
Después del éxito formidable de Blow Up (1966) y de la célebre trilogía de la incomunicación —L’avventura (1960), La notte (1961), L’eclisse (1962)—, Zabriskie Point (1970), de Michelangelo Antonioni, pasó de ser un estrepitoso fracaso en su estreno a considerarse una película de culto por mucho más que la célebre escena final con música de Pink Floyd y la formidable banda sonora.
A estas alturas se han publicado gran número de artículos y hasta libros que detallan con brillantez el significado de una película que en comparación con las precedentes, e incluso con De professione reporter (1974) que cierra la trilogía en inglés, parece incómodamente fallida.
Pero lo cierto es que cada espectador ve una película diferente. La trilogía italiana tan seductora con su blanco y negro de fuertes contrastes, sus parsimoniosos y atractivos protagonistas fotografiados por Gianni di Venanzo, con su combinación de fatalismo existencial tan inevitable al final de la guerra y del turbio triunfo, y su recelo intelectual ante lo que trae la acelerada modernidad desarrollista, no nos incomoda como espectadores. En la trilogía reconocemos, entre silencios y vacíos, en los espacios que habitan o en fase de construcción y también en las profesiones que ejercen, una organización mental que se sostiene en valores de grupo. Lo que se discute en esas películas son las condiciones de pertenencia al grupo, la burguesía casi siempre, no la disolución del grupo/clase. Hasta un espectador poco sofisticado de la época podía reconocer, tanto en la trilogía como en El grito (1957), de paisajes neorrealistas y personajes más primarios y degradados, sus propias emociones y dilemas sobre asuntos ineludibles: pareja y clase, pasión y deberes familiares, ambición profesional e independencia artística. Por resumir drásticamente, es un paisaje mental de raíz católica en el contexto de desarrollo industrial de la posguerra. No faltan los acontecimientos intensos: suicidios, desapariciones, enfermedades incurables y locura, o las protagonistas errabundas —narrativamente, es un gran recurso que la cámara acompañe al actor o actriz de buen ver a pasear de un modo que expresa una vida interior que no está atrapada por la urgencia de productividad capitalista, recorriendo junto a ella un paisaje urbano o la periferia por donde crece la ciudad—, porque todo es muy italiano y melodramático, muy católico pasado por el cedazo del existencialismo.
La trilogía en inglés, en cambio, muestra los desafíos y las inquietudes que nos acompañan hasta hoy. También en su significado abre una amplia zona de ambigüedad, como prueba que Blow Up entusiasmara a los miembros del swinging London, la tribu a la que Antonioni críticaba, según explicaba muy divertido el mismo director en varias entrevistas. En Zabriskie Point, la discusión sobre la pertenencia al grupo se plantea desde premisas diferentes.
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Muy bueno, que nadie ha dicho ná.
Leyendo esto en 2023, después de ver ZP en pantalla grande (la había visto hace muchos años en televisión y no entendí nada).
Es una película extraña, con todos los defectos del cine de la época, con una interpretación insufrible de la pareja protagonista, pero con una complejidad, ambigüedad y belleza que escasean en el cine actual (pensándolo bien, en el de todas las épocas).
Me ha gustado mucho el artículo. Más como este, por favor.