Guy Fawkes, o cómo un ultracatólico se convirtió en icono de la revolución global

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Foto: Danijel James (CC)
Foto: Danijel James (CC)

Es la noche del 4 al 5 de noviembre de 1605 y Guy Fawkes, o Guido Fawkes, como prefiere que le llamen, espera en un pequeño cobertizo de leña que queda justo debajo de la Casa de los Lores, en Westminster. De él se dice que es alto, delgado y que su presencia impone. Por supuesto, lleva los clásicos bigotes puntiagudos de la época, algo parecido a una perilla mal afeitada y pelo negro que a veces deja ver un tono rojizo. Aparte, una capa, un sombrero y un farol en la mano.

Hay algo en la escena, cuando uno la revisa, que invita a pensar en Toma el dinero y corre, aquel plan de fuga de la prisión que se aborta en el último momento sin que nadie avise a Woody Allen. Hay algo de Woody Allen en Fawkes, algo de imposible y solitario en su misión, pero sobre todo hay mucho de locura. Una locura llena de odio contra los Estuardo, esos escoceses llamados a última hora para suceder a los Tudor y que han acabado traicionando, ellos también, a los católicos.

El caso es que la noche pasa y Fawkes sigue solo en el cobertizo. Solo con la leña, las cerillas y un reloj para contar el tiempo desde que encienda la mecha, cálculo imprescindible para poder huir cruzando el Támesis y volver a Europa a anunciar la buena nueva. ¿Dónde están entonces sus cuatro compañeros de intrigas? Si somos generosos, diremos que cumpliendo con la obligación de buscar aliados en las Midlands para que a la explosión del Parlamento le siga una rebelión por todo el país.

Si pensamos mal, se han limitado a huir una vez han sido conscientes de que la trama está siendo investigada, que Jacobo I lo sabe todo, con Jacobo la guardia real, y que la orden de registrar cada uno de los recovecos cercanos a las Casas del Parlamento —Westminster a principios del XVII no es sino un laberinto de tiendas y viviendas apiñadas alrededor, lo será casi hasta el gran incendio de 1834— ya está dada. Si van a pillar a alguien, que pillen al loco de Fawkes, aunque Fawkes en rigor no es más que un eslabón en la cadena y ni siquiera el más importante, claramente por debajo de los conspiradores habituales Catesby, Percy y Wintour.

Lo que le aleja de la narrativa Woody Allen es que Fawkes sí sabe que seguir adelante con el plan es una temeridad. Conoce la carta que recibió Lord Monteagle el 26 de octubre advirtiéndole de que el 5 de noviembre no fuera a la apertura del Parlamento, una apertura ya retrasada dos veces por los estragos de la peste sobre Londres. «Las Cámaras recibirán un gran golpe ese día», dice la carta y al católico Monteagle no le queda más remedio que informar a las autoridades, aún en la duda de si la palabra inglesa «blow» tiene aquí un significado literal —«explosión»— o metafórico.

Da igual, Fawkes no ha venido desde Holanda, donde lleva casi diez años luchando junto a las tropas de Felipe III contra los independentistas protestantes para ahora quedarse en casa. Si la pólvora está ahí, treinta y seis barriles debajo de la leña húmeda, es en gran parte mérito suyo y no parece un hombre al que le espante el reconocimiento. Contra toda lógica, se queda esperando que llegue la mañana del 5 de noviembre para culminar su matanza, la explosión que acabe con Jacobo, con toda su corte y de paso con la Iglesia anglicana. Una espera que se hace corta: un grupo de policías entra al rato en la habitación y desconfía, pero ahí solo hay leña y Fawkes se presenta como un simple criado que está cuidando de ella.

Todo bien hasta que alguien cae en la cuenta: ¿qué demonios hace un criado vestido así cuidando leña de madrugada? A los pocos minutos, vuelve la guardia, esta vez más numerosa y apresa al extraño. Cuando mueven un poco los troncos encuentran los barriles de pólvora listos para detonar y al registrar a Fawkes descubren una cuerda y unas cerillas. Demasiadas casualidades. El jefe del destacamento le pregunta quién es y qué hace ahí a esas horas. A lo primero contesta una mentira: «Me llamo John Johnson». A lo segundo, en cambio, no tiene problema en reconocer la verdad: «Estoy aquí para mandaros a todos vosotros, bastardos escoceses, de vuelta a vuestro país».

