Ensayo sobre la ceguera

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Kinsasa, Zaire (hoy República Democrática del Congo), 1980. Fotografía: Getty.

Somos ciegos. En una región cualquiera de África, Medio Oriente o Asia desfilan ante nosotros cientos de códigos y avisos que no podemos ver. Cualquier analista, activista, trabajador humanitario o —sobre todo y por la parte que me toca— periodista debería tenerlo en mente cada vez que visite alguno de estos lugares: somos ciegos.   

Hay decenas de señales que hablan sobre la posición económica y social de cada persona que nos cruzamos en esos lugares predilectos para reporteros y demás curiosos. Los locales las distinguen como carteles de neón. Nosotros no vemos nada.  

Ni siquiera vemos quién es quién. Caminando por cualquier zona de África no se distingue una sola etnia. Son todos más o menos iguales. Ellos se diferencian perfectamente. Un kissi sabe quién es limba en Sierra Leona tan bien como un hausa sabe quién es yoruba en Nigeria o un tutsi quién es hutu en Ruanda. Y en esta distinción, ajena e invisible para el visitante que camina distraído por una calle o una aldea, se dirimen comportamientos y formas de relacionarse. Es imposible darse cuenta de que el tutsi le habla de forma maleducada al hutu en un restaurante. O que el luhya ha cambiado de idioma cuando habla con el akamba en Kenia porque se hablan decenas de idiomas. Cada etnia tiene el suyo e incluso dentro de las lenguas étnicas hay dialectos según los clanes. Porque esa es otra: las estructuras sociales de los países africanos —y también de los árabes— son complejos puzles que ni vemos a pesar de tenerlos delante.

Estas sociedades en las que nos movemos creyendo haber logrado entrar se subdividen en clanes con lazos familiares. En África hay clanes que tienen su propio idioma. Y sus propios códigos. Y sus líderes. Estos líderes son la autoridad en las zonas donde habite el clan, ya sea una aldea, varias, o un pueblo, o varios, o un barrio, o varios. Son estos líderes los que hacen y deshacen, ayudan o castigan. Aunque uno vaya por ahí creyendo que la policía es la autoridad. Toda esa jerarquía social atomizada, que parte de núcleos familiares y se extiende en círculos por toda la sociedad del país, es invisible para el visitante como las ondas del wifi que le atraviesan a uno el cuerpo sin que se inmute.  

Es imposible, como visitante, darse cuenta de que todo tiene una lógica social. Es el líder del clan quien autoriza que alguien emprenda un negocio o alquile una casa o una cabaña. O quien imparte justicia si hay una disputa. Y se relacionan con otros líderes de otros clanes de la misma etnia y deciden cómo son las relaciones con otras etnias, y todos ellos juntos forman segmentos sociales en Kenia, Líbano o Gambia. Y estos segmentos sociales alcanzan diferentes niveles de poder, como alcaldes, diputados o candidatos al Gobierno. Pero los votos que recibirán nada tienen que ver con política, que es lo que vemos desde fuera, sino con el origen de toda esta escalada: depende de a qué clan o etnia pertenece el candidato. Ese es el criterio único que mueve al votante. Y es que la palabra clan nos lleva a imaginar tribus o aldeas. No. También los abogados, jueces, políticos, empresarios o policías pertenecen a clanes. Todos saben con quién y cómo están conectados. Y esas conexiones invisibles mueven el país.

A veces, un clan o etnia logra tomar el poder y acapararlo, proporcionando cierta estabilidad. Es el caso de los hachemitas en Jordania, donde reinan desde hace dos siglos. Otras veces juegan a hacer elecciones. Los candidatos que más lazos y acuerdos logren con otras etnias, más votos lograrán. Da igual que en su programa se incluya llenar de caca la cara de sus votantes: nadie leerá el programa. ¿Es que hay alternativa? ¿Acaso a un chií de Líbano se le ocurriría votar a un suní para la presidencia?

