Levantar Israel sobre el permafrost

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Fotografía: Marco Fieber (CC BY-NC-ND 2.0)

No hay calle sin su estrella de David en esta ciudad cuya avenida principal lleva el nombre de Sholem Aleichem, el venerado poeta judío. Birobiyán se levantó como una alternativa al sionismo veinte años antes de la fundación de Israel, pero aquel páramo helado en el extremo oriental de Siberia nunca fue la tierra con la que soñaron los judíos.

Corrían los turbulentos años veinte en la recién nacida Unión Soviética cuando se creó el Komzet, un comité para gestionar la repoblación de los judíos en asentamientos agrícolas. El ateísmo fue siempre uno de los ejes de la política bolchevique, pero Lenin se saltó las normas en un intento de acomodar a esta minoría en el mosaico soviético. Al principio se pensó en Crimea, que ya contaba con una población judía autóctona significativa. Se llegaron a crear dos distritos en esta preciosa península de clima subtropical, y un tercero en el sur de Ucrania, pero vivir de la vid a orillas del mar Negro fue el sueño de una sola noche de verano. Sobre un mapa del país más grande del mundo alguien señaló un punto en su confín más oriental, un territorio yermo y sin cartografiar cuyos únicos habitantes eran cosacos trasladados hasta allí por los zares, así como kazajos, coreanos y bandas armadas chinas que desafiaban la soberanía territorial soviética. No fue una elección al azar: a través de aquel traslado forzoso, Moscú podría detener la expansión japonesa (el territorio linda con Manchuria) y, con suerte, cosechar el apoyo financiero de los judíos del exterior. De paso, se levantaba una alternativa al proyecto sionista para Palestina de los enemigos del comunismo.

La primera remesa de seiscientos cincuenta y cuatro individuos llegó en la primavera de 1928 desde el este de Europa, y tras un trayecto en tren de unos ocho mil kilómetros. Para hacernos una idea de cómo fue aquel primer verano entre lluvias torrenciales que arrasaron las cosechas mientras el ántrax se llevaba al ganado, basta saber que, para octubre del mismo año, la mitad de los colonos había abandonado ya la tierra prometida. Aquella naturaleza hostil unida al acoso de las bandas chinas, así como el de algún menchevique que se resistía a aceptar el nuevo statu quo, retrasaron el proyecto de la Arcadia judeosoviética. Hubo que esperar hasta 1934 para que se oficializara su creación. A aquel pedazo de tierra sin nombre de la superficie de Andalucía, pero con una temperatura media en enero de 27 bajo cero, se la bautizaría como «Región Autónoma Judía»; a su capital, levantada sobre el permafrost entre los ríos Biro y Biyán, «Birobiyán».

No se escatimaron medios para incentivar el éxodo de colonos desde el extremo opuesto del imperio: se imprimieron pósteres y novelas en yiddish (la lengua de los judíos centroeuropeos), se lanzaron pasquines promocionando Birobiyán desde aviones que sobrevolaban barrios judíos en Bielorrusia, e incluso se hizo una película, Buscadores de felicidad, en la que una familia judía rehace su vida a orillas del Biro y el Biyán. Que el Estado también regalara tierras allí contraviniendo su propia política colectivizadora también atrajo a muchos desposeídos gentiles (no judíos), pero quizá una de las remesas más singulares fue la que llegó desde Estados Unidos. En torno a un millar de judíos norteamericanos se plantaron en la RAJ gracias al respaldo de una asociación judía americana, entre ellos un niño llamado George Koval. Tras crecer en Birobiyán, Koval volvería en 1940 a su Iowa natal para alistarse en el ejército y acabar trabajando en el programa atómico. Por supuesto, nadie sabía que había sido reclutado por los servicios secretos soviéticos en el enclave hebreo de Siberia. Lo confirma el hecho de que, en 2007, el propio Putin le concediera la medalla de Héroe de la Unión Soviética a título póstumo. Durante el discurso, el presidente ruso describió el papel de Koval como «determinante para reducir el tiempo que necesitó la URSS hasta fabricar su propia bomba atómica».

Para entonces el hebreo hacía años que había sido prohibido en todo el territorio soviético, pero la RAJ contaba ya con su primer periódico en yiddish (La Estrella de Birobiyán), un grupo de teatro y un puñado de escuelas en la que la fascinante lengua germánica de los judíos askenazíes seguía viva, la misma en la que un tal Isaac Bashevis Singer comenzaba una carrera literaria al otro lado del Pacifico. El polaco huía del Holocausto, y también muchos de los que llegaron entonces a Birobiyán. Con Stalin depurando la patria tras la Segunda Guerra Mundial, otros tantos no vacilaron en subirse al Transiberiano: la sombra del gulag era un estímulo mil veces más poderoso que el provocado por aquellas novelas y pasquines, e incluso la película. Para evitar aquel éxodo, ahora indeseado, Stalin ordenó el cierre del teatro y las escuelas. Pero fue la prohibición expresa de trabajar para los judíos, e incluso de escolarizar a sus críos, lo que realmente convirtió a la RAJ en un recuerdo del páramo frío y desolado que había sido siempre. El gran plan de emigración judía en la tundra se apagó a finales de la década de los cuarenta. En 1959, la mitad de ellos habían abandonado el enclave y, para cuando cayó el muro, la mayoría había emigrado a Israel.