El descubrimiento de la conspiración de la pólvora y detención de Guy Fawkes, de Henry Perronet Briggs (DP)
El descubrimiento de la conspiración de la pólvora y detención de Guy Fawkes, de Henry Perronet Briggs (DP)

La crueldad de los Tudor, la crueldad de los Estuardo

John Johnson. Pese a lo estúpido del nombre, la mentira funciona durante unas horas, días incluso. Por ejemplo, la orden del rey Jacobo permitiendo que se utilice la tortura contra el reo —«primero con dulzura, luego incrementando el sufrimiento y así según sea necesario»— está firmada contra Johnson y no contra Fawkes. Todo el mundo sabía hasta qué punto podía ser cruel un Tudor pero solo los escoceses tenían constancia de hasta dónde podía llegar un Estuardo. Ahora, Fawkes se hace a una idea. Durante dos días le mantienen atado al potro, donde la tortura llega a límites inhumanos.

Solo que Fawkes resiste. Quiere dar tiempo a que sus compañeros huyan. Quiere guardar su nombre verdadero para proteger a su familia y no le importaría morir antes que tener que confesar. El martirio, el sueño de todo fundamentalista, se acerca. Camino de santidad. Viendo cómo se están poniendo las cosas, la guardia decide volver a inspeccionar la ropa del detenido. En la camisa encuentran una carta a nombre de Guido Fawkes. ¿Quién es Guido Fawkes?, le preguntan al hombre de los bigotes, la perilla y el pelo largo y deslavazado.

Y aunque la primera vez Guido Fawkes no es nadie, como no lo es la segunda, al final el reo se rinde de dolor y espanto y reconoce que es él, Guido como variante italiana, apostólica y romana del «Guy» inglés, un nombre poco común salvo en la zona de York donde nació en el seno de una familia de clase media-alta. A partir de ahí, el chorreo de detalles: su conversión al catolicismo cuando su madre enviudó y volvió a casarse con un recusante, los años en Flandes, primero al servicio de Felipe II, luego al de Felipe III

…La embajada que junto a otros conspiradores fue recibida en la corte española. Buenas palabras y buenos gestos pero ni un solo compromiso para derrocar a Jacobo y reinstaurar el catolicismo. El recuerdo del fracaso de la Armada Invencible, aún demasiado presente y los problemas en el centro del imperio, demasiado acuciantes. La constancia de que tendrían que hacerlo ellos solos: los cinco extremistas que se reunieron en 1604 en una taberna a las afueras de Londres, los trece que llegaron a ser para planear el alquiler del sótano y la compra y transporte de la pólvora.

Una pólvora que, en el mejor de los casos, sí, podría haber hecho saltar las Casas del Parlamento por los aires pero que, después de meses hacinada en esas condiciones, probablemente no consiga siquiera prender llama. Cuando le cuentan a Jacobo la resistencia del hombre antes conocido como John Johnson no puede sino reconocer su valor. Eso no le evita el juicio y la condena a muerte. Cuando le dan a firmar la confesión, lo único que Fawkes es capaz de hacer con la pluma es un garabato en el que parece leerse «Guido», seguido de una raya que se pierde en el papel.

La firma de Fawkes, antes y después de la tortura (DP)
La firma de Fawkes, antes y después de la tortura (DP)

La noche de las hogueras

Y así llega el 31 de enero de 1606. La peste sigue amenazando a los londinenses, pero eso no evita que miles de ellos se congreguen enfrente del Parlamento para asistir a un espectáculo de primera, el habitual en los delitos de alta traición: se sube al reo a un andamio y se le deja colgando sin llegar a asfixiarle. Aún vivo se le cortan los genitales, se le ponen delante de los ojos y luego se van sacando lentamente las tripas y el corazón hasta acabar con la decapitación.

