A dos metros bajo tierra ¿moderna o retrógrada?

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A dos metros bajo tierra (2001–2005). Imagen: HBO.

Solo para los que la han visto entera

Tengo un recuerdo inolvidable del último capítulo de A dos metros bajo tierra. Son las seis de la mañana, el salón está azafranado por los primeros rayos de sol, estoy en bata, agarrado a una litrona llorando como una puta Magdalena. Considero ahora si hubiera sido mejor haber dedicado los fines de semana de hace diez años a jugar al fútbol sala solteros contra casados, o en una liga de barrio. Al menos recordaría que los momentos más intensos de mi vida fueron goles, asistencias, darle con el dedo en el pecho al colegiado como Fernando Hierro acusándole de «gñññ gñññ» y amenazándole con «pfff pfff» sin que se me cayera la baba en el lance, como solo los grandes capitanes saben hacer. Pero no. Elegí las series modernas. Culebrones impenitentes intelectualizados y con un toque cool. Ahora donde otros tienen memorias de charros por la escuadra yo me veo a mí mismo bebiendo semidesnudo a horas intempestivas, con la voz quebrada pidiéndole explicaciones al televisor: Nate… Nate ¿por qué tú, Nate?

Me voy a ahorrar la predecible y obvia retahíla de elogios para que nadie dé cabezadas delante del texto. A dos metros bajo tierra fue una serie maravillosa. Punto. Fue emocionante, original, más adictiva que la heroína. Reímos y lloramos con ella. Y no como se ríe y se llora con el texto de la Reforma Laboral, precisamente; reímos y lloramos viviendo intensamente, pisando fuerte que diría Alejandro Sanz, más allá del hechizo y más allá del milagro como escribió Sergio Dalma, a lo «I want to live this life forever, ¿bailamos?» que muy bien apuntó en su momento Enrique Miguel Iglesias Preysler. Fue una serie realmente buena.

Dicho lo cual, sí que hay ciertos aspectos de este, uno de los productos más logrados de HBO, que merecerían ser analizados en frío. Sin dejarse llevar por la euforia del refinado placer que producen esas cinco temporadas. A dos metros bajo tierra se vendía en cofre indie, de temática gay, con sexo y droga sin censura. Una cosa casi subversiva que ponía patas arriba todos los valores caducos de la sociedad occidental. Sin embargo, un repaso a las tramas y el perfil de los personajes puede sugerir graciosamente lo contrario sin necesidad de ponerse muy tiquismiquis. Algo así como con la última película, The kids are all right, de una de las guionistas de la serie, Lisa Cholodenko, que al terminar uno se quedaba con la duda de si había visto una cinta independiente sobre lesbianas vegetarianas o la adaptación al cine de los mejores textos de Karol Wojtyla.

Cojamos el toro por los cuernos. Una de las ciencias que más han molestado y molestan a los sectores conservadores de la sociedad es la psicología. Bien entendida, no como una forma de curar homosexuales, de lo que se trata es de racionalizar los sentimientos y la conducta humana, algo que en los aludidos sectores se explica recurriendo a un sencillo y práctico esto es así porque lo dice Dios, te tienes que comportar de esta manera porque lo dice Dios y a correr. Que los niños no tengan que aprender a hostia limpia o el derecho a elegir a tu pareja no es que se lo debamos a los psicólogos, pero sí, básicamente, a que alguien se tuvo que tomar la molestia de observar la conducta de los que le rodeaban y razonar mínimamente al margen de imposiciones ancestrales.

