
La sustancia de los días perfectos
a) A cualquiera le puede pasar cualquier cosa.
b) Es mejor estar preparado.
Estas son las dos lecciones esenciales que Arundhati Roy, escritora india ganadora del premio Booker en 1997 con El dios de las pequeñas cosas, aprendió de su madre, la rebelde, visionaria y compleja profesora y activista Mary Roy.
Su relación con ella, como narra en la novela Mi refugio y mi tormenta, es difícil y enrevesada como, en mayor o menor medida, casi todas las relaciones maternofiliales. Las une un vínculo emocional intenso, intermitente e inestable. Un amor desmedido que no está exento de crueldad, distancia y dolor. Son muchas las formas en las que Arundhati, destrozada por el fallecimiento de su madre, impresionada por la gigantez de su propio duelo, recuerda todos los motivos por los que ella estuvo presente en su vida de una forma u otra. Durante la narración la describe de muchas maneras, pero uno de los atributos que destaca más frecuentemente es su inteligencia. Y de todas las enseñanzas propias de una mujer sabia cuyas intervenciones generaban impactos similares a los de un meteorito o una bomba atómica, las que más recuerda son estas dos, formuladas casi en tono de advertencia: a cualquiera le puede pasar cualquier cosa y es mejor estar preparado.
Lo cierto es que, envueltos en el sobreestímulo que impera en las rutinas contemporáneas y en las redes sociales que —a través de un scroll infinito de entretenimiento, rostros, trucos, consejos, voces, vidas, mentiras, horrores y algunas cosas bonitas— nos desvinculan del presente y de lo tangible, es fácil olvidar que todo, de un momento a otro, puede cambiar por completo. En ciudades colapsadas de gente, carteles de colores, escaparates y microtendencias, se reduce la capacidad de percibir que mucho de lo que se da por sentado podría dejar de suceder. Algo que, en un momento dado, incluso se siente como un alivio; a veces es satisfactorio poner en marcha el piloto automático para no pensar en cuestiones que atañen a todos, como las desgracias que ocurren aquí o en otras partes del mundo, en aquella cosa que se quedó para siempre atascada en la garganta o en eso que provocó que el corazón se volviera para siempre un poco más frágil.
Se corre a todas partes en un intento torpe de llegar: a la vida saludable, a un trabajo mejor valorado socialmente o, al menos, a uno que permita sobrevivir, al cuerpo perfecto, a la última receta viral, al metro, al autobús, al cercanías, a la gasolinera, a hacer la colada, a una madurez sin líneas de expresión, a la compra, a la solicitud de una beca, a las llamadas telefónicas pendientes, a una cantidad pactada de libros leídos a final de año, a la última película de la que todo el mundo habla en Letterboxd, a todos los audios pendientes que se acumulan en WhatsApp. Esta lista de tareas hace olvidar que:
a) A cualquiera le puede pasar cualquier cosa.
b) Es mejor estar preparado.
Una lluvia de ranas
Entre la espesura de la prisa y del sobreestímulo, parece que el único remedio para salir del estado de hipnosis es que pase algo cuya magnitud lo interrumpa todo de pronto, como cuando en la película Magnolia, de Paul Thomas Anderson, cientos de miles de ranas caen del cielo como en las plagas de Egipto del Antiguo Testamento. Esta secuencia, clímax de varios relatos de vidas de personajes que, a veces esperanzados y otras miserables, se cruzan durante tres horas de metraje, se ha interpretado a menudo como una representación de la existencia del surrealismo en la vida cotidiana, la catarsis e incluso la intervención divina. Es decir, que a cualquiera le puede pasar cualquier cosa.
Lo que sea, positivo o negativo, reside en el espectro que abarca la suerte. Esto se ha advertido desde los primeros intentos de dar explicación a las raíces del mundo: en la mitología romana, a la diosa Fortuna, símbolo del azar y del destino, se la adoraba tanto por traer buenaventura como desdichas e infortunios. Por eso, suele aparecer con los ojos vendados y un timón en la mano que dirige la vida humana. Sin ver, sin mirar, sin reparar en qué le toca a quién. Igual de incierto es su estado primigenio, Tyche, que tiene lugar en la mitología griega desde la Teogonía de Hesíodo, poema fundacional que relata el origen de los dioses y del universo. Es una de las tres mil hijas de los titanes Océano y Tetis y, por tanto, una ninfa acuática intrínsecamente ligada al océano y a la naturaleza cambiante y volátil del mar, a los vaivenes de las olas y, de nuevo, a la casualidad.