Después, los caballos arrastran los restos por toda la ciudad para escarnio y ejemplo.

Catesby y Percy, los cabecillas del movimiento, se han salvado del martirio al morir a tiros justo mientas la policía intentaba detenerles. Sus cabezas cuelgan de sendos postes colocados junto a la Casa de los Lores. Londres es una fiesta. El ritual de tortura continúa a duras penas, pues los ajusticiados, pese a su debilidad, intentan por todos los medios tirarse de los andamios para morir cuanto antes. El que sube justo delante de Fawkes lo intenta, pero solo consigue romperse la clavícula, así que lo levantan de nuevo y vuelta a empezar.

Más suerte tendrá Fawkes, quien probablemente con algo de ayuda del verdugo —no hay que olvidar que Fawkes en la conspiración no era sino un subalterno pero en el imaginario público ya es algo así como el gran antihéroe, con la mezcla de odio y respeto que eso supone— logra trepar por la pared y lanzarse desde lo más alto, consiguiendo que la cuerda le rompa el cuello y le mate al instante. Él ya no está ahí, pero el descuartizamiento sigue: sus entrañas se mandarán a cada una de las cuatro esquinas del país para recordar a todos lo que pasa cuando se la intentas jugar a un Estuardo.

El propio rey Jacobo insta al Parlamento a proclamar el 5 de noviembre como día festivo, el día en el que un milagro de Dios quiso que la monarquía anglicana sobreviviera a las insidias papistas. La celebración habría de consistir en quemar leña para hacer fuegos como el que nunca estalló en Westminster. Hogueras enormes donde a su vez tirar todo lo malo para que no vuelva nunca: primero, pasmarotes vestidos de papa, luego muñecos de algodón y tela que pretenden ser el propio Guy Fawkes.

Será «La noche de las hogueras» o «La noche de la pólvora» o incluso «La noche de Guy Fawkes» durante muchos años, incluso cuando Oliver Cromwell cumple el sueño del insurrecto y no acaba con el protestantismo pero al menos aleja a los Estuardo del trono durante una temporada. La festividad tiene un punto de rito mediterráneo y con los años acaba siendo una mezcla entre San Juan y la «cremá» valenciana, sofisticando cada vez más los muñecos que se mandan a la hoguera.

Acostumbrados a vestir siempre de manera estrafalaria al muñeco de Guy Fawkes, las clases bajas de Londres empiezan a llamar «guy» a cualquiera que se salga de la norma. En Estados Unidos, a partir del siglo XIX, el término«guy» pasa a ser simplemente una referencia más para apelar a alguien, sin connotaciones negativas. Si el asunto era ganarse el favor del papa, Fawkes ha fracasado; si era simplemente pasar a la historia, el éxito no admite dudas.

V de Vendetta y la reivindicación de Fawkes cuatro siglos más tarde

V de Vendetta. Imagen: Planeta de Agostini.
V de Vendetta. Imagen: Planeta de Agostini.

Las celebraciones del 5 de noviembre se mantienen durante siglos y así llegamos a 1981. Alan Moore, un hombre obsesionado con los límites del poder en las sociedades, los mecanismos de vigilancia y control que el Estado puede ejercer sobre sus ciudadanos, está preparando una novela gráfica y le recomiendan que se ponga en contacto con el dibujante David Lloyd, también británico, para pasar las ideas al papel de la manera más adecuada posible.

Moore y Lloyd no se conocen de nada y su relación se basa en la correspondencia que mantienen, pero pronto se caen bien: tienen preocupaciones y miedos similares. Estamos en pleno apogeo de la era Thatcher y la represión en las minas y las calles. Lo han visto mil veces en películas de Ken Loach o incluso en The Full Monty, así que saben de lo que les hablo. Como herencia de los setenta, queda el auge de los cabezas rapadas, el llamado Frente Nacional, y por otro lado sus correlatos antisistema en forma de redskins y punks.

