Ponerse a salvo en el trigo

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Foto: Derek Finch (CC)

Un hombre encerrado es un hombre asustado, un tipo que huye hacia delante. Por buenas coartadas que ofrezca no deja de ser un mártir de sí mismo. El nihilismo de Salinger (Nueva York, 1 de enero de 1919) es más bien un tremendismo desaforado y una desnudez de creencias que es en realidad una creencia en sí misma. Una cabaña en medio del bosque donde nadie pueda molestarte parece, en efecto, una ínsula Barataria y una patria personalista a su imagen y semejanza. Cuanto más se alimentaba el mito del escritor anacoreta más se acercaba él, felizmente, hacia el contorno de su fetiche, de su creación, al reverso ficcional de sí mismo: Holden Caulfield. Empeñado en borrarse de la faz de la tierra, Salinger acabó comido por Caulfield, que nunca existió realmente y que al mismo tiempo existió en todas partes. Contra todo matiz posible, Salinger no fue más que la foto donde ruge al fotógrafo. La furia, la fiera y la guarida.

«Soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse. Es terrible. Si voy camino del quiosco a comprar una revista y alguien me pregunta que adónde voy, soy capaz de decir que voy a la ópera. Es una cosa seria». Holden Caulfield miente con la misma normalidad con la que el gran Gatsby se entrega a sus invitados, con ese rigor mecánico que tiene la mentira hecha farsa. La gran diferencia es que no tiene plan ni propósito. El chico solo huye y se pone a salvo, que es una cosa que no se sabe si da o quita la razón a Benedetti. Como a la evasión le sigue la negación, el resultado es un trampantojo sin fortuna ni oportunidad, aunque una dulce moratoria, al fin y al cabo. Miente y así pospone la asunción. Dulcifica la falsedad con sarcasmo y verdadera incontinencia. Desliza trolas a diestro y siniestro para divertirse, sobre todo, porque no cuesta dinero. Coincide en el tren con la madre de un compañero de clase y no se contenta con mentirle sobre cómo se llama. Oculta que le han echado del colegio. Improvisa por deporte fantásticas invenciones sobre el hijo de la señora, cosas muy elogiosas todas, y la pobre mujer afirma feliz y extrañada que su hijo no le ha contado nada de eso. Se lanza con desenvoltura a detallar todo tipo de pormenores disparatados que vistan el embuste. Incluso va más allá y afirma volverse a casa por tener «un tumor en el cerebro. Nada grave». Se afirma arrepentido en su exceso, pero no se censura en absoluto. En efecto, juega a lo que sea con tal de no ceñirse al relato formal de los hechos.

«Lo gracioso es que mientras hablaba estaba pensando en otra cosa. Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca del Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adónde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta». El hábito estacional de los animales de Central Park se vuelve asunto de Estado. De pronto, en medio de la conversación más casual, se le ocurre la historia del lago helado y los patos. Fía a este asunto la mayor de las importancias y anticipa libremente la obsesión freudiana de Tony Soprano, que añora a los patos que solían anidar en su jardín. No se sabe si es existencialismo o simple filosofía barata, delirio naíf, pero el asunto siempre suele tener bastante gracia. A Holden Caulfield lo que más le interesa de la chica que le gusta, Jane Gallagher, es su enigmática manía de dejar las damas paradas en la fila de atrás. De aclararse este misterio, probablemente la chica dejaría de interesarle y él no tendría más interés en ponerse con ella frente a ningún tablero. Todo su pensamiento es juventud desparramada, a la vez invencible y depresiva. Todo discurre entre la euforia, la tristeza y el atrevimiento. Todo es urgente y todo es inútil, todo vano, pero todo tiene una solemnidad de psicoanálisis. Holden mira el bien y el mal con el escrúpulo de un moralista particular, pero tiene una párvula proporción de las cosas. Vuelve a escabullirse magnificando las cosas más vulgares y convirtiéndolas en extraordinarias.

