Futuro Imperfecto #15: Será porque es Carnaval

Publicado por y Guillermo de Haro
Fotografía: Edy Susanto / Cordon Press.

Estamos en pleno carne-vale, la época del «adiós a la carne», las máscaras, la permisividad y el descontrol. Esperamos que sea por eso el descontrol informativo, organizativo y legislativo actual, en el que cada uno cuenta una historia con una máscara diferente.

Descontrol en el vertedero de Zaldibar, que había recibido en trece años lo que estaba previsto acumular en treinta y cinco, provocando la tragedia de dos trabajadores muertos, y amenazas para la salud de los cuarenta mil habitantes de los municipios cercanos. Se intentó tapar hasta que no quedó más remedio que suspender un partido de fútbol. Así es nuestro país, cuestión de prioridades. Reciclamos apenas el 29% de los residuos municipales, cuando la UE nos había fijado un objetivo del 49%. Durante una década ese porcentaje no se ha movido al alza, y hace dos años que en los vertederos de regiones como Madrid, Asturias y Valencia no cabe una bolsa más… pero se siguen echando. El problema se agravó en 2018, cuando dejamos de ser el noveno exportador del mundo de residuos plásticos porque Asia se hartó de comprarlos. No porque no quisiera esa materia prima, sino porque enviamos contenedores con solo un 20% de plásticos reciclables, mezclados con otros que no lo eran, y contaminados con metales pesados. Para próximos carnavales auguramos más desfiles de vertederos derrumbándose. De momento, y en camino a las elecciones, el Gobierno vasco pide ayuda a otras comunidades para usar sus vertederos.

Aunque si de lo que se trata es de asustarse, olviden las máscaras venecianas. Las que dan miedo son las mascarillas faciales, sinónimo en estas fechas del coronavirus de Wuhan. Mientras la epidemia empieza a remitir, los doctores chinos avisan: contraerlo no garantiza la inmunidad. Al contrario, la infección se vuelve más grave la segunda vez, afecta al miocardio y se puede morir de un ataque al corazón. China lo sabe, el semestre de sus estudiantes ha sido pospuesto, la censura a la difusión de noticias ha aumentado, y hasta se ha instaurado la pena de muerte para quien oculte que tiene los síntomas. Así se explica que el tour para promocionar la última de James Bond en el gigante asiático se haya cancelado. El título lo estaba pidiendo, No Time to Die, no es buena época para morir. 

Dudamos que 007 vaya la bancarrota por ello. No así los Boy Scouts de Estados Unidos, condenados a pagar ciento cincuenta millones en indemnizaciones por abusos a niños. Otra organización más. ¿En quién confiar? Esta semana conocíamos el peso psicológico de investigar y visionar los abusos de pederastas sobre niños. Los policías de la Unidad Central de Ciberdelincuencia nos recordaban de paso que, contraintuitivamente, no es buena idea difundir fotos de nuestros pequeños en la playa. Por múltiples motivos, como recuerda a menudo Borja Adusara. Debemos formar a los niños, no deformarlos, prepararlos para resolver problemas y ser mejores que nosotros. 

Pero parece que no va bien. Si nos creemos los resultados de una encuesta realizada en Alemania, y difundida por algunos medios españoles con profusión, hasta un 40% de sus adolescentes no saben lo que ocurrió en los campos de concentración. Según los investigadores y los analistas locales, el problema es que no se explica lo suficiente la historia nazi en la escuela. Cosa que sorprende al corredactor de este newsletter, Guillermo, con una hija alemana en edad escolar, que vive y estudia en Baviera, donde recibe lecciones regulares sobre lo que supuso el nazismo, con el objetivo claro de que este no se repita. En la encuesta preguntaban por Auschwitz, Polonia, pero no por Dachau, u otros campos y lugares representativos en Alemania, objeto de visitas recurrentes de los escolares locales. ¿Por qué? En el fondo del asunto están la criticada Fundación Körber y el Instituto Forsa, que cuenta con varias denuncias por manipulación de datos. La más sonada, hacer creer que los alemanes deseaban con fervor la privatización de los ferrocarriles públicos. Algo que los divulgadores locales no mostraron interés en revisar.

Alemania tiene una desconocida pero a menudo mal mencionada Strafgesetzbuch, en cuya sección 86a prohíbe «el uso de símbolos de organizaciones inconstitucionales» fuera de contextos como «el arte, la ciencia, la investigación o la docencia». Aquí el gobierno se ha planteado hacer algo similar para el franquismo, y nos recordaba el bufete Almeida que esta propuesta ya la presentó el PSOE en 2017. Incluía cárcel, multas… y quema de libros. Hasta Willy Toledo, bastante harto de que le lleven a juicio por cagarse en Dios, defendió frente a los juzgados que no puede limitarse ninguna libertad de expresión. La franquista tampoco. La legislación alemana se ha usado para prohibir símbolos nazis, pero también simbología comunista y del Estado Islámico. Mein Kampf no está prohibido. Los derechos pertenecían al estado de Baviera, se extinguieron en 2015 y el Instituto de Historia Contemporánea (IfZ) lo ha reeditado. ¿Recordamos el pasado para no repetirlo o lo prohibimos por completo para revivirlo?

