¿Cabe lo genuino en tres minutos?

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Foto: Very Quiet (CC)

¿A quién le gusta la poesía? Para empezar, suponemos, a los poetas. Parece lógico, natural y hasta necesario que a un artista, cuando menos, le agrade la disciplina en que trabaja y a la que dedica una parte tan integral de su cerebro y tiempo. Se trata en este caso del territorio de la palabra, pero no cualquier palabra: la poesía es, además, el género literario por antonomasia desde que la letra puede ser —y es de hecho— una conjunción de técnica y magia. En el ámbito poético no solamente tienen cabida los grandes temas de la literatura universal, las emociones más sutiles —y no estamos hablando de lo sentimental ni de lo lacrimoso, por cierto—, el pensamiento y los detalles que amplifican el universo de lo perceptible, sino que en él se da también y sobre todo una indagación en las posibilidades del lenguaje, que funciona como carnada y anzuelo, a un tiempo, de todo lo potencialmente expresable. Digamos entonces que la poesía es más que un género: es lo real hecho palabra. Y viceversa.

Pero la gracia de la lógica es que también tiene sus paradojas. Y si bien son los propios poetas y literatos de todo género los que confirman y defienden esa visión elevada de la poesía, son también ellos los que mantienen argumentadas contradicciones. Quién podría prescindir aquí de la aportación de Witold Gombrowicz (Polonia, 1904-Francia, 1969), autor que, si bien no cultivó el género lírico, sí le dedicó una controvertida conferencia el 28 de agosto de 1947 en Buenos Aires. Cuatro años más tarde, la revista polaca Kultura, editada en París, decidió publicarla con el elocuente título por el que ahora conocemos el libro en el que se ha convertido: Contra los poetas. Dejémosle hablar a él mismo con la contundencia con la que ataca ya en las primeras páginas: «Habría sido más prudente por mi parte no remover uno de los escasos ámbitos de tipo religioso que nos quedan. Aunque ya no creemos en casi nada, seguimos profesando culto a la Poesía y a los Poetas; y acaso sea esta la única divinidad que no nos avergonzamos de adorar con pompa, grandes aspavientos y no pocas exclamaciones: ¡Ay, Shelley! ¡Oh, Słowacki! ¡Oh, la palabra del Poeta, la misión del Poeta, el alma del Poeta! (…) Mi tesis —que nadie (o casi nadie), en verdad, ama los versos y que el universo de la poesía en verso no es sino ficción y afectación— se antojará, lo sé, temeraria al tiempo que frívola. Y, sin embargo, heme aquí afirmando que las poesías no me producen ningún entusiasmo… es más, me aburren. Dirán, acaso, que soy un lamentable ignorante y, sin embargo, trabajo en el ámbito del arte desde hace años y su lenguaje no me es del todo ajeno».

Es cierto que Gombrowicz no destacaba por su indulgencia sino más bien por un humor ácido y provocador, y la necesidad —casi vicio— de apuntar siempre a una diana. Libre de esta inclinación podemos considerar a Ben Lerner (Kansas, Estados Unidos, 1979), que destaca en los últimos años como novelista, ensayista y también como poeta. Y si las confesiones siempre son de agradecer, la suya no lo es menos: «Cuando enciendo un portátil para escribir o abro un libro para leer, lo escucho con mi oído interno: A mí también me desagrada. Cuando un poeta es presentado (yo incluido) en un recital, independientemente de lo que le oiga recitar, escucho: A mí también me desagrada. Cuando doy clase, básicamente lo canturreo. Cuando alguien me dice —como han hecho muchos— que no entiende la poesía en general o mi poesía en particular, y/o que cree que la poesía ha muerto: A mí también me desagrada». Con estas palabras abre Lerner El odio a la poesía, ensayo publicado en 2016 que podemos leer en castellano desde hace algo más de un año gracias a la traductora Elvira Herrera Fontalba y la editorial Alpha Decay. «A mí también me desagrada» es aquí una letanía, un salmo laico para los quizá ya-no-creyentes (o no tanto) en la poesía, los discípulos de Gombrowicz; para quienes se plantean qué clase de atracción y repulsa juegan a un tiempo en su percepción de la poesía. Es, en todo caso, el primer verso de un poema de Marianne Moore (Missouri, Estados Unidos, 1887) que marcó a Lerner por ser el primero que memorizó y cuyo título es «Poesía»:

A mí también me desagrada.

Al leerla, sin embargo, con el más completo desdén hacia ella,

una descubre que, a fin de cuentas, en ella hay un espacio para lo genuino.

Y lo genuino parece que no marida bien con las masas. ¿Será entonces sinónimo, parcial acaso, de minoritario? Ambos conceptos se avienen cuando nos referimos a la poesía. Y los datos nos sirven de apoyo en el argumentario: según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) hace solo un par de años, a la pregunta «De los géneros literarios, ¿cuál le gusta más?», solo un 1,2 % de los encuestados respondió «Poesía» (y podríamos aventurar que algunos de ellos eran justamente poetas). Si esto es así para la lectura, placer individual con todas las comodidades y sin agenda ni demanda de asistencia, ¿qué podemos esperar de la parte más social del género, de los escasos eventos literarios que se le dedican en un circuito principal centrado en la narrativa?

