
L’Éve future no es un texto demasiado leído hoy. Recordaré muy someramente su situación de arranque. Dos personajes masculinos. Thomas Alva Edison, uno. No es arbitrario que Villiers de l’Isle Adam haya escogido al inventor. El símbolo de los tiempos modernos: la ciencia al servicio de la supresión del sufrimiento. El otro interlocutor es un joven lord inglés, Ewald. Viejos lazos de amistad lo unen al científico a quien visita en su mansión de Memlo. Es una despedida. Ewald ha tomado ya la decisión de suicidarse. Habla a Edison de una joven —de nombre Alicia, «la verdad» en griego—, tan bella cuanto estúpida. Vivir con ella es moralmente insufrible. Prescindir de su presencia plástica, intolerable. Ewald está definitivamente harto. Edison propone un experimento: él construirá para Ewald una autómata idéntica en todo a Alicia Clary salvo en su estructura anímica. La Andreida poseerá un almacén de pensamientos y palabras impecables y será físicamente indistinguible de su modelo. El pacto es establecido. Ewald pospondrá su suicidio hasta contemplar el resultado.
El proyecto de la Andreida queda así configurado como un supletorio de la fallida accesibilidad de la mujer. Lord Ewald desea, en Alicia Clary, la palabra que dé la verdad de su goce. Justo lo que no es posible. Inaccesible objeto, por el contrario, Hadaly no encierra la promesa de una relacionalidad en fuga permanente: ese saltar por encima de la propia sombra que definirá según Lacan a lo inexistente nominado «relación sexual».
Hadaly es, así, en la novela de Villiers, el soporte maquínico del amor cortés —el [Love] for ever warm and still to be enjoy’d de John Keats—. El artilugio compacto, que, haciendo obstáculo explícito, abole cualquier esperanza de alteridad compartida. Cualquier frustración, pues, de deseo. Sin interioridad a cuyo acceso pudiera nada interponerse. «Este metal que anda, habla, responde y obedece» —explicita Edison—«no reviste a nadie». Es rigurosamente in-usual. Puro valor de cambio. Forma-valor materializada, sin repliegues útiles: «no es el ser que transparece en la viviente y que es, para ti, su sola realidad, lo que amas en esa transitoria humana, sino el ser de tu propio deseo».
Enfrentarse al discurso de la máquina es retornar sobre un viejo proyecto freudiano: la explicitación de la trama fantasmal —y, en el fondo, narcisista— que rige todo deseo. Y en la irrupción de ese doble proyecto inconciliable de un objeto-sujeto reflexivo y gozante, el calambre de aquello a lo cual Freud nomina como Unheimlich: lo siniestro u ominoso, el insoportable territorio de lo ajeno emergiendo de lo hondo del inconsciente propio, acecho de aquello que quiebra la red jerárquica del sentido, a cuyo través el deseo compone un universo familiar en el cual reconocerse. La fórmula de Schelling recogida en el texto freudiano es, al respecto, inmejorable: «Unheimlich sería todo lo que debería haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado». Su nudo discursivo no puede ser otro que aquel en el cual el deseo fálico choca con su límite absoluto: la construcción maquínica del cuerpo cuya alteridad significa especularmente la ausencia que metaforiza la denominación mujer.
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¿Os pagan por palabras, verdad?
https://es.wikipedia.org/wiki/Máquina_autorreplicante