Premonición e ironía

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Ilustración: Pablo Amargo.

De niño, lo que más miedo me daba eran algunas películas, lo visto suele impresionar más que lo leído. Pocas, la verdad, ya que uno aprendía pronto a diferenciar entre la realidad y la ficción, entre lo que era juego y lo que iba de veras. Por eso mismo el temor nos asaltaba más cuando veíamos algo que en efecto había sucedido en la vida, en algún tiempo, que no era inventado o imaginado por un director y unos guionistas. Y, no sé cómo, siempre sabíamos lo que era «histórico». Lo eran los nazis, por ejemplo, de eso no teníamos duda. Pero cuando manifestábamos nuestra aprensión a la salida del cine, la madre explicaba y tranquilizaba, y había dos fórmulas casi infalibles para despejar el miedo. Una era decirnos, a mis hermanos y a mí: «Sí, eso ocurrió, pero ya no ocurre. Fue hace mucho tiempo». La otra relataba el final de lo acontecido: «Sí, pero no os preocupéis, los nazis fueron derrotados. Perdieron la guerra y ya no pueden hacer más daño». Cuanto había acaecido antes de que naciéramos quedaba englobado en el muy amplio y salvador concepto de «el pasado». En realidad el mayor de mis hermanos, Miguel, había venido al mundo en 1947, bien poco después del término de la Segunda Guerra Mundial. Pero tanto daba: todo pasado era remoto y estaba conjurado; todo lo anterior a nosotros quedaba lejos, no contaba ni amenazaba.

Hubo un par de películas, sin embargo, para las que no me sirvieron estas palabras que sosegaban. Una fue Safari, con Victor Mature y Janet Leigh, situada en Kenia en los años cincuenta —el presente de entonces, más o menos—, durante las revueltas y asesinatos de colonos llevados a cabo por el grupo guerrillero o terrorista llamado Mau Mau. He vuelto a verla en DVD hace no mucho, y no solo es floja (peor que Simba, con Dirk Bogarde, que retrata el mismo lugar y periodo), sino que no da ningún miedo. Supongo que lo que me lo causó en exceso en la infancia fue que el Mau Mau mataba a un niño, el hijo de Mature, y en las edades tempranas uno quiere creer que está a salvo, que a los niños no se los toca precisamente por serlo. De modo que pasé noches enteras temiendo que aquellos guerrilleros crueles —usaban mucho el machete, arma especialmente angustiosa a partir de aquel momento— entraran por la ventana, como en las casas de los colonos británicos. «Están muy lejos», pensaba para calmarme. Pero a continuación: «¿Y si emprendieron el viaje hace semanas y hoy es el día en que se presentan aquí, esta misma noche?».

La otra película fue El Cid, y al principal inspirador de mis miedos, el actor Herbert Lom, lo he sacado en Así empieza lo malo, en la que el narrador también evoca su papel como Ben Yúsuf, jefe de los almorávides que invadían España y luchaban no solo contra los cristianos, sino también contra los árabes aquí establecidos desde hacía tiempo y que se habían «desviado». Herbert Lom y sus huestes aparecían vestidos de negro, con el rostro embozado a excepción de los ojos, y hacían atronar tambores siniestros machaconamente para infundir pavor a sus enemigos. Y sí, algo parecido había pasado en el siglo XI (El Cid se tomaba numerosas licencias), luego esta vez el pasado era efectivamente remoto, no lo era solo por una oración del alma del niño, que así ahuyentaba el peligro: «Sí, esto pasó y lo sufrieron otros. Pero ya no pasa».

Tal vez el hecho de que la amenaza se hubiera cernido sobre el país en que yo vivía fue lo que, extrañamente, hizo persistir el temor más allá de lo razonable. La ironía es que la realidad y el presente, de manera inverosímil, parecen darme algo de razón en aquellos miedos concretos e irracionales, como si no hubiera andado demasiado errado al detectar determinados peligros o hubiera habido un elemento de premonición en ellos; como si mis pesadillas injustificadas hallaran cierta justificación medio siglo más tarde. Cada vez que en la televisión veo imágenes de Boko Haram, el grupo terrorista de Nigeria, que mata a mansalva y secuestra a centenares de niñas, el Mau Mau se me viene a la cabeza, lo asocio al pánico de la infancia, las dos organizaciones se me solapan. En cuanto a Ben Yúsuf y sus almorávides, es fácil que acudan a la memoria cuando uno ve las vestimentas negras y las proclamas igualmente fanáticas, sanguinarias y medievales del llamado Estado Islámico o Daesh, hasta el punto de preguntarse si no será que los componentes de este también vieron El Cid y se dedican a imitar a aquellos, tan exagerado es el parecido. Sea como sea, no tiene ninguna gracia que retornen los miedos pasados de niño, y que además uno sepa que han escapado no solo de lo remoto lejano, sino también de las pantallas.

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6 Comentarios

  1. No conocía esa película llamada «Safari», y saber de ella también me ha acojonado a mi, a pesar de mi ya provecta edad. Me ha acojonado porque no me imaginaba que Hollywood hubiera tenido los arrestos bastantes para retratar a los británicos como víctimas, en vez de como a los verdugos sanguinarios que cometieron torturas inenarrables, crímenes de guerra y genocidio contra los pueblos de Kenia.

