
Era uno de esos lugares en los que hay que apuntar el grupo sanguíneo junto al nombre antes de entrar. También hay que firmar esa carta que exime de responsabilidad a la empresa en caso de salir con una pierna menos. Por lo demás, Faris decía que era «un día fantástico para trabajar». A punto de cumplir los cincuenta, aquel kurdo de pelo ralo y párpados pesados estaba prácticamente en los huesos, como si se hubiera dejado consumir para evitar activar las minas bajo sus pies. Ya sabemos que es imposible aliviar la presión hasta ese punto, pero veinte años en el oficio no habían arrancado una sola pieza al esqueleto de Faris.
Siempre me ha fascinado el perfil de los desactivadores de minas. Están los arrepentidos, que son los que un día ensuciaron la tierra y hoy limpian su conciencia. Aunque esos son los menos. La mayoría de las veces se trata de gente local que intenta no dar un paso en falso para esquivar la muerte o la mutilación. Algunos lo hacen por dinero; otros porque cuentan con víctimas en la familia. La primera que conoció Faris fue su padre: «Compramos unas tierras que resultaron estar sembradas de minas. Mi padre aprendió a retirarlas con cuidado, y más tarde a desarmarlas. Al final, le estalló una en la cara. Era cuestión de tiempo».
En contra de lo que se pueda pensar, no suele haber ni máquinas, ni ordenadores, ni monitores, ni apenas ningún rastro de tecnología en la que apoyarse para realizar un trabajo tan peligroso como el de localizar y desactivar explosivos enterrados bajo tierra. Cierto: existen tractores-excavadora que cuentan con una pala específica para esta labor y una cabina blindada para el conductor. También hay perros especialmente adiestrados que detectan las minas por el olor del gas que desprenden. Desgraciadamente, ambos recursos quedan fuera del alcance de la mayoría de campos de minas en todo el mundo. Aquel espacio acotado al norte de Irak podría haber sido una huerta de la extensión de medio campo de fútbol en el que una chabola de techo de paja ofrecía la única sombra. La calavera y las dos tibias en una señal oxidada ya indicaba que no eran patatas lo que se escondía bajo tierra. También la ambulancia aparcada a una prudencial distancia de cien metros. Solo en el norte de Irak se calcula que hay dos millones de minas enterradas esperando a que alguien las pise. Es, junto con Afganistán, el territorio más minado del mundo.
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