Alejandro Talavante: «El miedo hace que acabes tomando del brazo a quien menos te conviene»

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Si uno mira lo publicado en The New York Times alrededor de 1920, durante la época del Spanish Revival, encuentra cosas sorprendentes. Por ejemplo, que en Estados Unidos, al mismo tiempo que se aprobaban leyes y se sucedían las protestas contra la inmoralidad del maltrato animal, se celebraban corridas, rodeos y charlotadas en lugares como Newport, Rhode Island o Coney Island. Aún hay rodeos en el sur, supongo que por el mismo motivo que antes se hacían en todo el país combates de osos: por el espectáculo. En muchas de estas noticias sobre los toros en España figuran Joselito «el Gallo», Belmonte o Sánchez Mejías; en otras, se reseñan iniciativas para limitar el acceso de los menores a las plazas y a los rings de boxeo, la obligatoriedad del peto en los caballos o la actividad de las primeras organizaciones antitaurinas, pero lo que queda claro, leyéndolas, es que las corridas eran para el público una competición, un evento deportivo. Se lo cuento a Talavante (Badajoz, 1987) mientras bebe agua y cena pizza en un restaurante italiano de Greenwich Village, ni pijo ni todo lo contrario, donde los turistas van a sentirse neoyorquinos y los neoyorquinos los ignoran rutinariamente, haciendo el doble de ruido. Alejandro tiene fama de samurái, así que decido entrarle por el show.

¿Qué hace un torero en Nueva York?

Un torero en Nueva York puede hacer cualquier cosa menos torear, pero puede dejarse torear por la ciudad, o torearla. Recordando el «im-presionante» de Jesulín, yo defino esta ciudad como «in-calificable». Me invita a trabajar, a sacar la lima. Ofrece un paisaje que provoca constantemente cambios en tu sensibilidad. Con sus contradicciones, Nueva York puede ser toreable. Y por sus contradicciones, también.

Mucha gente viene a esta ciudad buscando estímulos para crear. ¿Te has traído los trastos?

Estoy de vacaciones, pero esta vez los llevo, sí. Aunque tenía tantas ganas de agarrar una muleta que ni los he tocado. A un torero no le hace falta tener muleta ni capote para torear.

¿Te gustaría entrenar, a solas, al atardecer, en la azotea de alguno de estos edificios altos, como el Empire State, mirando Manhattan?

Sería un buen comienzo. Me perdería en los muletazos y el escenario tendería a desaparecer. Cuando viajo, hago ejercicios inconscientes de ficción taurina. Lo mismo imagino que tengo delante un toro que me da especialmente miedo cómo transmuto en Belmonte, o en un torero que aún no existe. Son situaciones muy reales que suceden en un espacio que no es físico, pero como si lo fuera.

Los toros, que son la primera industria cultural moderna, pasan de ser un deporte aristocrático, en el que los nobles van a caballo y los plebeyos a pie, a convertirse en territorio de disputa: el honor, el valor y la fama, como destino individual, como una forma de reconocimiento. Los toreros sois héroes modernos, precisamente porque no todo el mundo entiende lo que hacéis. ¿Tienes amigos antitaurinos?

Sí, sí que tengo. Demasiados. Bueno, no es que sean contrarios, sino que les interesa muy poco.

¿Son los toros un deporte o una fantasía masculina?

No, los toros no son un deporte. Probablemente lo serían si hubieran triunfado en los Estados Unidos.

A los toros no va nadie a ver ganar o perder a su equipo, pero lo de la fantasía masculina…

Estoy hasta el gorro de tanto hombre. Es verdad que no hay tantas mujeres toreras, ni apoderadas, pero no veo por qué el machismo tendría que ser una lucha eterna. Es simplemente un abuso de poder, del hombre sobre la mujer. Esta mañana he estado en un partido de los Knicks y estaba el pabellón lleno. ¿Habría tanta gente si fuera un partido de mujeres? No es solo una cuestión de que a las mujeres se les reconozcan derechos, porque eso no tiene discusión. Debería haber más admiración hacia el género femenino, en una medida suficiente, pero no para que ese problema de la consideración siga pasando igual. Está ese tópico de «si es una mujer, cómo se va a poner delante de un toro». Pero si la mujer tiene lo que hace falta para torear, valor, y muchas lo tienen, por qué no lo van a hacer. Yo el otro día vi una niña, en Olivenza, moviendo el capote. Me quedé alucinado. Pensé: un día será alguien. Pues ojalá, si es lo que quiere.

He leído que entiendes que haya polémica con los toros, e incluso que haya oposición.

Sobre esta cuestión tengo ideas propias, que lógicamente no coinciden con las de los antitaurinos. Pero hay momentos en que, si pudiera, me cambiaría por cualquiera de ellos. Comprendo que, si yo me hubiera criado en sus casas, tal vez pensaría igual. En algunas cosas, incluso podríamos estar de acuerdo. Ya. Es extraño que yo me dedique a lo que me dedico y que haya cosas con las que no comulgue en absoluto.

¿Como qué?

