Aunque parezca increíble, ya a finales del siglo XIX algunos críticos alertaban de los peligros de la «feminización del mercado literario» y el «desproporcionado énfasis en la sexualidad femenina». Como contó Elaine Showalter en un artículo en The Guardian, los más agoreros llegaron a vaticinar que la literatura escrita por mujeres llevaría a la desaparición de la novela. Lejos de acabar con ella, escritoras como Virginia Woolf, Agota Kristof, Fleur Jaeggy y tantas otras han contribuido a ensanchar sus horizontes, y así lo reconoce hoy la mayor parte de la crítica. Las reticencias vienen cuando las escritoras escriben sobre «cosas de mujeres», como la maternidad; más aún cuando las protagonistas de los libros son mujeres «normales y corrientes» —como si una mujer no pudiera tener interés literario sin estar loca de remate o haber matado a su bebé (y, ya puestos, al marido)—. La obra de escritoras como Rachel Cusk o Annie Ernaux, por ejemplo, echa por tierra todos estos recelos y demuestra que las «cosas de mujeres» no solo pueden ser interesantes, sino también muy literarias.
Escribir sobre la maternidad no era algo que estuviera en la agenda de Guadalupe Nettel. Como ha dicho recientemente en una entrevista, la idea era contar lo que le ocurrió a una amiga, pero la historia la fue llevando a su terreno y al final —tal vez porque toda historia empieza siempre en el cuerpo de una mujer— se encontró escribiendo una novela sobre distintos tipos de madres. La maternidad es una experiencia «parteaguas», como dicen en México, pues marca un antes y un después en la vida de una mujer. Ser madre, sobre todo en el caso del primer hijo, conlleva una serie de cambios —físicos, laborales, en la relación de pareja…— y no es raro que la inmensa alegría del nacimiento venga acompañada de cierto sentimiento de pérdida por todo lo que se deja atrás. En La hija única, el proceso de duelo comienza antes del parto, y no estará relacionado con esas pérdidas que podríamos llamar «habituales», sino con una completamente inesperada: la pérdida del bebé que va a nacer. En el octavo mes de embarazo, el ginecólogo les dice a Alina y Aurelio que la niña que esperan, Inés, tiene lisencefalia, un trastorno del desarrollo del cerebro, y lo más probable es que no vaya a sobrevivir al nacimiento.
El embarazo y todo lo que viene después está narrado por Laura, amiga de Alina, que acompañará a la pareja en esos momentos tan complicados. En paralelo, irá contando también la historia de los vecinos de al lado, una madre que cuida sola a un niño que «parece descontento con la vida». A diferencia de Alina, Laura nunca ha querido tener hijos (aunque una vez casi cede a la tentación de embarazarse «de manera similar a alguien que sin haber pensado jamás en el suicidio se deja seducir por el abismo en la terraza de un rascacielos»). Pero, independientemente de lo que piense o desee cada una, la vida parece tener sus propios planes para ellas (siempre los tiene), y al final acabarán encontrándose en una posición en la que nunca habían pensado que iban a estar.
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Del feminismo, que no podía existir, y cuando comenzó a manifestarse tímidamente fue vilipendiado o ridiculizado, nadie se esperaba que ayudaría a estructurar un nuevo pensamiento de la manera de estar en el mundo. La solución a los inevitables problemas que la humanidad genera para subsistir solo dependía del género masculino. ¿Qué podían saber ellas? Nosotros rompíamos los platos y nosotros teníamos que repararlos. Tarea ardua, conociéndonos como nos conocemos. Si la vida, la existencia es espectacular y además gratuita, este mundo es una especie de infierno, señora. Critico con ferocidad a mis congéneres, litigiosos, prepotentes y a menudo obtusos, pero en el fondo, ¿qué culpa tenemos de ser como somos? Sin embargo, la utopía de un mundo altamente feminizado tampoco me da garantías de una vida más serena. Gracias por la divulgación de ese libro que me lo anoto.
¿Será vida ésta?
¿O espejismo mal interpretado?
Uno sólo puede imaginarse
los cabos,
pues nacer y su contrario
son transacciones extra-universales
cotizadas al valor del día
que con su boca
devora lo que no pesa nada.
La vida pasa afuera
como revalorizando sus propiedades,
acaparando en galpones el PBI Interno
para tiempos de mayor demanda,
estipulando pactos,
vendiendo y comprando al destajo,
aun las bagatelas,
con la parte del león y de las sobras
siempre para ella.
¿Será vida ésta?
Oda al Huevo.
Sólo algunas saben poner un huevo,
misterio que en el fondo envidiamos,
¿Será por eso que jugamos y tratamos
de pararlo terminando por destrozarlo?
Un ovoide que, digamos, es perfecto en
su esencia geométrica y matemática,
jamás erecto por sí solo, al contrario
oscilante como la vida errática que
depone huevos donde menos lo esperamos