Chuck Norris tiene voz de mujer

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Fotografía: Cordon Press

Es 1985, y Nicolae Ceaușescu acaba de ser reelegido presidente de la República Socialista de Rumanía sin oposición. Son los últimos años del régimen comunista, los más brutales y represivos. Irina Margareta Nistor tiene veintiocho años y lleva dos trabajando como traductora en el Comité de Censura de la Televisión Nacional Rumana (TVR). Un día, concretamente, el 5 de noviembre de ese 1985, un hombre la para en el ascensor; quiere saber si le apetecería doblar un par de películas nuevas para un hombre que tiene un reproductor de vídeo.

Espera, espera, rebobina un momento ahí. Para entender el mayúsculo «Sigur că da!» (¡Claro que sí!) que debió de soltar Irina hay tener en cuenta que, en aquel momento, Rumanía no fabricaba ni importaba reproductores de vídeo, de manera que poca gente poseía uno; solo aquellos elegidos que el régimen permitía viajar a Occidente y que, además, podían desembolsar una buena cantidad de lei. Podía ir al cine, sí. Se proyectaban películas extranjeras y hasta alguna imperialista, pero, entre la pobreza generalizada, las restricciones en la electricidad y el agua caliente, el frío invernal en las salas y que la cartelera podía llevar años sin actualizarse, lo de «películas nuevas» sonaba bastante tentador; por no hablar de la televisión, que emitía solo dos horas al día y casi siempre propaganda, poemas patrióticos, música tradicional y las películas que ella misma ayudaba a censurar.

Sacerdotes, casas con piscina, coches caros, besos de más de tres segundos —literalmente—, calles con demasiadas tiendas: todo era susceptible de ser recortado, incluso las menciones a comidas ostentosas —escenas de Tom y Jerry en que los personajes se perseguían alrededor de una mesa de llena de golosinas— o las referencias muy evidentes a la vejez y el consumo de alcohol, ya que ambas, por motivos imaginables, podían entenderse como una burla a los líderes. Honestamente, Irina se moría de ganas por conocer a un tipo con un reproductor propio. De pequeña solía ir con sus padres al Palace Hall, a ver películas; la primera fue Blancanieves. Y la mayor parte de su tiempo en la universidad lo había pasado en el Archivo Nacional de Películas, la Cinemateca, traduciendo por sesenta lei por cinta, mientras su amiga Dorina tomaba apuntes en clase. Su trabajo de diplomatura en traducción franco-inglesa había sido Cocteau y la poesía cinematográfica. 

Dijo que sí y conoció a Teodor «Dorel» Zamfir, un hombre de negocios que había emigrado con su familia a Alemania y que, sin saber el idioma y ante la poca perspectiva de prosperar allí, había decidido volver a Rumanía, convirtiéndose así en una especie de hijo pródigo comunista. Antes de contar con sus servicios, el señor Zamfir quiso hacerle una prueba. Le pidió que doblase Doctor Zhivago. Afortunadamente, Irina conocía la película y no tuvo problemas para traducirla simultáneamente. También debió de ayudar el hecho de que Zamfir no entendiese ni una palabra de lo que se oía en la cinta. Lo que ya es más difícil de imaginar es qué expresión rumana soltaría Irina cuando Zamfir le explicó que no solo iba a doblar «un par» de películas «nuevas», sino varios miles de cintas no censuradas para la mayor red de contrabando de películas prohibidas del país. 

Irina aceptó el trabajo a cien lei por película. Él le ofreció doscientos. Por las mañanas, censuraba contenido para la Televisión Nacional Rumana; por las tardes, doblaba películas yanquis en un estudio improvisado en el sótano de Zamfir, a solo dos manzanas de edificio del Comité de Censura. Por si esto no fuera ya suficientemente icónico, Irina doblaba absolutamente todos los personajes de absolutamente todas las películas. Chuck Norris, Jean-Claude Van Damme, Sylvester Stallone, Bruce Lee… Para varias generaciones de rumanos, el héroe americano tenía voz de señora: aguda, un poco nasal y sin muchas inflexiones, ya que no era dobladora. A todo esto, se suma que todos los doblajes se hacían sobre la marcha. La red no disponía de mucho tiempo. Cuando llegaba un nuevo envío, ella recibía una llamada y acudía para traducir siete u ocho películas. Del tirón y al primer visionado. Fue decisión suya no traducir las blasfemias de sus personajes o, en última instancia, sustituirlas por «Du-te naibii!», algo así como «¡Vete a la mierda!». Primero, como ella misma explicó años más tarde, porque las palabrotas son lo que antes se aprende de un idioma y todo el mundo podía seguir el hilo argumental sin traducción; segundo, porque le parecía una vulgaridad y tercero, porque blasfemar era la última fase del experimento Pitești, uno de los peores métodos de tortura de las cárceles comunistas; tras innumerables vejaciones físicas y psicológicas, los presos políticos eran obligados a torturar a sus propios compañeros y a blasfemar sobre todo aquello que tuviesen por sagrado.