«Estoy de pie al borde del precipicio. Lo que tengo que hacer es coger a cualquier niño que se acerque al precipicio. Quiero decir, si alguno de los niños está corriendo y no mira por dónde va. Yo debo salir de donde esté y cogerlos. Eso es todo lo que hago durante el día. Yo sería nada más que el guardián entre el centeno». Se busca en el espejo de los niños como un Peter Pan sociólogo sin Nunca Jamás. Holden va a ver a escondidas a Phoebe, su hermana pequeña, a la que adora compulsivamente. Ella le pregunta a él que qué va a hacer después de que le hayan expulsado del colegio, que qué demonios piensa hacer con su vida, si es que una niña de diez años, «que ha nacido para patinar», puede preguntar algo así. Él responde que lo único que quiere es vivir en el trigal y salvar niños del precipicio, como un ocioso salvador de altísima misión. En su evidente voluntad de huida está la utopía de su particular gestión del tiempo y la edad. La capacidad de Holden para encontrar tristeza en las personas mayores es directamente proporcional a la ternura que le despiertan los niños y su virginidad. Con diecisiete años recién cumplidos evidencia un pavor a la vejez propio de la más profunda juventud. No contempla estudiar ni trabajar en serio. Va de bares y hoteles, de un taxi a otro por toda Nueva York. Se rodea de adultos y funciona por impulsos insondables. Le encantan las mujeres, pero no entiende el sexo. Es un chiquillo, pero tiene muchas canas. Hace planes, pero quiere morirse a cada paso, o eso dice muy cenizo. De desdoblarse, se odiaría a sí mismo y al libro que protagoniza.

Cuando en 1951 se publica El guardián entre el centeno, la obra no tarda en prender en una Norteamérica cada vez más juvenil. Salinger es firma exclusiva del New Yorker, y desde el principio se comporta como un chiflado lleno de manías y sarpullidos. Su ópera prima, que será la que le retire, corre como la pólvora y le sepulta bajo una tonelada de furor editorial. Después de El guardián escribe algunas cosas, pero no alcanzan demasiada fortuna. En 1971, hace un millón de años, da a disgusto su última entrevista. Después se esconde y se recoge entre sus cosas. No quiere enfrentarse a nada de lo que no le gusta, tal y como hace Caulfield cuando algo simplemente no le apetece: «No estoy en vena». Después de dos guerras mundiales y otros tantos horrores, parece razonable esconderse de lo que hay ahí fuera. Improvisa una salida de emergencia por entre el cereal, en el hermoso juego del cuerpo que coge a otro cuerpo para evitar que caiga al vacío. No solo se borra, sino que busca la bondad, que es la misión del guardián entre los niños. No se le ocurre mejor forma de emplear su tiempo que ser el cazador oculto entre el centeno. «Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada».

Salinger muere en 2009 y pretende morir en silencio, pensando que si el árbol cae sin nadie alrededor nadie sabrá cómo suena. Sin embargo, todo el mundo sabe quién es Holden Caulfield, así que el árbol atruena cuando se derrumba. El cascarrabias no parece advertir que una vida enchironado es como una casa con grandes vistas pero sin una sola ventana. Se toma a sí mismo demasiado en serio y alienta los bolsillos de psicópatas dados al magnicidio, en un alarde de tremendismo que ni Pascual Duarte pasado de vueltas. De pronto, Salinger se muere y se hace menos invisible que nunca, pero su mito es un arcano inefable, como a él le gustaría. En realidad, querría ser como Malick, otro paria de gruta, si no fuera porque odia el cine y las películas (?). En su caso, no obstante, esconderse en el centeno no puede ser más suicida y, al mismo tiempo, más sensato. Lo que sea por hacer del inverno nuclear un trance más llevadero. Estirando un poco el asunto, Salinger tira de metáfora y dice: «No hay sala de fiestas en el mundo entero que se pueda soportar mucho tiempo a no ser que pueda uno emborracharse o que vaya con una mujer que le vuelva loco de verdad». El siglo XXI, en efecto, no parece muy diferente.

