
Cuando uno es amante del género de terror sabe que este se nutre de diferentes miedos para crear sus diferentes monstruos. La mente de cada uno elegirá en estricta y falsa democracia aquel que despierte más pesadillas. Como una mano fría que nos toca los pies justo segundos antes de caer dormidos. Hay quien enciende la luz. Hay quien piensa que habrá sido el de al lado aun cuando está durmiendo solo. Ignoro si alguna vez se ha hecho una encuesta o un trabajo descriptivo sobre cuál es el monstruo que más hace temblar. En una primera respuesta puede que sean los clásicos los que nos ocupen la boca, aquellos de pócima y trago cerrando los ojos. Drácula o el hombre lobo. Quizá ahora sea uno de esos zombis que piensan, corren, saltan y saborean. Todos seres que ya en lo que muestran son terribles. Los vemos venir. No tienen buena pinta, salvo en el caso de algunos vampiros que por pálidos son atractivos y por atractivos insoportables. Que conste que para mí no habrá otro como Tom Cruise sobre tacones en aquella película de los noventa.
La cuestión clave es que para elegir un monstruo usamos el corazón cuando en realidad, por lo que somos, deberíamos usar la cabeza. Si hacemos por deporte una reflexión, el peor monstruo posible no es el que vemos sino el que no se nos muestra. Así, desde la madurez del que sabe que no existen los fantasmas, el Hombre Invisible sea quizás el más temible. Porque es un hombre, es decir un igual, y porque es invisible. En la invisibilidad primero puede ocultarse un sentimiento de inocente disfrute. Un Harry Potter con capa que usa su poder con responsabilidad. Pero también se puede ocultar una idea que al inicio palpita muy poco, casi imperceptible, para convertirse más tarde en realidad. ¿Qué haría usted si fuera invisible? ¿Siempre el bien o de vez en cuando una maldad? Imagínese un mundo en el que darse una ducha o hacerse la comida pudiera estar ocupado por alguien que solo quiere ver o que solo quiere tocar. Ahí está el drama, en ser imperceptible para dirigir desde la anarquía aquello que nos colma de verdad.
Como ya sabrán el cáncer no es solo una enfermedad. No se puede hablar de un solo monstruo para tanta turba. El cáncer es una productora, una Hammer de nuestro interior, que genera monstruos con diferentes formas de asustar, limitar y, por desgracia, de matar. Cada uno de ellos tendrá su punto débil, la estaca en el corazón o la bala de plata, pero todos disponen de un don común que los hace más terribles y peligrosos que cualquier escenario ideado por Rob Zombie de resaca para una de sus películas. El cáncer, en su afán por ser generador de mal con grandes capacidades, les regala a todos el don de la invisibilidad. Sus monstruos circulan por nuestro cuerpo sin ser identificados. Y se les abren las puertas, se les da de comer o se les arropa si hace frío. Son uno más en esa familia que es el cuerpo y no hay célula del sistema inmunitario que pueda hacer su trabajo para intentar echarlos. A pesar de esto, hace unos años, no demasiados, las cosas comenzaron a cambiar. En un paciente, en un laboratorio, con una pequeña cantidad de sangre y una forma distinta de mirar.
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Gracias por un articulo tan bien explicado sobre la investigación médica y la gran herramienta que tenemos en la ciencia.
¿Pero entonces el cáncer no se cura rezando? ¿ni tomando gotas de lejía? ¿ni con batidos de frutas? ¿se necesita a la maldita química? ¡el acabose!