Valderredible, el valle donde se esconde Dios

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Interior de la iglesia rupestre de Santa María de Valverde. Fotografía: Yildori (CC).

Estilitas encaramados a columnas, dendritas subidos a árboles, estacionarios que pasaron años de sus vidas en pie, boskoi que vivieron como animales salvajes… Cuando, a finales del siglo III, las persecuciones a la religión cristiana comienzan a decaer para terminar definitivamente con la política de tolerancia de Constantino en el s. IV, en Oriente comienza un cambio en la espiritualidad, que hasta ese momento era básicamente martirial. Los desiertos sirios y egipcios, sobre todo la Tebaida, se llenaron de eremitas y anacoretas que, siguiendo el ejemplo de san Antonio Abad, dejaron atrás un mundo en el que la tolerancia religiosa había traído, según ellos, la relajación de costumbres. En estos eriales pasaron sus vidas en soledad, reuniéndose para las celebraciones litúrgicas, tomando fama de santos y sirviendo de modelo para muchos.  El movimiento eremítico se convirtió en un nuevo modo de buscar la perfección ante la llegada del reino de Dios, que se creía a la vuelta de la esquina: «Os aseguro que todo se cumplirá antes de que pase esta generación» (Lucas 21, 32). Sería en la Tebaida, donde además surgiría el movimiento cenobítico de la mano de san Pacomio, uno de estos padres del yermo, que redactaría la primera regla monástica, más tarde importada a Occidente por san Benito de Nursia con leves modificaciones.

En nuestro país el eremitismo se desarrolló sobre todo en época visigoda, pero, a diferencia de Oriente, las autoridades eclesiales nunca vieron con buenos ojos a estos anacoretas ya que los suponían una amenaza a la misma estructura eclesial con su independencia. Sin embargo, la conquista musulmana revitalizó tardíamente el movimiento, sobre todo durante la Reconquista, alimentado además por la fama de hombres santos de los eremitas de época visigoda, que siguieron recordándose.

Quiero llevarles a una de estas zonas, a un pequeño valle que se quiebra y retuerce entre las provincias de Palencia, Cantabria y Burgos, y que perteneció a la antigua merindad de Campoo. Bienvenidos al Val de Ripa Hibre, valle de la ribera del Ebro, bienvenidos a Valderredible.  Aquí, un Ebro saltarín, «joven y alocado», se abre paso camino del Mediterráneo entre el páramo de la Lora y el de Bricia, formando cañones y hoces que a ratos dan toda la impresión de murallas de castillo. Valderredible no es un desierto, es un valle de aquellos cuentos que hablaban de reinos maravillosos y lejanos y que nos contaban antes de dormir. Y también tiene algo mágico, pues cuando uno entra en el valle, ya sea desde Palencia, ya desde Burgos, el tiempo parece detenerse, la naturaleza misma parece que lo hace. Solo en las alturas se mueven las rapaces, vigilantes, y en el fondo del valle brinca el río. Los pueblos parecen pintados en un enorme mural vistos desde la carretera, que serpentea y cruza una y otra vez las tres provincias. Su clima, una mezcla entre mediterráneo y continental, hace posible recorrer hayedos, pinares o bosques de ribera, y los campos de cereal alternan en mosaico con los de patatas.

Las iglesias rupestres

Este pequeño paraíso se convirtió en el siglo viii en refugio de población cristiana y de su fe. Todavía hoy se pueden ver muestras de ello por todo el valle: iglesias, celdas, oratorios y ermitas rupestres llenan la piedra arenisca de Valderredible. Los hombres que se retiraron aquí, seguramente repobladores mozárabes, tallaron la roca buscando en el interior de la tierra el lugar para alcanzar el cielo. Suena paradójico, pero piensen en esos astrofísicos que hoy intentan entender el universo bajo los Alpes.