Por lo menos hay una cosa en la que coincido con una parte de la crítica: no se debe hacer de los toros una cuestión política, o de identidad nacional. Tampoco me gusta el folclorismo barato. Ahí hemos estado torpes quienes nos dedicamos a los toros. Y, como pasa en ocasiones, el miedo hace que acabes tomando del brazo a quien menos te conviene. En vez de seguir andando por el cable aunque el siguiente paso te lleve al vacío.

También has dicho en una ocasión que comprendías que mucha gente no pensara en si hay o no que prohibir los toros, sino en llegar a fin de mes o en la factura de la luz.

Ponerte en la tesitura de no poder votar al partido político que más te convence porque en su programa aparezca que quieren abolir los toros… No sé si hay mucha gente que lo viva así, pero es de las cosas que no me gustaría que pasaran. Yo no sé nada de la vida, soy un ignorante porque apenas voy andándola, pero he aprendido que es una contradicción. Por encima de otras formas artísticas, a lo que más se parece la tauromaquia es a la vida cotidiana. Luego, además, para mí está relacionada con unos valores, como ser un caballero, que no sé si nos acompañan siempre en la sociedad en que vivimos, pero que no querría imponerle a nadie para que viera el mundo como yo lo veo. El rito trae consigo ciertos valores, comportamientos. Muy antiguos, pero que a mí me parecen muy modernos. Quizá por eso se haga más especial la búsqueda, por no perderlos.

¿No crees que a veces se utiliza la palabra cultura para decir que algo es mejor de lo que es, para darle lustre?  

Sí, se utiliza la palabra cultura para que algo tenga más credibilidad, ¿no? Yo creo que en el caso de los toros no debería haber discusión, pero en un mundo donde se abusa de esa palabra…

Es más complicado.

Estoy de acuerdo en que decir de algo que es cultura no es decir que sea bueno ni malo. Los toros te pueden parecer una salvajada, pero a la vez un acto cultural, y respetarlos por eso. No creo que las dos cosas tengan que ir de la mano. Para mí los toros son cultura, pero esa palabra no se puede utilizar para darle credibilidad al toreo.

¿Los mayores enemigos de los toros están dentro o fuera?

¿A qué te refieres? ¿Al organigrama del negocio?

Tú dirás.

No lo sé… Fíjate, el toreo para mí no tiene enemigos. Hay vanidades y necesidad de poder, como en todas las profesiones. Y luego, dentro o fuera, hay siempre gente que suma más que otra, pero no hay enemigos. Cuando torea José Tomás, ¿se ven peligrar las corridas de toros? No. Pues entonces habrá que torear como José Tomás.

Pongamos que las corridas son una expresión cultural; un arte, para mucha gente. ¿No crees que hay otro tipo de festejos —como los embolaos, o el toro de la vega— que cada vez se hacen más incómodos al ojo? Muchas personas muy concentradas en hacer cosas muy bestias…

El toreo, como tú dices, ha seguido una evolución, que ha llegado a este punto estético, incluso poético, en que la lidia se ha convertido en una metáfora de la vida y en metafísica. Pero a eso se ha llegado porque se empezó jugando con el toro. Yo me quedo con la evolución. Me gusta el resultado de esa evolución de la que forman parte esos juegos y entiendo que existan igual que existieron en un principio, aunque no haya ido nunca ni participado. No me gusta desperdiciar un solo embiste del animal.

Entonces, esos juegos, ¿son una expresión artística?

No, artística no: son una expresión del pueblo, cultural.

¿Estaría justificado decir que, si esos festejos son una expresión popular, pero no es artística, y ya existen leyes que prohíben el maltrato animal, que se prohíba y listos?

A ver, para mí es muy cómodo decir que lo mío se justifica porque es arte, pero ¿quién soy yo para juzgar la expresión de ese pueblo, de esa localidad, si está tan arraigada en el tiempo? No he nacido allí, no vivo allí ni he tenido las inquietudes de esa gente.

De nuevo: no me gusta desperdiciar ninguna embestida del animal. Pero si se trata de hablar del espectáculo, del festejo en sí, o de asuntos como los menores en las plazas, creo que la sensibilidad la hieren cosas que tienen ahora mismo muchos niños a su alcance, como una tablet. Lo que hace falta es educar la sensibilidad, y no tanto pensar en que puede herirse cuando no está formada todavía.

Intuitivamente, ¿cuánto dirías que sufre un toro de lidia?

Tanto el toro como otros animales, supongo, sufren antes de morir de formas muy diversas. Desde el destete de una cría hasta un caballo frente a una yegua con una valla de por medio. Normalmente, ni los animales ni los humanos mueren plácidamente, suele haber una agonía. Sí que parece claro que todos los animales huyen del sufrimiento, por eso es muy curioso que los toros, ante lo que se supone que es sufrimiento, en vez de huir, combatan.

¿Te parece comparable a un cerdo de granja o a un mono en un laboratorio?

Son cosas muy distintas. Todos somos monos de laboratorio. Seguro que sufren, pero se espera que los experimentos con monos mejoren la vida de los seres humanos. El toro goza de una libertad mayor que la que pueda tener un animal de granja, aunque de él se espera que muestre su singularidad igual que del cerdo se espera que dé buenos embutidos, o de una gallina que ponga muchos huevos. O de una mascota que se comporte casi como un humano, exigiéndole que aprenda a hacer compañía.

