Luis Miguélez: «He sido muy roquera para las maricas y muy marica para las roqueras»

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El rock and roll es un género que apareció a mediados del siglo XX para darle una patada a los complejos y al qué dirán y pasárselo bien. No tiene grandes secretos, no hay que tomárselo ni muy en serio ni muy en broma: su fin es desbarrar. En España, si tuviésemos que explicar qué es el rock and roll, sería muy fácil. Rock and roll es Luis Miguélez; Luis Miguélez es el rock and roll. Compositor compulsivo, en un extremo fue capaz de firmar una de las canciones románticas más bonitas de la historia del pop español, «Gritando amor», y en el otro, perpetrar con Fanny y Los + un punk que difícilmente podría concebirse de forma más irreverente antes de internet y el «todo vale». Su carrera ha sido una sucesión de subidas y bajadas y de idas y venidas que al final encontró acomodo en el Berlín de la década pasada, una ciudad que estaba esperando sus propuestas con los brazos abiertos. Ahora, en Barcelona, donde pincha cuando se escapa de Alemania, ha montado un proyecto donde regresa al punk ortodoxo con una drag de la tacita de plata, pero la incipiente escena trap no le ha pasado inadvertida. Su mente no deja de tramar. Como artista, tiene instintos criminales. 

¿Cuántos años tienes, Luis?

La Wikipedia dice que nací en 1963, y lo que dice la Wikipedia va a misa. Hay que adaptarse a los nuevos tiempos. Yo no digo nada. 

Cuando sacasteis Rockstation, se decía que habíais triunfado a los cuarenta, tarde…

Pero cuando tienes treinta y ocho ya puedes estar en la crisis de los cuarenta, y cuando tienes cuarenta y ocho, sigues teniendo cuarenta. Unos años más, unos años menos, cuando llegas a estas edades, es lo de menos. Yo lo que soy es un poquito más jovencito que aquella generación de los ochenta. 

Bembibre, El Bierzo, León…

Era un pueblo gris, como Berlín. Nací en una España franquista, gris también. Pero esas cosas no las ves, yo era un niño. De estas cosas te das cuenta cuando vas creciendo. Mis años en Bembibre fueron muy felices, luego nos fuimos a vivir a León. Soy el más pequeño de una familia de seis. Nací a destiempo, mis padres ya tenían unos cuarenta y cinco años y no me esperaban. Mi madre me decía que antes de hablar ya cantaba. La música me viene no sé de qué. De muy niño, con botes de Cola Cao ya me ponía a tocar el tambor. 

Mi padre era asturiano, mi madre leonesa. Mi padre trabajaba en la minería. No picaba, pero trabajaba en la mina. En aquel momento esa cuenca minera era muy rica. Toda la zona de Ponferrada. El dinero fluía por León. 

Si acentuamos el rollo franquista, nunca se me olvidará de esa época que, cuando venía Franco para Ferrol, estábamos los niños esperando con la banderita hasta que pasase el puto coche. Era un poco coñazo estar ahí dos horas, que hacía frío, y cuando llegaba, solo veías siete coches negros y, como mucho, una mano saludando. Pero dentro de aquella España de la dictadura no tengo traumas ni malos recuerdos. Estábamos educados para callarnos la boca. A la hora de confesarte, el cura te preguntaba si te tocabas, pero bien. Hasta pasados unos años no te dabas cuenta de que ese cura era una cerda. Cuando alguien te pregunta si te tocas, no sé…, ¿qué segundas intenciones vienen por ahí?

Luego, en clase, nos pegaban si te portabas mal. Te podían tirar el compás de madera a la cabeza, que en El Bierzo somos muy burros. Somos muy nobles, pero muy burras. Si de paciencia a paciencia nos tocan el coño, si sientes que están abusando de ti, puedes ser muy rudo. A mí eso me ha pasado a lo largo de la vida. Me ha faltado ser falso. Buenas formas, quizás, esas que van acompañadas siempre de hipocresía. A mí me ha salido el carácter de burra de El Bierzo y muchas veces te tiras piedras en tu contra. 

Se decía en Madrid que cuidado con Miguélez, que venía forjado de las orquestas de León y te podía partir la cara. 

¿Se decía eso? Guau… Efectivamente, toqué en orquestas de pueblo para poder comprarme un Marshall y unas cuantas cosas más. Mi familia quería que fuese a la universidad, y no quise gastarme su dinero en hacer algo que no me gustaba. Llevaba desde los dieciséis en orquestas en fiestas de pueblo, con su baile, su vermú, pasacalles, verbena, ceremonias diversas… Iba al instituto, pero ya ganaba dinero. El caso es que, en aquellas épocas, al ir a tocar a un pueblo, de alguna manera, podías correr riesgos y hasta jugarte la vida. Tenías que saber alternar Boney M. con los pasodobles, o acababas en el pilón. 

¿En sentido estricto? ¿Es cierta la frase hecha de «al pilón»?

Totalmente. Ibas al pilón y a gritar: «¡Sacadme de aquí!». Y que no se te ocurriera pedirle ayuda a la Guardia Civil. También hay que decir que si triunfabas estabas divino. Te pasabas tres días en una fiesta en un pueblo por Zamora o por Asturias viviendo allí. Cada uno del grupo estaba alojado en una casa e incorporado a una familia. Esa experiencia te daba muchas tablas en el escenario. Yo he tenido que tocar en remolques donde había que quitar antes las boñigas, porque el músico entonces era un titiritero. 

Al final, cuando empezamos a fumar porros, una vez que habíamos cumplido con nuestro contrato, nos poníamos a tocar para los jipis del pueblo jam sessions de los Rolling Stones, Santana o David Bowie. Porque, entonces, de las fiestas se encargaba la comisión de festejos, pero de la música, los quintos, un concepto que sonará a ciencia ficción a la gente de ahora. Eran los que en la próxima generación se iban a la mili. Esos estaban más cerca de nuestra edad y nos entendíamos. 

Con quince o dieciséis años así nos curtimos. Porque, además, todo el ambiente que rodeaba a una fiesta de pueblo era el quinquillero. Las tascas, las tómbolas. Todo eso lo llevaban quinquilleros, los quinquis de las películas, que no tenían por qué ser gitanos. Era gente que vivía como podía y que en muchos casos estaba en búsqueda y captura. Yo a esa edad empecé a conocer a muchos de ellos. Ahora es un ambiente muy celebrado por las películas tipo El pico y todo eso, es como kitsch, pero yo todo ese mundo lo he vivido. 

Fue un aprendizaje…

Cuando se murió Franco, se abrió España a las drogas, a la pornografía, a un montón de cosas. Había una zona en León donde vivían todos estos feriantes, que se llamaba el barrio de La Asunción; así se sigue llamando. Entonces, se referían a él como «el barrio de Corea», tomando ese nombre de la guerra de Corea. Aquello era como entrar en el Pozo del Tío Raimundo de Vallecas. Nosotros alternábamos en bares, con nuestro rollo jipi roquera, con nuestros AC/DC, y empezamos a conocer a esta gente. Cuando luego nos pasábamos tres días en un pueblo, los que estaban ahí con sus caravanas nos cuidaban los instrumentos. Nos relacionábamos con los típicos navajeros o criminales, pero de buen rollo. Sus circunstancias podían ser de una manera, pero si tú le caías bien, mataban por ti. Toda esa experiencia te da mucho. 

Cuando luego, en Madrid, viví en el Chueca de la época y con Alaska, tuve que salir de estampida de muchos pueblos, a mí nada de eso me pilló de nuevas. Ya lo había vivido todo. A veces hay que lidiar un poco con el público y calmarlo, aunque podía ser muy difícil. También, antes, si te ibas a pillar a Malasaña o a la plaza de Chueca, que ahora es muy bonita, te podías arriesgar el tipo y que te dieran cuatro hostias por maricón por ir con una licra de serpiente o que te robasen los dos talegos que llevabas para anfetas o chocolate u otra cosa. 

Esa era la calle en aquel momento. Ahí sobrevivía gente como Pepe, el de Burning, que vivía allí y estaba curtido también. Otros, no tanto. Pero yo soy very sweet, lo que pasa es que tengo una imagen. Me ha pasado mucho en el rollo gay, de ir a ligar y que me digan: «Es que no me va el rollo duro». Tengo esa imagen leather, de átame y pégame, pero no es así. Aquí se cae el mito [risas]. Oye, las siniestras que se bajen un poquito las bragas, que aquí nadie se levanta siniestra y se acuesta siniestra.

¿Cuándo pasaste a música más roquera o pop?

Estuve en Tarragona y en Salou tocando jams. Cataluña siempre ha sido muy jipi en ese sentido, de ese estilo. Nos juntábamos un grupo de músicos, cogías un ritmo y cada uno iba haciendo sus solos, llevándoselo a su rollo. Sin embargo, a mí las orquestas me quitaron la tontería. Aun gustándome la música guitarrera, me abrieron la mente para descubrir otros estilos y no quedarme estancado como un roquero cerrado.

¿Tu eclecticismo nació en esas orquestas?

Mi educación musical como español de determinada generación es Fórmula V, Los Diablos, Camilo Sesto, Raphael, Cecilia, Los Chichos… Lo que se escuchaba en España, donde no entraban muchos grupos de fuera, que hasta se hacían las versiones en castellano con artistas locales. A eso luego le añadías las cintas de casetes que te iban pasando los amigos, o lo que escuchábamos en los futbolines del barrio, con la jukebox, donde descubríamos a Slade o Sweet con su «Jaleo en el salón de baile» —el «Ballroom Blitz»— y muchas otras cosas. No sé si los artistas que venían de alta cuna habrán vivido ese tipo de ambiente. Si no lo han hecho, se han perdido algo maravilloso. 

