
—Saludos, profesor Falken.
—Hola, Joshua.
—Extraño juego. El único movimiento para ganar es no jugar.
—Coronel Corvin, cambie a Defcon 5.
—Sí, señor.
«¿Puedo ir ahora a limpiarme, señor? Porque gracias al maldito ordenador ha parecido que Estados Unidos y la Unión Soviética lanzaban a la vez todos sus misiles nucleares, y la verdad es que me he manchado los pantalones». No, el guionista no añadió nada más después del «señor», salvo besito entre la pareja protagonista, bajadas de testosterona militar, musiquita y FIN para una película llamada Juegos de guerra, que es de lo que va esto hoy. Aludimos al título porque cuando se estrenó, 1983, la guerra nuclear parecía próxima a producirse. Hoy el reloj del día del juicio final vuelve a estar tan cerca de la medianoche como en aquella época, de hecho como en las peores épocas. Pero ya no nos impresiona. Ni lo suficiente como para hacer películas. Porque hace mucho que estamos en medio de alguna o varias batallas.
Todos somos soldados movilizados a la fuerza en conflictos comerciales, sociales, laborales, o ideológicos. Sin capacidad para influir en la paz, cada uno de nuestros actos diarios, desde trabajar a consumir, inciden en la prolongación del conflicto. El único margen que nos queda es elegir nuestro papel. El de soldados clásicos, algo en lo que podemos convertirnos de la noche a la mañana, como demostró aquel partido de fútbol incendiario, que dio paso a las Guerras Yugoslavas. Más atractivo es ser defensores anónimos, como esos ciudadanos que ayudan a evitar víctimas en ataques terroristas. Hasta ser un héroe de corte clásico, como Ignacio Echevarría, cuyo arma fue un patinete, y su premio nueve medallas póstumas. Pero los verdaderos héroes de nuestro tiempo (Giglioli dixit), los deseados, los influencers, son las víctimas. El victimismo individual o colectivo es el nuevo estilo de vida trendy, alimenta el populismo, el sesgo ideológico y la agresión al diferente, de manera activa en internet.
Quizá porque ahora el relato es la batalla. Ha vuelto a confirmarlo The Washington Post al desvelar un nuevo Vietnam. Durante dieciocho años diferentes presidentes y líderes políticos de EE. UU. defendieron el papel de su país en la guerra de Afganistán. Mientras sus altos mandos militares les advertían que era imposible ganarla los soldados de retaguardia, es decir, los pagadores de impuestos, entregaban miles de millones de dólares para financiar la lucha. Las guerras contemporáneas no van de ganar.
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Felicidades por esta sucesión de artículos.
No dejan títere con cabeza y son un análisis contundente, demoledor, descarnado y sin tapujos de la realidad que nos rodea en esta época que nos ha tocado vivir, la cual no es más que una consecuencia de la mejora en los métodos de manipulación aplicados desde un pasado más o menos reciente.
Tengo la sensación de pertenecer a una sociedad enferma o prostituida y no quiero caer con esto en «buenismos», pero es que los síntomas que presenta revelan que se han encontrado los puntos débiles y las teclas a pulsar para manejar nuestros comportamientos al antojo de intereses no precisamente generales.
Hechos que no he llegado a comprender como el apoyo popular a la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, como la victoria del «no» en el referéndum sobre el acuerdo de paz con las FARC, o el auge de los radicalismos me han llevado a esa conclusión.
Estamos polarizados ante la manera de afrontar problemáticas de cualquier índole, fenómeno que se da a nivel global, lo cual resulta más preocupante aún.
Se ha perdido el sentido del humor y cualquier chiste ofende a alguna parte de la opinión pública. Me recuerda al cortometraje de Antonio Mercero «La Gioconda está triste».
Damos la sensación de no estar a la altura de los retos que se nos vienen encima, por no decir que no queremos ni ser conscientes de ello.
Nos hemos vuelto cada vez más individualistas, a veces hasta caer en lo inhumano, por nula empatía hacia los demás.
