado al círculo de Gladys Palmera.

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5 comentarios

  1. Sigo con absoluto placer Radio Gladys Palmera desde hace tiempo. Nunca podré agradecer lo suficiente su existencia, es un lujo.
    Todos sus programas son maravillosos. Mi recomendación para los amantes de la música africana…AfroClub de Jesús Herranz!
    Desde A Coruña, trazas por estar aí!

  2. Aaron C.

    Una maravillosa radio a la que acudo a menudo a calentarme desde que la descubrí en el la onda en un tránsito por Madrid y luego pude recuperar online.

    Muchas gracias a Alejandra por este regalo…

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