El hombre de las flores y el cuchillo

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Monica Seles, 2002. Fotografía: Najlah Feanny / Corbis.

De Nordhausen a Hamburgo hay doscientos ochenta y nueve kilómetros de distancia, unas cuatro horas en coche conduciendo por la A7. No es demasiado para un viajero habitual pero a Günter Parche le parece un mundo. Jamás ha salido de los límites de la antigua República Democrática Alemana, como si todo lo extraño supusiera una amenaza en tiempos de cambios demasiado bruscos. A los treinta y ocho años vive aún en casa de su tía, la misma que le acogió cuando su madre enfermó y su padre no quiso saber nada del asunto. Un niño solitario cuya mayor aspiración era pasar desapercibido: formó parte de los grupos de pioneros infantiles, como era obligatorio, pero nunca se caracterizó por una militancia convencida ni por ningún afán revolucionario.

El único trabajo que encontró en Nordhausen, el que le permitió poner parte de su sueldo al servicio de su tía y así ganarse una habitación plagada de pósteres de Steffi Graf, fue el de tornero en una fábrica de automóviles. Nada del otro mundo. Un trabajo mediocre para un hombre mediocre que conduce de noche con un pijama, una salchicha, un cuchillo y trescientos marcos rumbo a la ciudad que alberga uno de los torneos de tenis más importantes del circuito femenino.

Con todo, hubo un tiempo en el que Parche creyó ser feliz. Los años inmediatamente anteriores a la caída del Muro, los del esplendor de Graf, la niña de Mannheim que con diecinueve años ya había conseguido ganar los cuatro torneos del Grand Slam y los Juegos Olímpicos en una sola temporada, algo que nadie en la historia había logrado jamás, solo el recuerdo de Margaret Court paseándose por la hierba en los años sesenta y setenta. A aquel mágico 1988 le siguió 1989 con otros tres triunfos y solo una derrota importante, la que Arantxa Sánchez-Vicario le infligió en Roland Garros, cuando la alemana llegó a sacar para ganar el partido.

Aquello solo podía ser un accidente —al parecer, aquel día Graf estaba con la menstruación, esas cosas pasan— pero de pronto a la niña le empezaron a apretar otras niñas aún más jóvenes. Sus duelos ya no eran contra Evert, Navratilova o Sabatini sino contra Capriati, Conchita Martínez, la propia Sánchez-Vicario y la niña con mayúsculas del circuito, la serbia Monica Seles, recién salida de la academia de Nick Bolletieri, como Agassi, Courier, Krickstein… la misma adolescente de quince años a la que la propia Steffi había derrotado en las semifinales de Roland Garros.

Seles era dura, con sus gritos al golpear la pelota, su derecha a dos manos, su revés a dos manos, su ataque constante desde el fondo de la pista… No se movía bien pero no importaba porque nadie era capaz de moverla, solo ella dictaba el ritmo y la dirección de las bolas. Misiles que buscaban siempre una línea o la otra. Camino a Hamburgo, Parche recuerda aún, como se recuerda la pérdida de un primer amor, la final del torneo de Berlín, ya en 1990, en la que Seles se paseó sin piedad ante Graf. En su propio país. En la nueva y pletórica Alemania unificada.

Parche no lo olvida, no. Tampoco olvida su reacción a aquella derrota: el odio enfurecido hacia Seles y el amor aún más enloquecido por Steffi —«Es una criatura de ensueño: sus ojos brillan como diamantes y su pelo parece de seda. Caminaría sobre brasas ardiendo solo por ella», le dirá días después a la policía—, las horas perdidas delante del vídeo, disfrutando una y otra vez de su colección de partidos y torneos. Las cartas anónimas de amor nunca respondidas e incluso el dinero que le mandó en un sobre para que se comprara ella misma un collar.

Un mecánico mandando dinero a una multimillonaria, así están las cabezas.

Conforme el viaje se acaba y Hamburgo se acerca, el hotel esperándole en alguna calle que él desconoce, recuerda todo lo que pasó después de ese torneo de Berlín. El cambio de guardia. Steffi destronada a los veintidós años, las tres finales de Grand Slam perdidas contra la serbia: Roland Garros 1990, Australia 1993 y sobre todo el mítico partido de 1992, también en París, en el que Seles se impuso 10-8 en el tercer set. 