Recuerdo de niño que cuando dos personas adultas llegaban a las manos, en los pueblos primaba el sentido común y la solidaridad de los viandantes, los cuales separaban y sujetaban a los «púgiles», porque la mayoría de las veces los conocían y para evitar que éstos se hicieran daño, a pesar del riesgo de sufrir algún «directo» o «gancho de izquierda».
En cambio, la primera vez que asistí a unos hechos semejantes en una gran ciudad, me sobrecogió ver como nadie quiso saber nada del tema, o se atrevió a intervenir. Tampoco me dejaron hacerlo mis compañeros del servicio militar y solo pude asistir a una situación deplorable, tanto por los golpes que se estaban propinando dos personas, como por la falta de empatía de los que por allí pasaban ignorando lo que sucedía.
Nadie conoce a nadie. Se maltrata como terapia, por impunidad o como demostración de poder. Se considera a las personas del sexo contrario como objetos. Se nos prejuzga por nuestros bienes materiales.
No quiero seguir con esta retahíla, pero sí quisiera hacer notar que dichos comportamientos primarios no son más que el reflejo del embrutecimiento al que se nos está dirigiendo, fruto de un eficaz y probado bombardeo conductista hacia las funciones más primitivas de nuestro cerebro, como son los instintos. Éstos siempre responden de la misma forma y no están sujetos a los filtros de la conciencia ni al supuesto libre albedrío.
De ahí el peligro pues, además de la manipulación, dichos instintos básicos (supervivencia, reproducción) hacen primar emociones como el miedo y la atracción sexual, que desvirtúan el razonamiento, dando lugar a generalizaciones simplistas y exacerbadas basadas en el odio, los supremacismos y los sexismos, llegando al paroxismo de la manipulación cuando se alcanza la autocensura.
Una vez le preguntaron a un líder totalitarista del siglo XX por el tipo de apoyo popular que prefería: por convicción o por miedo, a lo que él respondió que indudablemente por miedo, ya que le convicciones cambian, los miedos no.
Srs Guerrero y Martín, buen artículo, han oído hablar ustedes dos de las leyes de patentes secretas? Bueno, que quieren que les diga, después de enterarme de que no hay que ser conspiranoico, por qué es una ley…ya no queda nada más por hacer, bueno si, no dar más soldados a la picadora de carne, los hijos de las élites con sus carreras compradas, o los enchufados sindicales con sus cuotas de poder, ocuparán los puestos clave a pesar de su incompetencia y negligencia, a los ninis les da más esperanza un salón de juegos, que estudiar una FP o una carrera para conseguir un trabajo mal pagado de mierda. Vean Idiocracia…es lo que hay.Yo me rindo…buena suerte.
Este artículo divulgativo, impensable décadas atrás, no por sus denuncias ya que hay profusa memoria, si no por su capacidad comunicativa capilar reaviva en mi viejas utopías. Por su simplicidad y sensatez es imposible que no sea adoptado por otras comunidades preocupadas por el destino de la humanidad, prescindiendo de fronteras, himnos y banderas. Una simple mirada al gasto militar de cada país tendría que hacer reflexionar al ciudadano planetario actual, consciente de que el enemigo a combatir no es el otro con sus ideologías o modos de vida, si no lo que amenaza el futuro que nos concierne a todos. Las monstruosas cifras destinadas al gasto militar, puestas juntas podrían tranquilamente comenzar a solucionar los problemas actuales como la energía, la salud y el bienestar de todos. Será difícil porque la mayoría de los gobernantes implicados carecen de sensibilidad ecológica o sopra nacional y basan todo en una estrategia obsoleta de dominio. Pero por lo menos, estas reflexiones y denuncias son el inicio de una concientización planetaria que espero no se diluya en los archivos. Gracias por el esfuerzo.
Me creería más la explicación del plátano que aquí se expone que la realidad, que sí que me parece descabellada.
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