
No sé si el salto de calidad del vino español tuvo que ver con la emisión de Falcon Crest. Una serie sobre la disputa de doscientas hectáreas de viñedo en el Napa Valley californiano, llamado en la ficción Tuscany. El culebrón tuvo más éxito en España que en Estados Unidos. No fue algo comparable al impacto que supuso Dallas en Rumanía durante el comunismo, por motivos obvios, pero muchas generaciones siguen teniendo presente quién era Angela Channing. Alfonso Guerra llegó a citarla en el Congreso.
Es curioso que en la reivindicación actual de las expresiones culturales marginales, pero que tuvieron una difusión extraordinaria, como los famosos casetes de rumbas, nadie haya reparado en los culebrones. Eran basura entonces y lo siguen siendo ahora. Si se ha aludido a Falcon Crest es por las disputas entre familias riojanas. Pero si una serie lograba enganchar más que la heroína, ¿no es porque tenía algo bueno? Los prejuicios culturales —hace unas décadas los «gustos» de alguien daban sentido a su vida más que ahora y cuestionarlos podía tener un desenlace violento— hacían imposible que alguien se asomase a estos productos ni como placer culpable, odioso término, ni para dar la nota. Sin embargo, eran gloriosos. Palabra de alguien que con dieciséis años vio entera Todo por tu amor, venezolana, en la Primera de Televisión Española durante un verano entero.
La primera paradoja es que por mucho revestimiento cultural, psicológico o político que quiera dársele, las series que han triunfado en la actualidad, con especial mención a los clásicos de HBO de principios de siglo, como Los Soprano, o A dos metros bajo tierra, etc., no han sido ni más ni menos que culebrones. Trasladaron los recursos de este género a un público que se creía especial, con grandes presupuestos que permitían recrear un realismo tan atrayente como prestigioso, solamente con un objetivo: engancharte con un melodrama hasta el punto de tener síndrome de abstinencia, malestar al final de un capítulo si no tenías otro o acabar encerrándote en casa comiendo guarrerías tragándote maratones de la serie de doce horas seguidas. Un comportamiento que se diferencia del de los consumidores de cocaína en base en sutiles detalles, flecos imperceptibles.
La segunda paradoja es que HBO ha cerrado el círculo. Después de todo lo aprendido durante este siglo, ha vuelto al leitmotiv de las grandes series de finales de los setenta y principios de los ochenta: ambición de poder, amor y lujo. Todo lo que puede dar de sí algo tan simple como una herencia. Algo que por el solo hecho de existir en potencia condiciona los comportamientos, es capaz de destapar las actitudes más mezquinas y establece un entramado de laberínticas relaciones entre los candidatos a las partes más suculentas de dicha sucesión. A esta idea explotada por tantos culebrones de antaño le ha puesto su sello de calidad, aunque esta vez para llevarla a cabo ha elegido la mano de Jesse Amstrong, uno de los guionistas, entre otras, de Veep, en cuyo plató le echó el ojo Frank Rich de HBO, y la joya de la corona británica, The Thick of It.
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Ellen Shepard será Sue Ellen, ¿no?. O me he perdido, vamos.
Sin ánimo de polemizar, la serie es tan estúpida como los «clásicos» que cita de los años 80, solo que ahora dicen caca, culo, pis. Eso sí, se pasan todo el tiempo diciendo caca, culo, pis.
Dime qué series ves; me interesa mucho tu criterio…
Estupenda serie muy bien interpretada. Quien más me ha sorprendido es Kieran Culkin, hermano de Macaulay que interpreta a Román.
El primero me dejó un poco frío, el segundo tampoco me acabó de convencer, y a mitad del tercero la dejé. Me importan un comino los tejemanejes que se traen esos personajes; me han generado cero empatía, y ningunas putas ganas de seguir aguantando sus tonterías.
Para criticar la tercera temporada tendrá que salir….Que guste o no guste es normal, cada uno tiene sus gustos,lo no se puede negar es que la calidad de la serie y las interpretaciones son de muy alto nivel.
La primera temporada estuvo bien. La segunda, explota el cliché y hace caja con la primera.
Brian Cox da vida al mismo personaje, Harry Montebello, en «The Straits», serie neozelandesa a cuya productora, rápidamente los estudios de Hollywood compraron los derechos para evitar una segunda temporada y una competencia chunga.
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La serie tiene algo y se ve fácil. Por decir algo negativo, el montaje es un punto en contra. Es agotador.