¿Y el flamenco?

Me ha gustado siempre el flamenco, no sé por qué. En su día vi a Triana en directo y flipé. En mi carrera he trabajado con muchos flamencos. Canto rumbas y me preguntan mucho que de dónde soy, cuando digo que de El Bierzo, no se lo creen. No sé de dónde me viene ese ramalazo. Cuando conocí a José Luis de Carlos aluciné, fue el que creó el sonido gypsy de Las Grecas. Él venía de Estados Unidos, influido por el rock americano y todo eso, y se puso a experimentar mezclándolo con el flamenco. Encontró a estas dos locas en una cueva de las que se actuaba por Madrid, les metió músicos roqueros y le salió el rollo este de fusión que ahora lo llamarían «apropiación cultural». Yo no le quito méritos a nadie, pero ahora que dicen que Rosalía es «¡guau!», yo veo que… ¡anda y que no se ha fusionado ya en España el flamenco!

En la entrevista que te hicieron en Mondo Brutto decías: «Me gusta Slade, Manolo Escobar, Gary Glitter o Cecilia, todo junto, ¡que estamos en España!».

Es que en España somos… ¡Que viva España! No hay que tener complejos. Llevo veinte años viviendo en Berlín, y puedo decir «que viva España», que estáis todos agilipollados. La gente no es consciente. Yo no quiero saber nada de política, pero cuando estás fuera te das cuenta de que eres español. Creo que hasta Penélope Cruz dijo que vivir en Los Ángeles era un aburrimiento. Tú piensa en cómo es España, con todo el mundo en la calle, tomándose la cervecita; eso no es tan fácil de ver fuera. En España hay mucha riqueza, pero también mucho complejo. En el aspecto cultural, aquí se tiende mucho a llamar «vieja» a los artistas de una edad y, por ejemplo, en Alemania no pasa. Se les respeta mucho más. Aquí la ignorancia nos hace ser arrogantes. Yo sigo venerando a Cecilia, igual que Carlos Berlanga a Vainica Doble

¿Crees que artistas como muchos de tu generación y tú, que montabais escándalo, ahora no podríais salir con las mismas letras?

Imagina el «Voy a ser mamá», como cantaba mi prima McNamara y su compañero, Pedrito Almodóvar. Esas escenas con Gurruchaga, que le llevan el niño para que lo cuide y el otro se relame, mmmm, que lo calca… Imágenes en las que estaba clarísimo que la madre daba a su bebé para que hicieran uso y abuso… Ya lo ha dicho mucha gente, que a los artistas nos están llevando a la autocensura. La gente mide mucho ya sus palabras. Hay miedo. En el mundo gay es lo mismo, todo el mundo habla en nombre del colectivo, el colectivo LGTBI plus hache y no sé cuántas letras van a meter más. ¡Pues si somos todas maricones! Todos somos maricones, nena, unos más afeminados y otros menos. Yo he sido maricón y me la he jugado en muchos casos. 

A mí se me han cerrado muchas puertas en el show business. Yo no soy activista, pero a muchos que han venido detrás yo les he abierto puertas. Cuando te podían partir la cara por maricón, yo estaba ahí y no era activista… ¡de Twitter! Visibilizabas. No era activismo, porque nunca nos hemos planteado el activismo. Estábamos en nuestro mundo glam, pero nunca lo hemos tenido fácil, digan lo que digan. Porque yo he presentado proyectos a discográficas después de irme de Fangoria, tras ocho años con Alaska y Dinarama, que te conocía todo el mundo en cualquier bar que entraras porque solo había dos canales de televisión, y me decían que lo que proponía era muy gay. Eso me lo han dicho en el 91, 92, 93 o 94. He sido muy marica para las roqueras y muy roquera para las maricas. 

Se ha dicho que vuestra propia existencia ha sacado del armario a mucha gente.

Sí, totalmente. Cuando entré en Alaska y Dinarama, con la salida de Deseo carnal, el grupo salió del armario de alguna manera. Los Pegamoides eran algo más punk. La gente que estaba en Madrid sí sabía que eran movimiento gay, porque estaban detrás las Costus y Fanny McNamara, pero en este país siempre que tengas a una mujer cantando puedes ser lo que quieras. A muchos cantantes les ha costado mucho salir del armario. Miguel Bosé nunca ha dicho «de esta agua bebo o de esta agua no» y, como él, mucha gente. Una cosa es cierta también: yo hago arte, mi sexualidad no le importa a nadie. Está eso del arte queer que promueven los colectivos y…, oye, yo qué sé, estamos en España, llámalo marica. Maricón. Esa es la palabra que se ha usado toda la vida. En esa época, sin activismo ni nada, había una estética y, gracias a ella, mucha gente joven empezó a despertar. En Berlín, a mi marido le han dicho españoles que se hacían pajas viéndome cuando salía televisión. Provocabas algo y llegaba a quien tenía que llegar.

Con Rockstation no sé si sacaríais a alguien del armario, creo que fue más allá. Con ese disco mucha gente dice que le gustaría ser gay.

Siempre se ha dicho que se envidian los sitios a los que vamos los maricones, que se va a follar y no a hablar. Ahí a mí no me hables, ahí se va a chupar y a hacer lo que quieras y hasta luego. Pero nosotros nunca hemos sido conscientes de haber generado esos sentimientos. Ahora puedo pensar sobre el pasado con más claridad, porque estoy sobrio entre otras cosas [risas] y me doy cuenta de cosas. Pero la sociedad va como va porque ahora hay sectores que están luchando por quitar derechos por los que yo luché. 

¿Fue importante para ti ver a Lou Reed en su día?

Fue en el setenta y algo, iba con una guitarra como de cristal, transparente. Estaba… Digamos que tenían que sacarlo al escenario. También vi a Queen, y a los Rolling Stones, en el famoso concierto en el que se puso a llover; parecía que no iban a salir, y de repente empezó, y fue como que se iluminaba el mundo. Pero llegó la new wave y el rollo punk y ya no se podía decir que te gustaban los Rolling, cuando canciones divinas tienen desde los Beatles a Madonna

Antes de llegar a Madrid, trabajaste para un millonario en Valencia. 

Llegué allí con mi amigo Fredi y una noche, sería el año 82 u 83, en el club Tropical en la Malvarrosa, con unas anfetas, unos porros y con todo, conocimos a todos los de la escena. Entre ellos a Xavier Morant, que luego fue quien me puso en contacto con Alaska y Dinarama. 

Había un grupo que se llamaba La Morgue, y Adolfo, del grupo Glamour, tenía un grupo paralelo que se llamaba Ceremonia, con una onda más siniestra. En ese momento, Glamour estaba de capa caída porque el caballo ya causaba estragos en todos los grupos. Xavier nos alojó en su casa, en Manises. Eran otras épocas, todo el mundo era más generoso y menos desconfiado. Como ensayábamos allí, terminamos haciendo música juntos. Luego yo pude sobrevivir haciéndome bolos con orquestas. Cuando me hacía falta dinero, me iba al casino, me ponía una chaqueta y tocábamos música de baile, «Chica de Ipanema», etc. 

Total, mi amigo Fredi se marchó a la mili, me quedé solo y acabé trabajando para este tío, un señor adinerado. Un tío que me pagaba todo, estancia y drogas, ¡todo! Era superlujo, y yo tocaba en un grupo que había montado para que cantase su mujer, que era estadounidense. Había creado una discográfica y todo para lanzarla, y también iba a sacar disco de Ceremonia y otros grupos. Estaba conmigo Salva, batería de estudio que luego tocó para Presuntos Implicados mucho tiempo. 

Aquello me sirvió para mantenerme, luego volví a León. Me puse a pensar qué hacer con mi vida y fue ahí donde decidí coger las ocho mil pesetas que tenía, hacer autostop e irme a Madrid. Porque en Valencia no estaba claro, y en León la única salida era la orquesta. Antes también había estado en Sevilla y Bilbao, donde conocí a uno que estaba de bajista de Burning, que estaban todas metidísimas en el caballo, y tenía una novia de allí. En Bilbao no me quedé, chica, porque todo era heroína, que a mí no me gustaba, aunque años después cayera, pero siempre fui más de anfetas. 

Y en Madrid te instalaste definitivamente.

Lo primero que hice fue un casting para cantante de La Mode. Hice «Aquella canción de Roxy», que creo que no les gustó porque me la llevé a mi terreno, y terminé cantando un poco al estilo de Gloria Gaynor [risas]. Luego iba a hacer un casting para ser bajista de Ramoncín, pero en esto que estoy hablando con Xavier, mi amigo de Valencia, y me dijo que su guitarrista, Adolfo, iba mucho a Madrid porque tocaba en Los Seres Vacíos. Eso no le gustaba a Xavier porque, cuando se iba, ellas se quedaban todas en Valencia poniéndose finas y el grupo no avanzaba. No sé si fue por celos o por cualquier cosa; Xavier me dijo que Alaska y Dinarama buscaban guitarrista, que Adolfo se quería presentar, pero que seguramente no quisieran yonquis [risas]. Lo que entendí fue que quería que me presentara para que Adolfo se quedase en Valencia. 

Sí que es verdad que sabía que Dinarama estaban tocados por el caballo. Habían estado Ángel Altolaguirre, el hermano de Nacho Canut, en los Pegamoides, Ana Curra, Toti y Eduardo Benavente, también… A mí nunca me hablaron de eso, ni me preguntaron si era drogadicto o no, pero Xavier me dio todas las indicaciones para meterme ahí. Me pasó el teléfono de la oficina y el nombre del mánager, Pito. Y llamé. 