Las bromas del día siguiente en el trabajo. Lo peor de una derrota siempre es el día siguiente, eso está claro. Los compañeros intuyen que es un loco, pero un loco que entra más en la categoría de «Parche, ese pobre diablo» que en la de «Parche, ese psicópata que lleva en la bolsa un cuchillo de treinta centímetros para clavárselo por la espalda a Monica Seles». No se puede decir que tenga amigos, pero de vez en cuando se le escapa alguna confidencia: no se encuentra bien, está deprimido, siente que tendría que hacer algo por Steffi, está pensando seriamente en dejar el trabajo… pero todo pasa cuando Graf gana, como en Wimbledon 1991 y 1992, este último título ante su gran némesis; Parche llega sonriente y eufórico, sin importarle que los machos alfa de la fábrica le vacilen imitando a su paso los sonidos guturales de Seles.

Parche se tiene que recordar todo esto a sí mismo porque lo que va a hacer es un acto de amor incondicional, mucho más incondicional que el suicidio que lleva años planeando, pero con demasiados riesgos. Su muerte no haría del mundo un lugar mejor y desde luego no lo haría para Steffi: apuñalar a Seles es, con diferencia, algo más bonito, más útil… y no le importa si eso le cuesta diez o quince años de cárcel. 

Ahora bien, todo el amor y todo el convencimiento del mundo no esconden que lo que planea es algo infame. Él sabe que es infame y que incluso si consigue su objetivo corre el riesgo de condenar a Steffi al peor castigo que un deportista puede sufrir: llenar de asteriscos el resto de su carrera.

30 de abril de 1993

Parche llega a Hamburgo con una idea pero sin un plan. Cuadra con su personalidad difusa. Es un psicópata, sí, pero no es un psicópata de película sino un psicópata de pijama y salchichas. Localiza el hotel de Seles y se pasea por el vestíbulo, incluso llegan a cruzar miradas. Se acerca a verla entrenar, con una gorra y unas gafas de sol, disfraz de espía de Mortadelo. Piensa en pedirle un autógrafo o comprar unas flores y regalárselas. Aprovechar ese momento de cercanía, a lo Mark David Chapman en el edificio Dakota, para sacar el cuchillo y clavárselo.

No quiere matarla. Bajo ningún concepto. De alguna manera es un hombre religioso y piadoso. Matar no, eso es pecado. Solo herirla y a ser posible en el hombro, que no pueda volver a agarrar con fuerza una raqueta. ¿El hombro izquierdo o el hombro derecho? Da igual, Seles es ambidiestra, así que cualquier opción es buena, cualquiera le hará bajar su nivel o la retirará, y entonces por fin Steffi recuperará el número uno y seguirá la cuenta de torneos de Grand Slam donde la dejó cuando apareció la intrusa.

Da por hecho que no va a ser fácil: Seles lleva un par de años recibiendo amenazas y las medidas de seguridad aumentan cuando juega en Europa. Son amenazas que la culpan como serbia de las atrocidades en Croacia, en Bosnia, contra las propias minorías de la que aún pretende ser la Gran Yugoslavia de los eslavos ortodoxos. No importa, Parche pasa su entrada por el torno y va a la tienda a comprar unos souvenirs. Steffi, por el otro lado del cuadro, ya está en semifinales. Seles juega su partido de cuartos contra la enésima adolescente, Magdalena Maleeva. La serbia va ganando pero no se encuentra demasiado cómoda: su padre se ha quedado malo en el hotel, hace demasiado frío y, después de ganar el primer set, ha tenido que remontar un 0-3 para colocarse 4-3 en el segundo y centrarse en acabar el partido por la vía rápida.

Ese es el momento de Parche, el momento que cambia la historia del tenis femenino. Su acto de amor obsesivo. Baja desde la fila nueve con su bolsa en la mano, pelo alborotado que deja ver una incipiente calvicie, camisa incalificable de mangas cortas y estampado de Florida. Salta a la pista y clava el puñal en la espalda de Seles, que inmediatamente, nada más sentir la punzada, se levanta confusa, se lleva la mano a la escápula, ve la sangre, se marea —el estupor venciendo de momento al miedo— y segundos después, ya sí, nota la falta de aire, los gritos de su hermano, el cuerpo que quiere caer sin que los servicios médicos le dejen porque tumbar a una herida sobre tierra batida no es la mejor idea.

