Una isla de mierda en la isla de Manhattan

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La entrada de la policía en la mansión Collyer, Nueva York, 1947. Fotografía: Tom Watson / NY Daily News / Getty.

El 21 de marzo de 1947 la policía de Nueva York recibió una llamada que alertaba del insoportable hedor que salía del número 2078 de la Quinta Avenida. Aquella dirección correspondía a la residencia de los estrafalarios hermanos Collyer, Homer y Langley, bien conocidos por el vecindario, por la burocracia municipal y, en realidad, por toda la ciudad, puesto que la prensa llevaba desde 1938 prestando atención a los rumores y leyendas que circulaban sobre estos dos extravagantes misántropos y sobre los pleitos que mantuvieron con diversos acreedores. Era de sospechar que habían vuelto a hacer una de las suyas, así que el aviso telefónico no alarmó demasiado en la comisaría, que se limitó a enviar una patrulla. Iba a necesitar muchos refuerzos: los dos habitantes de la casa habían muerto aplastados por la basura que acumularon durante casi dos décadas. Eso es todo. Los hechos son así de escuetos: dos hombres que padecían un trastorno de acumulación compulsiva, algo muy parecido, si no lo era, al síndrome de Diógenes, fallecen aniquilados por su enfermedad.

Pero el director del periódico, un calco de la Beatriz de Zenit, la obra de Els Joglars, grita fuera de sí: «¿Cómo que eso es todo? ¡Tenemos una historia formidable! ¡Una tragedia protagonizada por dos locos! ¡Y el escenario: la Quinta Avenida! Ya veo la portada: “Murieron como vivieron”. No, espera, mucho mejor: “Una isla de mierda en la isla de Manhattan”. ¡Maravilloso! ¡Ideal!». Al director no le bastan las capas sedimentadas de cachivaches e inmundicias que estrujaron dos cadáveres y se propone añadir una más, aunque sea al precio de perecer todos engullidos, como en la última escena del montaje de la compañía catalana, por una marea de bolsas de basura fofas: «Ya estás levantando tu culo de la silla y me traes todos los detalles. Y fotos, quiero fotos del cubil de esos cerdos». Entiéndase bien, este es un diálogo ficticio, porque hoy no hace falta despegarse del ordenador para atender el encargo. Es facilísimo. Cualquier editor gráfico encuentra en un clic material de sobra. Por ejemplo, el Daily News ofrece una galería digital con imágenes rescatadas de su propio archivo del interior del brownstone de los Collyer, encabezada por una invitación irresistible: «Take a look inside». Sí, seamos bien mandados y echemos un vistazo.

Eso mismo está haciendo la policía después de derribar la puerta del domicilio de los hermanos Collyer a hachazos y de agujerear el tablón que la atrancaba: mira por los resquicios y atisba una muralla infranqueable de periódicos y trastos. Tampoco va a ser posible entrar por las ventanas de la planta baja, que, aunque han perdido sus cristales, se encuentran enrejadas y cegadas por un abarrote idéntico. El primer agente que consigue entrar en el edificio lo hace a través de una ventana del segundo piso. Lo que encuentra es un laberinto impracticable, una red de angostos y asfixiantes pasillos que se abren en una masa compacta de papeles, cajas y cachivaches, que atestan todo el espacio de las habitaciones. En algunas de ellas los tabiques habían cedido o habían sido derribados deliberadamente y los escombros se confunden en el colosal amasijo. En algún momento incluso se hizo necesario abrir un boquete en el tejado para acceder a una parte del edificio y continuar desalojando la basura.

Tardaron cinco horas en dar con el cadáver de Homer y dieciocho días en localizar el de su hermano. El cuerpo de Langley, con varias capas de harapos encima, en avanzado estado de descomposición, medio comido por las ratas que infestaban la vivienda, estaba sepultado en un pequeño túnel de aquella maraña caótica. Los investigadores determinaron que había muerto cuando llevaba comida a su hermano, al caer en una trampa que él mismo había tendido y que provocó el desmoronamiento de la mole de basura bajo la que quedó enterrado. Por su parte, Homer, ciego e inválido, incapaz de alimentarse o salir por sus propios medios de aquel dédalo, habría tenido una lenta agonía. Los forenses calcularon que había fallecido diez horas antes de la llegada de la policía, que lo encontró sentado en una butaca destartalada, vestido con un albornoz raído y con una larga melena enmarañada que le llegaba a los hombros.