¿Qué opinas de las mascotas?

La domesticación mutila el instinto de esos animales que llamamos mascotas, y esto no ha sido por necesidad. Es una imposición, un capricho. No es lo mismo tener una mascota, por cierto, que tener un perro que avisa de quién entra o sale de una casa. Si no entendemos esto, la naturaleza terminará por mordernos.

Ni al toro ni a ningún otro animal se les da a elegir; el ser humano sí elige. Y hay personas que eligen por otras, como se ve en las guerras, o con los refugiados que huyen de ellas.

La gente debería volcarse antes con los conflictos en los que hay individuos que no dirigen sus vidas que con las situaciones en las que los animales no hacen lo propio con las suyas. El hombre debería volcarse en reconstruir una moral más auténtica, que todos podamos elegir por nosotros mismos y, sobre todo, luchar por la libertad de cada uno. Eso es hoy por hoy una utopía. El primer paso para interactuar con la naturaleza con cierto orden es buscar esa libertad para que cada uno se afane en lo que quiera.

En Barcelona, la prohibición de los toros se inserta en un paquete muy amplio de medidas contra el uso de animales en espectáculos. El Tribunal Constitucional anuló la prohibición del Parlament alegando cuestiones competenciales y de pluralismo cultural.

Todo esto está a la orden del día. Habría que preguntarse por qué. Es una cuestión de corrección política y moral. Querer europeizarse, o bueno, no sabría decirte, porque no sé qué podría ser europeizarse. Pero sí veo que España se ha sacudido una pasión por los toros que antes tenía. Le pica… y se rasca.

Parece que ahora hay más argumentos que únicamente los del maltrato animal.

Creo que el toreo no ha sabido tratar a esa gente, que los ha perdido.

Es de esperar que, si hay mucha gente opuesta a los toros, o a otros festejos, por los motivos que sean, esta le pida a sus representantes políticos que actúen en conciencia, o asuman las consecuencias.

Aquí te doy la respuesta a lo del enemigo. Si hay alguno es el que ha hecho que perdamos a ese tipo de gente; el que ha perdido a la izquierda, o a los intelectuales de la izquierda, que hasta hace poco nos daban abrazos con más ternura que los del otro bando político. Y no es que sepa de qué bando político es la gente que está a favor o en contra…

¿Es la cuestión taurina el frente difuso de una guerra cultural que se va a librar en el nivel local, con un mismo partido sosteniendo posturas diferentes?

No me interesa la política, pero me doy cuenta de que el toreo ha cometido el error de perder a esa gente. Y tienen que estar todos; el toreo no es elitista, debe ser algo a lo que puedan acercarse todos. Tienen que sentirse cómodos los que piensan blanco y los que piensan negro.

¿Qué significaría sentirse incómodo?

Igual que yo me siento cuestionado, porque el toreo lo está, imagino que hay más gente que se siente cuestionada si los ven en una plaza de toros. Los prejuicios son muy malos.

Ahí está el problema: opine uno lo que opine sobre su carácter artístico, los toros son un espectáculo, así que las adhesiones o la oposición son algo difícilmente privatizable.

El paisaje que yo veo es parecido al que antes te decía, cuando comparaba la vida cotidiana con los toros. Cuanto más encrespada la plaza, más cerca está la posibilidad de que acontezca algo de valor artístico. Yo soy optimista. Espero que de estos debates los toros salgan fortalecidos, pero no porque haya una solución. Estas son las contradicciones con las que uno está peleando constantemente y de las que trato de olvidarme cuando toreo. Al final, con toros o sin ellos, no seremos nunca más libres, porque los dilemas no van a desaparecer. Los toros son un espectáculo inmoral y educador de la inteligencia, como dice Bergamín en El arte de birlibirloque.  

El guante negro que llevas en la mano derecha, ¿lo llevas siempre?

Pues lo llevo por circunstancias que me vienen dadas, pero ahora es casi una seña de identidad. Empecé a usarlo por una desgracia que me pasó en un ruedo. Y ahora es algo singular, atractivo, pero sobre todo protege mi lesión y la mano con la que más destreza tengo.

El auge de las corridas de toros coincide con el surgimiento de los cafés cantantes, la danza moderna o el cine. Se produce con la separación definitiva del mundo preindustrial, a cuyo encuentro, por medios extraordinarios —que es como se traduce al inglés «el arte de birlibirloque»—, acude la gente a la plaza, mujeres y hombres, pero sobre todo los hombres, a encumbrar y a deponer a sus héroes.

¿Hay en el espectáculo algo de nostalgia por ese mundo? ¿O sin la ciudad no hay toreo?