Maleeva, por su parte, observa paralizada en su asiento, con la toalla en la boca y los ojos llorosos. No huye pero tampoco auxilia. No puede hacer nada. Sus ojos encuentran a Parche, reducido por los espectadores y la seguridad, el cuchillo aún en la mano mientras le agarran por el cuello y le tiran hacia atrás, gritando el nombre de Graf a quien quiera escucharlo. Luego, poco después, el juicio: dos años de prisión de los que cumplió cinco meses y una terapia psiquiátrica. Amar sale barato en Alemania. El juez se limitó a decir: «Me llegan casos de puñaladas en este barrio todos los días, no veo por qué tendría que tratar este de manera distinta».

Cinco meses, ni uno más, y un psiquiatra que le define como un solitario perverso y agresivo que nunca habría llamado la atención de no haber surgido esa obsesión con Steffi Graf. 

Steffi Graf. Con Seles fuera del circuito, Graf efectivamente vuelve al número uno y gana seis torneos del Grand Slam en dos años. El séptimo coincidirá con el regreso de Monica, ya nacionalizada estadounidense, aún muerta de miedo, en la final del US Open de 1995. Poco antes de ese partido, se celebra la repetición del juicio a instancias de los abogados de Seles, quien ha prometido no volver a poner un pie en Alemania mientras Parche ande suelto por las calles. Las crónicas de aquel proceso recuerdan en parte a las de Jean Claude Romand, el famoso «adversario» del libro de Carrère: Parche ya no es un hombre agresivo sino más bien confuso, quizá afectado por la medicación.

Cuando le preguntan sobre el apuñalamiento contesta evasivas, pero no parece que haya mala fe, simplemente olvido. Tiene ya cuarenta años y sigue viviendo con su tía, poco después sufrirá un ictus y después otro y acabará en una residencia antes de cumplir los cincuenta y cinco años, paralizado en una silla de ruedas. Eso será después, en el juicio la cronista de Der Spiegel le ve como «un corderito». El juez incluso le pregunta si le gustaría casarse, pero él cree que no ha encontrado aún a la mujer adecuada.

Una mujer con pelo de seda, ojos como diamantes, piernas eternas y revés cortado a una mano. «Aún la adoro», confiesa al magistrado cuando le pregunta por Steffi Graf, «pero ya no soy un fanático». Hay algo en su mirada derrotada que le hace creíble. Las brasas, por fin, apagadas para siempre.

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21 Comentarios

  1. Qué bien escrito,da gusto, enhorabuena.

    Lo cierto es que tras ese apuñalamiento seles no volvió a ser la misma tenista que arrasaba. Lo curioso es que a srefi graff se le considera la mejor de la historia y para mí no está nada claro ese puesto.

    Como dice Dani fue una época dorada del tenis femenino.

    • A pesar de que Seles vio cortada su progresión y podría catalogarse entre las mejores de la historia, la nómina de rivales que tuvo Graf y conseguir lo que no ha conseguido nadie en el tenis de ambos sexos, el Golden Slam de 1988, para mí sin duda es la mejor tenista de la historia.

      • Desde luego está entre las dos o tres mejores,pero hay que pensar que Navratilova ganó grand SLAM individual,dobles y mixto jugando hasta los 50 años con un head to head de 9 a 9 con steffi e incluso le ganó con 38 años un partido.

        Por otra parte,aunque no me entusiasme su juego serena Williams también podría optar al puesto.

        Y conviene recordar q Mónica seles había ganado 8 grand SLAM con menos de 20 años y le estaba comiendo terreno claramente a la alemana.Què habría pasado sin la agresión? Quién lo sabe,pero es muy probable que Mónica hubiese ganado bastantes más y steffi graff no habría llegado a los 23.

        • 8 slams pero ningún wimbledon… a lo mejor otro caso de esos grandes tenistas que se atascan en una superficie concreta… un saludo a Lendl y a Sampras…

          • Cierto,es una forma de verlo, también se puede ver como todos los grand slam menos wimblendon con menos de 20 años y número uno ( por delante de graff)en el momento que la apuñalaron.

            Cuando volvió dos años después volvió a ganar otro,pero creo que todos estamos convencidos de que habría ganado muchos más si no hubiese sido por esa agresión.

            • Serena Williams sin duda está entre las mejores de la historia, pero la nómina de rivales que ha tenido comparada con las que hubo en los 80 y 90 palidece ha sido de una calidad y consistencia clarísimamente menor. Tan solo las belgas Clijsters y Henin, y su hermana. El resto, la plétora de eslavas que en su mayoría fueron flor de un día.

  2. Para mí, ojo, para mí, Seles fue siempre sobredimensionada. Era un Sherman, pura fuerza bruta en la cancha. Y sí, siempre va a haber una mas fuerte, más rápida y/o mejor técnica. Seles era solo fuerza. Graff, Navratilova y Sabatini siendo Graff, Navratilova y Sabatini.

