El señor Ludwig, su monstruo invisible y unos linfocitos

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Emily Whitehead superó una leucemia linfoblástica aguda gracias a un tratamiento experimental, 2013. Foto: Pete Marovich / Cordon.

Cuando uno es amante del género de terror sabe que este se nutre de diferentes miedos para crear sus diferentes monstruos. La mente de cada uno elegirá en estricta y falsa democracia aquel que despierte más pesadillas. Como una mano fría que nos toca los pies justo segundos antes de caer dormidos. Hay quien enciende la luz. Hay quien piensa que habrá sido el de al lado aun cuando está durmiendo solo. Ignoro si alguna vez se ha hecho una encuesta o un trabajo descriptivo sobre cuál es el monstruo que más hace temblar. En una primera respuesta puede que sean los clásicos los que nos ocupen la boca, aquellos de pócima y trago cerrando los ojos. Drácula o el hombre lobo. Quizá ahora sea uno de esos zombis que piensan, corren, saltan y saborean. Todos seres que ya en lo que muestran son terribles. Los vemos venir. No tienen buena pinta, salvo en el caso de algunos vampiros que por pálidos son atractivos y por atractivos insoportables. Que conste que para mí no habrá otro como Tom Cruise sobre tacones en aquella película de los noventa.

La cuestión clave es que para elegir un monstruo usamos el corazón cuando en realidad, por lo que somos, deberíamos usar la cabeza. Si hacemos por deporte una reflexión, el peor monstruo posible no es el que vemos sino el que no se nos muestra. Así, desde la madurez del que sabe que no existen los fantasmas, el Hombre Invisible sea quizás el más temible. Porque es un hombre, es decir un igual, y porque es invisible. En la invisibilidad primero puede ocultarse un sentimiento de inocente disfrute. Un Harry Potter con capa que usa su poder con responsabilidad. Pero también se puede ocultar una idea que al inicio palpita muy poco, casi imperceptible, para convertirse más tarde en realidad. ¿Qué haría usted si fuera invisible? ¿Siempre el bien o de vez en cuando una maldad? Imagínese un mundo en el que darse una ducha o hacerse la comida pudiera estar ocupado por alguien que solo quiere ver o que solo quiere tocar. Ahí está el drama, en ser imperceptible para dirigir desde la anarquía aquello que nos colma de verdad.

Como ya sabrán el cáncer no es solo una enfermedad. No se puede hablar de un solo monstruo para tanta turba. El cáncer es una productora, una Hammer de nuestro interior, que genera monstruos con diferentes formas de asustar, limitar y, por desgracia, de matar. Cada uno de ellos tendrá su punto débil, la estaca en el corazón o la bala de plata, pero todos disponen de un don común que los hace más terribles y peligrosos que cualquier escenario ideado por Rob Zombie de resaca para una de sus películas. El cáncer, en su afán por ser generador de mal con grandes capacidades, les regala a todos el don de la invisibilidad. Sus monstruos circulan por nuestro cuerpo sin ser identificados. Y se les abren las puertas, se les da de comer o se les arropa si hace frío. Son uno más en esa familia que es el cuerpo y no hay célula del sistema inmunitario que pueda hacer su trabajo para intentar echarlos. A pesar de esto, hace unos años, no demasiados, las cosas comenzaron a cambiar. En un paciente, en un laboratorio, con una pequeña cantidad de sangre y una forma distinta de mirar.

En el año 2009, en Pensilvania, no había castillos ni rayos con truenos pero sí noches tenebrosas. En ese momento un hombre de sesenta y cinco años, el señor Ludwig, se enfrentaba al fracaso de la última línea de tratamiento para su enfermedad: leucemia linfática crónica. Enfermedad de las células blancas de la sangre (de ahí leucemia) que partiendo desde sus cuarteles generales (de ahí linfática) había ido minando su cuerpo a lo largo de los años (de ahí crónica). Células que aprovechando su invisibilidad habían resistido todos los fármacos para hacer lo que más deseaban: seguir vivas. En esa travesía estaban dispuestas a agotar los recursos del organismo que las contenía. En ese momento, donde el punto y seguido iba haciendo amistad con el punto final, los doctores del señor Ludwig le ofrecieron recibir un tratamiento experimental que formaba parte de un ensayo clínico. Tan experimental y tan ensayo como para haberse administrado antes solo a dos personas. Tan vacío de futuro como para saberse parte de una recogida de datos. Con tanta incertidumbre que se iniciaba tras haber firmado un consentimiento donde se explicaba que todo podía ir estupendamente bien o terriblemente fatal.

