María Moliner, nuestra señora de las palabras

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La palabra no es una etimología, sino un puro milagro. (Ramón Gómez de la Serna).

Madrid, 1952. En el principio fue una mujer sola. 

Una mujer menuda que trabajaba en la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid, una señora de aspecto inofensivo que, sentada un día en su casa a sus cincuenta años, decidió escribir un diccionario. Su tarea, que escogió como solo se escoge un amor o un apostolado, duró quince años desde el momento de la decisión y la primera ficha de la primera palabra hasta la publicación del primer tomo del Diccionario de uso del español en 1966. 

Nunca hay que fiarse de las señoras de aspecto inocente y respetable, son capaces de sentarse tranquilamente en la mesa de su cocina durante quince años y preparar una jugada maestra que ponga en jaque a la Real Academia Española. 

No fue un capricho hacer el diccionario, aunque sonase como una locura. De hecho, antes de decidirse, valoró la posibilidad de escribir algún tipo de material pedagógico o un ensayo. Sin embargo, era obvio que la censura caería sobre ella y sería imposible de publicar. María Moliner había sido represaliada al final de la guerra civil por formar parte, junto con su marido, del movimiento republicano. Aunque en su historial no constaba actividad puramente política, su labor intelectual fue más que suficiente para llevar hasta el final su expediente de depuración.

Había formado parte de la delegación valenciana de las Misiones Pedagógicas, encargándose del proyecto de creación de bibliotecas rurales y populares. Durante el primer bienio republicano compatibilizaba este trabajo con sus clases de historia en el Instituto Cervantes de Madrid, donde coincidió con Antonio Machado, que también era profesor en el centro. Más tarde, fue destinada a Valencia para dirigir la Biblioteca Universitaria. Desde el balcón de su casa, en el número 22 de la Gran Vía del Marqués del Turia, vio junto a su marido y sus hijos entrar a las tropas nacionales. Había tocado perder y empezaba la derrota.

Como es lógico, los expedientes de depuración escenificaron un fuego cruzado entre funcionarios para dirimir disputas y celos profesionales. Hay que aproximarse a ellos con prudencia, nunca con ingenuidad.(Inmaculada de la Fuente1).

La revancha de los vencedores le hizo perder dieciséis puestos en el escalafón del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, donde entró en 1922 siendo la mujer más joven de la historia de la institución y la sexta que conseguía aprobar las pruebas de ingreso. Que se había licenciado en Filosofía y Letras en Zaragoza por la rama de Historia con premio extraordinario casi no vale la pena ni mencionarlo, para la época era impensable que una señorita estudiase y no fuese excepcional.

Como parte de la sanción, será destinada primero al archivo de Hacienda y luego a la biblioteca de Ingenieros Técnicos Industriales en Madrid. Ambos eran puestos sin filiación política, donde no se manejaba material con contenido considerado «sensible», ni era precisa una persona «de confianza». 

Por eso, para alguien con inquietudes intelectuales y con formación como archivista y bibliotecaria, un diccionario era perfecto. Ningún censor iba a invertir su tiempo en leerse una definición tras otra buscando contenido político, aunque fuese ella quien lo escribiese. Era un plan sin fisuras.

Incluso para lo sobrehumano hace falta un punto de partida, y doña María encuentra el suyo en el Learner’s Dictionary que su hijo Fernando le trae de París en 1951. Un diccionario de uso, monolingüe y sencillo, que le sirve para mejorar su propio inglés y le hace pensar que, tal vez, en seis meses, o como máximo dos años, ella podría hacer una herramienta parecida en español. Un diccionario que explicase de manera concisa el significado de las palabras yendo más allá del puro sinónimo. Con un lenguaje actual, huyendo de tautologías y autorreferencias, que convertían a veces el diccionario de la RAE en un callejón sin salida anquilosado y decimonónico. 

Y entonces, con una referencia clara de a dónde dirigirse, otra de la que huir y sin nada que perder, María Moliner empezó su diccionario. 

A veces en una mesita de su sala de estar y otras en la de la cocina, armada con un bolígrafo para anotaciones al margen y una máquina de escribir, redacta fichas con las definiciones de palabras que va guardando, primero en cajas de zapatos, luego en los cajones de la cómoda del salón. Para consultas utiliza el diccionario de la RAE, el ideológico de Casares y el etimológico de Corominas. El suyo será la suma de estos y aún un poco más. Pero eso todavía nadie lo sabe, ni siquiera ella misma. 

