¿Qué derrota deportiva es la más dolorosa?

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Lo bonito del deporte es que puede propiciar sorpresas, que el débil se imponga sobre los poderosos, que el cuento de la Cenicienta torne realidad. Todo aquel que alguna vez ha pisado una cancha, un campo, un velódromo o incluso una academia de Operación Triunfo ha pronunciado esta frase en alguna ocasión. Es tan bonita… Tan épica y a la vez conmovedoramente humana. Y tan falsa, ¿eh? Porque el tema de lo inesperado mola mucho cuando el sorprendido es otro, pero escuece de lo lindo si el vejado es tu conjunto preferido. Vamos, que nadie quiere salir en «ese» video de YouTube durante décadas ni convertirse en cliché lingüístico. Se lo dejamos a los demás. Amablemente.

Por eso, porque somos así de simpáticos, aquí queremos recordarles las derrotas más amargas del deporte. Por inesperadas, por la forma en que llegaron, por el recorrido posterior. Voten por su preferida o por aquella que jamás de los jamases hubiesen querido protagonizar. Y añadan en los comentarios de su propia cosecha, que todos tenemos un pasado.

(La caja de voto se encuentra al final del texto)


Final del Tour de Francia. Ciclismo. Año 1989.

Imagine tres semanas en bici por Francia y alrededores. Puertos que superan los 2000 metros de altitud. Varios cada día. Una jornada, luego otra, otra más. En total recorre 3285 kilómetros, aproximadamente la distancia que separa Madrid de Kiev. Ahora piense que queda subcampeón de esa carrera. Y que el lapso con el primero es de ocho segundos. Ocho. Léalo en voz alta conmigo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho. Más o menos. Después de ir, recuerde, hasta la Unión Soviética dando pedales. Eso le sucedió a Laurent Fignon en el Tour de Francia de 1989. Pero aun hay más. Porque llegó vestido de amarillo a la última etapa. Una crono, muy corta. Final en París. Su ciudad natal. Todo preparado para la consagración definitiva. Perdió. Greg Lemond, su verdugo, cubrió la distancia total en 87 horas, 38 minutos y 35 segundos. Laurent Fignon lo hizo en 87 horas, 38 minutos y 43 segundos. Ya ven, un suspiro. Añadan que el americano usó en esa crono una bicicleta futurista con la que su rival no contaba. Y que, además, venía de un par de años en el ostracismo después de que su cuñado lo tomase por pavo silvestre en una cacería. Si a estas alturas no están rechinando sus dientes muy fuerte es que no tienen ninguna simpatía por el bueno de Laurent.

Piense en las cosas que le da tiempo a hacer en solo ocho segundos. Y luego piense en Laurent Fignon.


Manchester United vs. Bayern de Munich. Fútbol. Final Champions League, año 1999.

Te tiras nueves meses jugando. Eliminas a Obilić, Brøndby, Barcelona, al Kaiserlautern, al Dynamo de Kiev. Juegas la final del torneo más importante a nivel de clubes y cobras ventaja cuando van jugados 300 segundos. Sigues dominando. Llegas al minuto 91 con idéntico marcador. Minuto 91, cuando en fútbol estas cosas se acaban en el 90. Vamos, que estás en el descuento. A punto de alzarte con la Copa de Europa. Desde septiembre que estás en eso, aguantando a un vestuario con tipos tan entrañables como Effenberg, Matthäus o Kahn. Una fiesta cada mañana, ni Chiquito de la Calzada, oigan. Lo rozas con la punta de los dedos. Y entonces… zas. El muchacho ese guapín, el inglés, saca un córner. Ellos, que son el Manchester United, están a la desesperada. Hasta el portero ha subido. Tú, que eres el Bayern de Munich, despejas flojo, balón que cae en pies de Ryan Giggs, tiro a la remanguillé, pelota suelta y Sheringham anota el empate. Para no creerlo. Es como si Dios hubiese compensado lo de Maradona en 1986. Pero aun hay más. Dos minutos más tarde. Otro saque de esquina, desde el mismo lado. Presagio. Golpea Beckham, peina Sheringham (que a estas alturas ya se había venido muy arriba) y remacha Ole Gunnar Solskjær (seguramente el tipo con nombre más cool en todo el fútbol europeo). Has perdido, colega. La derrota más cruel. Te toca ducharte junto a Oliver Kahn. Te toca ducharte junto a Oliver Kahn MUY ENFADADO. 