Pues bien. Repasemos los principales psicólogos aparecen en la serie. Los padres de Brenda, una psicóloga a la que acude la propia Brenda —recomendada por una prostituta— y el de Claire en el instituto. El retrato de los primeros, Margaret y Bernand, es para ponerle un marco. Él es un psicólogo que se folla a su joven paciente. Bien es verdad que luego se enamoran, pero llevan un vida licenciosa con frecuentes intercambios de pareja y consumo de drogas, hasta ahí sin problemas, pero que suelen organizar orgías delante de sus hijos pequeños. Uno de ellos, Billy, termina como una maraca con prescripción médica en un sobrecito. Brenda tiene una relación con el anterior que frisa lo incestuoso. El hermano al menos está enamorado de ella y en una ocasión, desnudo, intenta torturarla o matarla, quién lo sabe. Y Brenda también tiene problemas graves de depresión y conductas compulsivas, fue adicta al sexo con extraños durante toda una temporada. En resumen, que así son los psicólogos y así educan a sus hijos. ¿A esta clase de gente vas a acudir cuando tengas problemas, cuando te sientas mal? Luego la psicóloga a la que va Brenda para tratarse la adicción al sexo tiene un papel pequeño, pero elocuente. Dice, como diagnóstico a su paciente, que ella también iría follando por ahí con desconocidos, pero que no puede porque se lo impide su educación judeocristiana. Otra incontinente, como un animal, pero salvada por la cruz. Anda, qué bonito. Y el tercero, el del instituto, es un individuo correcto y profesional. Realiza además un buen trabajo con Claire. Ella así lo piensa, pues ha dejado atrás muchos problemas gracias a la terapia. Y qué premio recibe por su trabajo, pues le despiden por los recortes en educación. ¿Les suena de algo? Mensaje subliminal, sí, pero prepotente como la 9ª División Panzer. A ver qué hace usted ahora si su hijo quiere estudiar Psicología.

A los negros tampoco les va mal. Las personas de esta raza han cometido en la historia de la humanidad la osadía de, en un momento dado, negarse a ser esclavos. O por lo menos, decir que no les gustaba. En consecuencia, son el único grupo humano en el que los reaccionarios reconocen las leyes de Darwin. Los negros sí pueden venir del mono; los blancos, no, salieron de una galería de arte en la que exponía Dios. En A dos metros bajo tierra hay una familia al completo. El padre, o abuelo, es un maltratador. Un violento. El hijo, Keith, lo ha heredado por ley natural y tampoco puede controlar sus accesos de ira y su hermana es una toxicómana que, una vez recuperada, atropella a un hombre y se da a la fuga. Yonqui muere yonqui, más si encima es negro. Los niños negros pequeños que adoptan son, por supuesto, pequeños delincuentes en potencia. Sí que hay, sin embargo, una lectura ácrata de Keith. Como policía, deja mal a esta institución. Golpea salvajemente a un sospechoso, acaba con la vida de otro mientras este discute con su novia. También su exceso de celo le lleva a denunciar a su propia hermana. No obstante, no seamos canelos, hay que saber leer entre líneas que los policías que denuncian a sus familiares son propios de países comunistas y, qué cojones, Keith es un policía negro y maricón. Normal que manche el buen nombre de los maderos.

A dos metros bajo tierra (2001–2005). Imagen: HBO.