En mi experiencia, el marco de una corrida de toros en medio de una metrópolis hace que lo que sucede en la plaza adquiera un carácter que no tiene en mitad de la naturaleza. Quizá sea ahí, en la ciudad, donde esté ahora ese laberinto y los toros sean lo que queda de esa resolución que dices. Yo puedo torear en el campo, pero necesito Sevilla, Madrid. Si se prohibieran los toros, tendría que irme como los bandoleros a la sierra, a torear sin que nadie me viese. Pero cuanto más ruidosa y más grande la ciudad, más cómodo me siento toreando. Esta mañana hablaba con mis dos hermanos y un par de amigos con los que he venido a Nueva York de lo alucinante que sería ver correr toros por la Quinta Avenida.

Pues si hubiéramos convivido con los indios Lenape, a lo mejor los habríamos visto correr por donde hoy está el edificio Flatiron, en el cruce con Broadway. El nombre original de ese camino es Wickquasgeck, que significa «la región donde hay corteza de abedul». Hoy no se ve ni uno.

Es un sitio espectacular.

A cien metros de donde estamos tú y yo ahora había un vivero de pollos hace menos de cincuenta años. En Nueva York aún quedan algunos, muy pocos. El caso es que se cree que el gallo que aparece en la canción de Bob Dylan, «Don’t Think Twice, It’s All Right», se refiere a esos pollos urbanos, que él veía aquí, en el West Village, y no a los de las granjas de su Minnesota natal. Vivir en una ciudad amplifica lo que tienes lejos. ¿Lo has notado?

Normalmente, en las grandes capitales no aguanto más de cinco o seis días. Lo veo todo descomunal. Pisar una ciudad más grande que la mía tiene el atractivo de saber que Badajoz me abraza de otra manera. Le pasará a mucha gente… al ir montado en bicicleta, cruzando el puente, me sentía como si fuera de aquí. Fue genial. Central Park también me pareció un sitio tranquilo, donde había un equilibrio raro y la gente iba con otra actitud diferente de la que ves cuando sales del parque. Me gustó ver el agua, los lagos. Y eso que no soy nada acuático; no me gusta bañarme, ni me gusta el mar. Pero me quedé un rato allí, mirándolo todo con calma. Me encanta México, que es adonde voy ahora a torear, y me siento casi mexicano, con perdón de los mexicanos, porque paso allí dos o tres meses al año. Pero la sensación que tengo al regresar es muy gratificante, justamente ese movimiento de ir y volver.

¿Es mucho trabajo llevar una ganadería?

La mía es una cosa muy pequeña. La tengo desde hace seis años. E imagínate, a los veintipocos años yo era un crío. De repente me vi comprando vacas y ejerciendo de ganadero. Con decisiones así he sido bastante atrevido, porque no tenía ni idea, aunque de pequeño me pasara todo el día en clase pintando ganaderías, pensando dónde iba a poner los cercados, la plaza de toros. Una vez hice un dibujo con quinientas vacas, cada una distinta. Ahora veo que en esa inocencia había un amor por el animal bastante grande. Me encanta el campo, aunque necesito muchos consejos para que mis animales estén en perfecto estado. No soy un entendido.

Hombre, algo tendrás que saber.

Claro. Igual tú te metes en una piara de quinientas vacas y solo ves eso, vacas. Yo ahora veo a cada una y a cada una le doy su sentido. Pero no soy la imagen que uno tiene de un ganadero, que es normalmente la de un señor con una vida asentada y bastante kilometraje hecho. Yo tengo vacas porque me aporta mucho conocimiento de lo que hago.

He visto una foto tuya con Woody Allen. Sale con cara de susto, con el capote en la mano.

Nunca pensé que fuera a conocerle. Fui a verle tocar con dos de mis hermanos y unos amigos al Hotel Carlyle. Se sorprendió de que viniera a Manhattan, a verle tocar el clarinete, un torero. Cuando le di el capote, me dijo: «¿Y la muleta?». Y le respondí: «Te la traeré el año que viene». No sé si le gustan los toros, pero me trató con cariño, fue muy afectuoso. Y sentí que ha pensado más de una vez en su vida en esta profesión.

Hay un chascarrillo de Allen sobre la idea de estar conectado con la naturaleza. Dice, en inglés, «I am at two with Nature», que es como decir que eres dos con la naturaleza. Lo normal sería decir que eres uno, porque quieres fundirte con ella, como los poetas románticos.

Yo aspiro a esa fusión total con la naturaleza, aunque es una lucha permanente. Al revés de lo que me pasa en mi vida cotidiana, cuando toreo, la cabeza no me pertenece. Delante del toro, me llega a ser una cosa incluso ajena. Para mí es algo así como tomar conciencia del tiempo, cuando se consigue que todo funcione.

Hablemos de Bergamín. ¿Es tu autor favorito?

A Bergamín lo llevo en la mochila. Pero soy bastante ignorante. Es uno de mis límites y además lo sufro bastante. Creo que, en ciertos aspectos, la necesidad de conocer fortalece el talento que yo pueda tener, pero me gustaría tener más tiempo para leer. Mi padre leía muchísimo; en cambio, yo he sido siempre muy mal lector. Me puse a leer En busca del tiempo perdido; aguanté los tres primeros volúmenes. Así que no me gustaría ser el referente cultural de mi profesión. Pero si hay algo que reconozco es mi intuición, que ha sido siempre bastante aguda.

