Ian Holm: el villano perfecto

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Alien, el octavo pasajero. Imagen: 20th Century Fox.

En toda mi vida, la película que más me impresionó antes incluso de haber visto un solo fotograma fue Alien, el octavo pasajero. De hecho, el pensar en ella una y otra vez no habiéndola visto todavía es uno de los recuerdos cinematográficos más antiguos que conservo. Cuando era bastante pequeño, vi un cartel promocional de la película impreso —con tétrico blanco y negro— en una revista de cine de aquellas que entonces llamábamos carteleras.

Yo sabía que aquello anunciaba una película, pero poco más. No había gran cosa en aquel cartel promocional: el título Alien en mayúsculas, lo que parecía un huevo abriéndose, y la frase «En el espacio nadie puede oír tus gritos». Cosas de la infancia y de mi estupidez intrínseca, me dije: «Pobre Alien, que grita y nadie puede oírlo. ¿Qué le estará pasando?». No sabía quién era Alien ni de qué demonios trataba todo aquello, pero la sencillez de la imagen captó mi interés de inmediato. Me atrajo tanto que guardé la revista.

Años después seguía siendo niño, pero un familiar consideró que yo ya tenía edad suficiente como para contarme el argumento de aquella película cuyo póster me había hipnotizado durante tanto tiempo. Me contó toda la película, casi secuencia por secuencia, final incluido. Por lo general detesto que me destripen una película, pero aquella vez no me importó ni lo más mínimo. Escuché la historia completamente fascinado. Podía visualizar cada escena que me narraban. El mundo de Alien: el octavo pasajero empezó a tomar forma en mi cabeza, aunque no había visto nada excepto al monstruo, al que recordaba de alguna fotografía. Empecé a sentir un ansia punzante por comprobar con mis propios ojos si todo lo demás que había imaginado se parecía a la realidad del largometraje. Cuando por fin pude ver Alien, quedé maravillado por dos cosas: una, las escenas se parecían un poco a lo que había imaginado; y dos, eran millones de veces mejores que cualquier ensoñación que hubiese cultivado en mi cabeza durante aquellos años. La película superó mis más alocadas expectativas.

Un detalle me dejó descolocado: el androide. Sabía que en la película había un robot con forma humana, llamado Ash. Pero su plasmación en pantalla escapó a mi capacidad de comprensión. El robot no era especialmente robótico, ni mucho menos amenazante. Parecía un profesor de escuela, con esa expresión seria y aburrida estar vigilando el aula durante un examen. «Este androide no es muy impresionante», pensé. Hasta que llegó el momento en que se requería que fuese impresionante; en ese preciso instante, Ian Holm empezaba a mostrarse aterrador. Era capaz de helar al espectador con una sola mirada. Yo nunca había visto a un actor haciendo algo semejante. Después, cuando hablaba su cabeza cortada y depositada sobre una mesa, Ash era, de repente, la cosa más robótica que había visto en mi toda vida. Ian Holm se había transformado y se había vuelto inhumano. Me llevó unos cuantos años más llegar a entender la pericia que un actor demuestra cuando en él se operan cambios tan profundos con maniobras tan imperceptibles.

De los titulares que he leído estas horas deduzco que mucha gente asocia a Ian Holm con Bilbo Bolsón, pero nunca pude dejar de verlo como un villano. Y no solamente por Alien. Hay actores a los que uno ama como villanos más que como héroes, con independencia de la cantidad de veces que hayan hecho lo uno o lo otro. Me sucede con Robert Mitchum o Richard Widmark. Pero también con Burt Lancaster y Henry Fonda. Y me pasa con Holm. Además, tenía ese poso característico de los grandes actores ingleses de su generación, en especial los formados en el teatro. Era veterano de la Royal Shakespeare Company, pero, lejos de llevarse los modos del teatro a la pantalla, los domesticaba y trabajaba de manera mucho más sutil que otros actores que carecían de ese bagaje. Por algún motivo, había actores teatrales británicos que parecían entender mejor que compañeros formados ante las cámaras la manera en que estas lo amplifican todo, y por eso se contenían y rara vez sobreactuaban. Esto es particularmente idóneo a la hora de encarnar el mal.

Holm, condenado a papeles secundarios por esos caprichos de la industria (o del público), fue algo parecido a aquello que en tiempos se llamaba «actor de carácter», dudosa traducción del término anglosajón character actor, «actor de personajes». Salvo el androide de Alien, Ian Holm recibió mayores glorias cuando interpretaba a personajes dotados de gran humanidad, como el entrenador de Carros de fuego que le valió numerosos premios y una nominación al Óscar. O el militar belga de Greystoke: The Legend of Tarzan, aquella curiosa versión de las aventuras del rey de la selva que, aunque lastrada por la presencia de Christopher Lambert (nunca entenderé por qué este tipo llegó a ser una estrella), contiene una de las interpretaciones más sentidas de Holm, repleta de deliciosos momentos como aquel en el que su personaje, presa de un agónico dolor, se arranca una flecha para sobrevivir. Otra faceta de humanidad que Holm representaba con suprema habilidad era el cinismo; en la miniserie Jesus of Nazareth, abarrotada de intérpretes de primer nivel, Holm se las arreglaba para destacar de entre la solemnidad general con la vibrante humanidad del sacerdote Zerah, que contrapesaba con su terrenal y sonriente escepticismo el halo ultramundano de Robert Powell. Dependiendo de la película o serie, y de los requerimientos de cada secuencia, Ian Holm podía ser tan simpático, carnal y comunicativo como frío, distante e inescrutable.