Los Estados terminan por ser artificios que hacen de contenedores de estos puzles sociales, de estas complejas estructuras tribales imperceptibles para el ojo blanco. El ojo blanco deambula viendo paseantes negros o árabes, viendo ciudades o pueblos, viendo saludos entre vecinos, clases sociales, mujeres y hombres, pobres y adinerados. Pero no ve el enredo de hilos y conexiones que hay detrás, no ve quién conecta con quién. Para los autóctonos es evidente, salta a la vista la estructura social. Para el visitante es como caminar por Las Vegas con una venda en los ojos. No existe nada más que lo que traslada desde su esquema mental. Es lógico. No se ve lo que no se concibe. Por eso pasa desapercibido todo el entramado. Por eso, en ocasiones, los intentos de análisis políticos, sociales y —cómo no— periodísticos, basados en el traslado de fórmulas o esquemas autóctonos occidentales, resultan absurdos. Ineficaces. Tratamos de comprender lo invisible sustituyéndolo por una idea preconcebida que nos parece similar. Y a partir de ese error, aplicamos intentos de soluciones y derramamos tinta. Y, a veces, sangre.

El Estado es una administración hueca, un gabinete de cartón piedra. Nadie confía en él, nadie acude a él. Se acude al clan, a la etnia, a la tribu. En ocasiones, el Estado ni siquiera puede llegar a partes de su territorio. En Líbano el Estado poco pinta en las zonas controladas por Hezbolá, que de forma religioso-étnica se conforma como un Estado dentro de otro Estado llamado nación por el visitante. Menuda broma, esa de equiparar naciones a Estados. Níger no pinta nada más allá de su franja sur. A partir de ahí, el territorio es de los tuareg, conformados hace tiempo como Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI). Por ahí no puede entrar un policía, un soldado, un funcionario nigerino. Para el visitante, mirando el mapa o estando ahí mismo, eso es Níger. La nación de Níger, incluso. Pero allí todos saben que eso no es Níger, ni remotamente.

Las fronteras son efectos ópticos. Otra vez nuestros ojos occidentales engañados. Para un fulani del norte de Nigeria poco significa la frontera con Níger. Al otro lado hay más fulanis. Que un francés y un británico, hace cien años, cogieran un lápiz y trazaran por ahí una línea como quien reparte una tarta nada significa para la etnia y los clanes que allí habitan desde hace siglos. La línea trazada a lápiz la vemos el resto de europeos, pero no vemos la frontera verdadera, la invisible, la que separa a los fulani, por ejemplo, de los kanuri. Es más: en no pocas ocasiones estas líneas casi azarosas resultaron malditas. Como cambiar las piezas de una maquinaria y volver a encenderla a ver qué pasa.

Que alguien decidiese convertir Níger en un Estado ha tenido consecuencias terribles. Ha significado condenar a este nuevo y artificial país a la pobreza crónica. Un Estado asentado íntegramente sobre un desierto estéril es un sinsentido que jamás hubiera aflorado de manera natural. Las poblaciones de esta región siempre fueron nómadas, iban y venían. ¿Quién decidiría motu proprio quedarse a vivir en un punto sin agua de un desierto de forma permanente? Las fronteras visibles, las coloniales, los han encerrado en un territorio cuyo pasaporte dice que es el suyo y que no les ofrece más que arena. Los clanes, sin movimiento posible, se quedan sin comida y sin Estado a quien reclamar. Todo lo visible para nosotros es inútil. Ir allí y exigir a las administraciones o Gobiernos que ayuden, que funcionen, es como sacudir a un muerto para que se despierte. En la invisibilidad está la respuesta: los clanes han sido atrapados, han sido castrados. Esa sociedad no puede desarrollarse, comunicarse, relacionarse. Está presa en un artificio. Los occidentales nos hemos quedado mirando las sombras dentro de la cueva.

*

El machismo es una de las invisibilidades más sangrantes. En realidad, este asunto se puede resumir en: fuera de Occidente todo es machismo. Machismo brutal. El velo es visible, sí, y condensa el machismo en forma de prenda de vestir para que lo podamos ver: los hombres han decidido que las mujeres se cubran. Y lo han convertido en un símbolo cultural respetable. La sumisión como condición llamada a ser tolerada.  