Se requirieron semanas y semanas de trabajo para vaciar la casa por completo. De ella terminaron saliendo más de cien toneladas de basura. Los periodistas intentaron un imposible, el inventario de los objetos retirados. En medio de tantas especulaciones, tenían algo cierto a lo que agarrarse. Tal vez la clave que permitía desentrañar el misterio de la vida de los Collyer se ocultaba en la exhaustiva relación de sus pertenencias: un Ford T, neumáticos, decenas de pianos, un clavicordio, dos órganos, acordeones, violines, partituras, un gramófono, discos, varias cámaras fotográficas, lentes y trípodes, miles de periódicos empacados en fardos o en pilas desmoronadas, ventiladores eléctricos, maletas, somieres, decenas de modelos de máquinas de escribir y bicicletas, más de veinticinco mil libros, un viejo aparato de rayos X, un fusil, una colección de pistolas, varios cochecitos de bebé, juguetes, todo tipo de utilería inútil, sedas, tapices, alfombras, candelabros, montañas de ropa, relojes, maniquíes, estufas, botellas, latas, un sinfín caótico de muebles, artefactos, bártulos y chatarra.

Las cuadrillas trabajaron ante un público expectante. E. L. Doctorow, un adolescente neoyorquino en 1947, pudo formar parte entonces de aquellos curiosos que se congregaban en las inmediaciones de la esquina de la Quinta Avenida con la calle 128 o simplemente leyó en los periódicos las distintas entregas de una historia llena de especulaciones sobre cómo aquellos hermanos, hijos de un médico y una cantante de ópera, licenciados en la Universidad de Columbia, terminaron viviendo de las rentas heredadas, atrincherados en la decrépita casa familiar que en otro tiempo, no tan lejano, se pretendía distinguida y elegante. Nueva York y el escritor nunca se olvidaron de los Collyer. La ciudad los convirtió en un mito y el escritor, en los protagonistas de una novela, Homer y Langley, publicada en 2009 y traducida al castellano al año siguiente por la editorial Roca. La voz del narrador es la de Homer, un Homero contemporáneo, ciego, como dice la tradición que era el griego, y también como aquel, intérprete de un mito. Se trata de un mito deliberadamente indeciso, vacilante, quizás por eso la novela de Doctorow ha sugerido a Joyce Carol Oates una relación con el documental Grey Gardens, sobre las Beale (madre e hija), y con Bouvard y Pécuchet, de Flaubert.

En Homer y Langley el relato adquiere una ambigüedad decidida, constante, que atraviesa toda la descripción del proceso que termina enclaustrando a los Collyer en su casa mientras fuera, en el mundo, se libra una guerra (siempre una guerra: la Gran Guerra, la Segunda Guerra Mundial, la guerra fría, la de Corea, Vietnam, los asesinatos políticos de Kennedy y Martin Luther King). Los dos hermanos son presentados como «reclusos» (la etimología del nombre de Homero es la misma que la de la palabra griega que designa al rehén o prisionero de guerra) y, al mismo tiempo, como «isleños aislados del mundo» voluntariamente, haciendo de su vida un acto de resistencia y una declaración de independencia que las instituciones municipales, los acreedores, los vecinos, la prensa, en definitiva, la sociedad no tolera. Son discípulos de Ralph Waldo Emerson, lectores de Gibbon y de El talón de hierro, de Jack London. Desafían todas las convenciones y, sin embargo, temen que el «círculo de animadversión» se extienda hasta el futuro, donde nadie los reivindicará y donde se habrán convertido en «un chiste mítico». Langley es simultáneamente «el periodista supremo», un perfecto demente y un lúcido filósofo de inspiración nietzscheana que niega el progreso. Ha formulado la Teoría de los Reemplazos, que predica algo así como el eterno retorno, y acaricia el proyecto de componer un único periódico, intemporal y eterno, a partir de las noticias y categorías recurrentes que estudia en la prensa; por eso compra sistemáticamente, a diario, todos los periódicos que se editan en la ciudad. Guarda la esperanza nihilista de que «pronto se desencadene una guerra nuclear mundial en la que la especie humana se extinga, para gran alivio de Dios». Estudia Derecho y encuentra «de vez en cuando un ejemplo de razonamiento jurídico que, en su opinión, parecía sacado de un manicomio». Entonces, ¿quiénes son los locos, los ermitaños o quienes han diseñado los preceptos que rigen en el exterior?

