Ciencias

En nombre de dios: la nomenclatura del sistema solar

PPAL
Una visión artística del sistema saturnal. Imagen: Helga (CC).

Era casi un trámite, un premio de consolación. La forma que tenían de decir «y vivieron felices y comieron perdices». Cuando no sabían cómo acabar un cuento, los antiguos griegos le ponían final así: convirtiendo al protagonista en una estrella o en una constelación. Le ocurrió a Orión, a Andrómeda, a Casiopea y a varias decenas más de personajes de la mitología griega. Y por supuesto les ocurrió a sus dioses. A ellos les reservaron los cuerpos errantes, los que viajan por el cielo: el Sol, la Luna y las cinco estrellas que se mueven por el firmamento. Aquellas eran para los griegos «πλανήτης», «planétes», que significa literalmente eso, «errantes» o «vagabundas». Poco sabían entonces que, con aquella convención narrativa, con aquel chimpún atropellado que ponía final a sus mitos, estaban dándole nombre a regiones verdaderas, suelo tan real como el de Tracia o el Peloponeso. Y que, con el tiempo, habría mapas que llevarían esos mismos nombres y personas que pisarían aquellos mismos suelos.

Pero ¿por qué decidieron llamar «Venus» precisamente a Venus? ¿Por qué Marte se llama «Marte», y no «Minerva», por ejemplo? ¿Por qué todas las lunas de Júpiter tienen nombre de mujer menos una? ¿Y por qué Apolo, un dios tan prominente en el panteón grecolatino, no tiene su propio planeta? Nos contentamos con lo que nos contaron en los libros de texto: que los romanos pusieron a los cuerpos celestes el nombre de sus dioses y que siguieron en esto la costumbre de los griegos, punto final. Y eso, además de un resumen pobrísimo, es cierto solamente a medias. Aquí nos proponemos hacerle un poco más de justicia a la cuestión y arrojar luz, aunque solo sea un poquito, sobre ese hermosísimo embrollo de mitología, etimología y astronomía que es la nomenclatura del sistema solar.

Un par de cosas sobre astronomía antigua

Pero antes es preciso hacer un par de anotaciones. Primera: los antiguos griegos solo conocían los planetas visibles al ojo desnudo, los que hoy llamamos Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Para ellos no eran distintos de las estrellas excepto por su cualidad móvil. Y no es cierto que a estas «estrellas errantes» les pusieran los nombres de Hermes, Afrodita, Ares, Zeus y Cronos. Más bien ocurrió que las consagraron a esas divinidades.

Hubo una excepción: Venus. No solo tenía un nombre propio, tenía dos. Al menos desde la época homérica se le llamaba Fósforo cuando aparecía al amanecer y Héspero al hacerlo en las primeras horas de la noche (dentro de unas cuantas líneas entraremos en el porqué). Pero los demás planetas carecían de nombre propio. En Les noms des planètes et l’astroutrie chez les Grecs, un texto clásico sobre la materia publicado en 1935, el historiador belga Franz Cumont nos recuerda que «incluso en la época de Platón, los cinco planetas menores, excepto Venus, fueron designados como “la estrella de este o aquel dios”». Cumont pone como ejemplo un pasaje del Timeo donde el filósofo, al hablar de Mercurio y Venus, confiere a Venus el nombre de Héspero, pero a Mercurio lo designa vagamente como «και ό ιερός ‘Ερμου λεγόμενος», «el que se dice que está dedicado a Hermes». Fue lo habitual en la lengua griega incluso después del nacimiento de Cristo.

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7 comentarios

  1. Lo que pasa es que Cronos en griego es Κρόνος, no Χρόνος, así que no tiene nada que ver con el tiempo. La confusión tuvo lugar mucho después, cuando no sabían si escribirlo en latín «Cronos» o «Chronos» porque se pronunciaba igual.

  2. Enhorabuena al autor. Que texto más lindo :)

  3. Ojalá se enseñara latín y griego de esta forma en el bachillerato y no aprendiendo de memoria declinaciones y conjugaciones como papagayos.

  4. Fascinante descripción de los cielos que con la contaminación luminosas es imposible apreciar. Y genial el consejo a un futuro habitante de Marte con respecto a la posición de la madre Tierra. Gracias por la lectura.

  5. Excelente artículo. Me encantó.

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