A Irina le impresionaba pensar que los estadounidenses realmente se hablasen así, pero se dijo a sí misma que la suya jamás sería la voz de un torturador. Había algunas reglas más: la red de contrabando no aceptaba películas de temática gay, ni cintas de Woody Allen. A Zamfir le parecían demasiado intelectuales y tampoco tenían mucho público. Lo que más vendía era, sin duda, los héroes de acción de serie B, aunque las historias románticas de El pájaro espino y Retorno a Edén, y clásicos como El padrino o Taxi Driver, también tenían salida. Si quedaba espacio en la cinta después de meter un par de películas, se rellenaba con videoclips —C.C. Catch, Michael Jackson, Pet Shop Boys— e incluso publicidad. Lo que jamás hicieron fue traficar con pornografía; no solo por cuestiones morales, sino porque el castigo podía ser mucho mayor que la cárcel. 

El peligro al que se exponían era muy real. La Securitate, la policía secreta del régimen, contaba con cerca de once mil agentes registrados y más de medio millón de informadores civiles. De cada treinta rumanos, uno era un soplón. Y Zamfir no solo había conseguido varios reproductores y había montado aquel estudio clandestino de grabación; también había establecido toda una red de abastecimiento a través de los pocos rumanos que podían viajar al exterior con regularidad: camioneros, transportistas, trabajadores de buques… Mantener el suministro constante era importantísimo, no solo para el negocio, sino también para mantener callados a quienes podían delatarlos.

Afortunadamente, todo el mundo quería ver aquellas películas. Todo el mundo. También los chivatos y afines al régimen que, además, eran los que más posibilidades tenían de poseer un reproductor propio. Zamfir podía llegar a vender cada cinta por unos mil lei, en un momento en que el salario medio era de tres mil. Por supuesto, no existe una base de datos de clientes, pero lo que es seguro es que la venta de películas prohibidas generó miles y miles de lei, no solo para su bolsillo. Hubo quien llegó a vender su coche para poder hacerse con un reproductor. En aquel momento, uno de esos aparatos costaba tanto como un Dacia, pero regentar un cine clandestino podía salir rentable. No podían vender palomitas de maíz, pero sí los boletos de entrada y cucuruchos de pipas tostadas de girasol. Casi con toda seguridad, la propia familia Ceaușescu formaba parte de ese «todo el mundo» que acababa viendo las películas. De hecho, es muy posible que el régimen tuviese otros motivos para hacer la vista gorda frente a la circulación clandestina. Por ejemplo, conceder a la población una ligera sensación de libertad que actuase como atenuante de otras preocupaciones y, a la vez, aumentar la sensación de miedo y vigilancia, ya que cada vez había más gente haciendo algo malo y más personas que pudiesen delatarles. Una dosis de cal y otra de arena muy efectivas. 

Para Irina estaba bastante claro: si algo hizo posible que aquello sucediera fue el silencio. «Si hubieran querido cogerme, me hubiesen cogido, pero yo era un mal necesario», dijo después en numerosas ocasiones. Por supuesto, también estaba la adrenalina. Y ese trasgresor sentimiento de libertad: ¡estaban burlando una de las dictaduras más feroces de Europa del este! «Era la satisfacción de saber que estabas haciendo, aunque sea, una pequeña cosa en contra de sus leyes absurdas». Tenía miedo, sí, pero no tanto, o no más del que tendría cualquiera en un sistema que fomentaba la paranoia y controlaba cada aspecto de la vida.

Tampoco dejó de tenerlo con la revolución de 1989. El matrimonio Ceaușescu fue fusilado el 25 de diciembre. El 1 de enero, Irina estaba de vuelta en la televisión nacional, traduciendo Rebelión en la granja mientras afuera sonaban disparos, y dibujos animados que se retransmitían entre declaraciones revolucionarias. «Por extraño que parezca —recordaría Irina— la solidaridad entre colegas parecía mucho mayor hasta 1989». La sensación era de total inseguridad; nadie sabía cómo iba a acabar todo aquello y cualquiera podía reconocer su voz y señalarla. Años después, supo que todos los países comunistas habían sostenido redes de contrabando similares. Incluso llegó a conocer a su homólogo en uno de los países bálticos, pero él tradujo todas sus películas con una pinza en la nariz para cambiar la voz. Ella, sin embargo, estaba totalmente expuesta. 