Me hice la loca, presentándome como guitarrista que buscaba grupo, y Pito me dijo: «Pues justo estoy buscando a alguien como tú» [risas]. Quedamos y ya me explicó directamente que el grupo era Alaska y Dinarama, que Carlos Berlanga se incorporaba ya porque estaba acabando la mili y que iba a cobrar veinte mil pesetas por actuación. Dije: «Divino». 

Antes de probar el grupo, esa semana me fui cada día a El Corte Inglés a escuchar por los cascos los discos de muestra de Alaska y Dinarama. Ahí de pie me las aprendí, tomando notas. El día del ensayo, al llegar a la oficina, le pregunté a Pito si tenía un poco de laca, me dijo que sí, que tenía en el coche, me dio las llaves, fui a buscarla y luego me acicalé un poquito más para llegar divina al local. Al entrar, estaban el teclista Marcos Mantero y Javier Furia, que es el que cantaba con Santiago Auserón lo de «la moda juvenil» en los primeros Radio Futura. Nos hicimos íntimas muy rápido y luego llegaron Carlos, Nacho y Olvido. Entonces se llamaban Dinarama + Alaska. Fueron todos muy amables. Quizá Alaska la más fría, pero es que ella es así, fue con el tiempo cuando cogimos más complicidad. 

¿Cuál fue tu papel?

Carlos me dijo que me habían llamado porque él no sabía tocar la guitarra, y creo que mi sonido les cuadró bastante bien. A mí me gustaban AC/DC, Sweet, Bowie, Alice Cooper… Luego los rollos sinfónicos no me atrajeron y me pasé rápidamente al punk, porque me pegaba mucho por actitud. Por eso, lo de tocar bien, bien, la guitarra no es algo que me haya agobiado; lo importante es saber lo que tocas, como si tocas una escoba. Es como la polla, que tampoco es muy importante que sea descomunal, lo importante es usarla bien. 

Muchos guitarristas de Madrid estaban siempre en los bares hablando de cuerdas, pastillas de la guitarra, amplis y que si se habían tirado a esta o a la otra, no salían de esos dos temas, eran muy aburridos. Por otro lado, tener una guitarra de una marca u otra no te hace guitarrista, lo mismo que tocar la guitarra no te convierte en compositor. Y, al final, pues fui yo el que aprendió muchas cosas de Carlos. Es una pena que le perdiera la droga. Perdió la ilusión por su grupo, dejó de venir a ensayar…

Entras para grabar un disco histórico, Deseo carnal, uno de los mejores que ha dado el pop español. 

No soy yo quien deba decirlo. Ese disco es Carlos Berlanga en estado puro. En esas sesiones, Carlos venía cada día con una canción nueva, empezaba a tocar y todos íbamos siguiéndolo y cada uno aportaba lo que podía con su instrumento, y luego entre él y Nacho les iban poniendo letras. Toti estaba a la batería y Marcos Mantero a los teclados. 

Al mes de trabajar en nuevas canciones y ensayar el repertorio del directo, empezamos ya el directo. Las canciones se estrenaron en conciertos y a la gente le encantaban. Por cierto, mi primera conexión con Alemania fue mi tercer concierto con ellos, que fue en Núremberg, representando a Radio Nacional de España. Esas canciones funcionaban sin promo ninguna. 

El disco se grabó meses después, en verano. Pito, el mánager, lo hizo muy bien, porque entusiasmó a la discográfica con el producto. Los enamoró. Vino Nick Patrick a producirlo, y yo me empapé de todo lo que pude. Nick me decía que podría haber sido perfectamente guitarrista de Duran Duran, y ahora me da cosa no haberme ido a probar a Londres, igual ahora tendría más dinero y una casa en Ibiza y todo [risas]. El caso es que yo ahí ya les decía que ese disco iba a ser una bomba porque era muy bueno, y muy comercial. 

¿Y los arreglos orquestales? Eso iba contra corriente.

Carlos soñaba con tener arreglos orquestales. Fueron muy concretos en dos o tres temas. Se hicieron en Londres, algunas canciones no los tienen y otras los tienen muy discretos. Creo que Nick eligió muy bien al arreglista. Los arreglos de «Ni tú ni nadie» los puedes cantar. 

Por cierto, una anécdota: «Ni tú ni nadie» no se iba a incluir. En la maqueta era muy blanda, con unas guitarras con sonido limpio que no aportaban mucho. Entonces vino una iluminación, y yo dije de ponerle distorsión. Estaba en el estudio con Nick y Alaska, pensamos en unos guitarrazos glam, y la canción cambió absolutamente. Y esto ya lo tengo que decir yo mismo para evitar ser ninguneado. Debe de ser la única canción del pop español, y probablemente del mundial, en el que una guitarra se come los diez segundos o más de introducción y automáticamente la gente sabe cuál es. Cuando toco en directo, hago un acorde y todo el mundo enloquece. Esa es mi guitarra. Lo siento, ahora no se lleva ser humilde. Es la guitarra Miguélez made in Miguélez. 

Conociste a Fabio McNamara nada más llegar a Madrid.

Sí, yo de aquella tenía un coche Mini 1000, y después de los ensayos, Javier Furia, Carlos Berlanga y yo nos íbamos a Chueca a tomar copas, y ellos me lo presentaron en el Ras. Fue «Hola», «Hola», y me dijo directamente: «¿Me dejas quinientas pesetas para comprar anfetas?», y le contesté: «Oye, a mí me encantan las anfetas, te doy mil y pillamos juntas». Respondió que vale y ahí empezó todo. No pillamos anfetas, fue un tripi, y nos pasamos toda la noche ya haciendo música con unas maricas que venían detrás, que eran medio fanes, y Fabio estaba todo el rato: «Atrás, gualtrapas, atrás». Eso tomó forma, no llegamos a grabar esa canción, pero sí que hemos hecho cosas con esa frase. Nos hicimos íntimas. 

¿Cómo era el ambiente del Madrid de esos años, del que tanto se habla?

Madrid era muy abierta y encima aterricé en un ambiente gay. Podría haber caído en otro grupo, que yo he sido marica toda mi vida y podía tocar con quien fuera y luego irme a mi aire, pero fue ahí. Eso fue como estar donde tenía que estar, porque tocaba con ellos y luego nos íbamos al ambiente, o sea, a bares gais, que imagino que la gente de ahora no sabe que de aquella lo llamábamos «el ambiente». 

También me iba a veces con Toti al Rock-Ola, pero como acababa siempre metiéndose caballo, a mí eso me aburría. No sé, salir a pasártelo bien y acabar vomitando y dormido, pues… Pero para mí todo era especial. Estaba conociendo a gente fantástica, a artistas. A Tino Casal; a Capi, de quien me hice muy amigo en el acto. Capi, al que Almodóvar y McNamara llamaban «la TASS» en la canción «Satanasa», porque era como la agencia soviética de noticias TASS, que lo sabía todo. También me hice amigo de Bernardo Bonezzi; de Laín, con quien hice música; de Carlos Juan Casado, director de Virgin; de Antonio Alvarado, el diseñador. Un montón de gente. Haber aterrizado en Madrid en Alaska y Dinarama fue, digamos, un bonito aterrizaje. No pasé desapercibido. Yo, humildad nula. En dos días me conocía toda la ciudad y me tiraban mucho los tejos. 

En las giras os pasaba de todo.

No parábamos de tocar, y entonces muchas zonas eran la España profunda. El problema más complicado que teníamos es que llevábamos grabados en una Revox todos los secuenciadores, que quedaban muy bonito, rollo Soft Cell, pero en los pueblos decían que hacíamos playback y se montaban unos pitotes de agárrate. 

Otra vez, en Valencia, unos skinheads que venían desencajadas nos vieron salir de la furgoneta y dijo uno, nunca se me olvidará: «¡Alaska y los Pegamocos!». Se sacó un cinto con una hebilla de una calavera, empezó a repartir, salimos corriendo a lo sálvese quien pueda, y le dio al teclista, Fredi Valbuena, que terminó fatal, en urgencias, con una conmoción. Como no se quería quedar en el hospital, el médico no le quería dar el alta y yo, que de segundo me apellido también Valbuena, firmé como familiar para sacarlo. Dio los conciertos descalabrado, con una ambulancia al pie del escenario por lo que pudiera pasar. En las noticias salió que había muerto [risas]. Pero los grandes agobios de esa época se los comió Alaska. Los demás, Nacho y Carlos se apartaban sigilosamente y ella se comía todos los tumultos, que fueron unos cuantos por distintos puntos de la geografía española. 

Los siguientes discos de Alaska y Dinarama fueron bajando poco a poco hasta la separación.

Eso hay que preguntárselo a Nacho y Alaska, porque el pobre Carlos ya no está. Yo era un músico contratado, aunque robara mucho plano, yo no podía tomar decisiones. Lo que está claro es que hubo, como todo el mundo sabe, un problema con las drogas, que comen tiempo, ganas e ilusiones. 

El disco No es pecado trató de ser una repetición. Yo no estuve en esa grabación porque era muy caro. No podían permitirse el lujo de pagarme el caché, que era ridículo, y el viaje a Londres, donde se grabó. Si soy muy cara, yo qué quieres que te diga, nena, lo bueno cuesta dinero. Estas cosas yo las hablaba con Pito, le hice un presupuesto y me dijo que era demasiado. Cuando grabamos Deseo carnal nos pagaban la tarifa de músico de estudio por horas. Encima, cuando grabo, como soy muy rápida, pues al final fui la que menos cobré comparado con Toti o con Marcos Mantero. Por eso, a partir de esa experiencia decidí poner un caché por canción, tardase el tiempo que fuese en grabarla. Pero entiendo que Alaska y Dinarama tuvieran sus intereses y seguramente les salía más barato coger a un guitarrista en Londres. Luego me llamaron para la gira y ya está. 

