Cine y TV

Trainspotting

Fotografía Mysi CC
Fotografía: Mysi (CC).

Bob Turner trabajó toda la vida para British Railways, tras los pasos de su padre, y recorrió Inglaterra y Gales, de mudanza en mudanza, por las exigencias del guion que esta misión suponía. De Londres a Swansea, de Leeds a Swindon. Viajero apasionado, dedicó sus vacaciones a conocer las islas británicas y Europa en tren, superando el inevitable paréntesis de travesía del Canal de la Mancha en los tiempos en los que el túnel era solo un sueño. No tenía alma marinera y subirse al ferry era un suplicio, pero el traqueteo del primer vagón en el que montaba en Francia le dejaba como nuevo. El ferrocarril corría por sus venas y, a pesar de su anonimato, de ser un británico de a pie, su amor por el tren sintonizaba con una pasión muy extendida en su tierra. Bob Turner, al que no unía ningún lazo familiar con el ilustre pintor de mismo apellido, fue uno de los niños evacuados de Liverpool durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial  y, como muchos compatriotas de su generación, era capaz de identificar la estación y el recorrido de cualquier tren que apareciera en la pantalla. Quizá con más precisión que otros, cierto, pero, cuando Celia Johnson y Trevor Howard se cruzaban en el andén al inicio de Breve encuentro, en las mentes de buena parte del público, como la de Turner, las ruedecillas giraban con determinación para identificar dónde habría rodado David Lean la escena y qué locomotora era la responsable de la mota de hollín que facilitaba el acercamiento de los dos protagonistas.

Puro trainspotting. Antes de dar título a una novela de Irvine Welsh, convertida en adaptación cinematográfica de éxito de la mano de Danny Boyle, esta afición tan británica y el cine llevaban ya muchas millas recorridas.

El tren siempre ha sido fotogénico. Los hermanos Lumière lo descubrieron con Llegada del tren a la estación de La Ciotat (1896) al alumbrar el cinematógrafo, uno de los primeros éxitos de la historia del cine. Y poco después, en Estados Unidos, Asalto y robo de un tren (1903) de Edwin S. Porter abrió la veda a explorar el potencial visual del ferrocarril para trepidantes películas de acción, una tradición longeva que acabó cediendo a regañadientes el relevo al avión. Icono de la conquista del Oeste en suelo americano, en el cine británico ha conservado un aire nostálgico, una mirada fascinada al medio de transporte que nació en la isla. Una historia de amor con sus giros, sus abandonos, sus momentos de oscuridad y gloria que abrazan dos criaturas del siglo XIX destinadas a cambiar el mundo y su percepción.

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2 comentarios

  1. Vaya qué buen artículo! Con la capacidad de hacerme dar cuenta de cuánto los trenes forman parte de mi cultura, trenes de trocha angosta con sus humos negros y densos, aquellos que esperaban en las estaciones el bifurcarse de los amores y los otros, los horrendos, los que volvían siempre vacíos.

  2. Pingback: ADICCIONES Trainspotting

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