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Vasili Oschépkov, el seminarista que fundó el sambo

Competición de sambo. Fotografía: Pan Yulong / Cordon.

Hijo de una presa condenada al destierro en la isla de Sajalín (a orillas del océano Pacífico) y de un antiguo reo, Vasili Oschépkov estaba llamado a ser uno de los padres del estilo de lucha soviético por excelencia: el samozashchita bez oruzhiya, o lo que es lo mismo, el sambo.

Adentrarse en los inicios del sambo es adentrarse en uno de los periodos más turbulentos de Rusia. La historia de este sistema de lucha está llena de espacios en blanco que, como siempre, son ocupados por la leyenda. Una de ellas dice que el sambo fue creado siguiendo las directrices del mismísimo Vladímir Ílich Lenin, que ordenó a los mejores luchadores de la URSS que viajaran por todo el mundo para empaparse de los más diversos estilos de lucha y artes marciales. Luego, de vuelta en Moscú, deberían armar un estilo nuevo, netamente socialista y científico, que condensara lo mejor de cada uno de los viejos estilos.

La revolución acababa de triunfar y necesitaba puños para hacerse valer. El almirante Alexandr Kolchak establecía en su refugio siberiano la capital de la Rusia blanca, la antítesis del nuevo régimen, la mítica legión checoslovaca controlaba el Transiberiano y en el sur, en el Kubán, los cosacos seguían luchando por un zar que ya no existía.

Sin embargo, como suele pasar, la realidad supera a la ficción. Y sus episodios se suceden en el tatami de un seminario ortodoxo en el Japón de principios del siglo XX, en la escuela del Ejército Rojo en Novosibirsk, en abarrotadas exhibiciones callejeras en Moscú y, como epíteto final, en una fría celda de la histórica cárcel moscovita de Butirka.

El protagonista de esta historia se llama Vasili Oschépkov, una figura que permaneció en el olvido oficial hasta la década de los ochenta del siglo pasado. Oschépkov nació a orillas del océano Pacífico, en la isla de Sajalín, en 1892. Concretamente, en un punto de destierro llamado Alexándrovksi. Antón Chéjov, en su libro de viajes La isla de Sajalín, dijo del lugar: «Sobre todo caminábamos hasta el faro, que está sobre una colina en el cabo Jonkier. De día, si se mira el faro desde abajo, parece una casita blanca con un mástil y una luz. Por la noche destaca brillante en la oscuridad, y entonces parece que el presidio mira al mundo con su ojo rojo». Oschépkov pasó precisamente sus primeros años bajo la implacable mirada de aquel ojo rojo en el fin del mundo.

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Un comentario

  1. me encanta el articulo y para todos los practicantes que le pueda interesar les dejo el enlace de una tienda especializada en sambo y combat sambo.
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