Los poetas malos

Publicado por
Fotografía: Jesús Martínez (CC BY 2.0)

Todos los poetas son
malos, hasta los buenos; su canción
es canto de sirena
que confunde, seduce y encadena
tu pobre corazón.

Decía Neruda que todos los poetas son buenos, incluso los malos. Pero no tuvo en cuenta que casi toda la poesía contemporánea es mala —en ambos sentidos del término— desde el momento en que solo una mínima fracción de la producción poética está en los libros y las aulas de poesía: la mayor parte la encontramos (o nos encuentra ella por más que intentemos evitarla) en las letras de las canciones, en los discursos de los políticos y, sobre todo, en la publicidad.

Por poesía publicitaria no hay que entender los ingenuos eslóganes y jingles de los anuncios de antaño (como la famosa canción del Cola Cao), sino los elaborados productos audiovisuales que infestan la televisión desde hace medio siglo y amenazan con colonizar internet, si no lo han hecho ya. Salta a la vista —nunca mejor dicho— que los spots publicitarios son poemas, y sin embargo no nos damos cuenta a no ser que nos paremos a analizar sus mecanismos de seducción; estamos tan habituados a su insidioso metalenguaje que, al igual —o más bien al contrario— que el burgués gentilhombre de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo, no nos percatamos de que nos hablan en verso. Solo que los versos ya no son única ni principalmente frases, sino sobre todo imágenes y efectos sonoros; pero las armas de la poesía de siempre están ahí, más afiladas que nunca: la metáfora, la metonimia, la antonomasia, la hipérbole… Sobre todo, la hipérbole, porque en publicidad el tamaño importa, y mucho. Los anuncios siempre nos ofrecen lo más grande, en sentido literal o figurado, y a menudo se agigantan ellos mismos para enfatizar metonímicamente la magnitud de su oferta. Es el caso de las enormes vallas publicitarias que proliferan en ciudades y carreteras. Como el toro de Osborne.

 

En principio, la popular silueta podría representar a cualquier toro y servir de emblema a muy diversas causas (podría ser, por ejemplo, el logotipo de una organización ecologista, como el panda de Adena); pero al ser negra y estar ligada a la marca Osborne, es inevitable identificarla con el toro de lidia y, por ende, con la tauromaquia. No es sorprendente, por tanto, que se haya convertido en tótem y blasón del españolismo más retrógrado.

No hay más que entrar en cualquier tienda de souvenirs para comprobar que el torero y la bailaora siguen siendo los «topiconos» de la masculinidad y la femineidad carpetovetónicas. Y por una perversa metonimia, el toro se identifica con la tauromaquia, es decir, con su verdugo. Una metonimia tan perversa como la utilización del término «taurófilo» como sinónimo de aficionado a las corridas, que es como llamar «amantes de las mujeres» a los violadores o «bibliófilos» a los quemadores de libros.

La consabida bandera española con el toro de Osborne en el lugar del escudo es un poema visual digno de un Brossa. Con la particularidad de que lo que para Brossa habría sido una denuncia irónica del carpetovetonismo más cerril, para muchos se ha convertido en expresión cabal del orgullo patrio. Y no se puede negar que es el adecuado emblema de quienes lo eligen: el símbolo de la infame «fiesta nacional» sobre la mutilada bandera impuesta por Franco.

La pizarra tauriforme

Afortunadamente, la poesía visual no es privativa de la publicidad, la propaganda política y los descerebrados que llaman cultura a la tortura. El toro de Osborne es una gran pizarra vacía que pide a gritos ser llenada por algo que neutralice o cuestione su atrocidad paradigmática, y así se ha hecho en numerosas ocasiones. Veamos algunos ejemplos:

En 2017, el grafitero SAM3 pintó sobre un toro de Osborne próximo a la ciudad alicantina de Santa Pola el toro del Guernica de Picasso. El propio artista explicó así su intervención: «El monstruo de la guerra fue retratado en 1937 y Guernica es solo uno de sus nombres, le gusta pastar donde hay inocentes y desarmados. Tauromaquia de cobardes».

Foto: DP.