Son años, por tanto, de restablecer el orden y las buenas costumbres, de presumir de liberalismo para concentrar todo el poder en torno a una figura, Thatcher, y un partido, el conservador. Ni Moore ni Lloyd son laboristas, están en ese margen de la política que se podría llamar el anarquismo: la defensa del individuo por encima de cualquier construcción superior empeñada en reprimirle. En ese sentido, Jacobo Estuardo, Margaret Thatcher y un ficticio dictador fascista estarían para ellos en el mismo plano.

Las ideas de Moore, desde luego, son peligrosas. El protagonista de su historia, al que llama V, no deja de ser un terrorista. En tiempos de cruenta violencia del IRA, hacer algo parecido a la apología del terrorismo le puede costar caro. Además, Lloyd no sabe cómo dar forma a ese «héroe». ¿Es un tipo normal de la calle?, ¿es un redentor a lo Jesucristo?, ¿quién demonios es? De repente, una tarde de verano, se le ocurre una salida que podría ser lo suficientemente irónica como para quitar gravedad a la carga política y que a la vez le ayudaría en la definición gráfica del personaje.

Convencido, envía estas palabras a Moore: «A propósito del guion… Mientras lo estaba leyendo, se me ocurrió una idea acerca del héroe… ¿por qué no le retratamos como una resurrección de Guy Fawkes, con una de esas máscaras de papel-maché, con capa y un sombrero en punta? Tendría un aspecto realmente extraño y daría la imagen que Guy Fawkes se merece después de todos estos años. ¡No deberíamos mandarlo a las hogueras cada 5 de noviembre, sino celebrar su intento de volar el Parlamento!».

Aun aceptando la potencia simbólica y estética de Fawkes es complicado entender la simpatía por el personaje histórico. Quizá, después de casi cuatro siglos, ni Moore ni Lloyd ni la mayoría de los ingleses tengan una idea muy clara de quién había sido Fawkes ni por qué había intentado volar el Parlamento.

En cualquier caso, que el héroe de la historia sea alguien que reivindica a Guy Fawkes, el hombre más vilipendiado de la iconografía británica, es algo que entusiasma a Moore desde el principio. A partir de ese momento, la historia de V se adaptará para poder darle un final que se parezca de alguna manera al propio final que tuvo Fawkes. Por su parte, Lloyd se va a buscar por los puestos del barrio una de esas máscaras con las que los niños en los cincuenta salían a pedir dinero por las casas junto a un cartel que ponía «A penny for the guy».

Del papel al cine, del cine a la protesta

Escena de la adaptación cinematográfica de V de Vendetta. Imagen: Warner Bros.
Escena de la adaptación cinematográfica de V de Vendetta. Imagen: Warner Bros.

Sin embargo, como culminación de la estética de perdedor que rodea al personaje, Lloyd es incapaz de encontrar máscara alguna: ya no quedan. No se venden. Son cosa del pasado. Los comerciantes le ofrecen la nueva moda: fantasmitas Casper o máscaras de Frankenstein. Lo que se lleva ahora es Halloween y a los niños les encanta. Lo han visto tantas veces en las películas americanas…

A Lloyd no le queda sino su recuerdo de niño fascinado por aquellas máscaras. Recuerda el bigote en punta y la perilla y un extraño gesto en la boca en el que él siempre ha querido ver una sonrisa. Dibuja los trazos en el papel y le añade la capa y una peluca morena y lisa que le cae casi hasta los hombros. Cuando Moore puede ver a su personaje hecho imagen, queda fascinado. Le encanta el tono pero sobre todo le encanta la sonrisa. Hay mucho poder en esa sonrisa sardónica, que no entiende de impedimentos, que se arroga siempre la última palabra.

La imagen que quedará de Fawkes será por tanto la de la novela gráfica, aun a riesgo de que las nuevas generaciones no sepan en quién está basado el personaje protagonista, ese hombre misterioso destinado a acabar con el fascismo en Gran Bretaña. V de Vendetta se empieza a publicar en 1982 por episodios y como libro completo en 1988, cuando Thatcher ya es poco más que una barca a la deriva entre el oleaje revuelto del Partido Conservador.

