
Todas las personas que conozco que conocen el Codex Seraphinianus han encontrado el libro de forma azarosa. Te hablan de él un día con admiración de cosa excepcional y secreta, como de algo que les pasó una vez. Pero sale en la conversación de forma casual, no deliberada, y entonces buscas el libro, o te lo encuentras en una estantería de alguien como si te hubiera estado esperando. El aura que rodea el libro es de secta clandestina o sociedad de iniciados. Una de las mejores historias de este tipo que he oído, de cómo alguien se topó con el Codex, es la de un familiar, a quien se lo entregó un conocido con la siguiente introducción crítica: «Menuda chorrada de libro me han regalado, si quieres te lo doy». Esto también tiene su cosa, me parece, porque quien se lo regaló a esa persona, probablemente con amor e intención, porque no es un libro cualquiera, en realidad acabó haciéndolo llegar a un desconocido. Sin saberlo, y seguramente aún no lo sepa. Mi pariente se vio en las manos un enorme volumen, de dimensiones medievales y aspecto misterioso. Lo abrió y quedó fascinado, que suele ser el efecto habitual. Se lo quedó, claro.
¿Cómo explicarlo? Hay que verlo. Es una enciclopedia imaginaria de seres y objetos que no existen, explicada con un lenguaje también inventado, una escritura asémica, vacía de significado, pero el conjunto guarda una convicción minuciosa, una lógica íntima, una ambición analítica, tanto que uno cree tener la experiencia única de estar leyendo un libro marciano, o de un mundo que ha existido realmente, y que ha llegado a sus manos como un raro privilegio. El libro mismo es la experiencia, como algo mágico. Evoca, en efecto, la impresión ante un libro sabio de tiempos remotos, o legendarios. O lo que se siente con un incunable medieval de autor anónimo y genial. Porque está hecho a mano y eso ya lo saca de esta época. O, en esencia, hace revivir un momento lejanísimo y decisivo, la primera sensación de un niño ante un libro de mayores que le sugiere un universo desconocido, complejo, el de los adultos, que no es capaz de descifrar.
Es un catálogo, entre lo zoológico y el inventario de cachivaches, que comienza con formas primigenias, una especie de células o protozoos, y va ascendiendo en una evolución sorprendente de rarezas, hasta tribus y razas, ropas y alimentos, maquinarias y artefactos, mapas y ciudades. Lo hace entre el juego, la ironía y la sorpresa, todo ello envuelto en cierta ligereza espacial. Pese a ciertos rasgos setenteros, hoy más evidentes, tiene un indefinible aspecto de objeto antiquísimo, por su semejanza con esos códices del siglo XVI que imaginaban a los animales y los pobladores del Nuevo Mundo de forma fantástica, con esciápodos (criaturas con una sola pierna gigante), cinocéfalos (seres con cabeza de perro) y blemias (hombres sin cabeza). Y en aquel caso ya sabían que sí que existía otro mundo, solo que aún no sabían cómo era. Es lo mismo que hace Serafini, aunque sin tener noticias contrastadas de otro mundo, porque en el fondo qué más da: sería realmente raro, más que el propio libro, que no existieran otros mundos. Y si se piensa detenidamente, la cuestión es aún más vertiginosa: una enciclopedia de lo que no existe no debería tener fin, pero al mismo tiempo es una negación en sí misma, porque según lo va representando ya le da existencia. En cierto modo, todo lo que nos pasa por la cabeza no existe, o solo existe de forma secreta, hasta que no lo representamos, aunque después nunca es exactamente lo mismo, tal vez es otra cosa.
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Es maravilloso saber que todavía hay gente que cree en la magia de los libros. Porque la tienen…