
El mejor actor es o debería ser el camaleónico. Robert Mitchum lo fue hasta el punto de tocar los extremos. El hombre que miraba con los dedos tatuados en La noche del cazador era la viva imagen de alguien que te quiere cortar la garganta con un tenedor. «Un auténtico hijo de puta», dijo el propio Mitchum cuando acudió a San Sebastián hace treinta años. Tanto fue así que los productores metieron la película en un cajón en su día porque les parecía inestrenable. Sin embargo, en La hija de Ryan era un marido sensible y delicado, comprensivo con que le pusieran los cuernos. Tan bellísima persona que acababa la película alejándose con los brazos extendidos, casi como Jesucristo, mirando a los ojos al cura del pueblo. Son solo dos ejemplos de un actor con una dilatada carrera, absolutamente excepcional, pero que también destacó por detalles más prosaicos. Nada especialmente escandaloso. Sencillamente, es que, en esencia, todo le daba igual.
Un documental, presentado este año en el Festival Play Doc de Tui, Nice Girls Don’t Stay For Breakfast de Bruce Weber, realizado al fin tras muchos años de trabajo, indaga como nunca se ha hecho en estos aspectos de su personalidad. El director lo planteó de forma muy sencilla. Rodeó al actor de mujeres y dejó que, ante su presencia, comenzase a soltar sus mejores recuerdos y anécdotas.
Sin duda era una persona singular, porque de todas las excentricidades y extravagancias por las que les da a los actores cuando la fama ya no les llena y necesitan más, a Mitchum le dio por encerrarse en sí mismo, dudar de sus habilidades, venderse como una mentira y admitir ante todo el que quisiera escucharle que él en realidad era un vago.
La definición más curiosa que se hace de él es la de que se comportaba como el típico atleta de instituto que persigue a las animadoras, pero que luego en su habitación tenía pinturas y libros de poesía. Clint Eastwood, en lo referente a la profesión, sostiene que era un actor interesante porque le importaba una mierda fracasar.
Con una vivencia, su nieta intenta explicar que ese hombre con una presencia tan imponente en público y seductor, en realidad era una persona atormentada. Un día estaban bebiendo tequila juntos y empezó a decirle que todo el mundo estaría mejor si él muriese. «Mis hijos solo quieren dinero y Dorothy [su mujer] siempre está cabreada», confesó. Estuvo casado cincuenta y siete años con ella, de todos modos. Pero esa tarde, borracho, cogió un rifle que guardaba en una habitación, se fue a la piscina y se apuntó a la cabeza. La nieta se lo apartó, pero él insistió: «Todos seréis más felices sin mí». Ella le convenció para que tirase el arma diciéndole que su nieta sí que le necesitaba. Al final Mitchum apartó la escopeta y siguieron bebiendo. Nunca jamás volvieron a hablar del tema. Aunque ella considera que nunca nadie se suicidaría delante de su nieta, el intento debió ser una forma de compartir con ella el dolor que sufría. Un abuelo entrañable.
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«Y hasta después de muerto, pues su última voluntad fue que no se celebrara ningún ceremonial en su honor.»
Bueno, pues parece que lo consiguió. Incluso hasta demasiado, porque por aquí nadie se acuerda de este icono que lo era mucho antes de que se usara la palabreja con posterioridad y aplicada a muchos que quizá no lo merecieran tanto. Para mí, solo han existido dos «duros» de verdad en el cine yanqui y han sido Robert Mitchum y Charlton Heston. Este último, dando la sensación en todo momento de ser fiable y seguro como la roca; siempre lo recordaré aupando a la grupa de su caballo a la niña, en la escena final de «55 días en Pekín». Mitchum, duro como el pedernal pero ya no tan fiable; siempre había una bestia parda en su interior dispuesta a explotar como la nitroglicerina a despecho de su apariencia tranquila e incluso somnolienta, de caimán al acecho. Recuerden el «meneo» que en un arranque de furia espeluznante, le da a Sinatra en «No serás un extraño». En «El día más largo», película que me encantó cuando la vi con trece años y que ahora me parece un tostón de cuidado, sale medio Hollywood y gran parte de actores británicos, y de otras nacionalidades, casi todos ellos estrellas del medio. ¿Adivinan a quién seleccionaron para cerrar el film, puro en mano y casco en cabeza, a lomos de un jeep? Al gran Robert Mitchum.
Me daba la impresión de ser un personaje de Bukowski, en especial modo cuando se emborrachaba, con ese corte de cara con los ojos y ángulos de la boca hacia abajo como en un rictus eterno de resignación o desprecio, bello a su manera como Gregory Peck. Y se murió llevándose enterita esa cabellera fantástica. Gran recuerdo. Gracias por la lectura.