
El fútbol es el ballet de la clase obrera. Es una experiencia que hechiza. Durante una hora y media se desarrolla poco a poco un orden de tiempo diferente y uno se somete a él. Un partido de fútbol es una ruptura temporal con la rutina diaria: estática, evanescente y, sobre todo, compartida. En todo su esplendor, el fútbol va sobre los cambios en la intensidad de la experiencia. A veces, es como Spinoza en su maximización de las intensidades de la existencia. Otras veces, es más como el Godot de Beckett: nada sucede dos veces.
Permítanme que intente explicar por qué el fútbol es muy importante para mí, y por qué lo es más según me hago más viejo. Mi familia es de Liverpool, en el noroeste de Inglaterra, y mi padre solía entrenar en el campo del Liverpool a principios de los años cincuenta hasta que una lesión de tobillo acabó con su carrera. Por ese motivo tuvo que llevar botines Chelsea el resto de su vida, le daban un aspecto bastante estiloso.
Mi madre me cuenta que empecé a dar patadas a un balón antes que a caminar, y el nexo principal de la relación tempestuosa que mantuve con mi padre fue el fútbol. Hasta que murió a finales de 1994. De pequeño, recuerdo largos viajes en coche para ver partidos, analizábamos (cuando estábamos de camino) cada faceta del juego anticipadamente y lo comentábamos (a la vuelta) con rigor científico, casi forense. Recuerdo que lloré desconsoladamente en el coche al volver de las semifinales de la Copa, cuando el Liverpool perdió contra un equipo manifiestamente inferior en un campo horrible. El fútbol va sobre todo de la experiencia del fracaso y de la injusticia moralmente justificable. De esperar ganar y aprender a aceptar la derrota. Pero, lo más importante, va sobre la fragilidad del sentido de pertenencia: el enigma del lugar, de los recuerdos y de la historia.
Mi familia se mudó de Liverpool. Éramos inmigrantes económicos en una parte del país que no reconocíamos y que no nos reconocía. El Liverpool CF vino a representar lo que el hogar significaba para mí y fue un elemento crucial para el sentido de identidad que teníamos. Nuestra casa se llamaba «De Kop», como la famosa grada de Anfield donde los fans más acérrimos cantaban en pie. Recuerdo que me pegaban en la escuela por hablar diferente, es decir, con acento reconocible de Liverpool. Así que aprendí a hablar de otra manera, un estilo anónimo típico de la BBC que todavía arrastro hoy.
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¡Muy bien, señor! Excelente. Mis aplausos. Por un prejuicio bastante difundido se considera que un hincha de fútbol no puede escribir como lo ha hecho usted, y hasta con evocaciones de mitos, filósofos y poetas. Encomiable. Con respecto a mi blanquiceleste y su Liverpool esperemos que Prometeo se haya equivocado. Un excelente escrito donde campea la amena e íntima nostalgia de un fútbol menos mercantilizado, de muchachos de las barriadas pobres con pasión y ganas, de medias caídas, camisetas afuera y tanto barro. También yo tengo nostalgias, primero, de que se repita aquella formación de los ochenta, y luego de los nombres de las posiciones en la cancha con los cuales crecí. De pibe nunca nos interesó saber qué quería decir, “bac”, “fulbac”, “centrojalf”, “insai derecho o izquierdo”, “güin” o “centro fouar” pero sabíamos donde pararnos en una formación inamovible, la única que conocíamos: uno, dos, tres, cinco. En lengua nativa solo quedó “arquero”. Nuestro gran Rattín, hijo de emigrados, el número cinco, el “rata” boquense y nacional, un centrojalf de fierro, caudillo y señor del medio campo, infranqueable, alto y puro hueso, como Don Quijote, pero con otras intenciones. Podías gambetearlo, pero te llevabas el recuerdo “posterior”. Si la memoria no me engaña, todavía me parece ver la foto de él, sentado en señal de protesta sobre la alfombra roja del Wembley después de la expulsión, y este recuerdo de alguna manera nos une: usted en el estadio, y yo dentro de un autobús repleto de trabajadores, con la vieja radio a pilas, la Spika, pegada a la oreja. Qué tiempos, señor. He buscado en la red para saber los nombres completos en inglés de las posiciones, para tratar de hacerlos coincidir con los incompletos de los míos, pero no encontré nada. Coincido con usted en que el “fulbo”, como en todos los demás deportes, desde los griegos hasta la fecha ha sido una continuación de las guerras, pero en el caso Argentina Inglaterra tuvo su continuación en el lenguaje futbolero: se llevó aquellos términos de más arriba. De un día para otro desaparecieron. Y qué decir de referí, orsay, ful, córner, penal. Un gusto haberlo leído, y gracias por los recuerdos que despertó.