Cuando ya han pasado al menos un par de años de labor en solitario y un número considerable de fichas está terminado, llega a oídos de sus amigos Dámaso Alonso y Rafael Lapesa que doña María está haciendo un diccionario fuera de sus horas de trabajo en la biblioteca. Ambos filólogos no dan crédito a la exactitud y la brillantez de muchas de las definiciones. La autora ha estudiado el diccionario de la RAE al detalle y lo demuestra en el suyo que, entre otras cosas, enmienda errores y mejora definiciones que en el de la Academia habían quedado obsoletas. Dámaso Alonso no tienen dudas de que la obra, a la que aún le quedan años para ser finalizada, es valiosa y debe ser debidamente revisada y publicada. Se pone en contacto con Gredos, donde él mismo dirige su colección principal y hace presión para que acepten la publicación del diccionario de María Moliner. Los cuatro socios de la editorial se lo piensan durante tres meses, no era una decisión fácil, un diccionario hecho para competir con el de la RAE, y además escrito por una mujer con un expediente políticamente problemático en plena dictadura. 

Pero como a veces tener todo en contra hace que la decisión más descabellada parezca lo único sensato, María Moliner firma el contrato de edición en 1955. 

El compromiso editorial le dará la seguridad y al mismo tiempo la presión necesarias para esmerarse aún más en el trabajo. Sabe que los filólogos y los académicos la considerarán una intrusa, que serán implacables. Además, no quiere defraudar ni a Gredos, ni a Dámaso Alonso, ni a los que han creído en ella. 

Es justo en este punto cuando se da cuenta de que necesita ayuda y llega a su vida María Ángeles de la Rosa, que la acompañará hasta 1962 comprobando referencias, pasando a limpio las notas, las correcciones y, en general, siguiendo sus directrices, porque en el diccionario no se pondrá ni una coma sin que ella la supervise. Su relación será estrecha, casi familiar. María Ángeles la acompañará durante las vacaciones de verano en su casa de La Pobla (Tarragona), donde la familia Moliner pasaba dos meses de verano y doña María podía por fin dedicar toda su jornada a trabajar en el diccionario sin interrupciones. Casi como una obligación, dedicaba apenas diez días libres a la playa y el descanso.

Su rutina en Madrid comienza a las cinco o seis de la mañana, trabaja en la cocina hasta que levanta la mesa del desayuno y se va a su puesto de trabajo en la biblioteca de ingenieros industriales. Cuando su jornada acaba, vuelve a casa y retoma el diccionario. Bien en la mesa de la sala o en su sillón frente a la terraza, donde se sentaba a pensar cuando tenía que enfrentarse a algún problema que se le resistía, doña María trabaja sin descanso y sin queja, con una devoción monacal. El diccionario que iba a tardar dos años en hacerse muta y crece, las fichas se multiplican como el milagro de los panes y los peces y van campando a sus anchas por toda la casa, que se torna una especie de taller lexicográfico donde María Moliner es la jefa de máquinas. 

Es un diccionario para escritores. (María Moliner2).

La particularidad que hace al Diccionario de uso del español una herramienta extraordinaria es que su autora no se limitó a hacer una lista alfabética de significados3

Tomó cada palabra como un ente vivo y escribió cada descripción como una microestructura que orbita en dos ejes. Por una parte, la definición estricta y la ortografía, y por otra, una lista de palabras del campo semántico, sinónimos y expresiones asociadas que ayudaban a entender mejor cómo se utiliza la palabra en el contexto de la comunicación real. Cada entrada en el DUE es literalmente un artículo que pretende ser casi un estudio anatómico de cada término.

De este modo, las palabras no solo están catalogadas, metidas en sus casillas por orden alfabético, sino que interactúan unas con otras, se relacionan formando un corpus como un gran planisferio celeste, donde unas señalan el camino a las otras. Un gran mapa en el que mirar al lenguaje no como piezas disecadas colgadas en una pared, sino como una gran colmena viva, produciendo y reproduciéndose. 

Que esa visión panorámica de la lengua como un todo llegase a nosotros, fruto de la reflexión y el trabajo de una sola persona, es simplemente extraordinario. El favor que nos hizo a lectores y escritores es imposible de medir y mucho menos de pagar.

El diccionario de la Academia es el diccionario de autoridad. En el mío no se tiene demasiado en cuenta la autoridad. (María Moliner4).

Cuando en 1966 se publica, por fin, el primer tomo del Diccionario de uso de español, y en 19675, el segundo, los académicos se asombran, pero no acaban de tomarse muy en serio a esta señora que, según ellos, escribió un diccionario como si fuese un pasatiempo ahora que sus hijos estaban ya mayores. No bastaron tres mil páginas en dos tomos, casi tres kilos de obra y quince años de trabajo para que la considerasen una colega. 

Seguramente la Academia Española está realizando su papel tradicional. Yo veo un poco difícil que se salga de él e invada otros campos. Su papel será siempre el de guardiana de la pureza del lenguaje. (María Moliner).

En 1972 Rafael Lapesa, apoyado por Pedro Laín Entralgo y Carlos Martínez Campos, presenta la candidatura de María Moliner al sillón B de la Real Academia de la lengua española. La propuesta significaba no solo que la mujer que había hecho el diccionario podría ser académica, sino que podría ser la primera mujer de la historia admitida en la RAE. Los académicos no se mostraron entusiasmados, aunque en voz baja admitiesen estar admirados por el trabajo de aquella mujer que, con aspecto casi de monja laica, les había colocado delante de las narices una obra colosal como nunca habían conseguido hacer todos ellos juntos. 