Pues según nos cuadre. El actual ayuntamiento de Madrid —Almeida— ha quitado los versos de Miguel Hernández de un memorial aprobado por el anterior gobierno —Carmena— que homenajeaba a los ejecutados por el franquismo en la ciudad durante la guerra civil. Eran estos: «Para la libertad me desprendo a balazos / de los que han revolcado su estatua por el lodo. / Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos, / de mi casa, de todo».

Yolanda Díaz, ministra de Trabajo y Economía Social. Fotografía: Cordon Press.

El Consejo de Ministros, por su parte, ha derogado un artículo del Estatuto del Trabajador de 1980, anunciando que se ponía fin a la injusticia de despedir a trabajadores enfermos. Este hilo de Fabián Valero, abogado especialista en derecho laboral, explica que siguen pudiendo ser despedidos, con la salvedad de que la indemnización pasa de veinte a treinta y tres días por año. Para ser tan revolucionaria como se anunciaba tendrían que haber convertido en nulo el despido de un trabajador enfermo. Y no lo han hecho.

De cómo se cuente la verdad y de cuántos clics se quieran acaparar con titulares sensacionalistas depende la supervivencia de los medios de comunicación. Salvo si son públicos, donde el criterio es otro. Fernando Garea, presidente de EFE, se despedía asegurando que «una agencia pública de noticias no es una agencia de noticias del gobierno». En su carta de adiós recordaba la presión del clickbait, subrayando que la esencia de un medio público es molestar más a quien ejerce el poder que a la oposición. 

Y para oposición la de los fundadores de Idealista a las tesis gubernamentales sobre mercado inmobiliario. Su política ha fracasado, decían en agosto. Ahora la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia abre un expediente contra la empresa, «por inflar los precios». Contra ella, y otras siete empresas de intermediación inmobiliaria, que acordaron la subida de los precios de alquiler al alza. Se supone que gracias a algoritmos y software, aunque la CNMC no define ni explica exactamente cómo. 

Otro factor que dispara los productos de alquiler y su economía asociada son las costumbres de consumo de la generación millennial. Hasta el vestuario, incluyendo el disfraz de carnaval, y el de todo el año. ¿Son culpables? Ya que estamos en el aniversario de Galdós, recordemos que esto ya existió en el XIX, que está reflejado en sus novelas, y de manera especial en Miau. El alquiler imperaba en una sociedad de trabajadores pobres. ¿Casualidad?

Lo que no quieren las nuevas generaciones ni alquilados son los coches. Europa occidental y Estados Unidos, sus principales compradores, ya son solo una parte residual del mercado, como refleja este gráfico. Solo las compras chinas sostienen la industria, y Forbes advertía que se iban a debilitar en los próximos dos años, eso antes de saber que el Salón del Automóvil de Pekín se aplazaba por el coronavirus, lo que ya se interpreta como otro golpe al sector. No ayudan a la compra, ni siquiera de acciones, engaños como el «dieselgate» del Grupo Wolkswagen, o su compensación a clientes en España con una gorra y un llavero de la marca. Vista está para sentencia la demanda colectiva de la OCU por el fraude en las emisiones

Solo se salva Tesla, que vale ya en bolsa casi el doble que la suma de General Motors y Ford combinados. No olvidemos que es un producto de gama alta. Los millennials ricos han sacado once mil millones de euros que tenían guardados en banca privada, para confiarlos a Google, Facebook y Apple. Quizá anuncian la tendencia, y en el futuro todos usaremos Google Bank. Felizmente los gobiernos mundiales se animan finalmente a cambiar las reglas del juego. O lo que es lo mismo, a hacerles pagar los mismos impuestos que empresas como el banco Santander. Es decir, tributar donde se presta el servicio y no donde se ubican las granjas de servidores, regiones de bajas temperaturas e impuestos. 

En carnaval, como en la «Fiesta» de Serrat, se recogen las basuras y se iguala el prohombre y el gusano. Así no podemos ver la desigualdad de las cien mil raleas sobre las que la ONU acaba de advertir, y que está minando la confianza en las democracias en todo el mundo. El especial del Huffinton Post en inglés sobre el crimen del cuello blanco en Estados Unidos es muy revelador. Los ricos se libran de la justicia. Extraen de la economía de su país diez mil veces más que los ladrones de bancos. El equivalente a dos décadas de pequeños robos callejeros. Mientras tanto los agentes del FBI encargados de la persecución del fraude han sido destinados a los pequeños negocios, no a los grandes nombres. En otros países lo vemos con los políticos. Arabia Saudí está en el puesto 50 de 160 en desigualdad de género. Mejor que Colombia, Hungría o Uruguay. ¿Cómo? «Cuando una métrica se vuelve un objetivo, deja de ser una buena métrica», decía Charles Goodhart

Entre superricos y políticos cuyos actos quedan impunes se mina el sueño de una sociedad digna, civilizada y con oportunidades para todos. Hay que hacer algo, pero quienes nos prometieron que iban a hacerlo están ocupados disfrutando de su fiesta particular. Así que habrá que pensarse bien el disfraz que elegimos para la nuestra, con una máscara que les ponga a los que mandan, al menos por unas horas, los pelos de punta


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