
¿Qué? ¿Ha vuelto a suceder? ¿Otro año más en que hemos ido dejando para luego la operación bañador y ahora que el verano ha llegado estamos apretando muy fuerte los puñitos hacia el cielo diciendo «A Dios pongo por testigo de que el año que viene no me comeré los Donettes de cuatro en cuatro»? Deje de preocuparse, ande, que ya habrá tiempo para acercarse a Fuengirola. La solución que usted necesita se llama Sicilia. Sí, esa isla a la que parece que la bota de Italia le está pegando una patada es la respuesta a sus problemas del primer mundo: aparte de las playas, los volcanes, el submarinismo, los teatros y templos griegos, las catedrales normandas, las ciudades barrocas, el pizzo y las óperas veristas con Sofia Coppola cayendo a cámara lenta, Sicilia es un paraíso para amantes del riesgo gastronómico y los triglicéridos. Deje el bañador en casa, hágase con unas cuantas provisiones de omeprazol y prepárese para perder la línea de una vez por todas y a lo grande.
Daremos por sentado que a usted la comida italiana le parece fascinante, por supuesto; pero ahora nos encontramos en el sur del país, donde cada bocado es más inmortal que cualquier mármol de Bernini. Llevaremos por siempre a Roma, Venecia y la Toscana en nuestro corazón, pero es en el sur donde nuestro estómago aprenderá a sonreír de puro morbo. Para entrar en situación, recordemos dos o tres términos clave: el primero, que tenemos que convertir en nuestro credo particular, es cibo di strada. Los sicilianos adoran comer en la calle, y Palermo en concreto ha alcanzado la quinta posición en la lista de mejores destinos de comida callejera en Forbes. Así que dedíquense a pasear para ir abriendo el apetito, pero con los ojos bien abiertos para no perderse ninguna rosticceria ni friggitoria, que es el nombre de los establecimientos de comida rápida italiana.
No, no se deje engañar por el concepto comida rápida: no cometeremos la herejía de hablar en este artículo de hamburguesas o perritos calientes. En una rosticceria cualquiera podremos encontrarnos con maravillas como los arancini, cuyo nombre vendría a significar ‘naranjitas’. Engaña, sí, porque no es un dulce ni un cítrico. Se llaman así ya que parecen una naranja en la forma, el tamaño e incluso el color. ¿Que qué es entonces? Una locura o una genialidad, según se mire. Para entendernos, digamos que es una albóndiga de carne con verduras que se recubre con arroz, se reboza y se fríe. Los sicilianos no consiguen ponerse de acuerdo en el origen de los arancini, pero no cabe duda de que hay que estar tocado por la mano de Dios para pergeñar una comida completa con sus hidratos, sus vitaminas, sus proteínas y sus grasazas, pero hecha una bola para poder transportarla más fácilmente. Otra delicia a tener en cuenta en su próxima visita a una friggitoria (¿necesitamos explicar que friggitoria se traduciría como ‘freiduría’ o ya se hace usted una idea?) son las panelle. Una suerte de buñuelos hechos con harina de garbanzos pero que se comen en bocadillo con sal y limón, igual que las crocchè (croquetas, pero que aquí no se hacen con bechamel sino con patata). Todo bien fritito para que lo de chuparse los dedos no sea solo una forma de hablar.
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Todas estas exquisiteces son el lado oscuro de la tal mentada (y saludable) dieta mediterránea. Pero, cómo hacer para no darse una «scorpacciata» con ellas? Este sustantivo italiano es uno de los tantos que dan la intuición de lo que describen, en este caso corporal: la ese inicial, que estaría como negación de «corpo» y el aumentativo o despectivo cciata, o sea olvidarse del cuerpo (y su salud) a lo bruto. Sería más o menos como el nuestro «atracón» pero más mortífero. Gracias por la lectura.