    • Pero si sólo valoramos el talento puro Martina hingins era mejor q graff y conchita mejor que Arantxa y realmente no lo eran.

      Se puede llegar a ser el mejor por diferentes caninos,que se lo digan a Nadal y a Federer

      • No estoy seguro de que Martina Hingis fuera mejor que Graf. La alemana dominaba todas las facetas del juego, incluyendo la volea y el servicio, las dos partes que más suelen costar a cualquier tenista sea hombre o mujer. El único pero era su derecha, un cañón hiper efectivo casi plano que apenas fallaba, pero que adolecía de tosca. La suiza era buena en golpes de fondo únicamente.

        • Tengo que disentir con en esa afirmación,hingins era de una esquisitez tecnica asombrosa con una derecha muy buena y un revés en paralelo impecable, además de su repertorio y entrega destacaba sobre todo por su colocación en el campo algo que suelen poseer las tenistas muy buenas técnica y tácticamente.

          En todo caso era un ejemplo para explicar que ser buen tenista no es sólo tener calidad.

          Conchita probablemente era más talentosa que Arantxa,pero ésta con mucho esfuerzo tuvo una carrera un poco mejor que la aragonesa.

          • Conchita era un prodigio técnico, de esos raros ejemplares por los que merecía pagar una entrada para verla jugar. Raros hoy día desde hace 15 años. En los 80 y 90 el prototipo de jugadora primaba la técnica hasta que con el cambio de siglo, salvo raras excepciones como las exquisitas belgas Clijsters y sobre todo Henin, se jodió el Perú con la masiva irrupción de eslavas que solo saben pegar y gritar y que, como si de un virus se tratase, contagiaron al resto.

          • Estoy de acuerdo con usted, Martina Hingis era un gran talento, lo unico que la frenaba era su falta de cerebro y su ego. Por eso no llego a donde podia haber llegado, es decir, mucho mas lejos y batiendo records.

    • Probablemente cierto. El apuñalamiento supuso un antes y un después en la carrera de Seles… a pesar de que no le hizo nada. Ni perdió movilidad en el hombro ni perdió potencia. ¿Qué perdió entonces? Hambre, probablememente. Se vio con varias semanas por delante sin tener que pensar única y exclusivamente en el tenis y descubrió lo dulce que puede ser la vida cuando tienes 20 años y eres millonaria.

      Después volvió al tenis, pero dicen que nunca volvió a ser la misma. En realidad parece ser que sí que volvió a ser la misma, pero se encontró con una nueva generación de tenistas mucho más duras que la que había antes. Seles volvía a ser Seles, pero en lugar de enfrentarse a retacos como Arantxa Sánchez-Vicario se encontraba a bestias pardas como las Williams o Sharapova. Quien al retirarse dijo que la jugadora que más le había impresionado en su vida era Seles, pero claro, una cosa es correr a raquetazos a mujeres como Conchita Martínez o Jana Novotna, de técnica excelsa pero que jamás sirvieron un saque por encima de 150 km/h, y otra cosa comerse los raquetazos que podían pegar las jovencitas que llegaron detrás.

      Seles pegaba muy duro, de derecha y de revés, pero todas las jugadoras jóvenes que llegaron después pegaban igual o más duro y ese fue el fin de la serboamericana. El ataque privó a Mónica Seles de seis o siete Grand Slam más, pero no porque la dañase, sino porque se tomó sabáticos los años que faltaban hasta que entrase una generación de chicas más jóvenes que jugaban igual o mejor que ella. El aumento de calidad del circuito femenino dejó a Seles en la cuneta, incapaz de mejorar su juego a algo más allá del «raquetazo (a dos manos) y tentetieso».

      • Creo que aportas datos interesantes,pero también simplificas muchísimo.

        Mónica Seles efectivamente no tuvo grandes secuelas físicas,pero si psicológicas,algo que cualquiera puede entender.Hay que pensar que toda su vida desde los cinco años giraba en torno a la raqueta y de repente toda esa seguridad mental y física ( la pista era el lugar donde más segura se podía encontrar ya que era su entorno) se desmorona.