***

Hemos llegado entonces a una pequeña certeza: la poesía es tan prestigiosa como minoritaria. Pero esas minorías —en plural, polarizadas y desunidas casi siempre, para más complicación— bien se mueven, y así han encontrado una particular forma, entre otras, de sobrevivir en el circuito de los encuentros a la manera más underground: la slam poética. A mediados de los años ochenta, Marc Kelly Smith (Chicago, Estados Unidos, 1949) fundó en su ciudad natal la Poetry Slam, una timba a la que cualquier persona con inquietudes líricas y cierto aplomo sobre el informal escenario de un bar podía sumarse para compartir sus creaciones. En palabras de Smith, habría tres definiciones para concretar el carácter de la Poetry Slam: «La primera es que se trata de la reunión del arte de interpretar con el arte de escribir poesía. La segunda, es que es un evento de poesía interpretada, altamente entretenida e interactiva. Y la tercera, que es un público el que juzga en la competición de poesía». Esta reunión creada por el estadounidense es, en definitiva, un espacio para compartir la poesía hecha voz, de ahí la importancia de la calidad del texto y de su lectura e interpretación. Pero no todo es  libérrimo en estas timbas de ambiente distendido, porque en la slam pura, como señala Smith, no solamente se comparte, también se compite, y no hay competición sin normas. En la lectura de cada poeta o aspirante (slammer, en todo caso) se exige que los textos sean propios, que no se utilice ningún tipo de apoyo (ya sea músical o de accesorios, disfraces, etcétera) y que el tiempo de lectura no supere los tres minutos. Y tal como hay normas, también hay sanciones en caso de incumplimiento, aunque la gama y relativa severidad de estas depende de los organizadores de cada slam.

Son varios los valores que el conocido como «Slam Daddy» le atribuye al formato: pasión, emoción, entusiasmo, talento y una exitosa capacidad para lograr que la poesía llegue e interese a muchas más personas —atención aquí al clásico tira y afloja de la escena underground: cómo crecer manteniendo lo genuinamente minoritario––. En comunión con todo ello, desde 1986 la Poetry Slam se ha extendido internacionalmente y sigue haciéndolo, lo que demuestra que el gusto por la poesía no hace sino confirmarse, al menos en este formato llevado a los bares. En versiones más canónicas y en variantes más libres, como las jam sessions o spoken word, son numerosos los eventos de este tipo que se organizan en las principales ciudades españolas, pero también y cada vez más en pequeños núcleos con incipiente y gran vida cultural.

En Madrid destaca el micro abierto del bar Aleatorio, regentado por cinco amigos, entre ellos Marcos Almendros (conocido como Marcus Versus y editor de Ya lo dijo Casimiro Parker) y los poetas Escandar Algeet y Carlos Salem. Este último es el coordinador de la jam session que cada miércoles tiene lugar en el local de Malasaña. No muy lejos de allí, el bar Vergüenza Ajena convoca el evento dos jueves al mes, siempre con un poeta de trayectoria invitado y un máximo de cinco minutos en la intervención de cada participante. Libertad 8 —un curioso espacio que en sus orígenes fue una vaquería y que desde 1976 es punto de encuentro mítico para cantautores— cuenta con un micro abierto para la poesía y periocididad semanal. Pero si hay un evento madrileño relacionado fielmente con la idea de Smith es la Poetry Slam Madrid; sus organizadores precisan la idiosincrasia de la convocatoria en una declaración de intenciones: «¿Poesía? ¿Performance? ¿Talent Show? Poetry Slam es una particular forma de comunicación. Una nueva plataforma para la literatura: textos polémicos, ritmo trepidante, la tensión de la competición. Un tema crítico-jocoso, unas cuantas rimas y un recitado dramatizado, todo ello embutido en tres minutos». La cita —para la que se requiere inscripción previa— tiene lugar el primer miércoles de cada mes desde hace seis años en el bar El Intruso y una normativa muy detallada con la que se pretenden subsanar «los pequeños conflictos o vacíos normativos» que surgen en las slams. Cuenta, además, con una Liga Poetry Slam Madrid a la que el vencedor tiene la oportunidad de representar en el Campeonato Nacional.

Lo mismo ocurre con el ganador de la slam más potente de Barcelona, convocada por el CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona), de organización similar pero algo más veterana. En este caso, se define como «una plataforma de creación artística contemporánea, siendo la palabra el elemento esencial (…) y una red de creadores/poetas que encuentran en el uso de la lengua y, en concreto, en el slam de poesía, una herramienta para el desarrollo de su creatividad y el eje que articula un espacio de relación social y de intercambio». Además, la slam del CCCB recibió tres años después de su nacimiento al mismísimo Marc Kelly Smith, quien aprovechó la ocasión para impartir un taller sobre los vínculos entre el texto y la performance. También están la más reciente Sl’ham de L’Hospitalet de Llobregat, la Jam de Poesía Gijón, los micros abiertos temáticos de AnVerso en Valencia, la Jam de Poesía Granada, la Jam de Poesía Córdoba… y así, como se ve, una oferta bastante nutrida en torno a la poesía escénica que, en muchos casos, empieza ya a dar cabida a relatos breves y otras formas de escritura narrativa.