Es un éxito desde el principio. La historia es potente y brutal en unos tiempos —se acercan los noventa— en los que la brutalidad y el individualismo van a copar la estructura de pensamiento de las sociedades occidentales. Sin embargo, a nadie se le ocurre volver a poner a la venta las máscaras. Halloween funciona suficientemente bien como para andar cambiando nada y así seguirán las cosas hasta 2006.

Es en ese año cuando los hermanos Wachowski deciden hacer la famosa adaptación al cine. El momento culminante de esta historia porque con Natalie Portman de por medio todo entra más fácilmente. Buena parte del mensaje anarquista de la novela se confunde en una especie de agitación post 11-S, el riesgo de que los estados se encierren sobre sí mismos y el terrorismo acabe siendo no ya el problema sino la única solución. Si la novela ya había triunfado en 1988, los jóvenes de 2006 devoran la película. Su influencia es brutal y, ahora sí, Time Warner, la productora, decide comercializar las caretas que se han utilizado para el personaje de V, al que solo unos pocos saben reconocer como el viejo y enloquecido Guido Fawkes.

Las máscaras empiezan a proliferar en distintos actos reivindicativos. Se suele mencionar la protesta del grupo Anonymous en 2007 contra sedes de la cienciología como la primera en la que los manifestantes deciden llevar una misma máscara, a lo Fuenteovejuna, que haga imposible distinguir sus rostros. A partir de 2010, la presencia de la máscara de Guy Fawkes se hace ubicua: Anonymous sigue utilizándola en sus protestas y comunicados, se ve en las protestas del 15-M en Madrid y en los movimientos de Occupy Wall Street en Nueva York. Incluso son una presencia amenazante en la llamada «primavera árabe», hasta el punto de que Bahrein y Arabia Saudí deciden prohibir el uso de esa máscara por si acaso.

No importa, los jóvenes revolucionarios crean sus propias máscaras, sus propios Guy Fawkes sin que esta vez Time Warner se lleve un duro. Es la posmodernidad personificada: la revolución a través de un ultrarreligioso patrocinado por una gran multinacional. Puede que a Guy Fawkes le importara o puede que no. Todo nos invita a pensar que se tomaba muy en serio a sí mismo y que su idea del martirio puramente católico le atraía más que cualquier vídeo de YouTube. Por otro lado, está ese empeño casi suicida por pasar a la historia como sea. Esa manía de ser el último en huir, el que da la cara, el que resiste. Si esa era la intención, lo ha conseguido. Cuatro siglos después sigue ahí y, contra todo pronóstico, cada 5 de noviembre nos despertamos en todo el mundo con los versos de marras: «Remember, remember, the 5th of November».

Aunque luego, en realidad, cada uno acabe recordando lo que le da la gana.

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17 comentarios

  1. Muy interesante el articulo y el profundizad en la persona más allá del mito.

    No es difícil, a poco que se lea, encontrar contradicciones en los personajes elevados a mitos, Se me ocurre por ejemplo «el Cid» combatiendo junto a los moros o «el Che» siendo brazo derecho de un dictador.

    Siempre habrá quien utilice a personajes mitificados como puro merchandising que refuerce sus ideas Y es un alivio ver que hay gente que es capaz de razonar un poco más allá y esclarecer el asunto.

  2. Pingback: Guy Fawkes, o cómo un ultracatólico se convirtió en icono de la revolución global

  3. jose jimenez

    Pues sí , el Cid combatió a favor de los moros y el Ché fue el » brazo derecho » de la dictadura castrista que lleva 56 años hundiendo a Cuba .

    • Menos mal que el embargo permite que la gente de la isla, en nada culpable de tener un dictador, pueda comprar los bienes de consumo y medicamentos que necesita… ¿o no? Porque otros paises del entorno como república dominicana o haiti viven cómodamente mientras en cuba se mueren de hambre… ¿o era al revés?