Aquí el nivel de ventas bajó. No sé si todo esto les hizo cambiar, pero hubo una crisis interna entre ellos. A Carlos, además, no le gustaba actuar. Ya traía este problema desde los Pegamoides. El estrés, la disciplina de una gira, no iban con él. Todos esos problemas a la vez llevaron al siguiente disco, Diez. Yo creo que ahí tocaba un disco en directo, pero ellos eran muy reticentes a esas cosas porque les parecían muy de roqueros. 

Después, en Fan fatal, ya estaba la cosa tan quemada, que nos incluyeron en el grupo al batería, Juan Carlos Aured, y a mí. Y Pito, que era el que manejaba todo el grupo, dijo que se podían buscar canciones que no fueran de Carlos. De repente, ya no les gustaban o no les interesaban tanto. A veces se ha dicho que Carlos ya no componía, pero no es verdad. Ya no les interesaba tanto lo que traía.

Creo que su relación estaba empezando a deteriorarse bastante y, aparte, había un repertorio muy goloso, el de Los Vegetales, el otro grupo de Nacho y sus hermanos con Juan Carlos Aured, que era un divertimento y solo tenía maquetas editadas. «Mi novio es un zombi», «Vampirella», etc., estaban ya a punto. De lo que yo propuse mío me cogieron lo más experimental, mezclas que había hecho con Laín de acid house fusionado con medio flamenco.

¿Cómo reaccionaba Carlos a esto?

Una vez, Carlos me dijo que hacía muy buenas canciones, pero que las canciones de su grupo las hacía él. Y yo le dije que claro, que era normal. Yo nunca he querido ocupar el papel de Carlos Berlanga ni loca. Para empezar, porque Carlos es insustituible y yo también soy insustituible. Cada uno es único en su estilo. Y luego, porque Dinarama era su grupo. 

Empecemos desde el principio. Él hizo ese grupo cuando se fue o lo echaron o lo que fuese de Pegamoides. Era sin Alaska. Iba con Nacho y Ana, la mujer de Pito. La letra de la canción «Rey del glam» era de Ana. Pero en un concierto en Rock-Ola invitaron a Alaska a subir a cantar al escenario y se quedó en el grupo.

Entonces llegó un momento en el que Carlos empezó a cabrearse porque le estábamos cambiando las canciones, porque él lo que quería eran arreglos orquestales. Yo dije: «¿Por qué queréis cambiar las canciones de Carlos? ¿Por qué queréis llevarlas a que suenen como Depeche Mode, si son conceptos melódicos completamente distintos?». Con todas estas cosas, Carlos pensaba: «Aquí no pinto nada». Y en la gira cayó la bomba. 

Mientras todo esto sucedía, hiciste Fanny y Los +.

Es que tuve mi vida paralela. En Fabio siempre he visto un talento salvaje, y cuando nos poníamos aquello era dinamita. A lo bestia. Compartimos piso, salíamos de fiesta. Era todo el rato una lluvia de ideas. Hicimos unas maquetas entre Deseo carnal y No es pecado y las llevé a Dro, que les gustaron, pero no nos dieron presupuesto para grabar. Las querían sacar como estaban y así salió. 

Pues ese sonido ahora suena rompedor, vanguardista.

Ahí es donde empieza el electroclash. Luis Miguélez, que quiere tocar la guitarra heavy metal sin batería ni grupo, con una caja de ritmos y tal, y salió ese rollo techno-punk o como quieras llamarlo. Ahora cuando lo escucho, digo: «Joder, qué nivel». 

Y qué letras: «Estoy encerrada en el puticlub…».

«… Vivo del placer y del trafico de drogas, tomo anfetaminas, paso papelinas, escucho la radio, leo una revista, llamo por teléfono y me pinto las uñas a la vez…» [risas]. Con esta letra ¿adónde vas? [risas]. Y con esos ruidos por debajo… El techno alemán se quedaba corto [risas], ¡eran sonidos de cencerros! También teníamos a un chiquillo de dieciocho años, Juan, al que había conocido hacía un par de meses y le dijimos: «Tú vas a ser la bajista y te vas a llamar John Kiss», tipo «Yonquis». Y así se quedó: John Kiss [risas], que luego se cambió por Juan Tormento. 

Queríamos hacer algo experimental, pero nos salía lo más auténtico. Claro, que te confieso que nosotros queríamos grabarlo bien. Eso son las maquetas. La verdad es que es un disco muy desconocido. Dro hizo un poco de promoción, una presentación, pero no me acuerdo de mucho. Es que nos pasábamos todo el día en casa de la camella y también éramos camellas, aquí todas hemos sido camellas. Quien no haya comprado cinco gramos y vendido tres, que levante la mano. El camellismo, que no me digan que no, que es que sí, y además a mucha honra. La que quiera ocultarlo, que haga lo que le dé la gana. A mí me encantaba todo eso porque me sentía como los Mötley Crüe, porque si ellos tenían a Nikki Sixx, yo era Luisi Sexx [risas]. Llegábamos a casa todas las noches a las seis de la mañana y nos poníamos el Shout at the Devil a toda pastilla. Cómo debían de estar las vecinas de hasta el coño… 

Hicimos una presentación en una sala del Paseo de Extremadura y allí estaban todas las amigas. Había un vídeo que hizo Luis Pérez Mínguez que era… la bomba. El camerino estaba lleno de gente, con Tino Casal en silla de ruedas, el pobre, Bernardo Bonezzi, la otra…, claramente todas drogándonos. Aquello era un despilfarro de rayas y de todo, que yo estaba: «¡Pero dejadme afinar la guitarra!». No sé dónde estará ese vídeo, pero era muy fuerte. 

Todo este punto destroy sí que lo reflejaste en Alaska y Dinarama, al menos en la imagen.

En la promo en programas de televisión como el de José Luis Moreno, que salíamos quizá después de Perales, aparecía yo con un pelucón, porque yo iba de Mötley Crüe y Fanny y Los + en la cabeza. Con Alaska pegaba, porque ella se afeitaba los parietales, pero yo detrás estaba como una loca y no se entendía muy bien qué rollo llevábamos [risas]. Como siempre era playback, muchas veces nos cambiábamos los instrumentos y ahora cuando veo vídeos en YouTube me meo de risa. 

¿Por qué se acabó Fanny y Los +?

Con Fabio no daba más de sí la cosa en ese momento. 

Y te bajaste del barco en Alaska y Dinarama.

Cuando se fue Carlos, se empezó a gestar un nuevo proyecto. Juan Carlos Aured también se fue. Nos pusimos a trabajar en el nuevo repertorio de Fangoria. A la hora de grabar, tuve desavenencias con Pito, que seguía siendo el mánager. Porque yo ya no era un músico contratado, era miembro del grupo. No entendía ciertas cosas que consideraba que un mánager tenía que defender un poquito más. Yo no entendía que el artista estuviese esperando a ver qué decía el mánager. Ahí nadie tomaba decisiones hasta que no se pronunciase Pito. Hubo un roce entre el mánager y yo, y después de una reunión entre Alaska, Pito, Nacho y yo, la decisión para mí fue muy sencilla y lo mejor que podía hacer era dejar el grupo.

Formaste Metálicos.

Entraban los noventa, y a la hora de hacer un proyecto musical nuevo y de ver cómo sacar eso, no lo tuve fácil. No éramos un grupo de rock de Vallecas, tenía otro concepto en la cabeza. Al presentarlo, en los sellos me decían que estaba muy mayor o que el concepto era demasiado gay. Si yo hubiese sido heterosexual y hubiese hecho un grupo con unos indies, habría sido distinto. El problema es que soy una loca, que vengo de un mundo cercano a Chueca, porque el mundillo roquero español siempre me ha aburrido mucho y me sigue aburriendo bastante. 

A mí lo que me gustaba era el shock rock, ese género donde, aparte de tocar bien, llevan encima el escándalo y un neceser lleno de laca y maquillaje, cosa que es muy importante. Eso, llevado a España, es: eres un maricón de mierda. No es lo normal. Como mucho, Obús se pusieron sus licras, pero poco más. Metálicos fue una cosa rara. 

Con Alaska, al final, sí que acabamos bailando con licras, no bailando con lobos, pero si bailando como lobas con licras acid house [risas]. Pero entraron los noventa y llegó la figura del DJ, hubo algunos grupos electrónicos, como pudieron ser OBK y Fangoria, y por lo demás lo que se llevaba eran más grupos de pop de niñatos. Metálicos, ahí, estábamos en terreno de nadie. 

Pero el disco salió.

Al final fichamos con Virgin, y los tres singles del disco fueron «disco rojo» en Los 40, es decir, sonaban cada dos horas. Los vídeos, aunque no fueran producciones de cine, también fueron vídeos «Super +» en Canal +. Hasta Chicho Ibáñez Serrador nos metió en el Un, dos, tres. Llevábamos tres tías de coristas, con redecillas y tal. Había un mánager de folclóricas que se llamaba Toni Caravaca. Este, como muchos mánagers, parece que era muy putero y se fue directo a las chicas. Le atrajeron, se puso a hablar con ellas y después con Nuria Riba, que era la encargada de promoción de Virgin Records, y al final parece que le interesábamos todas y tuvimos una reunión. Sin embargo, en esa reunión me dijo que me olvidara del pelo rubio y me quitase la cazadora de cuero. Igual fue una oportunidad, podría haber llegado a un público mayoritario, como Luis Miguel, pero preferí seguir siendo Luis Miguélez. 

