Los jóvenes, por los jóvenes

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Santi Azurmendi es uno de esos libreros que solo recurre al ordenador cuando no encuentra un título en su cabeza, y eso no ocurre casi nunca. «¿Un libro sobre Argelia para ti? Nuestras riquezas, es sobre una librería en Argel». Sin quererlo, aquel iba a ser un viaje que empezaría y acabaría en una librería. La de partida es un pequeño negocio familiar en el centro de San Sebastián, en una plaza circular que preside una hermosa fuente. Santi dice que se nota bajada en la clientela cuando no funciona. No tengo ninguna duda de que es verdad. La segunda librería está en una calle en cuesta del centro de Argel, a unos cincuenta metros de la placa en mármol negro del antiguo Grand hotel de L’Agha: «Confort moderno, agua corriente, baños y duchas». El agua es siempre muy importante.

No puedo decir que devoré el libro en el avión porque, a pesar del exotismo que rezuma un vocablo como «Argelia», basta apenas una hora hasta aterrizar en este rincón del Magreb. Tampoco puedo decir que viajara hasta allí a visitar una librería por muy especial que esta sea, y por muy literario que eso suene. Durante los últimos meses, el país vive las mayores revueltas de su historia reciente desde el pasado mes de febrero, cuando el gerontócrata en el poder decidió extender su mandato más allá de su propia vida. Había que contarlo, pero no aquí. Ya hemos dicho antes que esto va de librerías.

«Desde que llegaste a Argel no has hecho más que tomar calles en pendiente, subirlas para luego bajarlas, hasta desembocar finalmente en Didouche Mourad, atravesada por numerosas callejuelas y un centenar de historias, a algunos pasos de un puente que comparten suicidas y enamorados». Así arranca el libro que me recomendó Santi. Es de Kaouther Adimi, una argelina del 86 que vive hoy en Francia. Empecé otra vez desde el principio, ya instalado en Argel y, precisamente, en un hotel de la avenida Didouche Mourad. No fue algo premeditado: realmente uno acaba siempre en la Didouche Mourad en esta ciudad. Las calles se dan un aire a París; arquitectura colonial con balcones de filigrana en forja y estatuas que aguantan paredes sucias y desconchadas. Es verdad que pueden provocar cierta pena pero, a diferencia de las de la metrópoli, disfrutan de las vistas al mar y del  salitre en la cara.

Pero volvamos al libro. Cuenta la historia de Edmond Charlot quien, en mayo de 1936 y con tan solo veintiún años, se lanzó al mundo editorial con una tirada de quinientos ejemplares de Rebelión en Asturias, escrita conjuntamente por un tal Albert Camus y otros jóvenes escritores franceses. Era una obra de teatro que versaba sobre la brutal represión de la revuelta minera de 1934 a manos del Gobierno español. La obra acabó censurada por las autoridades argelinas, y aquella primeriza aventura editorial en naufragio. Lejos de dejarse arrastrar por el desánimo, Charlot abriría una pequeña librería pocos meses después con un eslogan: «Los jóvenes, por los jóvenes y para los jóvenes». La llamó Las Verdaderas Riquezas.

«Desde que abrimos no dejan de venir clientes para llevarse prestado o comprar algún libro. Nunca tienen prisa, les gusta opinar de todo: sobre los escritores, sobre el color de la sobrecubierta, el tamaño de la letra… En su mayoría son profesores, estudiantes, artistas, pero también algunos obreros que ahorran para comprar una novela. La gran aventura está en marcha», escribe Charlot a las dos semanas de abrir. O al menos así consta en el diario imaginario que es el libro. Charlot se atrinchera en ese habitáculo de cuatro metros de ancho por siete de largo y una entreplanta en la que no se puede incorporar, pero sí leer, editar, dormir y amar. Le ayuda Camus, sea corrigiendo manuscritos o rellenando las fichas de suscripción de una red cada vez mayor. Se extiende desde Las Verdaderas Riquezas por todo Argel, e incluso más allá. Desde la orilla opuesta del Mediterráneo, los editores de Cartas a un joven poeta, de Rilke, se muestran intrigados por la venta de varios centenares de ejemplares en esa pequeña librería de la colonia francesa. También desde el norte le llega a Charlot la carta de movilización al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

Diez meses más tarde volverá a casa, a sus libros, para publicar Prólogo, de Lorca, a pesar de la acuciante falta de papel y de tinta. También a pesar de la censura. Son muchos los editores que se pliegan a la ocupación nazi y la Francia de Vichy, pero Charlot no es uno de ellos. Editará y publicará, además, a Emmanuel Roblés, Kateb Yacine, André Gide o a Henry Bosco, pero será una traducción de Gertrude Stein la que le hará pisar la cárcel por primera vez. Contra todo pronóstico, Las Verdaderas Riquezas aguanta los embates del totalitarismo hasta que, a finales de 1942, Argelia se convierte en la única parte de Francia en ser liberada, Argel en la capital de la Francia libre y Charlot en su editor principal. La nueva coyuntura lo arrastra hasta París en diciembre 1944 —al Ministerio de Información francés—, pocos meses después del último vuelo de reconocimiento de Saint-Exupéry. También conoció y editó al piloto literato más famoso de la historia, por lo que su desaparición será muy sentida en el grupo de Argel. Allí, Charlot deja la librería en manos de su hermano Pierre, y abre una nueva en la metrópoli, en un antiguo burdel del que, decían, contó con Apollinaire entre sus clientes.