Para colmo, la prensa se volcó con la candidatura y no paró de bombardear con la historia de doña María, incomodando hasta la náusea a los señores académicos, que arqueaban las cejas contrariadísimos. Quienes arrastraban un historial de negar la entrada a Gertrudis Gómez de Avellaneda y a la mismísima Emilia Pardo Bazán tenían que ver con estupor cómo la prensa pretendía meter mano en su feudo y obligarles a admitir en casa a esa señora que les había enmendado la plana sin ser siquiera filóloga. Hasta ahí podíamos llegar.

La RAE, fiel a sí misma, votó por mayoría a Emilio Alarcos, eminente lingüista y salvoconducto perfecto para evitar cuestionamientos incómodos. 

Es una lástima que, por esas circunstancias especiales en que se han desenvuelto siempre los temas que rodean la presencia de mujeres en la Academia, María Moliner no haya podido ocupar un sillón en la entidad. (Miguel Delibes6).

Aunque unos años más tarde Pedro Laín y Rafael Lapesa fueron a hablar con ella para proponerle volver a presentar la candidatura, María Moliner se negó. Había que dar lo perdido por perdido, decía. Además, su salud había empezado a resentirse, como si ahora que el diccionario ya campaba a sus anchas por el mundo algo dentro de ella hubiese empezado a apagarse. 

No tenemos datos contrastados, pero casi podríamos afirmar que la Academia respiró aliviada, aunque no por mucho tiempo. En 1978, cuando Carmen Conde ingresó, por fin, rompiendo el maleficio, dijo que el sillón que se le había adjudicado a ella era, en realidad, de María Moliner. 

Me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años. (Gabriel García Márquez).

La necrológica que le dedicó en El País Gabriel García Márquez el 10 de febrero de 1981 es, quizá, una de las mejores cartas de despedida que se le podrían escribir. Aquel que retrató a tantos personajes que permanecen en el mismo lugar durante años, repitiendo las mismas acciones una y otra vez, desgastándose por las costuras, pero siendo fieles a su cometido, como el coronel esperando su correspondencia o Ángela Vicario escribiendo dos mil cartas que nunca fueron abiertas, solo podía fascinarse ante la historia de la mujer que se sentó en su casa a escribir su diccionario como quien construye, piedra a piedra, su propia catedral.


1 De la Fuente, I. El exilio interior. La vida de María Moliner (Turner, Madrid). 

2 García Márquez, Gabriel. La mujer que escribió un diccionario (El País, Madrid, 10-2-1981).

3 Como dato adicional a la organización del DUE, conviene señalar que por primera vez la CH y la LL se colocan en el lugar que les corresponde alfabéticamente en las letras C y L, respectivamente. Esta medida no fue adoptada por la RAE hasta 1994.

4 Castelo, Santiago. Conversación con María Moliner (ABC, Madrid, 25-6-1972, pp. 166-171).

5 La única edición del DUE completamente corregida y supervisada por su autora es la correspondiente a 1966-1967.

6 «Una académica sin sillón», (El País, Madrid, 23-1-1981).

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3 comentarios

  1. Sin prisa y sin pausa, como a ellas les conviene, cada tanto dan a la luz hijos, al masculino, como este diccionario desprovisto de testosterona. Nunca está de más recordarla. Gracias.

  2. Isabel M.

    En el colegio debería estudiarse a esta mujer. Es increíble la poca información que da el diccionario de la RAE en comparación.

  3. SU PADRE SALIO POR TABACOS Y NO REGRESO SE HIZO CARGO D SU FAMILIA TRABAJANDO,ESTUDIANDO Y COLABORANDO CON EL DICCIONARIO D ARAGONES LA BIBLIOTECA DEL ANTIGUO BARRIO UNIVERSITARIO LLEVA SU NOMBRE OTRA SIMILAR EN SU ALMA MATER 1900 NACE IGUAL Q SU PAISANO LUIS BUÑUEL LAS ACADEMIAS D LAS LENGUAS NO SOLO ESTUDIAN LAS LETRAS SINO TAMBIEN PALABRAS POR PERSONAS POR ENDE LOS SILLONES Q OCUPAN ESOS ACADEMICOS DEBEN LLEVAR NOMBRE D ILUSTRES Q HAN PULIDO EL IDIOMA D MAS D 500 MILLONES POR LO Q EL PRIMER NOMBRE D UN SILLON DEBERA SER DOÑA MARIA MOLINER DEJANDO D SER SOLO LETRA CONSTANCIA DE SER LIC, EN FILOSOFIA Y LETRAS CUANDO POCAS MUJERES INGRESABAN A LA UNIVERSIDAD .

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