
(Viene de la primera parte)
La primera pandemia de peste bubónica que azotó Europa, África y Asia continental durante algo más de doscientos años, se extinguió por fin en el siglo VIII. Había provocado terribles sufrimientos físicos y morales, además de la pérdida de muchísimas vidas. Había malbaratado la economía, agudizando la pobreza. Así que, incluso teniendo en cuenta lo dura que era la vida por entonces —incluyendo un buen número de otras enfermedades cuyas cifras globales no eran tan espantosas, pero que tampoco tenían cura ni alivio—, la expiración de la peste fue una gran noticia para buena parte del mundo. Regiones como Europa experimentaron un largo descanso pandémico y, tras haber perdido decenas de millones de habitantes, pudieron empezar a recuperar población. Sin embargo, algunos territorios insulares que no habían experimentado tanta desolación iban a sufrir su propio cataclismo sanitario.
Fue el caso de Japón. Así como los británicos se libraron de varias pandemias europeas hasta que les tocó afrontar su propio brote de peste, los japoneses se habían librado de varias pandemias asiáticas. Viviendo en un archipiélago y manteniendo un comercio limitado con el continente, los japoneses sufrían pocas epidemias. La contrapartida a esta relativa paz era, por descontado, el hecho de que la población japonesa carecía de inmunidad para enfermedades que en otros lugares ya no golpeaban tan fuerte. Por ejemplo, en Asia continental y Europa la viruela era una enfermedad potencialmente grave para quien la sufría, pero también endémica, lo cual significaba que los sistemas inmunológicos de los habitantes se habían adaptado. Ya no eran tantas las personas que enfermaban de viruela, y cuando lo hacían, no morían con tanta facilidad. En Japón, sin embargo, era una enfermedad desconocida. Y la región iba a pagar las consecuencias.
El primer gran golpe epidémico documentado en el archipiélago japonés, anterior a la llegada de la viruela, se había producido en el siglo VI. Los japoneses experimentaron con aterrador asombro la extensión de una enfermedad que hoy no podemos identificar. No pudieron comprender, así que recurrieron a explicaciones religiosas. La epidemia coincidió con la llegada de una colección de imágenes de Buda que el rey de Corea había regalado al gobierno nipón. El budismo era todavía algo nuevo en Japón, donde el sintoísmo, la religión politeísta tradicional, todavía era la fe hegemónica. El rey coreano, con intención evangelizadora, acompañó su regalo con un amistoso consejo público: Japón haría bien convirtiéndose al budismo. Los japoneses, en efecto, empezaban a sentirse atraídos por aquella creencia extranjera. Y eso, por lo visto, no gustó a los celosos dioses del shinto, quienes decidieron castigar esas veleidades heréticas mediante el envío de una enfermedad. Para la población de las islas, poco familiarizada con las epidemias, el enfado de los dioses explicaba de manera perfectamente razonable la situación.
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Entretenido e instructivo, da gusto leerlo! También se agradecen las referencias a los efectos de las pandemias y a las medidas adoptadas en otros continentes, alejándose del usual y aburrido eurocentrismo que deja para los occidentales en la oscuridad a la mayor parte de la historia del mundo.
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