Pero más allá hay toda una colección de usos y costumbres machistas imperceptibles y que someten a la mujer.

Es complicado hablar con un desconocido para ellas, sin ir más lejos. Podría acarrearles un serio problema. En lo que al reporterismo se refiere, hablar con una mujer en África o Medio Oriente para dar testimonio en un artículo solo es posible con la autorización del marido. Una autorización, otra vez, invisible: si el marido está presente, en silencio, observando, en la entrevista, la mujer apenas contará nada. Y siempre acabará él tomando la palabra. Los códigos invisibles impiden ver que es una falta de respeto tratar de establecer una conversación con la mujer e ignorar al hombre. Una falta de respeto similar a la de entrar en una aldea, pueblo o barrio e intentar hablar con sus habitantes sin haber presentado antes los respetos a los líderes de turno. Hombres, claro.

Es invisible, muchas veces, el dolor. Hacerse un esguince en estos lugares puede significar quedarse cojo para toda la vida. Un adulto con el pie del revés puede ser simplemente un niño que se rompió el tobillo jugando y nunca tuvo oportunidad de arreglarlo. Niños de tres años con la estatura y peso de un niño europeo de uno, y por eso pensamos que tienen uno en lugar de tres. Invisible es también el monumental mérito que tiene un deportista africano en la élite que vemos en una entrevista. Es uno entre millones. Solo la alimentación descarta al 99 % de los deportistas cuando son niños.

En las profundidades, más allá de lo físico, existe gente con ansiedad o pánico que ni siquiera sabe qué le ocurre. Trastornos psicológicos o psiquiátricos llevados en absoluto secreto. ¿A quién acudir? ¿A quién contárselo? Discapacitados escondidos en una casa o un bosque atados en árboles, como en Ghana. El sufrimiento no concede tregua. Es tanto que quien lo conoce lo censura sin querer.

La crueldad es demasiado cruel a veces. Las milicias hutus del Congo obligan a madres atacadas a comerse a su propio bebé a cambio de salvar la vida del resto de sus hijos. Lo hacen porque acusan a soldados tutsis de haber matado a bebés hutus estrellándolos contra una pared para después beber su sangre. ¿Cómo se cuenta eso? No se cuenta. Las guerras, los conflictos, la violencia de estos lugares no se narra más allá de lo que podemos asumir. A partir de ahí, se abre todo un escenario del horror que no queremos contemplar. Que no nos podemos permitir. Que es invisible.

De esta ceguera hay una consecuencia: todo aquello está lejos y nunca llegará aquí. Y es curioso, paradójico: quienes sufren estas experiencias también pensaban así. En Níger, una refugiada nigeriana que ha huido de Boko Haram cuenta en el transcurso de una entrevista para un reportaje: «Yo crecí en paz, en mi pueblo, mis cultivos y mi familia. De pequeña escuchaba lo que pasaba en Ruanda y pensaba, “qué horror”. Pero lo pensaba como algo lejano, algo demasiado terrible. Veía a la gente llevar sus muebles y colchones a la espalda para huir y jamás pensaba que algo así podía pasarme a mí».

Somos ciegos.

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4 comentarios

  1. lector

    Muy interesante

  2. Excelente. Me ha encantado. Yo como español que he vivido en Latinoamerica me resulta también muy familiar todo lo que dice el artículo. La descripción y consecuencias del etnocentrismo están descritas maravillosamente. La parte final de como somos ciegos a la verdadera magnitud del sufrimiento global, me parece excepcional. Enhorabuena

  3. Brendags

    Somos ciegos. Somos algo en el que algunos apoyan su discurso. Gran artículo, Nacho.

  4. Al substantivo «etnocentrismo» agregaría el adjetivo «masculino», siempre, como también a las estructuras de poder en cualquier otra realidad política o social. Viris (delenda) est.

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