En el edificio de la TVR era mucho más consciente del peligro que en el sótano de Zamfir, donde los hijos de este se le sentaban en las rodillas para oír las traducciones de los dibujos animados. La mayoría de las veces estaba demasiado concentrada y fascinada con las películas como para prestar atención a todo lo demás. Aquello era como una droga, dijo. Si llegó a aceptar el trabajo fue, básicamente, para ver películas; para seguir en contacto con el mundo. Digo seguir porque Irina ya había estado en contacto con «el mundo». Nació en 1957, al mismo tiempo que la televisión rumana, y creció en el barrio francés de Bucarest, en un piso propiedad de su abuelo, transformado forzosamente en casa de inquilinos. No había muchos niños y ella era hija única, la quinta generación de una familia de universitarios. Con diecinueve años, empezó a trabajar como guía turístico: ministros, altos cargos de países amigos, un grupo de escoceses que le enseñaron a bailar rock and roll y un indio muy alto que, agradecido por el buen trato, le envío durante años tarjetas de felicitación con la esvástica. Ella les regalaba a todos una avellana de los árboles de su patio para que la plantaran en sus países. Era su forma de viajar, como lo fueron las películas de Zamfir. La cuestión es que, construyendo su propio refugio, acabó construyendo el de todo un país. 

Irina sabía que con su trabajo clandestino estaba aportando algo de entretenimiento, quizá esperanza y, desde luego, una ventana abierta al estilo de vida occidental, pero no llegó a entender la magnitud de lo que habían hecho hasta que algunos taxistas dejaron de cobrarle las carreras y el florista empezó a regalarle ramos. Irina no había sido solo una voz; Irina Margareta Nistor era LA voz. La más famosa en Rumanía después de la de Ceaușescu. La única que había logrado colarse en la oscuridad de los bloques de pisos, en la oscuridad de la propia vida cotidiana, para sembrar esa rara ilusión de compañía de la que solo es capaz la ficción. Había creado una sensación de familiaridad, de hogar. Probablemente había sido el lugar seguro y el aliado de muchos jóvenes rumanos, el momento prometido que hacía soportar el resto del día. Nadie sabía quién o por qué estaba distribuyendo aquellas cintas, pero todos estaban enormemente agradecidos por los helicópteros, las explosiones y el kung-fu. 

Para la joven cineasta Ilinca Calugareanu, sin embargo, las cintas prohibidas eran mucho más que un recuerdo entrañable. Ilinca, guionista y directora del documental Chuck Norris vs. Communism (2015), en el que también participa Irina, está convencida de que aquellas películas fueron decisivas para la revolución de 1989, una ascua para encender el fuego. Es difícil saber hasta qué punto pudo ser así; al fin y al cabo, no eran la única ventana abierta a Occidente y su estilo de vida. En aquel momento, por ejemplo, muchos rumanos escuchaban Radio Free Europe, una emisora anticomunista financiada por el gobierno de EE. UU. que retransmitió a los satélites soviéticos durante la Guerra Fría y que Ceaușescu combatió cruelmente bajo el llamado programa Ether.

Lo que sí es cierto es las cintas de Irina eran algo más que palabras, discursos y análisis políticos; contaban con el factor visual. Pusieron cara al héroe, condensaron la fantasía en imágenes, otorgaron al sueño americano apariencia de realidad e, inevitablemente influyeron en todo lo que se desarrolló tras 1989, desde los estándares de moda hasta las nuevas arquitecturas rumanas. Lo que también es cierto es que, treinta años después, muchos siguen reconociendo la voz de Irina, poniéndole cara quizá por primera vez en ese documental y contando en foros y páginas de Facebook cómo influyó en sus vidas. Si esta fuese una película imperialista, contaría la trepidante aventura del intelectual y la revolucionaria que cambiaron el curso de la historia, pero, como no lo es, cuenta solo la historia de un hombre de negocios y una amante del cine que, haciendo lo que mejor sabían hacer, crearon un mito digno de Hollywood. 

* Irina Margareta Nistor tiene sesenta y tres años y sigue viviendo en la casa de su infancia y continúa activa, principalmente como crítica de cine. Ha visto entre trece mil y veinte mil películas a lo largo de su vida y dobló más de tres mil películas en sótano de Zamfir. 

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4 Comentarios

  1. El amigo Chuck norris deberia cambiarse el nombre. Sustituir la “Ch” por una “F”, no me digan que no suena mejor..

  2. Muy buen artículo. Me encantan este tipo de historias. Ejemplos de personas que, aun siendo un mal necesario para aquel régimen, se jugaban mucho y por mucho menos que un puñado de dólares. Por amor al arte.

    Desde España yo te saludo, Irina Margareta.

    Y felicidades para la autora.

  3. Excelente artículo. Recuerdo ir en el coche en Rumania escuchando su programa “Vocea Filmelor” (La voz de las películas) y hacer un comentario sobre la voz cascada de la presentadora del programa. Mis compañeros rumanos que iban en el coche casi me pegan, reaccionaron peor que si hubiera insultado a un miembro de su familia. Luego me contaron la historia de esta señora y dijeron que Irina fue una de las que más contribuyó a la caída del comunismo, ya que las películas que dobló permitieron a muchos rumanos ver que se podía vivir de otra manera.

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