A los slammers, qué duda cabe, les gusta la poesía. Pero, ahora que sabemos que contra ella están precisamente los poetas, no resultará tan sorprendente afirmar que cuando busca la visibilidad no siempre juega en casa. ¿Qué es poesía y qué no lo es? ¿Qué es underground y a partir de qué momento de difusión deja de serlo? La poesía tal vez no necesite ser «altamente entretenida e interactiva» ni interesar a más por el añadido de la tensión competitiva o el gusto por divulgar los propios textos. Todo depende de lo que se pierda en el camino, de que se habite aquel espacio para lo genuino del que nos hablaba Moore. Quizá entonces la poesía lleve en sí el reverso de lo minoritario (que no es sinónimo de elitista). Quizá también lo underground aquí sea sencillamente demorarse un tiempo indefinido en un poema, por ejemplo, de John Ashbery, intentando comprender al cabo «el cruel manuscrito, demasiado estúpido para que lo interpretes, demasiado estropeado como para que lo desenrede ahora el mundo».

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3 comentarios

  1. Disparador

    Me gusta tu artículo. Está muy bien escrito. La frontera que divide la poesía de la no-poesía (como muchas otras fronteras en otros muchos temas) es un espacio difuso, que no se deja acotar, parecido a algunos de los límites de la Física —menos cuando llega un monstruo como Planck. A mí me gusta verlo «desde fuera de la caja»: neuronas, que disparan o no disparan, intentando definir un espacio no regido por el código disparo.

  2. «SE NECESITAN POETAS,
    SERVICIO MILITAR CUMPLIDO
    PARA PRODUCTO LIDER
    EN EL MERCADO DE CONSUMO
    MASIVO DE LAS LETRAS»
    ―¿Y cuántos versos estaría usted dispuesto a escribir?
    ―No más de uno al día, según el ánimo, según las ganas,
    y si fuesen al atardecer, pido paga extraordinaria.
    ―Serían pocos y excesivas sus pretensiones y no creo que despierten
    -digo por lo reducido- la curiosidad de los lectores.
    Le aconsejaría, para hacerlo más atractivo, que usted se sintiera…,
    digamos, a disgusto sobre esta tierra.
    ―Lo estoy, ¿no se nota?
    ―(¡Vaya tipo!) Y también excitante si poseyese, hablo con metáforas, ciertamente,
    algún indicio, inclinación a la locura, o al suicidio.
    ―Las he tenido, pero soy un cobarde y, además,
    me gusta escribir, es un alivio;
    de cualquier manera el escribir y el suicidio
    llegan siempre al mismo sitio: la liberación…
    y con respecto a la locura…,
    mejor no despertar a esa Diosa Oscura
    que merodea a nuestros flancos.
    ―(¡Nada mal esta última definición!) Otra cosa,
    ¿tuvo o tiene relaciones borrascosas?,
    y estupendo sería si fuesen con uno, con el otro
    o ambos sexos.
    ―Me gusta el perfume, la ambigüedad y la ternura
    de las mujeres…,
    y de los hombres…
    la risa, el canto, el jugar a la pelota,
    en ese aspecto reconozco que soy bastante pobre.
    ―¿Tiene pulsiones al aislamiento?
    ―¡Pues me sobra, aquí me ahogo!
    ―(¡Vaya loco!) ¿Fulguraciones reveladoras de otros mundos, otra física?
    ―Si, pero son imprecisiones, nada serio, seria vago en el detalle,
    además, mi cultura son también los dibujos animados,
    las viñetas, historietas, el cine americano, y libros, ¡tantos!
    para nada aconsejables
    ―No lo crea, la gente se aburre y está ansiosa en esta jaula…
    tendríamos que hacer su existencia… más dramática.
    ―Entiendo, pero la alegría, la tristeza son éstas;
    no se puede ir más allá de las ropas que uno viste.
    ―Entiendo, entiendo. No se preocupe, lo llamaremos
    si el mercado lo exige, buenos días y muchas gracias.
    ―Encantado, y hasta siempre.

  3. la poesía

    Witold Gombrowicz es alguien a quien la belleza no busca.

    Si no se moja, si no se empeña, si no se pone firme y serio y exigente,
    no verá nada preciso: una polvareda que pasa, una nubecilla rosada y tonta.
    Podrá decir: miraban, no miraban, y distantes distantes. O: me acuerdo de árboles (muy) altos.
    O: algunas cosas hacían sombra al moverse o al no moverse. O: había algunas columnas rotas
    y cisnes serios como hombres.

    En súmula y ultimidad, una de sus manos se habrá quedado vacía
    y nunca sabrá cuál de las dos.

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