Este ensayo clínico consistiría en otorgar a los linfocitos T del señor Ludwig la capacidad de ver por primera vez a las células cancerígenas. Le iban a quitar a ese conjunto invisible su don más preciado. Para ello se les proporcionaría la capacidad de detectar una proteína de membrana que aparece en la superficie de las células de la leucemia linfática crónica. Esta proteína, llamada CD19, sería el gatillo para el instinto de los citados linfocitos, esto condicionaría la destrucción celular. Lo diseñado para aniquilar, aniquilaría. Como consecuencia habría daños colaterales: aquellos otros linfocitos que compartían ciertas características con el monstruo sufrirían las consecuencias del colapso. Los linfocitos B sanos, portadores también de CD19, caerían sin entender nada. Esto sería asumible si para acabar con el extraño invisible se acababa también con la enfermedad. Para obtener este cambio era ineludible una renovación íntima en la naturaleza de los linfocitos. Para ello, y tras un acondicionamiento previo, se extraerían las células T del paciente. Estas, posteriormente, sufrirían de forma controlada la infección de un lentivirus cuyo material genético portaba la información necesaria para transformarles desde dentro. El virus, haciendo un trabajo exquisito, cambiaría el ADN de los linfocitos. Provocarían una quimera. Linfocitos T que por primera vez eran al tiempo ellos y otros. Distintos y preparados para un viaje sin retorno en la búsqueda del invasor.

El señor Ludwig extendió el brazo primero para firmar y luego para permitir la extracción de sangre.

La modificación no fue instantánea. Fue necesario tiempo de laboratorio hasta alcanzar una masa crítica de nuevos linfocitos T. Así, transcurrido aproximadamente un mes y ya en 2010, se contaba con la cantidad adecuada como para realizar la infusión. Estos se administraron en tres días consecutivos, de menor a mayor cantidad para comprobar y estudiar la tolerancia. Unos veinte mililitros de media por día que correspondieron a 3×108 linfocitos T. De ellos aproximadamente un 5 % presentaban ese nuevo anticuerpo, esa capacidad quimérica para ver aquellas células cancerígenas que antes no se podían ver. Se pudieron administrar sin incidencia alguna. Después se hizo un silencio.

Micrografía de un linfocito T humano (también llamado célula T) del sistema inmune de un donador sano. Imagen: NIAID/NIH (CC).

Nada pasó durante los primeros trece días tras haber recibido el tratamiento.

Algo cambió cuando salió el sol por decimocuarta vez.

El señor Ludwig comenzó a sentirse mal. Fiebre, sensación de enfermedad. Una tormenta en su interior. Como un doctor Jekyll que esconde a su míster Hyde o un Bruce Banner que siente que Hulk está llamando a la puerta. Se sentía romper por dentro. En ese punto se realizaron pruebas complementarias y se decidió su traslado a la unidad de cuidados intensivos. Se explicó al enfermo y a la familia que aquella posibilidad para la que firmó el consentimiento era ahora más que una frase a escuchar con una sonrisa nerviosa. El señor Ludwig estaba sufriendo un síndrome de lisis tumoral. Sus células cancerígenas, su Hombre Invisible privado, se rompía. En esa desaparición liberaba sus entrañas al torrente sanguíneo haciendo que hubiera una tormenta de citoquinas. Las citoquinas son a la inflamación lo que a una obra de Bach las notas musicales. Al tiempo los riñones se veían sometidos al estrés de eliminar lo que sobraba. Y sobraba mucho. Muchísimo. Incapaces de hacerlo al ritmo deseado se acumulaban en la sangre los restos de un ejercicio de vida liderados por unos linfocitos T dispuestos a no dejar nada que resultara sospechoso.

Durante varios días presentó fiebre muy elevada y requirió de tratamiento de soporte. Transcurrida una semana la música había bajado el volumen y los linfocitos T exploraban los últimos recovecos, rastreadores en un escenario ya en retirada. Nada se podía esconder, ni lo visible ni lo invisible. Un trabajo bien hecho para transitar de nuevo hasta la esperanza.

El día veintitrés tras la infusión el señor Ludwig no tenía enfermedad en médula ósea.

El día veintiocho se había volatilizado de sus ganglios linfáticos.