Beckham sonriente y Oliver Kahn con cara de mala hostia. Vamos, como siempre.


URSS vs. EE. UU. Baloncesto. Juegos Olímpicos de 1972.

Aquí lo importante es el contexto. Estados Unidos llega a los Juegos de Múnich sin haber perdido jamás un partido de baloncesto en torneo olímpico. Vamos, que son invencibles. En el mundo, por su parte (y por la nuestra) hay una pequeña Guerra Fría. Gerald Ford y Leonid Brézhnev (cara de sano muchachote sin demasiadas luces uno, cejas densas como bosques de taiga el otro) no se pueden ni ver. Pero oigan, que los yanquis van ganando. Han puesto a un tipo en la Luna (qué coño, si hasta alguien de New Hampshire ha jugado al golf allí), sus pelis son mejores e incluso Bobby Fischer (adorable locuelo) se acaba de cepillar a Spassky en el mundial de ajedrez. Solo ocho días antes de esta final, añadimos. Vamos, que está todo preparado para un paseo (militar, suponemos) de los Estados Unidos. Y no. Los soviéticos dominan durante 39 minutos y 57 segundos. Sí, tras todo el partido perdiendo, a falta de… nada, un suspiro, los americanos se ponen uno arriba. Parece que van a imponer su lógica, aunque sea con esfuerzo. La URSS saca de fondo, se lían a media cancha, no anotan. Final, tuuu (esta es la onomatopeya de la bocina). Esos mozos capitalistas celebran alborozados. Pero el árbitro empieza a hacer señas. No, no, no es válido. El entrenador ruso ha pedido tiempo muerto, amigos. Así que nada, a jugar. Pequeñas instrucciones y se repite la historia. Alguien con camiseta roja tira desde 25 metros y falla. Final, tuuu. Vuelven a celebrar los occidentales, invaden la cancha. Pero oigan, esperen un momento. El referí dice que no, que hay que repetir, que hubo un problemilla con el cronómetro. Desconcierto y tercera intentona. Vale, veamos. La bola le cae a Alexander Belov. Anota. Final, tuuu. Esta vez es la buena. Los soviéticos han ganado. Con el tiempo este final tan icónico será recreado en una película de gran éxito en la Rusia de Putin. En compensación la URSS tuvo que sufrir unos cuantos robos durante el mundial de fútbol celebrado en España diez años después.

Patillas, soviéticos y un final sorpresa: para qué quieren más.


EE. UU vs URSS. Hockey sobre hielo. Juegos Olímpicos de Invierno de 1980.

Ah, la venganza… Qué cabrona, qué rica sabe. En fin, Juegos Olímpicos de invierno de Lake Placid, principios de 1980. Todo lo dicho antes sobre las selecciones de baloncesto que representaban a la URSS y a EE. UU. en 1972 vale ahora… pero al revés. Hablamos de hockey sobre hielo. Los americanos son un grupito de universitarios, mientras que los soviéticos parecen invencibles, llevan sin perder desde 1960 y además han machacado a su némesis en un amistoso celebrado solo tres semanas antes. En el Madison Square Garden, nada menos, que escuece el doble. Diez goles a tres, ahí es nada. Así que el partido que se juega el 22 de febrero de 1980 es mero trámite. Solo que no. Victoria de los yanquis por cuatro a tres. Curiosamente no fue en la final, sino dentro de una liguilla que habría de marcar al vencedor definitivo. Vamos, que EE. UU. también tenía que imponerse a Finlandia dos días más tarde para pillar el oro. Lo hicieron. Pero el icono había llegado antes. Hasta dos películas han recordado aquel partido histórico, la segunda de ellas protagonizada por Kurt Russell, que es algo muy loco. 

Snake Plissken se ha afiliado a las juventudes de algún partido político.


Mike Tyson vs. Buster Douglas. Boxeo. Año 1990.

Hoy en día resulta complicado explicar lo que significó Mike Tyson en los años ochenta. Era una superestrella definitiva, alguien capaz de trascender las trabas económicas y raciales en los Estados Unidos hasta alcanzar la cima del boxeo, sí, pero también del reconocimiento social. Un negro orgulloso de serlo, con aspecto de poder despedazarte si te pasabas de listo (posiblemente lo hiciera a la mínima oportunidad) y cuya imagen estaba muy alejada de los «afroamericanos amables» representados por Bill Cosby. Vuelvan a leer la frase anterior, hoy en día resulta muy paradójica. Pero hablábamos de «Iron» Mike, convertido en toda una máquina de generar dinero tumbando a otros tipos tan grandotes como él, pero menos rápidos y, seguramente, menos despiadados.