Nuestra imagen era glamurosamente gay. Al director de Virgin, Carlos Juan Casado, que había sido director de Rock-Ola y director artístico y encargado de recibir a muchos artistas en España, lo que le iba eran Guns N’ Roses, y nosotros le encantábamos. Él sabía cómo tratar a un artista, era amigo íntimo de Keith Richards y muchos otros. A mí incluso me dejaba modelos para actuaciones en televisión. Fue una pena, porque se murió muy joven, en 1992. 

Luego EMI compró todo el catálogo de Virgin y en España quisieron empezar de cero. Habíamos grabado unas maquetas con Jaime Stinus para un segundo, pero no interesó. Nos pasamos a un rollo más Sigue Sigue Sputnik y sacamos un single con remezclas con Quality Records, un sello dance de Madrid, pero no pasó nada. Hasta-luego-Lucas. 

Metiste una canción en Eurovisión.

Capi estaba produciendo a Serafín Zubiri y me pidieron canciones para el álbum. He compuesto muchas canciones para mucha gente, como Tijeritas, Baccara, Las Chamorro, Laín, Juan Carlos Valenciaga… Me llamaban las editoriales, siempre he sido compositor. Me cogieron cuatro canciones para Zubiri y de repente decidieron que una fuese a Eurovisión. Yo jamás hubiese compuesto una canción como «Todo esto es la música» para ese certamen. 

Una mañana me llamó Capi y me dijo: «Nena, nena, chocho, que vas a Eurovisión». Yo alucinando. «Vete ahora mismo a Virgin y que te den una pasta por firmar la editorial con ellos». La canción era más larga, se tuvo que acortar tres minutos y se quitó una frase. Decía algo como «te veo no sé qué…», y, claro, Serafín Zubiri es ciego y lo quitamos, aunque Serafín se reía de todo eso. 

Lo raro aquí empezó cuando vi que no me incluían en nada. Me tuvo que decir Capi que la presentación era en Archie, un club de Madrid, y que me pusiese un modelazo y me fuera para allá, que habría prensa europea. Al llegar, pues Serafín, ni, aunque quisiera, me podía ver. No es como Alejandro Sanz, que se encuentra contigo y se para lo que sea para saludarte. 

Luego choqué con la mafia de Televisión Española y el mamoneo del porcentaje de lo que se llama editorial musical. En aquella época, todas las pringadas firmábamos el 50 por ciento para una editorial y el 50 por ciento para nosotras. Si la canción la habían hecho entre cinco, tocaban al 10 por ciento. Pues resulta que en TVE querían el 80 por ciento. Yo dije que había firmado con Virgin y que no cedía mi parte, que negociasen si querían el 50 por ciento de la discográfica, pero que mi parte no se tocaba. Yo no le pedí a nadie que cogiese mi canción. Ahora es peor. Me consta que, ahora, muchos artistas que van a muchos programas de televisión tienen que firmar un documento en el que renuncian a sus derechos de autor. 

Tampoco me invitaron para ir a Malmö, que me hacía ilusión. El pinchito en la embajada y todo eso. Me dijeron que mi billete se había traspapelado y que no podía ir. ¿Pero el premio no es al autor de la canción? ¿Y yo me quedo en Madrid? Me parecía todo muy raro. Un circo. Fui a la SGAE y me dijeron que, si quería, podía prohibir el uso de la canción. 

Es que ni siquiera me decían por qué me ninguneaban. En la SGAE, para suavizar la situación, y ya que habían salido de un pleito con TVE porque no pagaban derechos de autor desde hacía años, me dijeron que me pagaban ellos el billete, pero yo quería mi billete con mi chapita en el pecho de autor-compositor. No quería una limosna. 

Se habrían ahorrado más tiempo diciéndome que no era bienvenida por mi imagen, porque no le pegaba a Serafín, por lo que fuese. Al final mandé a la mierda a todas y no prohibí la canción para no perjudicar a Serafín. Vi el festival haciendo una barbacoa en casa de Capi con Massiel, que es muy amiga, es muy divina y tiene una lengua también muy divina. Mucho mejor que en esa gilipollez de festival. Aquel mito de Eurovisión, de repente, de ser un sueño paso a ser una pesadilla mala [risas]. 

También trabajaste con El Príncipe Gitano.

Estuvimos grabando «Obí, obá», que se la dedicó a un perro que se llamaba Obí y tuvo que pleitear con los Gipsy Kings, que la grabaron también y se la querían robar, pero la grabación original era suya de los setenta. Le hicimos una fiesta en el Joy Eslava para entregarle un «disco de brillantes» por toda su carrera. Le puse tres maricas bailando tipo «Vogue» alrededor y quedó divino, él con su abrigo de pieles y oro por todas partes. 

A la mañana siguiente nos fuimos, nosotros de empalmada, al programa de Nieves Herrero, y él llegó con Antonio Molina. Es una pena que no haya grabación de aquel fiestón, pero la actuación en televisión sí que tiene que estar en los archivos de Antena 3. El Príncipe era mucho show cuando contaba historias. Es otro momento glorioso en mi vida profesional. Por cierto, en la versión de «Obí, obá» metió guitarras Alejandro Sanz, que no sé si en ese momento ya era Sanz o todavía era Magno. 

Bueno, tú participaste en su debut, Los chulos son pa’ cuidarlos.

Yo compartía casa con Capi en aquella época, y Alejandro llegó con el tío de Capi y dos primos porque tenían un grupo. El tío de Capi quería hacer un disco de tres niñatos rumberos. Capi me preguntó qué me parecía y le dije: «El tal Alejandro tiene magnetismo, pero tus primos sobran» [risas]. Y es que aquel disco de Alejandro Magno no fue un proyecto prefabricado, la cosa venía así. Solo cambió de tres rumberos a un rumbero. 

Capi decidió que nos juntásemos para trabajar en el disco y ahí estuve mano a mano con Alejandro uno o dos meses. Yo aporté «Los chulos son pa’ cuidarlos» y «El apartamento». Pero, a la hora de llegar al estudio de grabación con Tino Azores, no me dejaron experimentar. Quise meter DJ loops, pero eso todavía no les entraba en la cabeza a los puristas. Era la época en la que venían de Londres escandalizados diciendo que estaba la gente bailando en las discotecas solo con un bombo. 

Hice mi trabajo, lo firmé con mi productora de entonces, Villa Melodie, y con mi seudónimo Sagrario Deloina, que uso muchas veces, y mi trabajo allí se acabó. Esto iba a salir con la discográfica de Hombres G, y finalmente lo pilló EMI, lo sacó e hizo un poco de promo, pero no tuvo mucha relevancia. Después, con Capi, ya trabajaron el concepto nuevo. Aunque hay mucha gente que me dice que el mío es el mejor disco de Alejandro Sanz [risas]. 

Otro momento parecido fue cuando le hiciste el rap a Lola Flores.

Me llamó José Luis de Carlos porque había escuchado unas maquetas de Laín. Era el productor ejecutivo de un disco de Lola con colaboraciones con muchos otros artistas y quería meter una pieza moderna. Ahí entraba yo. Me quedé flipado. Todo fue tan rápido, que no me di ni cuenta. Me junté con Lola, ella empezó con una letra y, efectivamente, era un rap auténtico. Se me puso a rapear: «toma coca, bebe anís», que si la mafia, que si «ponme la mano aquí», y no daba crédito, podía ser una canción de Fabio y mía. ¡Era más punk que nosotras! Para poder empezar a trabajar en las bases, grabó una voz de referencia, y en el otro canal, una pista de guitarra del Pescaílla. Para mí esa cinta es un tesoro. 

En el estudio fue muy auténtica, se pidió unas tapitas de salchichón. Entró en la cabina con todo el séquito que llevaba. No se quedaron en el bar mientras ella grababa. La aplaudían en cada toma. ¡Divina, divina! Luego fue metiendo partes de canciones suyas. Yo le sugerí que metiera lo de «quién tiró la bomba, la bomba quién tiró», y me dijo: «No, no, esa no, que no está la cosa para bombas, déjame de bombas». 

Para mí la experiencia fue oro puro. Lola —esa forma de hablar, esa forma de ser— era arte. Luego, al ver sus actuaciones de presentación del rap en La quinta marcha y todos estos programas de televisión, me hacía gracia, porque yo era consciente de que ella quizás no sabía cuando empezaba la voz, y entonces se ponía siempre de espaldas hasta que llegase ese momento y, ya cuando sonaba la voz, se daba media vuelta y arrancaba. Ese es el perrerío de una diva.

Y de ahí, a producir a Commando 9mm.

Un lujo, El Pollo y Manolo UVI. Muy majos. Y con mucho mérito, porque les convencimos para programar las baterías y pasaron por el aro. Gente de puta madre. 

Entonces volviste con Fabio McNamara.

Antonio Alvarado, el diseñador que hizo cosas maravillosas, como el vestuario para Mujeres al borde de un ataque de nervios, empezó a llevar las relaciones públicas del club Morocco, con cuyo dueño estaba asociada Alaska. Como hemos sido siempre amigos, éramos de la misma pandilla de locas, todas las noches de colocón arriba y abajo, me pidió que nos juntásemos Fabio y Metálicos e hiciéramos un concierto y nos pareció bien. 

Podíamos tocar la de «Quiénes son esos», pero como nos aburría tocar las mismas canciones, nos pusimos a hacer unas nuevas, que luego acabaron en el disco A tutti plein, que no es fácil de encontrar. 

La actuación en Morocco fue un escándalo. Tanto, que repetimos dos veces más. Y una noche, hablando con Almodóvar, pues como que le apetecía venirse a cantar unas canciones con nosotros y con Bernardo Bonezzi. Fabio no quería, pero apareció Pedro de repente para ensayar y me tuve que comer el marrón. A Fabio lo que le gusta es hacer siempre cosas nuevas. Además, teníamos el cachondeo de que si venía Pedro nos iba a eclipsar y, encima, así fue. 