Las policía registra el interior de la mansión Collyer, Nueva York, 1947. Fotografía: Tom Watson / NY Daily News / Getty.

La ambivalencia es todavía más radical de lo que se ha sugerido hasta aquí, porque los Collyer parecen encarnar la contestación a un sistema demente y, sin embargo, son también la metáfora más perfecta de ese orden ensimismado que se dirige hacia su autodestrucción. Su casa vendría a ser un enorme museo dedicado al caos contemporáneo y la primera pieza de su colección habría sido, significativamente, el fusil Springfield que Langley empuñó en el bosque de Argonne durante la Primera Guerra Mundial y que él mismo cuelga con mucha ceremonia sobre la chimenea a su regreso. A partir de ese momento los Collyer se empeñan en recrear la seguridad perdida y añorada de «un mundo sólido donde los objetos ocupan espacio, donde no existe el vacío infinito del pensamiento insustancial que no conduce a ninguna parte más que a sí mismo».

En un proceso simultáneo, al tiempo que saturan el espacio doméstico con objetos, pero también con la pretensión hinchada, absurda, irrealizable, de sus proyectos filosóficos y artísticos, se enclaustran y cesan todos los vínculos con el mundo, incluso los sensoriales. Homer ha perdido la vista y finalmente pierde el oído, lo que lo aboca a convertirse en una «mente vacía e infinita»; toda su condición se verá reducida a la de una mera «conciencia irremediablemente consciente de sí misma» y solo de ella misma, incapaz de prever y remediar su propia destrucción. El mito de Homer y Langley refuta uno de los grandes mitos fundacionales del liberalismo, el de Robinson. No hay islas, dice Doctorow: «Dentro es fuera y fuera es dentro». El interior es alcanzado a lo largo de la novela, una y otra vez, por los acontecimientos exteriores que aprovechan cualquier resquicio para colarse («Es como si el tiempo soplara a través de nuestra casa como un viento» y dejase depositados «artefactos fruto de entusiasmos anteriores»). Robinson puede empeñarse en atrancar puertas, colocar cerrojos y postigos, cegar ventanas y construir su isla. Lo único que conseguirá es condenarse.

El periodismo dice atenerse a la literalidad del hecho escueto y, sin embargo, acostumbra a convertirlo en un suceso sensacional. Esa es la forma desaprensiva con la que suele actuar y, desde luego, así lo hizo con Homer y Langley Collyer. La literatura no es menos capaz de expropiar a dos hombres de sus nombres y apellidos; su insolencia, no obstante, es otra: la que conlleva arrebatarles las vidas que les son propias para convertirlas en una metáfora. Así lo reconoce el propio Doctorow cuando le hace decir a Langley, que acaba de verse caricaturizado en una tira cómica: «Ay, la crueldad del arte que devora el mundo y a cuantos viven en él». El personaje, que en algún momento se siente retratado en aquel verso de Pessoa, mejor dicho, de Álvaro de Campos, que dice «Yo, el investigador solemne de las cosas fútiles», podría seguir leyendo el poema y continuaría leyéndose a sí mismo: «Yo, en fin, literalmente yo / Y yo metafóricamente también». La literatura, a diferencia del periodismo, siempre implora perdón para la violencia que ejerce. Argumenta en su defensa que es necesaria e inevitable para alcanzar la verdad que intuye el mito y sus metáforas. Pues bien, Doctorow acierta con esa verdad que termina de explicar José Luis Pardo en el ensayo «Nunca fue tan hermosa la basura», incluido en el libro del mismo título (Galaxia Gutenberg, 2010). Y al final es el lector quien cita al poeta: «Yo, que tantas veces me siento tan real como una metáfora».

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1 comentario

  1. Un texto magnífico.

    Muchas gracias.

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