El 11 de febrero de 1990 llevaba 37 combates, con 37 victorias. Así las cosas lo de Tokyio (una chirigotada organizada parcialmente por un yuppi anaranjado y arrogante que respondía al nombre de Donald Trump) debía ser apenas rutina. Dos porrazos y a casa, que se hace tarde. El rival ayudaba. Buster Douglas. Indisciplinado, poco pegador, bajo de moral. Ya cuatro derrotas. Nada que hacer, alfombra roja. «Todos tienen un plan», dijo una vez Mike, «hasta que les cae el primer puñetazo». Solo que a Buster le funcionó. O más bien le falló el suyo a Tyson. Digamos que preparó la velada primando la posición horizontal con señoritas antes que el cardio. Alcohol y alguna droguita de esas también, por pasar el rato. Aún no era el guiñapo que sería más tarde, pero aquel Tyson estaba notoriamente fuera de forma. Y Douglas se aprovechó de ello. El aspirante conectó una serie en el décimo que logró lo que parecía imposible. En lenguaje técnico a la combinación de Buster se la conoce como «una buena tanda de hostias bien dadas». Llegó Tyson a levantarse, pero tan sonado que el árbitro detuvo el asunto. Seguramente la mayor sorpresa del boxeo.

Tyson nunca volvió a ser el mismo.


Edwin Moses y la Movida Madrileña. Atletismo. Año 1987.

Edwin Moses era invencible. El tipo estuvo nueve años, nueve meses y nueve días sin perder. En total 114 triunfos seguidos. Vale que los 400 metros vallas no son lo más glamuroso del atletismo, pero la marca asusta. Pero empezó a fallar cuando menos debía. Palmó su primera carrera en casi una década el 5 de junio de 1987. Fue en Madrid, Estadio de Vallehermoso. De ahí en adelante… agua. Alternó victorias con derrotas. Como todo hijo de vecino, vaya, pero él era el tipo que jamás erraba. La pena es que quedaba solo un año para los Juegos Olímpicos, y Moses quería retirarse como el más grande. Tercer oro en la prueba (no acudió a Moscú por el boicot), saludito, guiño a la cámara y me vuelvo a mi casa. No funcionó, solo pudo ser bronce. Ni siquiera subcampeón. Ya ven, el bueno de Edwin se quedó sin gasolina en el momento menos indicado. 

Desde Chamberí al mundo.


Maracanazo. Fútbol. Año 1950.

Se ha escrito tanto sobre esto (algunas cosas, maravillosas, aquí mismo) que no nos vamos a extender demasiado. Tradicionalmente considerado como la mayor sorpresa en la historia del deporte, el Maracanazo es, también, uno de esos momentos de quedarte con cara de tonto. Porque a Brasil le valía el empate, porque jugaba en casa, porque en Maracaná entraron 200 000 personas (unos 17 millones en realidad, a tenor de todos los que dicen que estuvieron allí), porque el árbitro andaba de un casero sospechoso y porque, encima, se adelantaron en el marcador. Unas risas. Luego Obdulio Varela cogió la pelota, la puso debajo del brazo, y dejó que se cansasen los que gritan. El resto es Schiaffino, Ghiggia e historia. Que no les engañen con lo de Alemania, jamás habrá nada igual. 

Alguno aun no se lo explica del todo. Imagen: Estadio (Santiago: Editorial Zig-Zag) (374). 15 de julio de 1950. DP.

EEUU vs. Japón. Softball. Juegos Olímpicos de 2008.

Desengañémonos, a usted eso del softball le suena a deporte poco serio. No ayuda el nombre, claro. Pero no se crean, en algunos países este derivado «suave» del béisbol (que tampoco es que sea un ironman, pero en fin…) resulta realmente popular. Tanto como para provocar llantos, puñitos y crujir de dientes. Otra vez los Juegos. Pekín 2008. Allí llega la selección femenina de Estados Unidos con un palmarés inmaculado. Son veintidós partidos consecutivos ganando. Tres medallas de oro olímpicas… las únicas que se han puesto en juego en toda la historia. Vamos, que dominan a base de bien. El rival en la final es Japón. Y salta la sorpresa, como ustedes ya se habrán imaginado. Las japonesas (que habían perdido contra Estados Unidos en una fase previa) logran imponerse, cortan la racha perfecta de las americanas y las dejan con un palmo de narices. Doble, además, porque esa fue la última vez en que el softball formó parte del evento. Así que, ya ven… se quedó la dinastía un poco coja. En Tokyo volverá al menú de los Juegos este entretenimiento tan simpático, y se prevé una venganza brutal…

Un mal día en la oficina para las americanas. 