La actuación salió en El País, luego la citó el New York Times, y decía que Almodóvar se había juntado con sus viejos colegas McNamara y Bonezzi. Luis Miguélez y los demás salíamos ya fuera de órbita. A mí se me veía un trocito de cabeza en la foto, nada más. Yo monté todo el tinglado, nena, y luego yo fui la ninguneada. Me dijo Fabio: «¿Ves, Luisa? ¿Ves? Si ya te lo dije yo…». 

Lo bueno fue que de esa forma compusimos las canciones. Capi nos dijo que eso era un escándalo y que nos pagaba la grabación. Nos cogimos la jornada de siete y media de la noche a siete y media de la mañana, nos suministró todo lo necesario y grabamos el disco, pero Capi no logró colocarlo en ninguna discográfica. Polydor nos citó y Fabio y yo fuimos sin dormir, de colocón, con cagalera y los calzoncillos cagaos se quedaron en el baño del sello antes de pasar a la reunión. Tuvimos el encuentro, todo muy divino, pero después no hubo nada más. Parecían muy entusiasmadas, pero… No sé si luego se encontraron los calzoncillos, y… Eran Calvin Klein, ojo. 

Por eso ese disco lo edité yo, saqué quinientas copias y se los vendíamos a las amigas. Luego Fabio se iba siempre a Metralleta a ver si colocaba cinco o diez y sacaba dinero para pillar. Después lo sacó Manzana, pero nadie nos tomaba en serio. Por lo visto, somos impresentables. Yo creo que incluso a fecha de hoy me da la impresión de que me sigue pasando lo mismo [risas].

Te metiste en el estudio a grabar a otros artistas, pero al final apareció Rockstation.

No nos iba la vida en que nos cogiera una discográfica, porque tocábamos para divertirnos y luego cada una tenía sus cosas. Yo era socio de un estudio de grabación en el que hacíamos publicidad. En Pradillo, donde los juzgados. La publicidad era dinero fácil. Los ejecutivos de publicidad iban con Porsche. Por veinte segundos de un anuncio te daban dos millones de pesetas. Si la marca no quería pagar derechos de una canción de Nirvana, pues ahí estaba yo para meter unas guitarras parecidas. 

Fluía el dinero y la droga. Fabio se venía muchas veces y en los ratos libres componíamos más canciones. Estas maquetas se hicieron muy famosas entre los ejecutivos, que pasaban por el estudio, donde hacíamos muchas fiestas. Los CD fueron de mano en mano y se convirtieron en música de culto para la jet set, o sea, nuestras amigas de alto standing [risas].

¿Cómo se gestó Rockstation?

Fabio tuvo muchos bajones en esa época, estuvo hospitalizado. Almodóvar, Capi y Miguel Bosé se interesaron mucho por él. Contactaron conmigo para ver si podían ayudar y me dijeron que le pagaban cualquier clínica, pero Fabio no quería nada de nadie. Yo, entretanto, me fui con Capi a la boda de Alejandro Sanz con Jaydy Michel a Bali y a él le encantaban nuestras canciones. Era fan absoluto. Luego, ya en España, estuvo viviendo en casa de Miguel Bosé mientras se construía la suya, y ponía siempre las maquetas. Hacía fiestas con las flamencas y paraba todo para ponerles la canción de «la coca», y se quedaban todas con unas caras… La Niña Pastori como diciendo «Pero ¿esto qué es?». Pero, claro, como era Alejandro, pues todas decían que era divino [risas].

Entonces yo había dejado aquel tren de vida en los estudios de publicidad y estaba grabando en los estudios de Nacho Cano, donde me pasé más tres meses, primero produciendo un nuevo disco de Baccara, Face to face, y después me puse con el de Las Chamorro, Divinas

Entre uno y otro me llamaron Roberto y Charlie Miralles en nombre de Miguel Bosé, que quería ficharnos para su sello, Boozo Music. De hecho, ya había tenido anteriormente algunas reuniones con Bimba para hablar de la posibilidad de sacar algún disco, pero por lo visto no era el momento. En una pausa de mis grabaciones, Fabio y yo quedamos con Roberto y Charlie, fuimos a un restaurante y nos hicieron la propuesta. Fabio, en su estilo, les contestó: «Pues queremos un millón de pesetas», y le dijeron: «No hay problema», y nosotras: «Ah, ¿no?». Y nos pusimos manos a la obra, a seleccionar las canciones, etc.

¿De dónde había venido la inspiración para esos temas?

Pues de todo un poco. «Ultraceñidas», de un día que salíamos de un after de Chueca y nos metimos a un bar a tomar unas copas de anís con churros y porras. Lo de «se buscan dos maricas muertas»: pues éramos nosotras, que ya llevábamos tres días encima y estábamos muertas del frío que hacía, muertas del colocón, de aburrimiento y de todo, pero todavía queríamos tomarnos un sol y sombra más. Para los jóvenes: mezcla de anís y brandi, Veterano, que es cosa de hombres. Era un after de la calle Hortaleza. «Ambas portaban sendas minifaldas»: pues no llevábamos falda, pero sí pantalones tipo mallas superajustadas de charol. Era un poco descriptiva, inspirada en nosotras, y luego le pusimos fantasía. Madrid no podía ser, tenía que ser París, que es mucho más. 

La de «Yo creo en ti» es por Fabio, que durante esta época estuvo jodido. Fui a verle al hospital y salí llorando. Estaba realmente mal, luego se recuperó. Y nos cantábamos: «te vi mejor», «y yo te vi mucho peor», «te vi fatal», «y yo me vi en tu funeral, vestida de negro». Era aquel momento. En el estribillo, al principio decíamos: «Estoy bailando». A Fabio le cortaba meter lo de «estoy rezando», pero le dije que, si rezaba, por qué no iba a meterlo, y puso lo de «estoy rezando, praying in the street, estoy rezando, praying in the city, estoy rezando, rezando porque sí». 

«Gritando amor» yo no quería meterla. Era una de tantas que había compuesto, y con el punto quinqui del grupo no la veía, pero Roberto y Charlie, de la discográfica, dijeron que tenía que ir sí o sí. Le añadimos «pensando en ti las veinticuatro», y lo de Mae West, de la película Sexteto, en la que se casa muchas veces y dice «Mmm…, next». Íbamos a meter su voz sampleada, pero quedó ideal así. Algunas canciones de ese disco están mal grabadas, aunque a lo mejor esas cosas solo las oigo yo [risas], pero es que, por ejemplo, era imposible repetir las canciones «Ultraceñidas» y «Placer por placer» con el rollo divino que tenían en la maqueta, y hubo que dejarlas así. Luego, cuando fuimos a Lo + Plus, nos dijeron que ahí en directo teníamos que cantar la de la coca.

Eso fue espectacular…

Pero en la entrevista nos tocaron un poquito el coño preguntándonos si Almodóvar la tenía grande o pequeña. Fabio nunca llevó bien esas cosas. Odiaba hablar del pasado y no ha sabido nunca expresarlo diplomáticamente. Siempre hemos estado con la sombra alargada de esto y lo otro. 

Aparte, Fabio y yo podemos arrastrar a mucho gay, pero hay vida más allá del mundo gay. Rockstation rompió esas barreras, llegamos a tener a cinco mil personas en las fiestas de Bilbao cantando: «La coca, la coca, me vuelve medio loca». En nuestros conciertos había heterosexuales cantando: «Este es mi correo electrónico: macna punto mara punto com punto con tacón» con el cubata en la mano. 

¿Por qué si erais un dúo os llamasteis McNamara?

Eso fue un error ya desde el disco A tutti plein. Ahora mismo no lo hubiese hecho así, pero tampoco me quita el sueño, chica. Pensamos que ese nombre para el grupo era más comercial y lo adoptamos, y así lo decíamos en todas las entrevistas, pero a la larga me doy cuenta de que la gente lo identifica como si Fabio McNamara fuese solista. Ahora me río, pero en muchos casos durante mi carrera parece que he sido la ninguneada. Haces cosas, echas la vida y un poquito más por ello y al final no existes, vamos, lo de siempre: unos cardan la lana y otras se ponen la laca y se llevan la fama [risas].

Decías que «Miguélez» no hubiese sonado muy bien.

Lo dicho, habíamos adoptado su apellido como nombre del grupo y para la discográfica, así ya teníamos un terreno ganado. A mí no me importaba, pero repito: ahora que lo pienso, pasados los años, creo que me tenía que haber importado. Fabio y yo nos alimentábamos mutuamente, pero pasar de ser la mitad de un grupo a de repente no existir es un error. Sobre todo, porque después yo era el cien por ciento de lo que había detrás del grupo. 

De hecho, luego Fabio no quiso saber nada de su apellido McNamara, y el último disco que hemos hecho juntos se firmó como Fabio & Glitter Klinik. Estaba harto de todo lo que acarreaba. Ya no era Fanny McNamara. Una vez, en una entrevista, la periodista le dijo: «Hola, Fanny», y él contestó: «¿Y tú, hija de puta, por qué me llamas Fanny?». Y yo: «Tierra, trágame». Ahí empezaba y acababa la promoción [risas]. Afortunadamente, conseguí calmar la situación, pero…

Es que la promo de ese disco era un lujo para los periodistas. Me hizo mucha gracia cuando Fabio anunció en Shangay que se había vuelto heterosexual «para ver si así daba más morbo a los gais».

Pero Fabio ya lo decía en serio, ¿eh? [risas]. La promoción fue divina, pero a menos de la mitad Fabio se agobió. 

¿Por qué? Todo el mundo quiere focos y a él se los ponían todos delante.