        Contó que cayó en una enfermedad similar a la bulimia,pero sin vomitar,pegándose atracones de comida basura.Cuando volvió dos años después había engordado mucho por lo que ni física ni mentalmente era la de antes.
        No creo para nada que lo que comentas de serena o sharapova influyese ya que no tiene nada que ver generacionalmente.Seles se retiró realmente en el 2003….
        Alguien cree q steffi graff no arrasaría en el actual circuito femenino,creo que todos sabemos que si,pues bien seles con sólo veinte años la había destronado del número uno por lo que era de un nivel similar.

        • Yo lo creo. Y Graff es mi jugadora favorita de todos los tiempos. Pero para que Graff pudiera arrasar en el actual circuito femenino tendría que volver a nacer y seguir un régimen de ejercicios muchísimo más duro que el que tuvo en su día, con mucha más musculación y atleticismo. En los días de Steffi, Seles y Navratilova las chicas sacaban a 160-170 km/h. Hoy la que menos te saca a 180, y las buenas sacadoras a 200. Y lo mismo para el resto de golpes.

          Lo cierto es que no sois ni uno, ni dos, ni tres, sino muchos los que creéis que el tenis femenino de los noventa era el mejor, que el tenis masculino de hoy es el mejor, que la liga escocesa de fútbol es la mejor y que la democracia china o rusa es la mejor, y todo por la misma razón: porque siempre ganan los mismos. Por qué confundís la falta de competición con la excelencia, es algo que no consigo comprender, pero tranquilo, que como digo no estás solo. Sois muchos.

          Ahora bien, con los datos en la mano es innegable que las hermanas Williams, Davenport, Klijsters y demás llevaron el tenis femenino a unas cotas de atleticismo impensables. En los días de Steffi se consideraba poco menos que una ofensa sacar fuerte contra la chica en el dobles mixto. Ahora sacan lo más fuerte que pueden o haciendo que bote muy alto porque sino están jodidos. Cualquiera de las eslavas que fueron flor de un día, según dicen más arriba, era una igual a Seles, otra eslava que fue algo más que flor de un día porque llegó la primera, básicamente.

          • Yo no creo que el tenis masculino sea mejor hoy que en los 80 y principios de los 90, pero sí que han coincidido 3 Messis que se han hecho mejores unos a otros por la rivalidad, y que además se han visto beneficiados por una generación bastante inconsistente ) la NextGen de los Dimitrov etc.) a la que se suma la de los millenials de la generación Z.

      • «El aumento de calidad del circuito femenino dejó a Seles en la cuneta, incapaz de mejorar su juego a algo más allá del «raquetazo (a dos manos) y tentetieso».

        No podría estar más en desacuerdo con esa frase. La calidad la aportaron en todo caso las belgas, que eran las más técnicas y exquisitas, sobre todo Henin. Pero el resto de jugadoras salieron del molde monolítico de Sharapova, raquetazo, grito y juego monótono y previsible. Como apunta Jorge, Steffi Graf o Navratilova, con su técnica, sumada a los materiales y preparación física de hoy día, arrasarían en el circuito actual porque además tenían capacidad de sacrificio y consistencia, algo de lo que adolecen prácticamente todas las tenistas hoy día, y que lamentablemente se está extendiendo al circuito masculino. Las dichosas pantallitas y redes sociales.

        • Eso si no se hubieran roto. El entrenamiento y la capacidad de sacrificio no pueden hacer que crezcas del 1,65 al metro noventa. Quién sabe si las piernas o los brazos de gacela de Graff no se hubieran roto con el sobreesfuerzo. El deporte es sano, pero el deporte de alta competición es jodidísimo para el cuerpo, y con los niveles de exigencia física que hay hoy en día necesitas un cuerpo genéticamente dotado, o el talento, la técnica y el esfuerzo no te llevan a ninguna parte. Aga Radwanska sería un placer para los amantes del tenis, pero al final se retiró sin ganar un grande (al menos tuvo el premio del masters).
          Juego aburrido y monótono. Sí, como el de Sampras. Pero efectivo. Mucha gente criticaba a Nadal (aún lo hacen hoy en día, pero menos dado su estatus de leyenda) de tener un tenis basado únicamente en la fuerza, en pegarle a la bola con esos brazos más anchos que mis piernas hasta arrancarle la raqueta de las manos al rival. Pues oye, 19 Grand Slam lleva…

          • Viendo el físico que gastan muchas chicas del circuito WTA, si se ejercitan a nivel físico desde luego no se alimentan correctamente, y si se alimentan correctamente no se ejercitan demasiado a nivel físico. Y excluyo a las que han sido madres. Las jugadoras de los añs 80 y 90 eran bastante más gráciles.

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