El emperador Cómodo no lo ve venir. Gladiadores. Año 192.

Vale, aquí vamos a hacer un poquito de trampa. Lucio Aurelio Cómodo fue el último de los Antoninos, gobernando el Imperio romano en el siglo II de nuestra era. Solo que este Cómodo (además de tener cara de Joker fofisano) también le daba a los deportes. Era gladiador, nada menos. Qué coño, era el mejor gladiador que jamás hayan visto los tiempos. Más de setecientos combates en la arena tuvo y, ¿saben?, de todos salió victorioso. El que sus rivales fuesen tullidos no debe cambiar nuestro dictamen: Cómodo eran un machote muy machote. Bien, hubo una época en la que cualquiera que tuviese un muñón en el Lazio resultaba seleccionado para el honor que suponía ser atravesado por la gladium imperial, pero ¿quién no se hubiera aprovechado un poco de su posición como mandamás? OK, les admito la crítica, también algunos eran lanzados a la arena narcotizados, o llevaban las manos atadas a la espalda, o acudían a la lid desarmados por completo. Fruslerías, detalles. Además, como no había VAR nadie se quejaba demasiado. Invicto como estaba en las luchas físicas resulta muy sorprendente que no tuviese reflejos para evitar su muerte por causas naturales (pues natural es que fallezcas cuando un antiguo esclavo te estrangula en el baño después de que tu amante te haya envenenado). Pero, en fin, Russel Crowe estaba más cachas, y daba mejor en cámara…

Pensando en la dieta para hacer Joker. Imagen: Gladiator (2000) Universal Pictures / DreamWorks SKG / Scott Free Productions / Mill Film / C&L / Red Wagon Productions / Dawliz

Rocky Balboa vs. Ivan Drago. Pantomima. Año 1985.

Tenía que aparecer. Seguramente el mayor robo de la historia del deporte. Y de los Óscar, vaya, pero eso fue con la primera parte, y aquí ya vamos por la cuarta, Rocky se ha cepillado a Apollo, a M. A. y hasta le ha comprado un robot a Paulie. Robot que, o yo tengo la mente muy sucia, o venía a servir de novia para el simpático cuñado del Potro Italiano. Ay, los cuñados, qué juego dan. Pero en fin, que estamos en la cuarta, y aquí las cosas se ponen serias. Rocky defiende a los Estados Unidos frente a comunistas malosos. Supongo que para que Stallone no se liase entre estas películas y las de Rambo decidieron cruzar argumentos. Por allí sale Brigitte Nielsen (rubísima y altísima) y el fornido muchachote Iván Drago (rubísimo y altísimo). Drago, que era más fuerte, más cachas y al menos tan inexpresivo como Rocky, ojo.

Pero hete aquí que el combate definitivo se celebra en Moscú (en 1985 Moscú era como Jápeto hoy en día, más o menos) y para allá que se tiene que ir el mozo de Philadelphia (donde crecía y vivía). Mientras Drago sigue un entrenamiento científico que incluye frecuentes chutes de esteroides, Rocky se dedica a correr por la tundra, ayudar a pobres campesinos represaliados por Stalin y comer yemas de huevo (los americanos no sabían nada de dopaje, pero nada de nada). En el combate la cosa empieza lógica, con Drago repartiendo de lo lindo ante el atónito Sly (en uno de los puñetazos incluso cambia la expresión del rostro… lo juro). Pero las tornas giran, Balboa se recupera milagrosamente (un poco como hacía Undertaker en el pressing catch) y termina venciendo a Iván de forma tan heroica que incluso un Gorbachov de cartón piedra se levanta a aplaudirle. Conclusión: Rocky Balboa retiene el título y empieza la Perestroika él solito, mientras que Iván Drago marcha una temporadita a Siberia, a trabajar de peón caminero en obras públicas. Solo saldrá de allí para actuar en esa obra maestra que es Los mercenarios.

