
El 16 de junio de 1964 fue martes. La corte del estado de Nueva York habilitó para la ocasión la sala de vistas 535, una de las más grandes; era la primera vez que se utilizaba para un delito de tan poca importancia. Un rectángulo gigantesco con cinco filas de bancos de madera para el público que, por supuesto, no fueron suficientes. La sala se llenó de espectadores de pie. En los bancos de la izquierda se sentaron los partidarios de Lenny Bruce, a la derecha, los de la fiscalía. El resto del espacio estaba ocupado por fans, curiosos, habituales de las salas de justicia, corresponsales de todos los diarios importantes y de revistas culturales, ilustradores para los medios de comunicación, escritores y poetas. El juicio más importante desde el de Joe McCarthy y la conspiración comunista para destruir América iba a abordar la cuestión de qué era exactamente el arte y si se le podía poner límites expresivos; si las palabras consideradas obscenas y las referencias sexuales o la burla de las religiones debían tolerarse en un espectáculo de humor. Nadie quería perdérselo.
En general, no es fácil afrontar un juicio en el que un jurado mirará con lupa y a la luz del día lo que has dicho para hacer reír a una audiencia en un club nocturno, pero esto iba aún un paso más allá. La solicitud de la defensa de un jurado popular había sido denegada, y Lenny Bruce se enfrentaba a tres jueces profesionales que, esencialmente, tenían su carrera en sus manos. Quedaba por delante hacerles entender, por ejemplo, que el que hubiese abierto el show hablando de las tetas de Eleanor Roosevelt no tenía nada de ofensivo contra la moral y que, en caso de tenerlo, le amparaba la Primera Enmienda en su derecho a la libertad de expresión.
Lenny Bruce aparece ante la sala de vistas, a rebosar de público, visiblemente desmejorado. Ha engordado, tiene la cara abotargada y dista mucho del tipo que, tres años antes, en plena tormenta de nieve en Nueva York, consiguió llenar el Carnegie Hall en la que se recuerda como la mejor actuación de su carrera. El momento de gloria justo antes de que todo saltase por los aires parece en estos momentos casi un espejismo, y sus palabras, que aquella noche pronuncia ante un público entregado —«No existe la moral, son convencionalismos»— suenan ahora tan peligrosas como una amenaza de derrumbe.
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