Nuestro recorrido empieza a nueve kilómetros de Aguilar de Campoo, en Olleros de Pisuerga y el monte Cildá. En su cima dicen que estuvo la ciudad de Vellica, y en el llano, en las inmediaciones de Mave, que se enfrentaron cántabros y romanos, estos últimos comandados por el mismísimo Augusto, en el 25 a. C. En la falda del monte se encuentra, casi escondida, la iglesia de los santos Justo y Pastor. Tras un pequeño pórtico en la roca se halla la que se conoce como «catedral del arte rupestre». Excavada en los siglos X-XI, su tamaño y uso han ido variando con el tiempo. Primero como oratorio (que hoy es sacristía), hasta llegar al templo que vemos hoy, de dos naves. Bóvedas apuntadas, arcos fajones, columnas (salvo alguna que ha debido ser reemplazada por la erosión), todo simulado, todo tallado siguiendo el gusto y estética románica. Lo único que falta es decoración, pero no se echa en falta, créanme. Y, en los alrededores, más cuevas a modo de celdas y la necrópolis de sepulcros antropomorfos, también excavados en roca.

En las cercanías, y sin abandonar Palencia, pueden visitar la iglesia de San Vicente en Cervera de Pisuerga y la ermita de San Pelayo en Villacibio, que perteneció al monasterio de Mave, del cual se conservan una magnífica iglesia románica y que es parada obligatoria además por su magnífico hotel y restaurante. Pero es hora de partir a Valderredible y lo haremos entrando desde Quintanilla de las Torres para llegar a San Martín de Valdelomar. Alejada del pueblo se encuentra la iglesia de Santa María de Valverde. Este es el templo más importante del valle y aparecería en documentos del siglo X como Santa María Sotarraña. Nunca mejor dicho. Bajo una roca de arenisca se halla un templo de dos naves con bóveda simulada de cañón y pilares cuadrados. Originalmente, como en el caso de Olleros, se trató de una ermita más pequeña que tendría su cabecera donde hoy se encuentra la pila bautismal y que algunos datan en el siglo IX. Posteriormente, fueron añadiéndose capillas y las nuevas y más espaciosas naves. Y, sobre la roca que sirve de tejado a la iglesia, una necrópolis, hoy protegida por una controvertida cubierta. También se encuentra aquí el Centro de Interpretación de la Arquitectura Rupestre, que puede facilitarnos todo tipo de información para continuar nuestra visita.

Siguiendo la carretera CA-273, encontraremos el conjunto eremítico de San Pantaleón en La Puente del Valle, o la ermita de Santa Eulalia en Cadalso de Ebro, y al final del valle dos de mis iglesias rupestres preferidas. En Arroyuelos, al final del pueblo se encuentra la ermita de los Santos Acisclo y Vitoria. En la última casa habitada pueden pedir la llave. De una sola nave y planta irregular, este templo tiene dos plantas, con la escalera para acceder al piso superior también tallada, y una altura que sobrecoge en un edificio de este tipo. El ábside de herradura hace pensar enseguida en el arte mozárabe, y su columna central, tallada y con nervios, parece el trasunto rupestre de la columna de San Baudelio de Berlanga.

La última ermita que quiero mostrarles está muy cerca, en Presillas de Bricia, población que ya pertenece a Burgos. Alejada del pueblo, para encontrarla hay que caminar por un sendero que atraviesa un bosquecillo. Y entonces aparece: una mole rocosa, imponente. La ermita de San Miguel también es de dos plantas y quizá es la que ha sido más castigada por la erosión. Recuerdo la primera vez que la vi: «¡Es como Tatooine, como Tatooine!», exclamé con brillo en los ojos —sí, suelo hacer este tipo de comentarios «técnicos» a mis acompañantes—. A San Miguel no se puede entrar, pero una escalera en el exterior permite subir al segundo piso desde donde hay unas estupendas vistas del valle y del interior del templo. Es de planta basilical con tres magníficos ábsides, y estaría datada entre los siglos VIII y X.

Estos son varios de los magníficos ejemplos de arquitectura rupestre de Valderredible y Campoo, pero si echan en falta sillares cortados a escuadra, si necesitan un canecillo o una línea de imposta como el respirar, tranquilos, están en el lugar correcto.