Siempre merecía la pena ver a este magnífico actor en acción, sin importar el registro, pero sus villanos añadían, al menos para mí, un punto extra de interés. No mucha gente lo recuerda ya, pero Holm era especialista en interpretar a jerarcas nazis con una asombrosa precisión. Captó a la perfección la gélida altivez de Heinrich Himmler en Holocausto, aquella miniserie setentera de reparto absolutamente estelar. También supo retratar el disgusto crónico de Joseph Goebbels en Inside the Third Reich. Eran dos papeles de nazi, pero Holm los encarnó con un ángulo tan diferente que quedaba claro que, más allá de su tendencia política, eran dos personajes muy distintos. Y, de un papel al otro, él mismo parece desdoblarse en dos actores distintos, sin necesidad de absurdos trucos de maquillaje. Cuando oigo decir de ciertos actores que son «camaleónicos» porque se cambian de peluca con frecuencia, recomiendo comparar cómo Holm encarnó a Himmler y a Goebbels. Eso sí es ser camaleónico. Siguiendo con su capacidad para parecer muy humano en un plano y aterrador en el plano siguiente, pienso en La locura del rey George, donde interpretaba a un médico; en el momento justo, la terrible mirada amenazante del androide Ash retornaba a través de este doctor para volver a helarnos la sangre cuando le gritaba a un rey: «¡Sois el paciente!».

La importancia del villano es algo sobre lo que quiero escribir algún día porque hay dos ámbitos que necesitan de un grado de maldad: el sexo y la ficción. Cualquier actor puede interpretar a un héroe; basta con que esté de su lado la razón, o la simpatía del público, o ambas. No ha de hacerlo bien, ha de portar una bandera. Un villano, por el contrario, requiere que un actor tenga un equipaje más completo y una técnica más precisa, porque es más fácil que ese villano termine convertido en un guiñol. En la escala de la interpretación, encarnar de manera precisa la maldad me parece la segunda tarea más difícil y meritoria después de la comedia. En realidad, Ian Holm podía defender casi cualquier tipo de papel, porque en su larga carrera hizo de todo y siempre bien, al modo de Donald Surtheland. Pero son los villanos de Holm contienen algunos de los acordes más sonoros de su carrera, logrados mediante un difícil minimalismo —algo que los malos actores nunca consiguen— y un instinto innato para entender el efecto que cada pequeño gesto tendrá sobre el público. Y, lo más asombroso, y esto es algo que muy rara vez se da incluso entre grandes actores, sus villanos eran distintos entre sí, pero igualmente convincentes. Esto es casi un milagro.

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10 Comentarios

  1. ¿Ni una referencia a ‘El dulce porvenir’ de Atom Egoyan? Me sorprende que una de las mejores interpretaciones -si no la mejor- de Ian Holm en una de las películas más brillantes de la década de los noventa quede fuera del artículo

    • Francisco, «El dulce porvenir» es una de esas maravillas que surgen de vez en cuando y que encuentran a un intérprete en estado de gracia como Holm para llegar a lo más alto. Aunque como bien dice Walter más abajo, Ian aquí no es un villano, más bien un pan bendito.

  2. Francisco, el título lo dice… Villano perfecto.

    En Alien hay momentos en que se disputan quien da más pavor, si el xenoformo o el androide.

    Gracias por el artículo.

  3. Aún se me ponen los pelos de punta cuando le recuerdo en ese aterrador primer plano en el que parece que el diablo ha subido a por nosotros en «From Hell» (Desde el infierno), quizá la mejor versión junto con «Asesinato por decreto», de las fechorías de Jack el Destripador. ¡¡Brrrrrr!!

  4. Una peculiar casualidad: la buena descripción de ese villano perfecto que se hace en este artículo es la que yo asocio desde hace años con el grandioso Martin Freeman. Un tipo con una apriencia normal, afable y cercana pero que te rompe todos los esquemas cuando hace de malo (y cómo hace de malo!! crema!!). La casualidad es la evidente, que ambos serán recordados siempre por haber sido Bilbo… Y cada cual mejor!

  5. Fue tal el susto que me dio esa película que ahora, y leyendo artículo y comentarios, me doy cuenta de que he cancelado escenas y personajes, especialmente al excelente Ian Holm que he visto en otras. Ese bicharraco me acompañó por varios días. ¿Una cabeza cortada de un robot? Pues que no me acuerdo. Además, han pasado un montón de años. El único malvado que no olvidaré es a Lee Marvin en El hombre que mató a…. (tampoco me acuerdo) con John Wayne.
    Excelente artículo y comentarios. Gracias

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