Rocky se mueve entre la cruz y el ayudar a los campesinos… Stallone hasta arriba de ego.


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19 comentarios

  1. Echo de menos el Centenariazo del Depor. Ese cumpleaños jamás caerá en el olvido.

  2. Siendo el titular ‘derrota más dolorosa’ a mi me falta el penalti de Djukic… Que mala noche y cuantas veces lo he marcado en mi cabeza…

  3. Mundial de rugby 2015, Sudáfrica (campeona del mundo en 1995 y 2007) se enfrenta a Japón, cuya última victoria en la fase final de un mundial data de 1991.

    A ocho minutos del final, y tras un partido muy competido, Sudáfrica gana por 3 puntos. Los japoneses atacan en esos minutos finales y desdeñan por dos veces la posibilidad de empatar el encuentro con golpes de castigo.

    Su perseverancia se ve recompensada al lograr el ensayo y la victoria (34-32).

  4. Sergio

    Rocky Balboa no retiene el título en ese combate. No se lo jugaban.

  5. Macosa

    El 4-3 Liverpool – Barcelona

  6. La final de Champions de Lisboa no está por no herir sensibilidades o qué?

    • Totalmente de acuerdo, durisimo momento para todos los atléticos, si no el que más y mira que tenemos historial..

  7. Echo de menos el Brasil 2 – Italia 3 del Mundial 82. A mí me sigue doliendo. El día en que el fútbol murió.
    Pd: He votado por el Tour del 89. Admito que ese día disfruté como un puerco.

  8. daniaaaa

    Trta de arrancarlo, Carlos

  9. messianico

    los batacazos del barça contra roma y Liverpool no se consideran dramas??? la linda copa al carajo

  10. USA – España, cuartos de final de la olimpiada de 2004, perdimos LA oportunidad que se presenta cada muchisimo tiempo de lograr el oro.

    Y siguiendo con baloncesto, el tercer puesto de la URSS en «sus» olimpiadas de 1980 sin los USA fue una catastrofe.

  11. María Escario nos enseñó unas imágenes de Fignon escupiéndo le a la cámara de un equipo de TVE, cuando el reportero simplemente le pedía un par de preguntas.
    Por lo visto estaba un tanto nervioso, pues ya se había hecho empresario y tenía grandes inversiones que dependían del resultado de esta prueba.
    https://youtu.be/-gDXGJK7b4g
    Recuerdo que vimos íntegramente la contra reloj y celebramos su derrota con un «TOOOOMAAAAA» al estilo Nadal cuando gana uno de esos puntos imposibles.

  12. Ataúlfo Llàdor

    Djordjevic, año 92. Sabéis de qué hablo.

  13. Szalai

    Español (ahora Espanyol) – Bayer Leverkusen en la final a doble partido de la copa de la UEFA del 88. En el partido de vuelta el Bayer Leverkusen remontó el 3-0 en contra del partido de ida y un 2-0 en contra en los penalties.

  14. Fco_mig

    Falta la derrota del FC Barcelona frente al Steaua de Bucarest en la final de Sevilla en 1986. Los que la vivimos aún tratamos de olvidarla. Supongo que les ha traicionado el subconsciente.

  15. Fernando Gómez

    La derrota del Valencia ante el Bayern de Kahn por penales en Milán. El Bayern se resarció de aquella final, al Valencia aquello le arrebató por segunda vez la posibilidad de ganar una Champions que probablemente ya nunca podrá ganar.

  16. La remontada del Liverpool al Milan en la final de Champions cuando iban 3-0 en la primera parte me parece más dolorosa aún que el Manchester vs Bayern.
    La del Atlético Madrid VS real Madrid con el gol de Ramos tb fue tremenda.

    El centenariazo de la copa del rey real Madrid VS Depor tuvo q ser muy dolorosa para el Madrid viendo el contexto.

    Con todo es difícil superar en dureza la derrota del Depor en la liga con el penalty de djucik en el último minuto.

  17. Final de baloncesto contra USA en la olimpiada de Londres: pasos, pasos, pasos….

  18. Fer Lee

    Tal vez no cuadrase mucho con el artículo, pero personalmente dolorosa para mi fue la pájara de Indurain en la Vuelta de 1996 que acabaría por provocar su retirada de ciclismo. Sindo yo entonces un chavalín que idolatraba a Miguelón, me llevé un disgusto de campeonato.

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