
La mafia ya no es lo que era, el nuevo filme de Franco Maresco, de lo mejor que ha pasado por el Festival de Cine Europeo de Sevilla.
Repita conmigo: «No a la mafia». Vamos, es muy fácil. Dígalo. «No a la mafia». ¿Nada? Si no es capaz de pronunciar esas cuatro palabras seguidas, sepa usted que padece una extraña afasia, pero no se asuste: una amplia porción de la población siciliana sufre un bloqueo similar. Se le conoce popularmente como omertá. Así lo pone de manifiesto el director Franco Maresco en La mafia non è più quella di una volta [La mafia ya no es lo que era], una nueva escala en su larga andadura de denuncia y sátira de la Cosa Nostra y sus simpatizantes. El filme, que obtuvo en la Mostra de Venecia el premio Especial del Jurado, acaba de exhibirse en el Festival de Cine Europeo de Sevilla.
Todo comienza, en cierto modo, en el mismo punto en que acababa su largometraje de 2014, Belluscone, una storia siciliana, esto es, en una encuesta callejera para pulsar el compromiso de la gente corriente en favor de la justicia y frente al crimen organizado. A juzgar por el resultado, dicho compromiso es casi inexistente. En esta ocasión, la encuesta gira en torno al 25º aniversario del asesinato de Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, los dos jueces antimafia que dieron su vida por combatir la lacra mafiosa. Sea por miedo o por cinismo, nadie, en calles ni mercados, se animará a pronunciar una palabra de reconocimiento hacia los dos mártires, ni siquiera de tibia gratitud.
Y no será porque la memoria de Falcone y Borsellino, cuyos nombres designan hoy el aeropuerto de la capital siciliana, Palermo, no haya sido suficientemente promovida desde los poderes públicos, a través de homenajes y marchas diversas. A través de una de ellas sigue Maresco a Letizia Battaglia, legendaria fotoperiodista de la ciudad, para empaparse del ambiente. Lo que viene a comprobar entonces es que el supuesto tributo a los héroes ha derivado con los años en una suerte de cabalgata festiva que avanza a ritmo de pop barato. «Antes llorábamos, ahora cantan», afirma la fotógrafa atónita, ofuscada.
Letizia Battaglia, ochenta y cuatro años: la memoria viva de los años de plomo en Sicilia. Junto a su compañero de entonces, el también fotógrafo Franco Zecchin —que aparece fugazamente en la película— fueron los testigos de excepción de la segunda guerra de mafia, que anegó de sangre el Palermo de mediados de los ochenta. La historia es conocida: los exorbitantes beneficios del tráfico de heroína enloquecieron al clan de los corleoneses, comandado por el psicópata Totó Riina, quien diseñó una estrategia de exterminio sin parangón ni precedentes. Gánsteres rivales, policías, jueces, periodistas, nadie escapó a su voracidad homicida. Letizia y Zecchin, con el oído siempre atento a la emisora de la policía, se especializaron en retratar a las víctimas de aquellas matanzas, llegando a menudo al escenario del crimen antes que las fuerzas del orden. Una de aquellas instantáneas, realizada por Zecchin, sirvió tiempo después para ilustrar una sonada, polémica campaña de Benetton.
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Su artículo me lleva inexorablemente a considerar otra fase del problema mafioso: que efectivamente hay, en materia jurídica, un cortocircuito entre cada país y la UE. Usted por lo visto está informado de esta realidad criminal, con sus ramificaciones, sus modus operandi, la psicología individual y, sobre todo, sus valores de la cual la omertá es la más evidente, pero la UE parece ignorarla o no tenerla en cuenta. Conozco poco sobre los códigos penales, pero es evidente que la única manera de responder a estos criminales impenitentes era con penas severas, de las cuales el Art 41bis es el más eficiente: aislamiento total, ya que se comprobó que, si permitían las visitas de familiares o amigos, estos “uomini d’onore” encarcelados, además de no arrepentirse por las ferocidades cometidas, continuaban a dar órdenes y directivas. Y atentados, por supuesto. La UE dice que este tratamiento lesiona la dignidad del individuo garantizado por la Carta de los Derechos Humanos. ¿Y ahora, habrá que permitir salidas por “buen comportamiento” después de un cierto tiempo? No lo creo, ya que prefieren terminar sus días entre rejas antes de revelar sus contactos o arrepentirse. Y los casos más ejemplares los dieron Totó Riina y otro capo mafioso condenados a cadena perpetua. El primero reveló a otro detenido en la hora de recreo, sin sospechar que lo oían, que estaba muy orgulloso de haber hecho saltar por los aires a una víctima. Y el segundo se lamentaba que “Berlusca” (así se le oye decir) no había cumplido con el pacto de suavizar las condenas cuando este gobernaba. Dos semanas atrás SB tuvo que comparecer, en la emblemática sala bunker donde Falcone y Borsellino llevaron ante la justicia por primera vez en el “maxi proceso” a una cantidad impensable de acusados y que les costó la vida a ambos. Se avaló, de acuerdo al consejo de sus abogados, de no responder. La lucha contra esta plaga será larga, pero algo de esperanza hay, ya que en las décadas del cuarenta y cincuenta se afirmaba que la mafía no existía. Y lo decían los gobernantes. Gracias por la lectura.