Librepensadores, hippies y artistas. Ojo al dato, los que continúan toda la vida siendo hippies, salen retratados como una gente que danza desnuda, drogada y borracha alrededor de un árbol en mitad del campo. Aparece un adolescente hijo de hippies ¿cómo es? Pues de una superioridad moral insoportable. Peor lo llevan los artistas. Como si los guiones se hubieran escrito en una taberna, el profesor de arte de Claire es francés. Olivier es bisexual, ningún problema, pero se acuesta con todos los alumnos que puede. Obsérvese la sutileza, tanto en el psicólogo como en la escuela de arte se follan a la gente. Todo esto pasando por alto que el primer artista que sale en la serie, Billy, ya hemos dicho que es bipolar, incestuoso, criminal peligroso cuando no se medica e, importante, su obra ya la hizo otro mejor en el pasado remoto, dice un experto en la segunda temporada. Peor suerte todavía corre el novio artista de Claire. Russell cree que lo suyo es el arte, pero no, está equivocado, se le da mal, es un fracasado y esto se debe a que había un error, no era artista, lo que era en realidad es gay. Se acuesta con su profesor, los compañeros de clase y se droga y alcoholiza mucho cuando da por fin con la tecla. Lo de los novios de Claire, artista ella, habla por sí solo. Fracaso tras fracaso. Primero un pandillero, luego un gay reprimido, todo un desastre hasta que por fin encuentra al chico que sí que sí: un votante republicano que escucha los 40 Principales. Tamaña elocuencia solo es superada por la fiestera hermana de Ruth. La sufrida madre y ama de casa un día le echa en cara lo bien que se lo ha pasado toda la vida como hippie y ella responde que es A) una artista fracasada y sin talento; B) que en realidad quería, lo que anhelaba profundamente toda su vida era ser madre, pero no pudo porque tenía «los ovarios como pasas»; y C) que para amargada ella. Ah, por cierto, Lisa, que es pseudo hippie y, por tanto, ridícula —habla con las hormigas para que se vayan de su casa, por ejemplo— se acuesta con su cuñado a escondidas —más incesto—, quien toca la guitarra, y acaba despedazándola. Cuando a su hijo se le acerque la rondalla, átele corto.

El creador de la serie, Alan Ball, es homosexual. Tal vez por eso los homosexuales no mueren todos de sida al final de la serie o se curan y forman una familia heterosexual. Se les permite, con adopción de hijos y todo, formar una familia cristiana y de buenas costumbres. Eso sí, cuidado con sobrepasar la línea roja de esas buenas costumbres. Cuando David busca sexo fuera de la pareja encuentra A) la drogadicción, poniendo en peligro la salud de su madre que toma un éxtasis suyo por error; y B) un secuestro en el que le dan una paliza y están a punto de prenderle fuego. Cuando impregnado en gasolina le acercan el mechero se lee claro en sus ojos desorbitados: ¡monogamia, monogamia, esa es la respuesta! Claire, por otro lado, tiene una amiga lesbiana, Edie, a la que aprecia mucho pero que, en cuanto ve que no quiere acostarse con ella aquí y ahora, la abandona como a un anciano en una gasolinera. No tengas amistad con homosexuales, solo van a lo que van.

Tampoco sale bien parada la promiscuidad heterosexual. ¿Le iban a perdonar a Brenda acostarse con desconocidos sin más ánimo que el de pasárselo bien? No vale con que se arrepienta por haber hecho daño a su pareja entonces, Nate, tampoco ir a terapia de grupo de adictos al sexo. Cuando se queda embarazada, el pequeño muere antes de nacer. Va al altar con el hijo muerto dentro del vientre y sabiéndolo. Así son las moralejas. Aunque a veces tienen su lado bueno. Se enamora de ella Justin Theroux, actual celebrity de primer orden como expareja de Jennifer Aniston, un personaje muy guapo, muy educado… con la única salvedad de que es sadomasoquista. Tienes lo que te mereces, parece querer decirle Alan.

Mucho más terrible es lo de Ruth, la madre, la viuda, la ama de casa. Las cinco temporadas son una búsqueda de su identidad tras un matrimonio que le ha relegado a la cocina y la lavadora. Es enternecedor cómo torpemente, pero con sinceridad y ahínco, persigue su propia dignidad. Resultado: termina casada en segundas nupcias con un enfermo mental muy, muy grave. Por no hablar de su idilio con un ruso teleadicto metido en problemas con la mafia que dilapida sus ahorros. Guardando luto toda de negro tejiendo sentadita frente a una carretera comarcal a la puerta de tu casa no ocurren estas cosas: si enviudas, vete a Castilla-La Mancha a esperar la muerte.