El románico de Valderredible

San Martín de Elines. Fotografía: Guillén Pérez (CC BY-ND 2.0)

Y es que este valle atesora una de las joyas del románico cántabro. Cuatro colegiatas románicas se conservan en Cantabria y una de ellas se encuentra aquí. Muy cerca de Arroyuelos se encuentra la pequeña población de San Martín de Elines, y en ella, la colegiata del mismo nombre. ¿Cómo podría hablarles de San Martín? Hace más de veinte años ya, mi profesor de COU, Jesús Reyes, me dijo: «Tienes que ir a San Martín de Elines». Poco después, aprovechando un viaje a la costa cántabra,  obligué al que era entonces mi novio a desviarse. Y algunos años después, nos casamos en San Martín. Quizá exagero, pero creo que San Martín de Elines es una de las iglesias románicas más bonitas que he visto. Y he visto muchas, se lo aseguro. Sus orígenes se encontrarían en un monasterio mozárabe del siglo X, según atestiguan algunos restos. Sin embargo, la primera noticia del lugar está fechada en 1102 y recoge la ruina de ese primer edificio. Sobre él se levantó un segundo monasterio benedictino cuya iglesia del siglo XII es la que hoy vemos.

San Martín se alza sobre una alfombra de verde y cuidada hierba que consigue, por contraste, que los sillares de la iglesia reluzcan como el oro en los días de sol. Y lo primero que uno se encuentra es su ábside y su torre redonda. Ese ábside, equilibrado hasta la perfección, es hipnótico. Se pueden pasar horas sobre esa hierba mirando sus tres paños, sus ventanales, sus canecillos y columnillas. Y esa torre. Redonda y esbelta y que nos recordará siempre a otro San Martín, el de Frómista. El exterior de la colegiata de Elines roza lo perfecto. Toda la fábrica se conserva de forma asombrosa, casi como recién levantada, y solo sobre su colección de canecillos podríamos escribir artículos enteros: cabezas de animales, partos, cópulas, luchas fraticidas, piñas, borrachos con sus toneles, monstruos, aves, un anciano con la Tau (decimonovena letra del alfabeto griego)… vicios y virtudes, pero sobre todo vicios.

El acceso a la iglesia se hace hoy por el pequeño claustro del siglo XVI que debió sustituir al románico y donde el párroco, don Bertín, ha recogido con esmero piezas halladas en San Martín y de iglesias de otras aldeas que han quedado sin población. La iglesia es de una sola nave con cubierta de madera. La altura, 10,40 metros, y la dimensión de la nave impresionan, y sobre todo impresiona la visión de su cabecera. El ábside tiene bóveda de cascarón y presenta doble arquería separada por dos líneas de imposta, una de billetes y otra de palmas.  Los capiteles de ambas arquerías son sencillamente espectaculares. Y en este magnífico ábside se conservan, casi fantasmagóricos, los últimos restos de pintura románica de Cantabria.

En el ancho crucero se abre una gran bóveda que se apoya sobre pechinas, y de ellas nacen los arcos torales que descansan en cuatro columnas dignas de gigantes con los capiteles más maravillosos y extraños del románico. Cilíndricos y ciclópeos, en sus grandes paños hay talladas increíbles escenas: leones afrontados, Sansón desquijarando al león, Daniel en el foso de los leones, otro personaje cabalgando otro león, piñas, volutas, leones engullendo niños (lo que se puede interpretar como el tránsito de las almas hacia la vida eterna) y una adoración de los Magos y matanza de los inocentes que dejan con la boca abierta.

San Martín de Elines es la iglesia del león y de la Tau. Podría repasar aquí cada canecillo y cada capitel y aburrirles soberanamente. Prefiero no hacerlo. Véanlos. Uno a uno, despacio. Siéntense en el crucero y simplemente observen. «Lo bello consiste en la debida proporción, porque los sentidos se deleitan con las cosas bien proporcionadas», decía San Agustín. Así es San Martín, proporcionada y bellísima.