  2. Sr. Marías, aprovecho la única ocasión que se me brinda para dirigirme a usted, dada la imposibilidad de hacerlo a través de sus artículos en «La Zona Fantasma». ¡Cuántas veces me he quedado con las ganas de intercambiar opiniones con alguien que, casi diría yo que en un 80%, refleja de manera asombrosa mis pensamientos sobre infinidad de temas! Pero es que además, en la forma de expresarse y en la ironía que administra, me reconozco en un hermano casi gemelo. ¡Y aún hay más! Da la casualidad de que recuerdo perfectamente el film «Safari» que si no ando errado, fue dirigido por un Terence Young anterior a sus desempeños en la saga de James Bond; hablo de memoria sin mirar en la red y podría llevarme un planchazo pero prefiero arriesgarme (quizá sea el café con brandy de hace un rato). En fin, como le decía, recuerdo bien la película siendo un chaval como usted y en concreto la espeluznante muerte a machete de nuestro compañero de quinta. Y aunque creo recordar que en pantalla solo se sugería la acción (ahora hubiésemos sentido como si nos arrancaran a nosotros la cabeza) la escena me inquietó durante bastante tiempo, compartiendo el pódium con la de el monstruo de Frankenstein y la niña en el lago ( otro Terence, esta vez, Fisher) y más tarde con la muerte por estrangulación a corbata de Akim Tamiroff por ese bicho llamado Quinlan-Orson Welles en “Sed de mal”. Mire, en esta también salía Janet Leigh, ya ve qué cosas.
    Le rogaría encarecidamente que se pasara más por aquí, en serio. Saludos.Sr. Marías, aprovecho la única ocasión que se me brinda para dirigirme a usted, dada la imposibilidad de hacerlo a través de sus artículos en «La Zona Fantasma». ¡Cuántas veces me he quedado con las ganas de intercambiar opiniones con alguien que, casi diría yo que en un 80%, refleja de manera asombrosa mis pensamientos sobre infinidad de temas! Pero es que además, en la forma de expresarse y en la ironía que administra, me reconozco en un hermano casi gemelo. ¡Y aún hay más! Da la casualidad de que recuerdo perfectamente el film «Safari» que si no ando errado, fue dirigido por un Terence Young anterior a sus desempeños en la saga de James Bond; hablo de memoria sin mirar en la red y podría llevarme un planchazo pero prefiero arriesgarme (quizá sea el café con brandy de hace un rato). En fin, como le decía, recuerdo bien la película siendo un chaval como usted y en concreto la espeluznante muerte a machete de nuestro compañero de quinta. Y aunque creo recordar que en pantalla solo se sugería la acción (ahora hubiésemos sentido como si nos arrancaran a nosotros la cabeza) la escena me inquietó durante bastante tiempo, compartiendo el pódium con la de el monstruo de Frankenstein y la niña en el lago ( otro Terence, esta vez, Fisher) y más tarde con la muerte por estrangulación a corbata de Akim Tamiroff por ese bicho llamado Quinlan-Orson Welles en “Sed de mal”. Mire, en esta también salía Janet Leigh, ya ve qué cosas.
    Le rogaría encarecidamente que se pasara más por aquí, en serio. Saludos.

  3. Sr. Marías, aprovecho la única ocasión que se me brinda para dirigirme a usted, dada la imposibilidad de hacerlo a través de sus artículos en «La Zona Fantasma». ¡Cuántas veces me he quedado con las ganas de intercambiar opiniones con alguien que, casi diría yo que en un 80%, refleja de manera asombrosa mis pensamientos sobre infinidad de temas! Pero es que además, en la forma de expresarse y en la ironía que administra, me reconozco en un hermano casi gemelo. ¡Y aún hay más! Da la casualidad de que recuerdo perfectamente el film «Safari» que si no ando errado, fue dirigido por un Terence Young anterior a sus desempeños en la saga de James Bond; hablo de memoria sin mirar en la red y podría llevarme un planchazo pero prefiero arriesgarme (quizá sea el café con brandy de hace un rato). En fin, como le decía, recuerdo bien la película siendo un chaval como usted y en concreto la espeluznante muerte a machete de nuestro compañero de quinta. Y aunque creo recordar que en pantalla solo se sugería la acción (ahora hubiésemos sentido como si nos arrancaran a nosotros la cabeza) la escena me inquietó durante bastante tiempo, compartiendo el pódium con la de el monstruo de Frankenstein y la niña en el lago ( otro Terence, esta vez, Fisher) y más tarde con la muerte por estrangulación a corbata de Akim Tamiroff por ese bicho llamado Quinlan-Orson Welles en “Sed de mal”. Mire, en esta también salía Janet Leigh, ya ve qué cosas.
    Le rogaría encarecidamente que se pasara más por aquí, en serio. Saludos.

  4. No sé qué demonios ha pasado pero estoy convencido de que con la mitad del primer comentario, ya hubiéramos quedado todos más o menos satisfechos. No he recibido advertencia de que el texto ya hubiera sido enviado con anterioridad; tampoco sé por qué ha salido duplicado el comentario de arriba. Estas cosas son como cuando hablas en un idioma que no dominas, pareces más lerdo de lo que en realidad eres. En fin…

  5. Cuánto me alegra leerle por aquí, sr. Marías. Ojalá esta sea una colaboración semanal, ya que veo que hace más de un mes que no escribe en «El País Semanal». Un saludo.

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