Entró otro factor que enrareció el ambiente. Se lio con un novio que le ha venido muy bien, pero en aquel momento no fue buena influencia para el grupo. Yo lo pasé bastante mal porque me vi solo ante el peligro. Ya había éxito, se veía que podía petar, y el novio empezaba a decir que por qué no nos ponía la discográfica un móvil… Cosas así, que metían una atmósfera turbia. Me tuve que hacer mucha promoción solo. 

Íbamos a sacar «Gritando amor» de single con vídeo para meterla en Los 40, con una presentación en Joy Eslava. Miguel Bosé me llamó y me dijo que nos facilitaba lo que necesitásemos de equipo técnico. Íbamos por diez mil copias vendidas o así con lo de «maricón punto com», de la canción «Mi correo electrónic… Oh!» que sonó mucho en Siglo 21 de Radio 3 y en todas partes. Estaba todo el mundo encantado, vamos. Con el éxito que se olía, claro. 

Fuimos a una entrevista con Ordovás y vino Fabio encabronada. Y yo encabronado también, porque estábamos triunfando, que es lo que habíamos querido toda la vida, pero había mal rollo, no sé por qué. Entonces, en el programa, Fabio dijo algo así como: «A mí la Miguel Bosé me tiene que dar un millón de pesetas si quiere que yo actúe». Esto, haciendo la promoción del concierto de Madrid. Jesús Ordovás, encima, le dio más carrete, y ella: «Porque yo tengo mis gastos, mi modelito, porque aquí todo el mundo se lo lleva íntegro y yo no huelo nada». 

Yo no sé el pajarismo que le estaba metiendo el novio: que si todo el mundo se aprovecha de ti, que si eres David Bowie, yo qué sé…, pero aquello no beneficiaba en absoluto. Empecé a ver que en la gente que estaba invirtiendo había ya un poco de inseguridad. Miguel Bosé estaba escuchando la radio y llamó a Charlie, de la discográfica, para preguntarle qué era aquello.

A partir de un momento, si teníamos entrevistas, Fabio ya no aparecía. Le mandaban un taxi y no bajaba de casa. Estaba dentro, pero no quería abrir la puerta. Yo lo pasaba fatal; imagínate quedarte colgada esperando o disculpando a Fabio. Al final, decidimos que las entrevistas las hacía solo yo. Todo eso fue bajando la moral. Todo el éxito que estábamos teniendo, de repente estaba en manos de una loca. Algo que me perjudicaba de forma personal, pero también profesional, porque el que no conocía la historia de cerca podría pensar que yo también era un circo, y sí que soy un circo, pero a la hora de trabajar me considero un profesional.

¿Por qué no le motivó el éxito que tuvieron aquellas canciones?

Después de verme obligado a rechazar ofertas divinas de agencias de promoción de conciertos, finalmente entró un poquito en razón y un mánager llamado Unai se encargó de organizarnos las presentaciones de Madrid y Barcelona y contratar los pocos conciertos que hicimos. Nos pagaban una pasta por actuación y la cosa iba subiendo, pero, de repente, dijo que no quería hacer más. 

Le decía: «Pero ¿tú estás endemoniada? ¿Realmente eres religiosa? ¿Por qué me estás jodiendo? Me estás jodiendo personalmente, como amigo». Lo pasé muy mal. Veía las cerezas y cómo me las tiraban a la basura. Llegó un momento en que me tuve que salir de esa locura porque me estaba volviendo mucho más majara de lo que estoy.

Así que hicimos las actuaciones que podíamos yendo por separado. Algo irreal, que no te lo podías creer. Al menos tratamos de llevarnos bien en el camerino para poder salir a actuar delante de miles de personas. Pero Fabio fue siempre así. A Almodóvar también le dejó tirado en muchas ocasiones, que esto es vox populi

Conmigo todo fue de puta madre hasta que se cruzó el rollo raro. Una persona diciendo que todos nos aprovechábamos de él. Y a mí, ya ves, ahora resulta que yo me estaba aprovechando de Fabio, vamos, lo que tenía que oír y aguantar [risas]. Cuando yo personalmente supervisaba que todo el mundo se llevase su dinero de forma perfectamente organizada y pactada por Fabio y por mí desde el principio.

¿Y de verdad siempre fue religioso?

Y franquista. Nosotras nacimos en una dictadura y en los ochenta estábamos tan emocionadas con la vida que no hablábamos de política, hacíamos uso de nuestra libertad. Entonces, ahora, pasados los años, lo he hablado con algunas amigas de la época, de repente hemos descubierto que la mitad eran fachas [risas]. Fabio siempre tuvo ese punto. Ahora cuando ha salido en el Valle de los Caídos con la bandera de España con el águila no me ha extrañado nada. Por otro lado, también digo que no puedes seleccionar a tus amigos o a tu familia por ideologías políticas. Aparte, la magia que existía entre los dos estaba fuera de ideologías, y nuestro mundo era el de Mötley Crüe y New York Dolls.

Cuando Juan Tormento, Fabio y yo íbamos de vacaciones, alquilábamos un coche para ir a Cádiz a ver a las Costus, pasábamos unos días en Caños de Meca, y luego a la vuelta pasábamos por Nazaré, en Portugal. Allí había también unas playas estupendas y nosotras nos íbamos de bar en bar tomando licor de almendra y unas dexedrinas. 

Cogíamos el coche, parábamos a comer frutas —siempre nos gustó la comida sana [risas], porque, aunque nos metiéramos de todo, también nos cuidábamos mucho— y llegábamos a Fátima. Con todo el mundo en su circo, hacíamos el paseíllo con licra de leopardo hasta la fuente del manantial y ahí metíamos la cabeza. Esta imagen la tengo en mi cabeza. Fabio en un caño y yo en otro mirándonos y riéndonos. Encima nos comprábamos unos rosarios divinos, que quedaban muy bien dentro de nuestra estética, y vuelta a Madrid. 

También estaba fascinada por las apariciones de El Escorial y se compraba las casetes. Luego quedábamos en casa, poníamos las cintas, nos fumábamos un chino y nos poníamos a pintar. No nos definíamos políticamente en esa época, ya se suponía que éramos chicas rebeldes, aunque ella siempre llevaba estampitas que compraba en los puestos de fachas que había en el barrio Salamanca [risas].

Ahora con lo de la bandera franquista, muchas han dicho que vaya pena, un icono como él del LGTB. Pero, oye, lo de icono se lo habrán hecho ellas, porque Fabio nunca ha querido ser icono de nada. Ha hecho siempre lo que le da la gana. A mí ya me había mandado muchos wasaps en el Valle de los Caídos y le dije: «Nena, que te van a pillar». Y le pillaron y fue a las redes. Pero ese es el Fabio de toda la vida. No ha cambiado. A los que ahora no les hace gracia quizá deberían pensar que los que han cambiado son ellos. 

El caso es que un disco que le encantaba a todo el mundo, que funcionaba, no explotó.

Ya lo he dicho: la cosa ya no tenía mucho futuro y llegó un día en el que Miguel Bosé dijo: «Nenas, habéis quemado la discográfica», y Roberto y Charlie me comunicaron que la compañía de discos cerraba. Creo que ese sello podría haber funcionado de puta madre, porque Rockstation era rentable, pero con la actitud de Fabio ya todo eso era imposible, realmente estaba incumpliendo el contrato que habíamos firmado y hasta incluso el abogado de Miguel Bosé me dijo que habían pensado en tomar acciones legales contra él. 

En tu siguiente disco, Alto standing, cada canción tuya la cantaba una travesti.

Yo diría que es una mezcla. Había una mujer, Belén Ventura, un chico con un look divino, Antonio Glamour To Kill, drag queens, transexuales y artistas transformistas de cabaret. Es una recopilación de grabaciones hechas durante la década de los noventa y se puede considerar de culto, incluso en México. Miguel Bosé, en su discográfica, sacó un subsello, Tacones Altos, para sacarnos a Fabio y a mí. Era un poco homenaje a su papel en Tacones lejanos. Y sí, estaba un poco enfocado al rollo que llaman queer, que yo en España digo «maricón» porque es lo que significa [risas].

Al menos, siempre lo digo: yo soy maricón. Lo que depende es cómo me lo digas, porque entonces sí tiene otros significados. Igual que «hijo de puta». En alemán es schwul, y es lo que se utiliza tanto en revistas como en el lenguaje hablado, aunque a veces también se dice queer. Otra cosa es Schwuchtel, que es como «bujarrona», y sí puede ser insulto. En Alemania hay varias revistas de tema homosexual. Unas se centran en rollos fetish y novedades del porno, y otras van más a eventos y tema cultural. Pues hay una que se llama Schwulissimo, que es como si aquí se llamase «Mariconíssimo». ¿A quién ofende eso?

Me propusieron hacer ese álbum y juntos hicimos la selección de grabaciones y le pusimos de título Alto standing, y el concepto gráfico era un poco como un catálogo de putas caras. En los noventa, empezó por los clubes un rollo de performances y conocí a Belén Ventura. Ella es la verdadera musa, inspiración y culpable de todo ese disco. Me presentó a Psicosis Gonsáles, que era brutal, le gustaba que la insultasen. Nos hicimos amigos y le hice un disco, que lo sacó Discos Manzana, y de una a una y de una a otra fui conociendo a otras drags, como Antoñita Glamour, La Prohibida, Las Redentoras Humilladas, que venían de Murcia y luego se cambiaron a Diossa y Malyzzia… Con todas ellas fui haciendo canciones o playbacks para shows y con ese material hicimos esta recopilación. 

«Anoche me hinché» me encanta.

Esa es la que el gusta a todas. Paranoika Gonsáles, hija bastarda de Psicosis Gonsáles [risas].

Y «Qué loca estoy».