El paciente se encontraba bien y sin presencia de células malignas. Aún no se podía decir que estaba curado, pues no hay nada más peligroso que un Hombre Invisible asustado, pero sin duda el monstruo había tenido que dar un paso atrás. El hombre recibió el alta a una vida diferente. Con los linfocitos T quiméricos circulando en sus venas y arterias. Eliminando las células que se parecían a las del cáncer, efecto secundario, y eliminando las células del mismo cáncer, efecto buscado. Este hecho se mantuvo durante al menos seis meses, tiempo suficiente como para ser motivo para un cambio.

Tras estos primeros casos el uso de linfocitos T con receptor antigénico quimérico (en inglés Chimeric antigen receptor T cells o CAR T cells) continuó su estudio de forma más amplia. Siempre como tratamiento último, enfoque experimental que aún hoy en día se mantiene. Hay que ser muy cuidadoso en lo que respecta a acabar con el monstruo: esta bala aún está en fase de pruebas. Es lógico que tras un éxito parcial se tienda a gritar por encima del miedo. Probablemente el que descubrió cómo la luz agotaba a los vampiros presumió sin duda de no tener persianas en casa. Pero la ciencia es un caminar más lento. Lleno de pequeños pasos, como esos que se dan en una casa sobre una colina donde el polvo hace eco a los cuchicheos y nada es más oscuro que lo que hay a unos centímetros. Hablar de curación tras la respuesta a este tratamiento es apetitoso, pero no debemos atragantarnos ni aun estando de fiesta.

Casos como el del señor Ludwig se han visto acompañados por otros. Uno de los más mediáticos fue el de Emily Whitehead. Ella, de seis años y con una leucemia linfoblástica aguda en recaída y sin respuesta a ningún tratamiento, recibió los linfocitos CAR-T en 2012. Emily respondió de forma espectacular y en abril de 2019 continuaba libre de enfermedad. Ahora transita fuera de las tinieblas siendo su caso el primero en niños que cruzó desde un terror que era final a los medios de comunicación. De forma más reciente hemos conocido en España el caso de Álvaro, también de seis años, libre de enfermedad tras este tratamiento. En este ensayo clínico, realizado en colaboración con una empresa farmacéutica, se han incluido dieciséis pacientes. Entre los niños tratados el 60 % se encuentra libre de enfermedad permaneciendo alguno sin ella hasta dos años después de recibir el tratamiento.

Hoy el sistema sanitario público español se aventura a financiar esta luz en la casa del terror. Se han seleccionado los centros donde se llevará a cabo y estos serán revisados cada seis meses. Se ofrecerá de forma experimental, como parte última del tratamiento para acabar con el monstruo que corresponda. Al tiempo, puesto que es un abordaje con elevado coste, se intentará optimizar el consumo de recursos para minimizar este al máximo. Lo mismo e igual pero por menos. Actualmente, en nuestro país, en el caso de los niños y la leucemia linfoblástica aguda, más de ocho de cada diez niños se curan sin necesitar más tratamiento del ya existente. Aquellos que necesiten una forma distinta de mirar para sus linfocitos T serán valorados e incluidos en este ensayo clínico que hoy ocupa portadas de periódicos.

En definitiva, nos encontramos ante un enemigo distinto e inesperado para lo invisible perverso. Hasta ahora el cáncer, sus diferentes formas, han disfrutado de estar invitados sin pedir permiso. Han usado la orquesta, se han puesto la mesa y han utilizado el patrimonio de un cuerpo que no veía lo que estaba pasando. Ahora los podemos ver. Nos siguen dando miedo, no hay duda. Cada uno tiene sus recursos y no dudará en utilizarlos. Pero es un miedo distinto, ese que aparece al final de la historia, justo cuando el protagonista descubre el secreto y todo tenía una explicación plausible. No hay fantasmas, era el viento. Tan solo hay que tener mucho cuidado en no dar pistas. Lanzar las campanas al vuelo de forma precipitada siempre hace demasiado ruido. Así, en un laboratorio se recibirán unos linfocitos T para para ser modificados. El producto de ese trabajo se introducirá en viales para administrase en pequeñas cantidades, apenas veinte mililitros. Transformación que abrirá las ventanas, pasará la luz. Se borrarán las sombras y los pasillos oscuros. Experimentación que hará camino para que mañana no haya más puntos y finales, para que se nos llene el futuro, aunque haya monstruos, de puntos suspensivos.

Emily Whitehead. Foto: Pete Marovich / Cordon.

Bibliografía

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1 comentario

  1. Tochus

    Gracias por un articulo tan bien explicado sobre la investigación médica y la gran herramienta que tenemos en la ciencia.

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