      Antes de que me llames comunista, te informo que no lo soy. Pero sí soy idealista en el sentido en el que pienso que la verdad merece la pena estar por encima de la ideología y tu estás poniendo tu ideología por encima de la verdad.

  4. Vaga_v2

    Lo que lleva 56 años hundiendo Cuba es un bloqueo comercial a todas luces ilegal. Pero que por alguna extraña razón que desconozco todos tienden a obviar.

    Igualmente buen artículo.

    • luchino

      Lo tenía en la punta de la lengua.
      La razón son los millones de dólares que los EEUU se gastan en propaganda, hasta haber convertido su discurso en casi el único que se oye.

      • Joseph

        Tu debes ser más afín al discurso fundamentalista de los mártires. Suena mejor, como música para tus oídos. El gritar «mueran los yankis»…

        • luchino

          No suelo gritar «muera». Sencillamente, me molestan las injusticias, como por ej. el bloqueo a Cuba, u otras muchas burradas que suelen hacer los yankis. No son los únicos que las hacen, por supuesto. Pero sí son los únicos que luego ponen en marcha su inmenso aparato de propaganda para que les riamos las gracias.
          Y si es que no lo ves, lee por ej. a Noam Chomsky.

  5. Alex FM

    «con Natalie Portman de por medio todo entra más fácilmente»

    Desafortunada frase… En cualquier caso, buen artículo.

    • O no… Aunque te sorprenda, hay gente a la que le gusta dicha actriz. ¿O es que sobre gusto tienes tú la verdad absoluta?

    • ¿Por qué? Lo políticamente correcto se está volviendo una lacra

  6. Joseph

    «V» es una buena película, a secas, como el cómic. Tenemos a una generación de revolucionarios adoctrinados por los talibanes de la conspiración, genial! Tipos que usan máscaras de halloween para empeñarse en el yo soy.

    Hombres en la luna, mujeres en las minas, a penny for this guy!…

    • Slayer

      «V es una buena película, a secas, como el cómic». Has visto la película, no has leído el comic.

  7. Héctor

    Hombre, calificar como «ultracatólico» a un católico de principios del siglo XVII…

  8. Priede

    Guy Fawkes, La conspiración de la pólvora, fue el atentado de falsa bandera que más rendimientos ha dado. Esa farsa todavía dura a día de hoy.

    El historiador Webster Tarpley, y también Pedro J. Ramírez, tratan el asunto.

    «Lo de Anonymous es tan descarado que ni siquiera se cortan a la hora de usar la máscara de Guy Fawkes, un católico hispanófilo al que le atribuyeron el atentado de falsa bandera más rentable de la historia. Tan fue así que Gran Bretaña consolidó de una vez por todas el poder anglicano sobre una población católica, parece ser que todavía mayoritaria a pesar de Isabel I, y donde lo mismo que en el mundo musulmán, tanto la autoridad política como religiosa quedaría unida, pasando en Inglaterra a manos del poder político, de la monarquía. No sin antes expoliar a la Iglesia, y a los campesinos de sus bienes comunales, dejando miles de muertos y millones de indigentes. Esa labor que empezó Enrique VIII se remató con ese atentado de falsa bandera,y de ahí que actualmente el 75% del territorio de Gran Bretaña esté en manos del 1% de la población, siendo la Casa Real la mayor terrateniente. De ese falso atentado les viene la riqueza a la aristocracia, que luego pactaría con la burguesía el control de la política»

    http://www.burbuja.info/inmobiliaria/politica/454184-anonymous-terminal-de-cia-y-de-nsa.html

  9. ChocolateSexy

    Católico, rebelde, al servicio de Felipe II y combatiente en Holanda contra lloricas independentistas, protestantes y algún calvinista????
    Este tio era el amo, Guido Fucker desde hoy

  10. Ramón

    Interesante. Pero habría sido mucho mejor si se hubieran incluido las conexiones españolas y de los jesuitas con este suceso.

    Otro punto interesante (quizá en otro artículo) sería cómo el lobby jesuita en UK pasa de, ser algo parecido a un grupo terrorista, a convertirse en un auténtico poder fáctico.

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