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8 Comentarios

  1. El primer libro que me decepcionó dada la fama que le precedía. Me parece una novela sobrevaloradísima y Salinger, de quien no he leído nada más, creo que goza de una repercusión excesiva más debida a su personalidad que a su escritura, me temo. Aunque esto sucede con muchos escritores anglosajones que se benefician de una apabullante colonización cultural.

  2. A mí también me decepcionó cuando lo leí. Siempre he pensado que el hecho de leerlo con 45 años tuvo mucho que ver. Quizá tenga que releerlo, sin expectativas, para ratificar o rectificar mi opinión

  3. Pero la mayor parte de la cultura es así, una mera cuestión de gusto. Jackson Pollock quizás sea uno de los pintamonas peores que el mundo haya conocido. Sin embargo, caía bien a la CIA en una época demasiado comprometida políticamente y el expresionismo abstracto ni tiene mensaje, ni compromete absolutamente a nada, ni a nadie. Y Pollock triunfó. La obra de Salinger posee la misma cualidad. Magnifica “las cosas más vulgares” y la convierte “en extraordinarias” porque suprime lo más extraordinario convirtiéndolo en vulgar. El literato puede ser cualquiera y su obra puede no poseer más mensaje que la psicología de un adolescente, alguien que no existe si no tiene al menos 300 amigos en “Facebook”. Hay que aprender a leer sólo literatura que tenga unos 2000 años de antigüedad.

    • En el caso norteamericano diría que solo pueden ser referentes en cuanto a cine (aunque no lo inventaran) y música popular (aquí sí son pioneros). En el resto de artes, solo por la escasa historia de que pueden hacer gala, no pueden sentar cátedra.

  4. Lo leí ya de mayorcito y, mientras lo hacía, se iban encendiendo en forma tumultuosa los recuerdos que solo las hormonas, las últimas, pero todavía con memoria son capaces de despertar: los mismos bloqueos, los mismos celos, las mismas mentiras, los mismos deseos y pensamientos disparatados, la misma repulsa por los ancianos y las caricias de otros hombres, la devoción -con una pizca de perversión, me parece- por las hermanas menores y, sobre todo, la ignorancia de que a esa edad tenemos toda la poesía del mundo mas no sabemos qué hacer con ella. ¡Pero a quién se le ocurre pensar en el bienestar de los patos que, por lo visto saben adónde van, no como el personaje, o tomarse la responsabilidad muy en serio de ser el guardián de todos los niños! Lo propondría como lectura obligatoria en las escuelas para aquellos que están por entrar en la adolescencia, así toman conciencia de lo que se les viene encima sin tener culpa alguna. No por nada dicen que la adolescencia es una enfermedad que se cura con la vejez. Muy buena evocación.

  5. El mejor cuadro de expresionismo abstracto, o digamos “usa y tira”. (o “usa y bota”)
    Pensaba en esa piba con un lacito de lana en su muñeca y su peculiar manera de reflexionar: mirando hacia los cielos… el expresionismo abstracto de las nubes, según ella, e hice lo mismo creyendo que las ideas serían más claras, pero pasaban solo nubes, blancas, cremosas, toneladas de agua suspendidas por arte de magia sobre nosotros, gigantescas, según de donde se las mire porque si pudiera estar a trillones de kilómetros, esta esfera vagabunda rodeada de nubes pasajeras sería un puntito azul, y yendo más lejos aún se perdería de a poco en la oscuridad del expresionismo abstracto del universo, sin luz propia, siempre aferrada a su Sol, menos que un grano de polvo los dos, menos que una quimera o un sueño, y de repente ¡flop!… la nada. Sin embargo, por extraño que parezca, allá abajo habrá una piba que juega con su lacito de lana y otro asombrado que mira las nubes pasar, el mejor cuadro de expresionismo abstracto, “usa y tira” digamos, sin catálogos, sin museos, sin valor

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