Esa es una versión de Raffaella Carrà. Es la canción perfecta. Dice: «Soy tonta, lo admito, soy tonta programada al infinito, me tiño, me pinto y tengo por cabeza un laberinto». Es que, con esa letra, está claro que había que meterla. 

Antes habías trabajado también con Tamara, also known as Yurena…

Me llamaron de la discográfica para colaborar con ella. Muy bien con ella, y la madre era un encanto. Se vinieron a un estudio que tenía yo en una buhardilla en Lavapiés y ahí grabamos «Tiembla Tamara» y otra que tenía yo de antes: «Tú vas a ser mi hombre»

Ahí sí que metes una guitarra Mötley Crüe, pero, además, del primero, Too Fast For Love.

Esa canción molaba, me gustaría darle una vuelta. Me gustaría hacer un «grandes éxitos» con todas estas canciones un poco más a mi rollo, pero nunca encuentro el momento, ¡ni la discográfica!

Pues son canciones con Alejandro Sanz, Lola Flores… Hay pedigrí.

Hay pedigrí, pero es que en el show business sigue habiendo show, pero ya no hay tanto business. Ahora solo interesan los «triunfitos». La verdad es que me gustaría hacer un disco así, con colaboraciones. De hecho, ya he hablado con Ladilla Rusa y les encantaría colaborar en la canción «Placer por placer», la de la coca, y Shuarma, de Los Elefantes, me dijo que de Metálicos haría conmigo la que quisiera. Ahí está como idea, igual como proyecto póstumo. Qué siniestro suena eso de póstumo [risas]. Pero, de momento, prefiero hacer un grupo nuevo, como he hecho ahora. Los discos ya no tiran, lo que mola y donde se gana dinero es en los conciertos.

Al menos lo petaste en tu etapa berlinesa.

Cuando me fui de España estaba hasta el coño de líos, imagínate todo aquel estrés del Rockstation. Quería desaparecer del mundo. No salgo en los libros de la Movida ni salgo en nada. Tampoco mido el éxito por eso, porque para mí ya fue un éxito salir del pueblo. Pero trabajé con la Faraona de España, con la Reina de La Movida, el Príncipe Gitano, Eurovisión y a Fabio, la verdadera reina de la Movida, la más loca de España, la puse en lo más alto cuando nadie se lo esperaba.

Decidí irme a Estados Unidos, pero se me adelantó Bin Laden y me cambió toda la película. Me dijo un amigo: «Maricón y punk: vete para Berlín», y lo hice. Me fui solo. Empecé a conocer gente, ya tenía a Glamour to Kill formado y me puse a mover la maqueta. Ese es el gran éxito de mi vida: llegar a Alemania, ir llamando de puerta en puerta, conseguir actuaciones, hacernos un hueco en la escena electropunk berlinesa, hasta llegar a aparecer en una guía de los grupos que dan sonido a la ciudad. 

Todo eso sin cartas de presentación. Allí no hables de la Movida, que no les interesa ni la Movida ni el movido, ni almodóvares ni alaskas. Solo flipaban cuando decía que había escrito una canción para Eurovisión y que había producido a Baccara, porque allí las maricas no se visten de la Pantoja, sino de Baccara. Pero, en Berlín, de lo que se trataba era de subir al escenario, actuar y que la gente se quedase con las canciones. Salíamos a matar, como los toreros.

El público no se creía que éramos españoles, y menos Juan Tormento, que parece ruso [risas]. Les teníamos que cantar rumbas para que se lo creyesen. El concepto de club en Berlín es distinto, hay varios ambientes y muy poco miedo al qué dirán. Tienen mucha dignidad. En algunos clubes te encuentras a gente follando en la barra tranquilamente, ¡pero con dignidad! Lo malo es que te acostumbras y a veces luego haces tú cosas por ahí y te tienen que decir que no estás en Berlín. 

Ese ha sido mi gran éxito. Empezar de cero y acabar recorriendo el mundo en avión a partir de Glamour to Kill. Copenhague, el Orgullo de Ámsterdam, el de Zúrich, en París, en Nueva York, en Londres… en Rusia ¡en Minsk! Ese es el éxito de mi vida. 

En Berlín hemos tocado muchas veces dos conciertos por noche. Hasta la gira de Marlboro por diez ciudades alemanes, que le encantábamos a la agencia que lo organizaba, pero nos pidieron que, por favor, nos cambiáramos el nombre por motivos obvios [risas], y dijimos que bienvenido sea el dinero, que nos pagaron una pasta de escándalo y hoteles de lujo. Entonces nos llamamos The House of Glam. Pero es que, en esa gira, después de tocar en Hamburgo o en Colonia, nos íbamos a un club de la ciudad a las tres de la mañana y volvíamos a actuar con nuestra historia y nuestra gente. Ese era el rollo. 

«Clone fashion» sonó bastante.

Estaba dedicada a la oveja Dolly, la habíamos escrito años atrás. Con el mundo underground vives, y vives muy bien. Berlín también te conectaba con todo el planeta. Ahora ha cambiado, pero con el grupo que hice después, Glitter Klinik, los discos se vendían en Japón a cuarenta euros. Y todo sin agencia de management. Siempre nos movimos por circuitos alternativos. 

Por eso mi nuevo disco se titula El futuro es underground, porque toda mi puta vida es underground, pero con Glamour To Kill, actuando en catacumbas y en clubes ganábamos dinero. Eso sí, luego la droga me volvió a joder el grupo. El cantante se me metió en la heroína. Cuando alguien está enganchado a eso, no puedes luchar. Para cuando se rehabilitó, Berlín ya era distinto. Todo había cambiado, incluido yo. 

El grupo Glitter Klinik hacía un poco referencia a lo más bonito que me pasó en Alemania, que fue conocer a mi marido, que es médico, y mi mundo se convirtió en una especie de clínica con mucho glitter [risas]. Pasamos a llevar un rollo menos siniestro, Juan Tormento, Grace Ryan, una amiga transexual, y yo. Al disco Beautiful and Nasty le dieron un premio de la Música Independiente al mejor álbum de vanguardia. Yo pensaba que iba a ser a toda una carrera [risas].

La última colaboración con «la verdadera reina» fue lo de Fabio y Glitter Klinik. La verdad es que el single «Celebritis» era otro pepino.

Ahí nos fue bien. Lo que pasa es que fue un disco para divertirnos, pero ya sabiendo en qué situación estábamos. Fabio no quiso hacerse fotos para la portada, otra vez fue que no, que no y que no. Ni promoción ni nada. Entonces lo dejé, pero sin dolores de cabeza. Ya sabiendo lo que había. 

En Lolita Express, tu último proyecto, has vuelto con un punk seco y directo, con algún toque Def Con Dos del principio, el de los «Asaltos».

Porque no quiero quedarme en «la coca, la coca, me vuelve medio loca», ni en «Gritando amor». Soy una persona creativa y la creatividad me hace feliz. Bueno, no creo que la felicidad exista, pero crear me entretiene bastante [risas]. Como vengo a pinchar a Barcelona, poco a poco he ido conociendo gente y al final hemos montado el grupo Lolita Express. A la hora de pensar en la orientación musical y sexual [risas], vi que ya había mucha petarda con caja de ritmos, y pensamos que nosotros podíamos ofrecer algo distinto y nos dio el punto de sacar la artillería pesada, que es la guitarra. 

A Estrella Xtravaganza le va el mismo rollo que a mí, y vemos que en ese estilo más punk podemos tener un sonido propio y ser más nosotras mismas. Ella no es cantante, pero vi que tenía algo que me gustaba, y su imagen estilo Club Kids hace que el grupo también sea especial. Y lo importante es que nos divertimos haciéndolo, nos reímos. Él es de Cádiz, vino a estudiar periodismo a Barcelona y se quedó. Aparte, está fuera de las drogas [risas]. Yo le digo que tenga cuidado, que todos mis cantantes acaban mal. ¡La maldición Miguélez!

Por otro lado, también intento hacer algo con otros artistas, pero más como productor o con colaboraciones. Ahora, poco a poco, estoy haciendo algo con Romantic Kitano. Creo que ese chico es pura dinamita. Es en una onda más trap, reguetón, hiphop… No sé, llámalo como quieras, y veremos qué sale de todo eso.

Veo en Instagram que te cuidas mucho.

He estado, no engañado, pero sí medio engañado. Si me pusieran en una cuenta todo el dinero que me gasté en vicios… Ahora lo he dejado todo, porque al final todo se repite una y otra vez y ya no te lo pasas bien, pero me siento mucho mejor. Me va mejor con el deporte y comiendo bien. Llega un momento en que ves que vas para vieja, gorda, borracha y drogadicta y dices: ¡De ninguna manera! Sobre todo, cuando ves a las demás que están así. Ese rollo gay de ser osito tampoco, sobre todo si no has sido osito toda la vida, por que yo nunca he sido gordo. Si ves, por ejemplo, a Iggy Pop, está vieja, pero divina, con tipazo como siempre, pero si ves a Marilyn Manson ahora, dices: ponte a dieta, guapa [risas].

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5 Comentarios

  1. Jugosísima entrevista, si señor. Un apunte: la cantante americana, mujer de un millonario valenciano es Margaret Lorene Seidler, conocida como Manía y su single estrella fue Valentine, que es un auténtico temazo.

  2. Divertida entrevista. Es curioso el caso de Fabio Mcnamara. Si Franco viviese estaria en una celda encerrado, le aplicarian “la gandula” famosa ley de vagos y maleantes, y los grises le estarian dando palos en la celda las 24hrs del dia. Igual que hay negros de VOX y albañiles de derechas, se ve que tambien hay yonquis gayers afeminadas Franquistas y catolicas. Tiene que haber de todo en la viña deñ señor. Lo próximo seran palestinos ultraortodoxos.

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