Pero hay más. En Valderredible siempre hay más. Deben visitar también San Andrés de Valdelomar y su precioso ábside, San Martín de Valdelomar y su iglesia del románico tardío, la coqueta iglesia de Santa Leocadia en Castrillo de Valdelomar y la colección de canecillos eróticos del ábside de la iglesia de San Juan.

Deben acercarse también a Orbaneja del Castillo ya en el valle de Sedano. Pueblo levantado sobre las rocas y cruzado por un arroyo que nace en la llamada «Cueva del Agua». Tras atravesar el pueblo, el agua, retenida en el dique del antiguo molino, cae en cascada de un azul casi irreal al Ebro.

Paren  en cada pueblo, en cada recodo del río, y coman las deliciosas patatas de  Valderredible. Suban al Páramo de la Lora en el que las bombas petrolíferas de los pozos que una vez se pensó que traerían la riqueza a la comarca siguen bombeando en mitad de un silencio abrumador. Desde ahí arriba tendrán la más maravillosa vista de Valderredible. Ahí está también el Observatorio Astronómico de Cantabria. De la tierra al cielo, del cielo a la tierra.

Decía San Buenaventura que el hombre debía elevarse hacia Dios desde el esplendor de las cosas y que Dios mismo se encuentra en todas y cada una de ellas. Les aseguro que si Dios existiera, estaría en Valderredible, en cada uno de sus esplendorosos rincones.


Información

Hotel El Convento de Mave

www.elconventodemave.com

Teléf. 979 123 611

34402, Santa Maria de Mave 

El hotel tiene la llave de la iglesia de Santa María de Mave.

Posada y restaurante La Olma

Teléf. 942 77 60 27

En Polientes, capital de Valderredible. Excelente lugar donde probar las deliciosas patatas del valle.

Centro de Interpretación de la Arquitectura Rupestre

—Temporada baja: del 1 de noviembre al 28 de febrero de 09:30 h a 15:30 h. Cerrado los lunes. Visita con reserva previa de martes a viernes. Abierto sábados, domingos y festivos.

Temporada media: del 1 de marzo al 14 de junio, y del 15 de septiembre al 31 de octubre, de 09:30 h a 14:30 h y de 15:30 h a 18:30 h. Cerrado los lunes. Visita con reserva previa de martes a viernes. Abierto sábados, domingos y festivos.

Temporada alta: del 15 de junio al 14 de septiembre, de 9:30 h a 14:30 h (última visita 13:40 h) y de 15:30 h a 19:30 h (última visita 18:40 h). Cerrado los lunes.

Información y reservas: centros.culturadecantabria.com

Teléf. 942 59 84 25

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6 comentarios

  1. Vaya cuánta pasión para describir bellezas! Mis aplausos.
    PD: Con tantos términos arquitectónicos y con las entradas a la RAE suspendidas me ha puesto usted en aprietos. Gracias por la entretenida lectura igualmente.

  2. Además de perderse por Valderredible, también recomiendo hacerlo por el Valle del Turrón, un joya de la naturaleza. Extraordinario artículo. No conozco muchas de las iglesias y estoy deseando volver a esos cañones angostos. Muchas gracias.

  3. Perdón. Donde dice Valle del Turrón quiere decir del Rudrón. Disculpad.

  4. Parmenio

    Pero qué cosas más bonitas y más interesantes nos escribe la Sra. Castellanos en lo de Jot Down.

    Pues nada, otro viaje obligatorio y otra tanda de agradecimientos a autora y revista por todo el bien que hacen enseñándonos estas joyas que tenemos tan cerca y tan abandonadas. Muchas gracias. De corazón.

  5. Interesante y erudito. Tan bien escrito que siento como si hubiera estado allí.
    Gracias Silvita!

  6. José Manuel Herraiz

    ¡Qué bien escribes, Silvia Castellanos!

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