Traza una raya en el campo y los niños se pondrán a jugar. Saltarán por encima en un sentido y en el otro. «Yo he llegado más lejos», «Tú la has pisado», «No se vale porque tomaste carrerilla…». Caminarán sobre ella con los brazos abiertos, imaginando un funambulismo a ras de suelo. La utilizarán como meta o como línea de salida para hacer carreras más o menos desenfrenadas. Y, en un alarde de ingeniería trazadora, la ampliarán en rayuela para saltar de una casilla a otra, abriendo y cerrando las piernas, yendo y volviendo.
Traza una raya en el campo y los adultos se pondrán a establecer diferencias en discusiones casi siempre agrias. «Aquí y allí», «este lado y aquel», «nosotros y los otros», «lo nuestro y lo vuestro», «los amigos y los enemigos…». Y no solo establecerán diferencias, también otorgarán a la raya valores simbólicos de obligado cumplimiento. «Por aquí nadie pasa», «prohibido el acceso», «solo se atraviesa con pasaporte, salvoconducto o pagando un canon…». Y, en casos extremos, invadirán para hacer avanzar la raya unos cuantos metros y hasta exterminarán a los que han cometido el grave delito de vivir al otro lado. Para los niños la raya es diversión. Para los adultos la raya es frontera.
A menudo los adultos intentan justificar su infantil intento de poner puertas al campo. Entonces hablan de «fronteras naturales», como si la geografía contuviera en su accidentada extensión las claves de una separación o la semilla, siempre presta a germinar, de un odio interterritorial. Ríos, cordilleras, valles sirven para otorgar carácter infranqueable a marcas que, tarde o temprano, se revelan inútiles, a menudo absurdas. En cualquier caso, por mucho empeño que pongamos en defenderlas o en derribarlas, siempre resultan arbitrarias y, con el paso del tiempo, inevitablemente oscilantes. El pico de una montaña no es separación sino convergencia de laderas, vértice unificador, punto culminante donde se reúnen las pendientes. Convertir el pico en punto de una raya invisible implica negar la existencia misma de la montaña. Y el río, antes que ruptura acuática, es confluencia, demostración vadeable de que las dos riveras se bañan en las mismas aguas. Y qué decir del valle, sino que se trata de una salvable hendidura en la tierra que se sujeta, casi pende, de dos elevaciones.
La propia naturaleza se encarga continuamente de desmentir el carácter natural de estas fronteras, cubriéndolas de vegetación idéntica, sometiéndolas a similar climatología y poblándolas de una fauna que circula sin retención de un lado a otro. La meteorología también se encarga de poner en su lugar lo que, por muchas banderas que icemos, no deja de estar junto, lo uno al lado de lo otro con indiscutible continuidad. La crisis climática en la que ya vivimos resulta igualmente aclaradora y vemos cómo nos afecta de manera global en un juego de interrelaciones que superan naciones, estados o imperios.
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¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? Debe ser fruto de la educación.
https://youtu.be/QweZooYtCGo
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