Siglos después, la ansiedad que provoca esta realidad se sigue intentando mitigar con remedios varios: amuletos de la suerte encima de la cómoda, algún mineral cuyo color resulta atractivo cerca de la cama, una tirada de cartas de tarot o la foto de un ser querido en la cartera. Esta incertidumbre es tan voraz que se trata de paliar a pesar de una ceguera generalizada de la que solo se sale en ciertos momentos de lucidez: en una noche de verano que se desea eterna, una canción favorita sonando en un bar de repente, un abrazo o esa comida especial en la que se iba pensando de camino a casa un viernes al volver del colegio. También en situaciones propias de la otra dirección de timón de Fortuna: un funeral, el hospital, la discusión previa a no verse nunca más, cajas de mudanza, una casa llena de recuerdos que se pone en venta, una despedida, un avión.
Todas estas cosas son las que despiertan. Del mismo modo que le ocurre a la que podría ser la Bella Durmiente de nuestro tiempo, la protagonista sin nombre de la novela Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh, logra salir del letargo. Ella, sumergida en un profundo vacío existencial y harta de una vida frívola y carente de significado, decide pasarse un año dormida a base de un surtido de fármacos. Se pasa meses vagando entre sus propios sueños, las cosas que no recuerda haber hecho durante la noche, la televisión y la depresión. Pero al terminar la temporada, contra todo pronóstico, se encuentra mejor y sale a la calle a observar. Se fija en los pequeños locales de su barrio, en el buen día que hace e incluso en los estorninos de Central Park.
Quizás el descanso y la relajación sean la verdadera forma de estar preparado para las lluvias de ranas, los virajes de la diosa Fortuna y para aquello que advertía Mary Roy.
La bolsa de plástico de American Beauty
Con el tiempo, figuras como las de Amélie Poulain, protagonista de la comedia romántica francesa de Jean-Pierre Jeunet, se han convertido casi en una parodia para muchas personas. Se percibe como un personaje que da cierta vergüenza, probablemente por todas las veces en las que tantas chicas han querido imitarla para sentirse más especiales, diferentes y únicas. Pero es que igual Amélie tenía razón. Tal vez es el momento de prestar atención al crujido del caramelo de la crème brûlée al romperse cuando la cuchara impacta sobre él, de hacer rebotar las piedras sobre el agua del río y de pararse a pensar en cuántas personas habrá haciendo el amor en este momento. Puede ser que la forma de tener presentes las dos advertencias fundamentales y disfrutar de lo que está al alcance sea un contexto socioeconómico que permita, por cursi que suene, apreciar lo que habita en las pequeñas cosas.
En una reciente entrevista para la revista Vogue, afirmaba Noah Dillon, la fotógrafa que retrató a Rosalía para el álbum Lux, que «la belleza de lo mundano es la manera más viciosa, visceral e importante de enfocar la cuestión estética ahora. Las imágenes más especiales y valiosas no son las que funcionan bien en Instagram». La belleza de lo terrenal que solo brilla si miras bien, como cuando en American Beauty (Sam Mendes), Ricky (Wes Bentley) le propone a Jane (Thora Birch) visionar con él lo más bonito que ha filmado en su vida. Ambos se disponen frente a la televisión para ver una de las escenas más memorables del cine contemporáneo: una bolsa blanca de plástico que, entre las hojas y el viento, vuela sobre la acera de un lado a otro en una danza improvisada con la que nadie más que quien se paró a observar pudo deleitarse. La preciosidad de lo que se tiene delante y, al mismo tiempo, la melancolía de toda gracia inédita que se queda por el camino.
Lou Reed creía que un día perfecto era beber sangría en el parque, dar de comer a los animales en el zoo, ir a ver una película al cine y después, a casa. Aunque «Perfect Day» se haya interpretado comúnmente como una oda a la adicción, especialmente a raíz de haber sido parte de la banda sonora de Trainspotting (Danny Boyle), realmente el artista decía hacer referencia a la belleza de una relación amorosa simple y a un día de tranquilidad. La canción también tiene una gran relevancia en la película de Wim Wenders nominada al Óscar en 2024 que precisamente se llama de esta manera: Perfect Days. Un filme cuyo protagonista, Hirayama (Kōji Yakusho), materializa una oda a la simplicidad y al valor de lo cotidiano. A saber ver la belleza a pesar de la imperfección y los contratiempos. A despertarse y ver lo que han crecido las plantas gracias a sus cuidados, poner música en el coche, observar cómo los niños salen del colegio y cruzan en fila india el paso de peatones, percibir la calidez solar entrando por la ventana, cenar sopa, leer antes de dormir y soñar con recuerdos en los que uno siempre se quiere quedar un rato más.
Quizás en ambas versiones de estos días perfectos se encuentre, precisamente, su última sustancia. Porque ambas son diametralmente opuestas al mensaje de ese sueño meritocrático que nunca llega mientras uno se desvive por conseguirlo. Encarnan la celebración de la sencillez porque, al final, entre tanta carrera y estímulos:
a) A cualquiera le puede pasar cualquier cosa.
b) Es mejor estar preparado.







