
Si uno mira lo publicado en The New York Times alrededor de 1920, durante la época del Spanish Revival, encuentra cosas sorprendentes. Por ejemplo, que en Estados Unidos, al mismo tiempo que se aprobaban leyes y se sucedían las protestas contra la inmoralidad del maltrato animal, se celebraban corridas, rodeos y charlotadas en lugares como Newport, Rhode Island o Coney Island. Aún hay rodeos en el sur, supongo que por el mismo motivo que antes se hacían en todo el país combates de osos: por el espectáculo. En muchas de estas noticias sobre los toros en España figuran Joselito «el Gallo», Belmonte o Sánchez Mejías; en otras, se reseñan iniciativas para limitar el acceso de los menores a las plazas y a los rings de boxeo, la obligatoriedad del peto en los caballos o la actividad de las primeras organizaciones antitaurinas, pero lo que queda claro, leyéndolas, es que las corridas eran para el público una competición, un evento deportivo. Se lo cuento a Talavante (Badajoz, 1987) mientras bebe agua y cena pizza en un restaurante italiano de Greenwich Village, ni pijo ni todo lo contrario, donde los turistas van a sentirse neoyorquinos y los neoyorquinos los ignoran rutinariamente, haciendo el doble de ruido. Alejandro tiene fama de samurái, así que decido entrarle por el show.
¿Qué hace un torero en Nueva York?
Un torero en Nueva York puede hacer cualquier cosa menos torear, pero puede dejarse torear por la ciudad, o torearla. Recordando el «im-presionante» de Jesulín, yo defino esta ciudad como «in-calificable». Me invita a trabajar, a sacar la lima. Ofrece un paisaje que provoca constantemente cambios en tu sensibilidad. Con sus contradicciones, Nueva York puede ser toreable. Y por sus contradicciones, también.
Mucha gente viene a esta ciudad buscando estímulos para crear. ¿Te has traído los trastos?
Estoy de vacaciones, pero esta vez los llevo, sí. Aunque tenía tantas ganas de agarrar una muleta que ni los he tocado. A un torero no le hace falta tener muleta ni capote para torear.
¿Te gustaría entrenar, a solas, al atardecer, en la azotea de alguno de estos edificios altos, como el Empire State, mirando Manhattan?
Sería un buen comienzo. Me perdería en los muletazos y el escenario tendería a desaparecer. Cuando viajo, hago ejercicios inconscientes de ficción taurina. Lo mismo imagino que tengo delante un toro que me da especialmente miedo cómo transmuto en Belmonte, o en un torero que aún no existe. Son situaciones muy reales que suceden en un espacio que no es físico, pero como si lo fuera.
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