No me gusta el fútbol. Fui jugador de baloncesto, de los de no muy allá. Hasta Prometeo, su artículo era de los buenos. Pero la incursión en la guerra… en fin, supongo que una manera tirando a rancia de vivir el deporte.
En 1992 me llevaron de palmero al partido entre la selección española de baloncesto y la de Angola. Junto con el resto del público, comencé a animar a nuestra selección. ¿El problema? Que Antonio Díaz Miguel era un seleccionador petardo y por una vez en su vida, las individualidades que eligió para acudir a las olimpiadas, no le salvaron el culo. Eran jugadores más mediocres de la cuenta, supongo que estaban allí sobre todo por besar anillos y pasar por el aro, eran propensos al juego defensivo y, aparte de que no se pueda ganar un partido sólo defendiendo, además tenían un mal día. Mientras, el equipo de Angola desarrolló un juego ordenado, con momentos de brillantez propiciados por los muchos errores del adversario.
Así que el público, que animábamos en un principio «¡España!, ¡España!, ¡España!» terminamos aplaudiendo a los rivales coreando «¡Angola!, ¡Angola!, ¡Angola!».
RTVE trataba a duras penas de ocultar el tema. El locutor se puso rojo tratando de hablar lo más y más rápidamente posible para que no se advirtiera nuestra reacción.
Porque lo que un espectador y, sobre todo, un jugador aplaude es, en último término, el buen juego. Los colores, para el parchís.
Un deporte sin «colores» no lo seguiría nadie. Tu anécdota como hecho puntual está muy bien, pero sin la emoción de que ganen los míos el deporte se queda un entretenimiento que tiene gracia pero al que no vuelves.
Lo demás historias de Disney.
Artículo que sube el nivel de la revista, independientemente de si te gusta el fútbol o no.
Aunque no tenga relación con el artículo, o sí, estoy bastante cansado de la izquierdalizacion de las cosas. Cada cierto tiempo aparece un escrito sellando la denominación de origen de izquierdas de cualquier cosa. Empacha bastante tener que darle transcendencia existencial a todo. La gente simplemente quiere pasárselo bien antes de irse al otro barrio, no vivir según el libreto del buen ciudadano.
Digamos que te incomoda que de tanto en cuanto algo que tenga que ver con el deporte no sea de un derechismo garrulo y machote. Yo me lo paso muy bien antes de irme al otro barrio sin ser una especie de guardia civil con mostacho. Se puede. de verdad. Inténtalo.
Estimado Simon Critchley, un comentario que tendría que haber estado en el anterior, pero me “gambeteó”. Su frase que Rattín no era un caballero me hace sonreír todavía. Pues claro que no lo era, no lo niego, pero lo que le faltaba de esa virtud, para nosotros, los argentinos, lo suplía con abundancia desbordante en su entrega con alma y vida en la cancha. No le guarde rencor, era uno como usted y yo, en un país con algo más de cien años de existencia democrática, no los miles del vuestro. Me apelo a la caballerosidad inglesa que tantos envidian. Si se pudiera observar el pasado uno de los eventos que elegiría sería presenciar el primer partido de fútbol entre los operarios ingleses del ferrocarril en mi país, enfrentando a esos once compuestos de españoles, italianos, aborígenes y árabes y escuchar esa frase antes de iniciar y que ha quedado en los libros de Historia: ¿ar iu ridi, yentlenman? ¿Están ustedes preparados, caballeros? Y no solo para darle patadas a una redonda de cuero, no, porque el fútbol es una parte y no mínima de la experiencia de la vida. Gracias otra vez.
el fútbol tiene que ver, sobre todo, con experimentar una decepción en el presente que se liga a un cierto recuerdo, sin duda ilusorio, de grandeza y virtud heroica. No es la decepción lo que es difícil de llevar, es la esperanza infinitamente renovada con la que comienza cada nueva temporada. Aquí hay una alusión clara, por supuesto, al Prometeo de Esquilo. El coro pregunta a Prometeo qué más les dio a los seres humanos además del fuego y de la tecnología.
Prometeo: Evité que los mortales previeran la fatalidad.
Coro: ¿Qué cura descubriste para esa enfermedad?
Prometeo: Sembré en ellos esperanzas ciegas.
Los que hinchamos por equipos chicos, casi siempre, somos peritos en esperas y doctores del fracaso.
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