Bergamín piensa que el toreo, que es «un arte mágica del vuelo», busca la profundidad de los gestos en la superficie. Es decir, los toros son otra manera de hablar, como quien dice, anterior a la escritura.

Tengo aquí una de mis citas favoritas [lee de El arte de birlibirloque, de José Bergamín]:

El torero no se disfraza de torero: la inteligencia no se puede caracterizar. El traje de luces del torero es emblema de pura inteligencia: porque es cosa de viva inteligencia torear. El torero vestido de luces, como el clown en el circo y el sacerdote revestido para oficiar, es la inteligente expresión visible de la gracia. (Claro es que son tres gracias distintas: a cada cual, la suya).

A veces te quedas pasmao delante de un toro. Parece dificilísimo estar ahí. ¿Qué se cuenta uno para no moverse?

Tengo una pelea entre… Mira, mi condición es de pasmo. Yo me quedo pasmao, como le podía pasar a Juan Belmonte. Pero creo que mi arte está evolucionando gracias entre otras cosas al movimiento, a la fluidez, que ahora valoro mucho más que antes. Hay más dificultad en el movimiento que en quedarte totalmente quieto. Cualquiera es capaz de convencerse a sí mismo de quedarse quieto si viene el tren; lo difícil es salir airoso con gracia y con gusto. Si te quedas parado no hay ritmo, no hay chispa ni es atractivo visualmente.

Me gusta el movimiento de Joselito «el Gallo», y de Belmonte, el pasmo. Es una balanza complicada. De mi estilo se valora mucho la quietud, pero si a la quietud le aporto ese punto de gracia, de anticipación, de conocimiento del tiempo, creo que incluso ese pasmo puede emocionar mucho más, por lo menos a mí. Me emociona mucho más. Cuando estoy en el sofá de mi casa, y me imagino haciendo una suerte, la hago teniendo en cuenta esos dos puntos, y me gusta más que cuando tenía menos conocimiento y todo lo quería hacer muy sobrio y muy parado.

Lo que los toreros hacéis con el tiempo y el espacio es lo que más subyuga al espectador, pero sospecho que al verlo en una pantalla, en fin, lo que vemos está mediado por una realización impecable. Hay un arte del montaje audiovisual. ¿Es comparable lo que uno ve a lo que sucede en la plaza?

El toreo es tiempo y espacio. Y geometría y altura. Y ritmo, porque el movimiento es indisociable del ritmo. Por eso los toros son un tipo de espectáculo que no necesita la televisión. Para empezar, cuando estás en la plaza, la relación con el público es algo mística, como sagrada: la gente cobra importancia. Yo toreo para mí, pero necesito al público. Me gustaría que mi espectáculo no abarcara más de lo que puede, aunque sea yo el primero que ve los toros en la televisión porque es muy cómodo trabajar así, analizando los detalles de lo que hago desde el sofá. La realización es brillante; no lo digo porque se pueda hacer mejor. En la plaza, ocurren cosas.

Por ejemplo, yo no soy capaz de ver nítidamente a la gente porque tengo miopía y astigmatismo, de los que no pretendo curarme. Cuando toreo, al público lo veo como a través de un cristal medio opaco. Veo una masa, me parece que no es real, pero tenerlo ahí, su presencia, te provoca cosas.

Debe ser difícil, entonces, lidiar en una tarde no uno o dos, sino seis toros, como hiciste en San Isidro en 2013.

¡Uf! Fue uno de mis mayores fracasos. No es que me arrepienta de nada, pero esos siete días, hasta la siguiente corrida, pasaron muy lentos. Yo estaba hundido, hundido. Salí de allí con seis cadenas alrededor del cuello. Sin embargo, cuando tuve que torear de nuevo, llegué con el punto justo de emoción para que pocas cosas me importaran más. Sabina, que fue a las dos corridas, me decía: es acojonante que hayas pasado del infierno al cielo sin estación de por medio. Ese tipo de contraste te hace sentir muy vivo. Te sientes lo contrario de un autómata.

Eres amigo de músicos, artistas, futbolistas, filósofos… En general, ¿cómo crees que interpretan tu profesión? ¿Hay alguno que piense que estás loco?

Imagino que sí, como lo pienso yo de ellos. Algunos, incluso, por la forma de mirarme, creo que piensan que mi profesión es un vicio perverso. Afortunadamente, sé que en un momento dado se ponen en mi lugar y puedo removerles un poco las tripas.

Esta temporada pasada te ha consagrado como el mejor torero, por unanimidad de la crítica y de los medios. ¿Se envidia algo de otras figuras cuando se es el mejor?

Envidio no poder ser todos los demás toreros, todos a un mismo tiempo. No pienso que sea el mejor. En mi vida, me doy cuenta de que en muchas facetas soy un perfecto inútil.

A los doce años te apuntaste a la escuela de tauromaquia. En siete años te graduaste de torero. Ya hace diez que tomaste la alternativa. Ahora tienes veintinueve.

Esta profesión te hace un hombre antes de tiempo, y eso acarrea consecuencias. Hay partes en las que luego te notas inmaduro, y otras en las que te sientes más seguro. Yo de niño era un chico muy familiar. Luego salía con mis amigos, que hablaban de cosas distintas a las que yo escuchaba cuando estaba entre adultos, y me sentía fuera de lugar. Tenía un pie con ellos y otro en el mundo de gente mayor que yo.