Y por último Nate. Joven grunge, ha hecho lo que ha querido toda su vida, cuando empieza la serie está de vuelta de todo y un poco vacío. Esto lo expresa diciéndole a su hermana que ya lleva cuatro endodoncias a los treinta y cuatro años. La moraleja del argumento que sigue su personaje es también muy desalentadora. Ninguna de sus parejas es de un orden moral tradicional, cristiano, de modo que lo que encuentra no puede ser mayor via crucis. Todas le ponen los cuernos, para empezar. Y va a follón diario. Su vida es un infierno doméstico y afectivo. No obstante, de pronto encuentra la paz ¿con quién? Con una cuáquera que le conquista con los silencios que se producen durante la oración en su iglesia de referencia. Mire, Alan Ball, váyase usted a tomar por saco.

Volvamos ahora a esa habitación azafranada por el alba donde un borracho en bata llora por la muerte de Nate. Las litronas también son azafrandas, menos mal que por entonces no existía Instagram porque si no explotan con hongo nuclear sus servidores si alguien saca una foto de la composición. Lo cierto es que ese hombre, entre lágrimas, solo tiene un deseo para esta serie de enseñanzas a sueldo de Torreciudad. Escuchemos, a ver, lo que dice sollozando: Por favor, por favor, Alan… por favor, una temporadita más…

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9 comentarios

  1. No pude verla toda. Me perturbaba esa relación corporal cotidiana y casi morbosa con los muertos. Debe ser por el miedo atávico y el respeto hacia ellos. Además, esa chica tan promiscua psíquica y sexualmente me daba una pena enorme, como su madre, tan dura y exigente con sus hijos como incomprensiblemente frágil en su vida privada. No era creíble. Sin embargo, aprecié mucho ese film japonés en el cual un violonchelista desocupado terminaba trabajando -para escándalo de su esposa y satisfacción propia-, como maquillador de muertos.

  2. Celia who?

    Me he reído mucho con el artículo por lo que tiene de verdad. Y sí, es una de las series que más me han gustado (aunque no se si sería capaz de verla dos veces).

  3. Patricio

    Lejos para mi la mejor serie, es honesta, deja atrás los prejuicios y a todos en parte algo nos idéntico, tengo todas sus temporadas en VHS y de ves en cuando la vuelvo a ver.

  4. Natalia

    De acuerdo con todo, incluso el momento litrona llorando a moco tendido (aunque en mi caso con la escena final y la canción de Sia de fondo). Recuerdo ver un episodio en el que Claire abortaba y Nate decía algo así como que había llevado a abortar a dos novias y pensar “¿No tienen anticonceptivos o qué?”.

  5. Aquiles

    Me pareció maravillosa la serie. No había leído las características de los personajes tan en clave negativa, salvo Nate, un narcisista egocéntrico que pasa por cool.

    Puedo si explicar lo que significó para mí como adolescente gay en los 90 ver la relación entre keith y dave. Más allá de los mensajes, los gays aunque veamos personajes con defectos, el solo verlos en la pantalla ya nos emociona, en una TV donde la heterosexualidad es la norma (y fuera de ella). Es como si dijéramos : ¡Mira mira ese señor es como yo y está en la tele y se enamora como yo¡ y muy importante: Keith y dave tenían final feliz, interrumpido por la muerte solo como todos los matrimonios.

    PD: No creo que la serie y el mensaje priorice lo conservador, si no la autenticidad de personas que se atreven a ser ellos mismos, mas allá de las consecuencias. Lo dice Brenda cuando se entrevista con la psicologa judeocristiana: Si se te antoja cepillarte a todo el mundo y no lo haces porque te prohíben, no indica una vida más sana, o superioridad moral, indica hipocresía y represión.

    PD PD: El novio republicano de Claire le dice: ” Yo estoy en contra del aborto pero pague uno”…. mas claro.