En 2005, el artista catalán Javier Figueredo cambió de sexo al toro de Casar de Cáceres, pintándole grandes manchas blancas, como de vaca suiza, y añadiéndole unas ubres sonrosadas. Según declaró, Figueredo pretendía denunciar la falta de igualdad entre géneros, y fue condenado por su osadía a dos días de arresto domiciliario.

Foto: DP.

En la misma línea de impugnación de la lógica heteropatriarcal, en 2011 el toro de Osborne de la Algaida mallorquina apareció una mañana sin testículos e iluminado con los colores del arco iris. Huelga decir que se procedió rápidamente a remascularlo y repintarlo de negro.

Foto: DP.

Todos los poetas son malos, hasta los buenos, en unas circunstancias —en unas manos— capaces de convertir su ambigüedad (la polisemia es consustancial a la poesía) en confusión y su poder de seducción en vandalismo emocional. En determinadas circunstancias —en determinadas manos— la admirable Cabalgata de las valquirias de Wagner puede incitar a invadir Polonia o jalear a genocidas ebrios de napalm. Pero el proceso es reversible. Un buen diseño, como el del toro de Osborne, puede convertirse en emblema del españolismo más casposo; pero podemos borrar de la pizarra tauriforme las connotaciones espurias, devolverle su pureza icónica y convertirla en soporte de nuevos mensajes. O en inspiración para nuevos iconos: grandes siluetas de animales en peligro de extinción, por ejemplo, que nos adviertan, como negros agujeros en el paisaje, de que estamos carcomiendo la naturaleza de forma irreparable.

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10 comentarios

  1. Aplaudo y celebro esta pequeña obra maestra.

    • Frabetti

      Gracias, F. Y gracias también por poner tu foto: de lo contrario pensarían que el comentario es mío.

  2. Qué artículo, Frabetti! Da gusto comprobar que hay sensibilidades fuera de la lógica del mercado, así sean patrióticos, artísticos o financieros, y es de gran ayuda para aquellos pocos que piensan que la sociedad debe tomar otro rumbo. Basta no desfallecer, aguantar y no darse por vencidos… y hablando de poetas y tenacidades…
    No te des por vencido, ni aun vencido,
    no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
    y acomete feroz, ya malherido.
    Ten el tesón del clavo enmohecido
    que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
    no la cobarde estupidez del pavo
    que amaina su plumaje al menor ruido.
    Procede como Dios que nunca llora;
    o como Lucifer que nunca reza,
    o como el robledal cuya grandeza
    necesita del agua, y no la implora
    Que muerda y vocifere vengadora,
    ya rodando en el polvo, tu cabeza.
    Almafuerte, poeta argentino del 800.

    Muchísimas gracias por esta pequeña obra de arte.

    • Frabetti

      Gracias a ti por traer a colación al gran Palacios. Todos los incurables tienen cura/ cinco minutos antes de la muerte.

  3. Muy bueno, me encanta todo lo que publicas.

  4. Islero Jr.

    Tan solo un apunte. El creador del toro de Osborne fue el gran Manolo Prieto que además de ser un genio del diseño, fue también un reconocido militante del Partido Comunista de España. Citando a wikipedia » […] durante la Segunda República Española colaboró como dibujante en la agrupación Milicia Popular, la cabecera del quinto regimiento de milicias. Durante la Guerra Civil Española apoyó al bando republicano y colaboró con dibujos para Altavoz del Pueblo y diario El Sol, además de ser director artístico de un periódico para la tropa del V Cuerpo del Ejército.» Me parecía de interés, sobre todo para aquelles energúmenes que tienden a bañarse en la Cibeles, ebrios de alcohol y España.

    • Frabetti

      Gracias, Islero. Fue precisamente lo que apuntas -que un gran diseño de un gran diseñador de izquierdas pudiera manipularse hasta convertirlo en un icono de la derechona- el punto de partida de las reflexiones que intento desarrollar en este artículo.

  5. Pepi Bobis

    Debo ser bastante mala, porque me encanta eso de «todos los poetas son malos, hasta los buenos». Es la primera vez que le leo y realmente he pasado un buen rato. Las entre líneas de este artículo dan para mucho juego.

    Un saludo

    • Frabetti

      Gracias, Pepi, por leer también entre líneas.
      Pues sí, siempre he pensado que lo de «poetas malditos» era un pleonasmo. O un hipérbaton: habría que decir «malditos poetas». :)

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