¿No pensabas en divertirte?

Sí, claro que me divertía. Mi adolescencia fue normal. Vivíamos en un piso, pero a medida que mi madre fue teniendo críos se hizo necesario que nos mudáramos. Y nos fuimos a vivir a un adosado a las afueras de Badajoz cuando yo tenía nueve años. He pateado bastante la calle. Tenía un punto granuja que de vez en cuando tocaba, porque antes de tomar la decisión esta brutal de meterme a los toros enredé muchísimo con las bicicletas BMX, haciendo muchos amigos. Tengo mucha facilidad para hacer amigos, o al menos la tuve.

Luego mi gran pasión fue mejorar todos los días. A veces sentía que retrocedía, y otras que avanzaba de forma exagerada. Pero ese movimiento me tenía totalmente seducido. No era capaz de pensar en nada que no fuera eso. A partir de los doce o trece pensaba en tías. Y no veía el momento de poder contarle a una chica lo que hacía y que me entendiese.

Sería como decirle que querías ser astronauta.

En aquel tiempo, ya fuera por el tamaño de las reses que toreaba, o por lo lejos que lo veía todo, no tenía la sensación ni de que me estuviera jugando la vida ni de que algún día me la fuera a jugar. Miraba a la parte alta del escalafón, hacia los puestos que ocupaban matadores con los que ahora comparto cartel, y no lo veía… y solo me daba esperanzas el tiempo que faltaba hasta que eso sucediera. Me decía, «bueno, cuando llegue estaré preparado; de momento, disfruto de que no vaya a ser mañana».

¿Se te ocurría pensar en que no fuese a llegar, o en que fuera para mejor que no llegara jamás?

No. La verdad es que no. Cuando me fui con Antonio Corbacho, aquellos tres años solo en una aldea de la sierra de Aracena, tomé conciencia enseguida de que faltaba menos. Fue un corte radical con mi infancia. Ojalá tuviera ahora esa madurez. En ese momento fue un paso duro. Y decisivo, porque, aunque no supiera entonces si iba a tener la suerte de llegar, lo que sí sabía era que, si las cosas funcionaban, todo ese trabajo iba a ser fundamental. Tenía una fe ciega en Antonio y muchas ganas de irme con él, pero me lo tuve que ganar.

¿Cómo fue? ¿Qué tuviste que hacer?

Primero me probó a ver si estaba dispuesto a hacerlo de verdad. Me decía, «¡Deja de engañar a tu padre!». «¿Engañar a mi padre por qué, Antonio?». «¡Que dejes de engañar a tu padre, tú no quieres ser torero ni !». Yo lloraba. Al final me fui solo con Antonio. En Badajoz se quedaron todos mis amigos, mi familia, mis hermanos. Estaba con una chica de la que estaba… en fin, por la que sentía cosas. Yo llevaba un pendiente en la oreja que ella me había regalado. Me lo ponía a escondidas de Antonio, que me dijo de todo cuando me vio [risas]. El caso es que, cuando ya sabía que me marchaba, cogí el pendiente, lo metí en la misma caja en la que me lo había regalado y le dije: te lo devuelvo, voy a entrar a un sitio donde no cabemos los dos. Fue en la Puerta Grande de la Plaza de las Ventas. Aguanté ese momento, pero al volver con Antonio me harté de llorar. Y él me abrazaba con fuerza, e imagino que con bastante ternura.

Te ponía a meditar debajo de un árbol y a partir ladrillos.

Corbacho era un hombre muy culto, muy culto, a quien yo veía, además, como una persona muy culta. Me dejaba libros en la habitación, aunque jamás me preguntaba si los había leído.

¿No te los leías?

No, qué va. Yo era un flojo, no leía . Pensaba en tías. Durante el primer año soñaba todos los días, cuando salía a correr por la sierra, que en alguno de los caminos me encontraba con mi musa, con una mujer. Pero no aparecía… nunca. Amanecía con eso, y me mantenía así todo el día hasta que me metía en la cama. También hacía yoga, por el tono corporal que Antonio creía que yo necesitaba para torear. Por ejemplo, si el muletazo empezaba aquí, él quería que yo me girara y acabara el muletazo en el mismo sitio donde lo empezaba. Al principio era imposible porque llegué como una tabla. Y pasé unos dolores y unos sudores tremendos. Hacía entrenamiento por la mañana y por la tarde. Había que tener la muleta tres horas al día en la mano como mínimo, para que los vuelos fueran una prolongación de los dedos, o para llevar los flecos al sitio exacto donde tu intención te marca si te taparan los ojos con una venda.

Ahora me acuerdo todos los días de él. Incluso si no me hace falta practicar estas series, porque tengo completa flexibilidad, no puedo dejar de hacerlas antes de irme a la cama. Me da miedo despegarme porque creo que eso soy yo. Que eso es lo que me hace ser lo que soy. Lo hago para recordarme que soy lo mismo que cuando llegué allí, que no está todo hecho.