  6. La volví a ver este pasado mes de agosto en un maratón solitario con los preciosos cofres del DVD americano que se abren como ataúd.
    La serie se mete en nuestro subconsciente y nos enfrenta a los miedos pero también nos introduce en una especie de inconsciente social que nos ayuda. Confieso que tenía miedo de revisarla porque aun recordaba la angustia me provocaban alguna de las muertes del arranque – prólogo en cada episodio: el rayo, la mujer que se atraganta y muere sola… siempre se muere solo, ¿o no?
    No ha envejecido más que en mostrar los móviles de hace tres lustros. Una serie que seguro gustó a Ingmar Bergman en el caso de que la tuviese disponible en su isla de Faro.
    ¡Qué antipáticos protagonistas! El egoísmo de Nate, su inmadurez, el egocentrismo de Claire, se me hicieron a ratos insoportables. Tan imperfectos, tan humanos.

    Me encantó la subtrama de Claire estudiante de arte con esos colegas tan colgados.
    Adoro a Brenda. Adoro a su madre y a su sexy padre.
    Me encanta Lisa. Me encanta aun más Maggie la hija del rarito George y su enamoramiento silencioso con Nate. Me gustaron todas las mujeres de Nate, y eso que soy gay.
    Me gusta mucho la señora Fisher, su liberación, sus amantes, su loca hermana adicta al Vicodin, su look de campesina pobre de dust bowl de Oklahoma.

    Si en épocas de la prohibición el Hollywood clásico nos enseñaba cuán borrachos los yanquis eran (y deben de serlo aun hoy) y lo poco que les importaba infringir la Ley en esos precode con James Cagney y compañía; esta serie, cualquier serie americana, cualquier película independiente, cualquier treceañero gringo es un maestro, nos enseña que para ser feliz o al menos aguantar vivir en EEUU hay que escaparse de la trampa que es vivir en ese primer mundo tan compliado, hay que drogarse. No es una apología de las drogas, es Neorrealismo setenta años después. Los Angeles parece una pesadilla urbana fea, inmensa, complicadísima, una ciudad sin habitantes, un caos urbano de coches, un poblacho multicultural. Me atrae, me horroriza ese sur de California, su acento, su mal inglés, su filosofía ta exportable.

    No estoy de acuerdo en la devoción por el final de la serie en su ya mítico desenlace mortuorio convertido en clásico de youtube. El mal maquillaje y errónea peluquería con envejecimientos a base de pelucas trasnochadas me produce repelús y me impide no ya llorar, sino tan sólo emocionarme.

  7. Al principio pensé que la crítica “desmontadora” era en serio, pero luego ya se te ha visto el plumero :-P .
    .
    “A dos metros bajo tierra” sigue siendo la mejor serie que he visto hasta la fecha. Y además, es brutalmente visionaria. Si se rodara hoy tal cual puede que algunos de sus guiones y personajes sonaran algo a cliché, pero es que el último capítulo de la serie se emitió…. hace más de 13 años, ahí es nada. Es cojonuda hasta para eso: a través de unos personajes que quizá puedan ser un poco caricaturescos anticipa muchos de los debates y conflictos sociales que después se han ido produciendo.

  8. En mi humilde opinión A dos metros bajo tierra es una serie brutal, me atrevería a decir casi de culto. Un guión bajo mi punto de vista excelente y sobre todo es una serie que no deja indiferente a nadie.

  9. Howard Roark

    Esta es probablemente la serie más sobrevalorada de la historia de la TV. Seguramente en su momento parecía muy moderna pero yo la vi hace un par de años y me resultó insoportable. Todo quedaba muy forzado y se veía antigua a más no poder. Es el típico caso de mal envejecimiento de una serie/película. Todos los personajes resultan inaguantables, especialmente Brenda y su hermano. La única excepción es Claire, que tampoco es que sea gran cosa pero por lo menos no daba ganas de vomitar. El artículo me parece muy acertado porque muestra unos personajes que hoy en día no habría manera de tragárselos, pero que hace quince años deslumbraron a mucha gente como un espejismo de modernidad.

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