
Inés París (Madrid, 1962) sabe que su mejor película no se rodará jamás. No lo cree: lo sabe. De momento, el guion reposa en un cajón, y protesta de tanto en tanto por si su autora vuelve a pelear por él en un futuro. Precisamente a cuenta de eso, de lo que está por venir, la directora y guionista acudió a las jornadas de Futuro Imperfecto en el Espai Rambleta de Valencia. La convocamos para que hiciera proyecciones sobre lo que veremos en las pantallas de los próximos años, y ella habló de lo que más sabe: las entrañas del cine y la televisión. De esas profesiones que no se ven, pero que lo cuentan todo. De dar forma a una idea, de pelarse con una historia, con un prejuicio y hasta con una industria entera. Nunca le ha importado exponer dónde están los pecados y vicios del oficio, y esta vez tampoco. Habló Inés de su trayectoria en zig-zag, de sus éxitos y también sobre esa perversa idea de que si se discrimina, nunca es adrede. Eso sí, seguimos con la duda de por qué a ella (que lleva décadas levantando producciones como Todos los hombres sois iguales, A mi madre le gustan las mujeres, La noche que mi padre mató a mi madre o la próxima La Valla) nadie la llama showrunner.
Los orígenes siempre son una buena forma de empezar. Vienes de una familia de intelectuales de izquierdas pero nada relacionados con el cine, que es tu ámbito. ¿Cómo llegas a él? ¿Eres una especie de oveja negra en la familia?
[Risas] ¡No, qué va, no lo soy! Es verdad que vengo de una familia muy peculiar, de aquí de Valencia, donde nací. Soy hija de un filósofo que se llama Carlos París… se llamaba, porque murió hace tres años, desgraciadamente, y no solo para sus hijos sino para todo el país, la verdad. Era un pensador magnífico. Aquí vino con mi madre, Emilia Bouza, y en Valencia nacimos los cuatro hijos de la familia en los años sesenta. Fue una época de importantísimas movilizaciones universitarias, y mi padre fue uno de los pocos profesores que estaba a favor de los estudiantes al comienzo del movimiento antifranquista en la universidad. Tanto era así que recibíamos grandes regalos de los estudiantes. Vivíamos en la calle del Mar, y siempre que venimos aquí me acuerdo de la estupenda relación que tengo con la ciudad.
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Mis mejores augurios a esta luchadora que debe enfrentarse a un mundo de propiedad de los hombres. Y no hubo mejor manera de evidenciar el velo masculino que nos enceguece, que contar esa anécdota de la alfombra que no permite conocer el paso diminuto y rápido de las mujeres. Gracias por la lectura.
Excelente articulo, de no creer como los hombres hemos sido ciegos durante tanto tiempo a la psique femenina.Me recuerda cuando le preguntaron a G R. R. Martin como podía describir tan bien a los personajes femeninos en sus libros y el responde: sabes siempre he considerado a las mujeres personas.
Precioso artículo. Da gusto leer las opiniones de una mujer tan inteligente