¿Alguna vez has entrenado igual que durante esos años?

Ahora estoy trabajando tan duro como aquellos años, aunque no tengo horario en el entrenamiento. Alguna vez quedo con compañeros y alguno me pregunta, porque me conoce, a qué hora me levanto. Y yo digo: «A las once, que para eso soy torero, ¿no?» [Risas].

Me acuesto tarde, a las tres o a las cuatro. Ellos llevan horarios más ordenados. Yo no soy nada ordenado en el entrenamiento, pero antes de acostarme, cuando ya está la casa tranquila, me pongo a ello.

¿Piensas alguna vez en qué habrías hecho durante esos años si hubieras seguido estudiando?

Siento a veces bastante frustración, porque no habría querido dejar de estudiar, pero no fui capaz de compatibilizarlo con todo lo que se me venía encima. Ni estudiar, ni leer, ni fijarme en lo que pasaba en el mundo.

¿Qué opinión tienes de Donald Trump?

Por decirte algo, si yo fuera miembro de la Asociación Nacional del Rifle, seguro que me encantaría que fuese el marido de mi hija. Por Donald, por el pato, siento en cambio cierta lástima. He sufrido mucho por esos nódulos que afectan tanto a su voz y a los que Walt Disney no ha puesto nunca solución.

¿Quieres que te pregunte por el tío Gilito?

No sé nada del tipo ese. Por algo será.

¿Viene bien desconectar del mundo del toro, o no puedes?

Mi único mundo era un sitio del que me hablaba Antonio: delante del toro. Mi hermano Jesús, que es físico, me habla del espacio-tiempo, y no está tan lejos de lo que yo le escuchaba a él. También me habría gustado en algunas ocasiones torear menos de lo que he toreado. Bueno… ahora lo veo así, hace seis meses lo veía de otro modo. Pero uno debe tener la necesidad de torear. Al menos en mi caso, que me conozco un poquito, tengo que tener lo que se dicen ganas de torear.

Deduzco que no siempre has tenido ganas.

Ha habido momentos en los que no tenía ganas de torear. Esto nada más que lo sabían Antonio y mi familia: una vez tuve una corrida en Toledo, al año siguiente de mi alternativa, que terminé… Había toreado antes en Sevilla, donde le pegué un muletazo a un toro de Núñez del Cuvillo, que yo sentí que ese había sido el momento más grande que había tenido delante de un toro, o el más emocionante para mí. Intenté repetirlo en las corridas sucesivas y no di pie con bola. Y le dije a Antonio, en la habitación del hotel, que me quería quitar. Me cogió de los hombros, me miró a los ojos y me dijo, «Yo no te he educado para esto». Pensé que iba a ser capaz de darle la vuelta, pero me costó bastante tiempo.

¿Cómo lidia uno con eso, cuando luego tienes que ir de nuevo a la plaza?

Siempre he tenido facilidad para torear, así que me tapé como pude. Tendría que haber descansado, aunque llevara solo un año de alternativa, salir de nuevo al año siguiente. Y en vez de eso, me puse en modo autómata. Terminaba cada corrida y me sentía una auténtica mierda. Me hartaba de comer con una ansiedad tremenda una cantidad de dulces que no era normal. Luego venía otro día, me levantaba y decía: «Hoy va a ser el día que la moneda cambia». Y otra vez a empezar. Además, en esos momentos, tuve algunas movidas personales; tenía que gestionar la relación con mis padres, con mi entorno. No fue fácil ni para mí ni para la gente que me rodea.

Si no hubiera estado expuesto al público, ni a la dureza de las temporadas en que toreaba setenta u ochenta festejos, me habría costado mucho menos. Al final, esto duró desde 2008 hasta el 2011, que toreé un toro en Madrid de El Ventorrillo que se llamaba Cervato. Yo sabía, claro, que las cosas iban a cambiar, pero las cosas no cambian de un día para otro.

Me hace gracia que el toro con que tomaste la alternativa, en Cehegín, Murcia, en 2006, se llamaba Pesadilla.

[Ríe] Me acuerdo mucho del toro con el que tomé la alternativa. Sí, es gracioso que se llamara así.

¿No lo elegiste tú?

No, no. El toro me tocó. Además, el nombre no tiene importancia. Si se llamaba Pesadilla, la madre se llamaba Pesadilla. Los toros llevan el nombre en masculino de la vaca, que no se podía poner en este caso. No me fijo mucho en el nombre, sino en otras cosas que me sería difícil describir con palabras.

La de los toreros es una relación bastante extraña con el miedo.

Entre las cosas que hago cuando estoy delante del toro, para que llegue ese momento en que todo funciona, está confrontar mis miedos. Los voy conociendo porque no trato de huir de ellos, los tengo muy presentes. Me libera mucho confrontarlos. Además, creo que esa libertad no es algo que se gane un día y dure eternamente. Es algo que se demuestra. Es la libertad entendida como una forma de no depender de aquellas cosas que te sujetan a este mundo; no depender ni de pasado ni de futuro, vivir en el presente.

No cuesta trabajo imaginar cuál es el miedo principal.

