
Si la posteridad encuentra un hueco para Jon Favreau (1966, Nueva York), probablemente sea en la sección de vendedores de mercancía. Carne de taquilla, hacedor de blockbusters, sumo sacerdote de lo suyo, siendo lo suyo filmar películas de gran presupuesto y ser, en general un tipo bonachón que cae irremediablemente bien. Plus de rentabilidad añadida por la venta de palomitas y peluchitos adorables.
Ni siquiera el propio Favreau le pone demasiados peros a esa semblanza. Cuando juegas en las grandes ligas (es uno de los creadores con más ingresos de Hollywood), trabajas para la todopoderosa Disney (tras The Mandalorian se rumorea que su cuota de superpoder dentro de la franquicia va escalar aún más) la canonización son tus dividendos.
«A genio, como a santo, solo se llega después de muerto», certifica Ennio Morricone. Pero ya sabemos que figuras como Favreau no aspiran a esa clase de condecoración. ¿No es suficiente el éxito planetario, los astronómicos dividendos de taquilla y merchandising, las fotos con el fandom, los titulares en veinte idiomas…? ¿No es acaparador y absurdo anhelar también el prestigio? Cuando le preguntan por este particular —y en pleno recrudecimiento de la guerra cultural Scorsese vs Marvel se lo han preguntado mucho— Favreau se aclara la garganta y cual folclórica, pretexta que le sobra con «el cariño de toda esta gente», recoge su bata de cola y esquiva la bala de convertirse en un multimillonario lloriqueando por un una honra más allá de lo comercial.
Hubo un tiempo en el que no fue así, porque director de blockbuster no se nace. Y en su caso, tampoco se sueña. Aunque creció en Forest Hills, el barrio de Peter Parker, el joven Jonathan Kolia Favreau fantaseaba con el cine, no con los superhéroes. Ambas cosas aún no pertenecían siquiera al mismo universo. Irónicamente, el primer Batman llegó a la gran pantalla (con el retrospecter César Romero como Joker) el mismo año que él nació. Aún quedaban dos décadas para que Favreau fuera el artífice y constructor del universo cinematográfico que acabaría convertido en el «crossover más ambicioso de la historia» y su éxito incontrolado.
En Queens fue un niño dotado. Se graduó en el The Bronx High School of Science (la misma institución para niños superdotados donde infiltrarían a Tom Holland para su rol en Spiderman: Homecoming, por seguir con las concomitancias) y de la universidad se largó antes de tiempo sin diploma. Se llevó uno oficioso en forma de apodo: «Jonny Hack». Al parecer era buenísimo en un juego de otra época y en derrochar bonhomía. Tras coquetear con el mundo de las finanzas y con la idea de ser bombero, tomó la decisión: iba a ser actor.
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Barbara, mil gracias por este artículo! Y este tipo cae tal cual lo explicas… Grande favs!
140 millones de dólares es poco presupuesto para Iron Man?
Me lo explique por favor.
Sí, sí mucha pasta pero jamas consiguió ser el campeon de lucha definitiva.
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