Los pedidos se acumulan; algunas ventas alcanzan incluso los cien mil ejemplares pero Charlot se ve obligado a buscar en el mercado negro para conseguir material de impresión. «Necesito menos éxito y más papel», intuimos que llego a decir cuando las deudas le roban el sueño. Y es que no llega para pagar a autores ni proveedores, ni las invitaciones a comer, ni los catálogos… Los bancos le niegan el crédito, y ni todo el prestigio del mundo es capaz de mantener el barco a flote. Los autores también sufren. Roblés, por ejemplo, se vuelve a Argelia a pesar de recibir numerosos premios; Gide vende muy bien en la URSS pero no está autorizado a sacar rublos del país. El Kremlin le indemniza con toneladas de tela con las que el escritor se ha hecho confeccionar un buen número de trajes. En el verano de 1948, los propios accionistas de Ediciones Charlot piden a Charlot su salida de la empresa. Gallimard, Le Seuil y Julliard se quedan con la mayoría de sus autores, y Charlot vuelve a Argel para abrir una nueva librería con la ayuda de su tío Albert.

Los siguientes diez años transcurrirán plácidamente en la orilla sur del Mediterráneo, sin estridencias ni sobresaltos. Hasta que Charlot y los suyos acaban en el punto de mira de la Organización Armada Secreta, un grupo paramilitar que persigue a todo aquel que se signifique por la independencia de Argelia. En septiembre de 1961, una bomba atribuida a la OAS le hace perder un veinte por ciento de sus fondos; cinco meses después, una segunda explosión a manos de los mismos acaba con miles de libros, manuscritos, documentos y fotografías: todo. Charlot, nieto de un panadero que llegó a Argelia en 1830; francés para los argelinos y argelino para los franceses —los llamaban pied-noirs, «pies negros»— volverá a París cuando el país en el que nació y soñó se libra del yugo colonial en 1962. Murió en 2004, tras un periplo que le llevaría a dirigir el Centro Cultural Francés de Izmir (Turquía), el de Tánger, y tras abrir dos nuevas librerías en la pequeña localidad francesa de Pézenas.

Abril de 2019

Es una historia como esta la que le lleva a uno a callejear por el centro de Argel y plantarse en la calle Hamani buscando Las Verdaderas Riquezas. «Un hombre que lee vale por dos», dicen que se encuentra escrito en algún escaparate. El primer intento fue un viernes, el séptimo de protestas consecutivas desde que comenzaran a mediados de febrero. No hubo suerte: imposible dar con el cartel del hombre que lee, porque casi todos los locales tenían la persiana echada —el viernes es el equivalente a nuestro domingo en cualquier país musulmán—. El único que abría era un pequeño restaurante de comida rápida. El dueño decía que algo le sonaba lo de la librería en cuestión, pero que solo llevaba diez años allí. «No sabría decirle». Salió conmigo a la calle para escrutarla cuesta abajo buscando alguna pista. «Pregunte a los más mayores, seguro que se acuerdan», me dijo en francés antes de despedirse.

Fue al día siguiente, ya con las persianas levantadas, cuando descubrí que Las Verdaderas Riquezas se encontraba precisamente el local anexo; no dos o tres más arriba o más abajo, sino justo al lado. En descargo del cocinero hay que decir que ya no se trata de una librería al uso, sino de un anexo de la Biblioteca Nacional donde solo se prestan libros. Sí, ese «Hombre que lee vale por dos» se lee en la puerta de cristal y aluminio, pero es tan vulgar y anodina que resulta imposible adivinar que, justo detrás, los libros se siguen apilando a ambos lados de ese espacio de cuatro por siete metros. Levantando la vista para buscar la entreplanta, la mirada tropieza con una placa negra: «Edmond Charlot: 1915-2004»; justo debajo, una funcionaria con velo que responde al nombre de madame Merouan se deja preguntar, aunque avisa de que está prohibido sacar fotos. Según dice, la librería se cerró en 1994 para reabrirse cuatro años más tarde convertida en lo que es hoy. Poco más.

«¿Ha leído el libro? Pues entonces conoce la historia», zanja el asunto la argelina, antes de dejarnos sacar fotos con la condición de que ella no sea retratada.

A escasos trescientos metros de allí, Argel bulle con miles de individuos que protestan contra tiranos que llegaron al poder justo cuando Charlot hizo las maletas; cuando la geografía se abrió bajo los pies negros de ese hombre sin más patria que las letras. Estoy seguro de que le habría gustado ver lo de hoy, habría disfrutado con la energía que destila esa hornada de jóvenes argelinos. Seguro que les habría invitado a pasar a su mágico habitáculo para agasajarles con café y libros. «Los jóvenes, por los jóvenes y para los jóvenes», les habría espetado el viejo. Seguro.

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