Fotografía: Marco Fieber (CC BY-NC-ND 2.0)

En construcción

La escasa documentación existente sobre la RAJ alimenta el desconocimiento de este extraño episodio de la historia, incluso entre los propios judíos. A menudo el tema se aborda desde la mitificación de aquellos primeros colonos, el mero cliché postsoviético o la exaltación de la identidad hebrea del enclave. Atendiendo a las estadísticas más frías, los judíos apenas llegaron a sumar el 16% de la población total en su momento más álgido (1934). Y es que a los pueblos que ya mencionábamos antes se les sumarían, además de los judíos, todos aquellos desposeídos intentando labrarse un futuro en un extraño lugar en el mundo soviético en el que no solo se regalaba la tierra, sino que se podía ser dueño de ella. Los hijos y las hijas de aquellos primeros judíos llegados desde Europa oriental se emparejaban con criptocristianos ahora envueltos en la fe del ateísmo, nanais chamánicos de Jabarovsk, manchués que huían del yugo japonés y, en definitiva, todos los que consiguieron arrastrar sus huesos hasta este confín de Asia. Apelar a un abuelo judío no lo convertía a uno en tal para las estadísticas, pero sí que facilitaba un pasaje para empezar de cero, una vez más, en Israel.

Tras el colapso de soviético, la población judía de la RAJ apenas rozaba el 2% del total. Ya a orillas del Mediterráneo, su integración en la sociedad israelí sería idéntica a la de los millones que llegaron de la antigua Unión Soviética. «Birobiyán no significa nada en la conciencia israelí, ni tiene ningún estatus especial en la ley», nos asegura desde Jerusalén Gustavo D. Perednik, profesor universitario y autor de numerosos libros sobre la cuestión judía. El investigador justifica así las razones tras la ausencia del páramo siberiano en el imaginario colectivo israelí: «Cuando uno juzga la judeidad de un Estado, región u organización, puede basarse en criterios demográficos, culturales, históricos, de calendario, símbolos, o autoconciencia. Cualquiera que fuera el criterio elegido, nos revelaría que Birobiyán fue un invento artificial que nunca tuvo nada de judío, más que la intención de las autoridades soviéticas que lo impusieron contra la historia».

En su libro Judeofobia (Flor del Viento, 2001), Perednik dedica uno de los capítulos a la persecución de los judíos en Rusia en el que, por supuesto, también habla sobre el enclave hebreo. Asegura que Lenin probó estar exento del antisemitismo común entre los zares y Stalin. «Al oponerse a las persecuciones zaristas, Lenin afirmó que «ningún grupo nacional en Rusia está tan oprimido y perseguido como el judío». De este modo —continúa Perednik— Lenin pasó un doble examen: la admisión pública del sufrimiento israelita, y la predisposición a combatir la judeofobia». La llegada de Stalin al poder traería décadas de brutal persecución de este y otros muchos pueblos del imperio. De Kruschev, su heredero, Perednik asegura que atenuó la locura del georgiano, pero que no se privó él mismo de exhibir actitudes judeofóbicas. En 1958 admitió que el proyecto de Birobiyán había fracasado, algo que atribuyó a la «aversión judía hacia el trabajo colectivo y a la disciplina grupal».

A día de hoy, las implacables estadísticas sitúan el número de judíos en un 1%, (1626 individuos en el censo de 2010), pero quizás resulte más significativo el hecho de que RAJ mantenga tanto su nombre como una población estable de unos doscientos mil habitantes. Entre ellos se encuentran los profesores voluntarios de yiddish, un puñado de periodistas que hace que La Estrella de Birobiyán siga llegando puntual a los kioskos, o la plantilla de Vida judía, un conocido programa de la televisión local. También los que llevan el museo y, por supuesto, las sinagogas. La principal (son tres) ocupa un imponente edificio de la avenida Lenin, y la regenta un rabino jasídico llegado desde Israel que sueña con que la semilla de su fe acabe germinando en la tundra. Aún queda mucho por regar. En su libro Satellites (Aperture, 2006), el reconocido fotoperiodista noruego Jonas Bendiksen documenta la crisis identitaria de varias comunidades aisladas de la antigua periferia soviética; un viaje que empieza con un interrogatorio a manos de la policía de Transnistria (entre Moldavia y Ucrania), y acaba con el funeral de un escritor en yiddish en Birobiyán. Tras decantarse por un punto concreto para cubrir la ceremonia y preparar sus cámaras, el noruego relata cómo la comitiva se arremolina alrededor de un féretro que descansa sobre la nieve, pero que nadie parece atreverse a mover.

«Tienes que ayudarnos», le dice el rabino al fotógrafo noruego. «Solo seis hombres judíos por parte materna pueden cargar con el ataúd pero, o no lo son, o son demasiado viejos para hacerlo. Nos falta uno». Así es como Bendiksen, que se define a sí mismo como «medio judío y laico», acaba cediendo a la presión del grupo y se convierte el sexto hombre. Aquella, por supuesto, fue una fotografía que no pudo sacar.

Terry Eagleton, el prolífico intelectual británico dice que solo hay una cosa peor que la identidad: no tener ninguna. Rotular en la lengua de Bashevis las calles de una ciudad en la frontera de China es una poética declaración de principios de un pueblo que se resiste a renunciar a la suya. Aunque esta esté aún en construcción.

Fotografía: Marco Fieber (CC BY-NC-ND 2.0)

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5 comentarios

  1. Agustín Serrano Serrano

    Muy buen artículo.

    Felicidades.

  2. Muy amable, gracias.

  3. Martin

    Excelente historia. He disfrutado leyendo el artículo.

  4. Gracias por hacerme conocer esta excelente Historia.

  5. Pingback: La fallida república soviética judía en los confines de Siberia, con Karlos Zurutuza | Radio Sefarad

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