Los miedos van mutando. Pero sí, el principal es no saber morir con dignidad.

Y sin embargo, tú trabajas como un tipo que vive como si ese temor no fuera para tanto.

No quiero que suene banal. Si lo pienso, me angustio como cualquiera. Uno normalmente bascula entre ser valiente o ser cobarde, pero en la plaza no hay opción. En el toreo hay una representación de la burla del destino. Y en la plaza, esa representación es capaz de confrontarnos a todos con esos miedos que nos hacen humanos. Yo hago fuerza por intentar ser valiente, pero como te decía. ¿Qué es morir con dignidad? Nadie quiere palmarla. Uno lo que quiere es beberse el vaso que le han puesto delante.

Debe de ser complicado elegir hacerse el valiente, como profesión. Que te paguen por parecer inmortal, pero jugándote la vida de verdad.

Claro. Al mismo tiempo, lo que a mí me parece una derrota es aprovecharme de que tengo tablas. Cuando eso va por delante de lo quieres transmitir, yo al menos lo siento como una humillación. A veces no se da cuenta nadie, ni mi mujer, ni el público ni nadie, de que he salido al paso por el conocimiento adquirido.

Esa «verdad», esa indiferencia al miedo, en el momento de mayor peligro, no me parece fácil de representar para un público.  

Cuando hay verdad, se nota.

¿Cómo decides lo que vas a hacer? ¿Lo traes pensado?

Inciden muchas circunstancias, tanto internas como externas. Uno prepara una corrida y quiere hacer muchas cosas, pero puede pasar que, cinco minutos antes, te pongas en otro tono, que acabes haciendo algo distinto. O que te equivoques porque estés eligiendo forzadamente una secuencia que no cae natural para lo que tienes delante. Antes, cuando hablaba de libertad, creo que está relacionado con esto. En el momento en que sales tienes un papel en blanco. Y lo más difícil para un torero es tener el valor de empezar a escribirlo. A veces me gustaría no llevarlo, pero hay veces que lo llevo y no pasa nada. Otras veces, con guion o sin él, intentas hacer algo a lo largo de varias corridas antes de darte cuenta de que aquello no funciona.

¿Qué es cruzar la línea?

Es cuando tu toreo tiene un sentido y conoces unos terrenos en los que sabes que, si te metes, acortas la distancia que existe con el animal, logras una profundidad, una cercanía, que es una fusión muy intensa pero mucho más peligrosa, que solo se alcanza si se piensa en el animal toda la vida. En la distancia también hay exposición, pero ahí sabes que no te vas a fundir con el animal. El peligro cobra otro sentido.

¿Y perder el sitio? ¿Qué es?

Está relacionado con la pregunta anterior; el toro se anticipa a tus movimientos y esa distancia te aleja del animal, no hay reunión porque manda el toro.

¿Has perdido el sitio o has cruzado la línea fuera de los ruedos?

Ambas cosas, continuamente. Diez o doce veces al día. Y además no hay estación intermedia.

Arrodillarte, ponerte a cantar, quedarte quieto, muleta en mano, ¿son cosas que visualizas de antemano o se te ocurren durante la faena?

Lo de cantar, como aquella vez en Mérida, no lo volvería a repetir. No me he vuelto a ver ni en vídeo. Fue una semana en que iba de viaje con un primo mío y lo habíamos hablado, medio en broma. Tenía pensado hacerlo en Nimes, unos días más tarde, y al final lo hice allí.

En la corrida de homenaje a Víctor Barrio, en Valladolid, tenía pensado hacer la secuencia que hice de rodillas, que empezaba con una arrucina en el primer muletazo. No me salió completamente como la había pensado, pero esa tarde la pasé… Al hacer el paseíllo yo iba el último. Cuando ya habían toreado por delante otros cinco compañeros, quedaba para mí el sexto toro de la tarde, al que yo había visto en el campo tres meses antes. Buscaba un toro para poder hacer eso. Y no sé por qué, pero desde que lo vi, tuve la intuición de que invitaba. Pero hasta que ejecuté… Yo en esos momentos, en la plaza, me decía, como no salga, va a ser un petardo histórico, me va a mandar al reloj. O qué pasa si me tropieza, o si no queda ligado, armónico; la gente va a decir que soy un chalao, que adónde voy.

Ese rato que tuve que esperar en la plaza, mas los tres meses que habían pasado desde que vi al toro hasta que tuve la corrida, me crearon tal necesidad que no me lo pensé. También había muchas emociones esa tarde. Los días anteriores a la corrida el ganadero me quería quitar la idea del toro ese. Hablaba con mis apoderados, les decía que por favor echara otro, que ese no le gustaba de nota, que era de una vaca que había dado tres toros muy complicados. En la vuelta al ruedo el ganadero me decía: eres un genio. Y yo decía: «Que no, que no». Simplemente, hay cosas que no se pueden explicar. Puede que haya muchos papeles de por medio entre un animal y un torero, pero hay algo que va mucho más allá. Me lo imaginé en la plaza y fui capaz de hacerlo. Todo el mundo se quedó alucinado, pero a mí no me pareció tan descabellado. Lo vi.

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