Cine y TV

Informer: un thriller almodovariano sobre terrorismo islamista

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Informer (2018– ). Imagen: Neal Street Productions.

Hubo un antes y un después en el globo terráqueo que penosamente habitamos cuando Neil Jordan estrenó Juego de lágrimas (The Crying Game, 1992). Ya nos las sabíamos todas sobre el terrorismo, especialmente los que lo hemos padecido, no tenía que llegar una película a descubrirnos lo que leíamos cada día en el periódico, pero Jordan se marcó un what if valiente; atrevido porque le metía el dedo en el ojo a lo más sagrado y lo hacía invocando tabús. No siga leyendo si no le gustan los destripes. El director irlandés planteó la atracción entre un terrorista del IRA y la amante de un soldado, su víctima, que era una mujer transgénero. No va tan lejos Jonny Campbell con su miniserie Informer, pero una de sus subtramas está justamente en esa línea. La del policía infiltrado en una red de ultras que se mete tanto en su personaje que le cuesta abandonar el romance que tiene con una señora mayor de extrema derecha.

Esas escenas hacen que me olvide de todo el argumento del terrorismo islamista, que es muy actual y muy emocionante, pero no tanto como ese detalle. El policía se había concentrado durante años en representar el papel de un nazi británico para infiltrarse en un grupo de extrema derecha con capacidad para atentar y, sobre todo, dar palizas a troche y moche. En los años que estuvo, para ganar credibilidad lo mejor que pudo hacer fue iniciar una relación sentimental con la dueña del bar donde se reunían todos ellos, una mujer mayor, de cierta edad. El policía simuló la muerte de su padre solo para poder llorar en sus brazos y darle más credibilidad a su personaje. El resto del tiempo se acostaban juntos, pero todo era por la misión. Las horas libres el hombre tenía su familia y su hija en un adosado con jardincito.

Está en la más pura esencia de lo que uno espera del cine ese sentimiento turbio que se experimenta cuando la miniserie expone que ese hombre no ha podido librarse de su personaje una vez completada la misión. Lo seguía ejerciendo en la intimidad, sin dar parte a sus superiores. Escapaba para tomarse unas cervezas con sus amigos fascistas, volvía a tener sexo con esa señora. Los había delatado a todos, rechazaba sus asquerosos planteamientos, pero de ser otro, ese otro, no podía librarse. Lo seguía interpretando por una extraña inercia atractiva y repulsiva al mismo tiempo. Su otro yo quería a esa fascista, fanática pero sensible, y su otro yo era él, es él.

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