Música Sociedad

Triana, el PSOE y el país que aprendió a renunciar

Triana. Imagen RTVE.
Triana. Imagen: RTVE.

1.

Hay coincidencias que no explican nada pero iluminan rincones sorprendentes. Jesús de la Rosa nació el 5 de marzo de 1948 en Sevilla. Felipe González, también en Sevilla, nació otro 5 de marzo, solo que seis años antes. Dos biografías que no se tocaron, pero que parecen avanzar en paralelo, como si respondieran a una misma partitura histórica: una para la música, otra para el poder. Ambas, a su modo, destinadas a encarnar y clausurar una época.

Hay una tradición en el periodismo estadounidense que entendió antes que nadie que la política no se explica solo en los parlamentos ni en los programas electorales, sino en los discos que suenan en los coches, en las camisetas, en las películas que llenan salas y en las canciones que la gente tararea sin saber del todo por qué. Desde Greil Marcus leyendo la historia de Estados Unidos a través del rock, hasta Tom Wolfe, Joan Didion o Hunter S. Thompson, esa corriente asumió algo incómodo pero evidente: que la cultura pop no es un reflejo decorativo de lo político, sino su sistema nervioso. Elvis no es solo música rock, también representa la sexualidad reprimida de los años cincuenta desbordándose. Dylan no es solo el mayor exponente del folk eléctrico, además ejemplifica el fin de la inocencia liberal. El punk no es una vuelta al rock simple y directo, es la traducción sonora del colapso industrial y del descreimiento en el futuro de una juventud en lucha con la primera ola neoliberal de Thatcher y Reagan. La política legisla; la cultura anticipa, filtra, digiere y, a veces, dice antes lo que la política todavía no puede formular sin riesgo.

España llegó tarde a ese cruce entre cultura y poder, pero cuando llegó lo hizo de golpe. Jaime Gonzalo, Pepe Rivas o Maruja Torres ejercieron este tipo de periodismo en los años setenta y ochenta. Y si nos referimos a ellos es porque, en lo que sigue, queremos entender la transición española no solo como un proceso jurídico e institucional, sino, sobre todo, como una reorganización simbólica. Y, como toda reorganización simbólica, encontró en la música popular un territorio privilegiado para ensayar sentidos, tensiones y renuncias.

Ahí es donde el rock andaluz —y especialmente Triana— deja de ser un fenómeno musical para convertirse en documento histórico. No hablamos de crónica explícita más o menos panfletaria, sino de un grupo que supo cristalizar el clima emocional de una época. Del mismo modo que el PSOE fue el partido que mejor se posicionó para leer el deseo de estabilidad y modernización tras la dictadura, Triana fue el grupo que mejor tradujo en sonido la experiencia ambigua de un país que salía del franquismo sin saber todavía qué hacer con su memoria, su dolor y su herencia popular.

La coincidencia no es casual ni forzada. El fin de la dictadura y la reformulación del socialismo español avanzan en paralelo a una música que toma el rock progresivo anglosajón (King Crimson, Pink Floyd o Yes) y lo reelabora desde raíces flamencas, desde el compás, el lamento y la densidad emocional del sur. Este movimiento no fue algo exclusivamente propio; en mayor o menor medida, puede rastrearse en otros países —Italia, con las Brigadas Rojas, Aldo Moro y grupos como Banco del Mutuo Soccorso o Premiata Forneria Marconi; Argentina, con Sui Generis o Astor Piazzolla; Francia, con Alice, Magma, la revista Hara-Kiri o Moebius; Chile, con Los Jaivas, Víctor Jara y Allende…—. No es copia ni folclorismo; al contrario, es hibridación consciente. En la España de los setenta, como le ocurrió al PSOE de Suresnes, el rock andaluz no renegó de su pasado, pero tampoco se quedó atrapado en él, dejándonos una historia que ejemplifica esa hibridación y que puede explicarnos de otra manera qué sucedió en la década que va de 1975 a 1985, cuando este país buscó una forma nueva de ser moderno sin dejar de ser reconocible. La diferencia entre Triana y el PSOE es que uno representaba un mundo que fue sacrificado en pos del otro. De ahí la importancia de la historia de este grupo como retrato a lo Dorian Gray de una España extraña y, aún hoy, algo incomprensible, cincelada por esa transición histórica.

Triana y el PSOE no se tocaron, pero respiraron el mismo aire histórico, el de una España que fue obligada —invitada, seducida, dirigida— a avanzar sin romper del todo, a cambiar sin dinamitar, a modernizarse sin desatar lo que se dejó atado y bien atado. Ese equilibrio —entre raíz y proyección, entre memoria y futuro, entre identidad y renuncia— se jugó tanto en la música de Triana como en el recorrido político del socialismo español durante la transición, ofreciéndonos unos mimbres que explican muchas cosas.

Leer ese cruce de este modo no es un capricho estético, es también una forma de devolverle densidad histórica a lo que durante demasiado tiempo se ha contado como simple anécdota musical, ajena al relato político, como si la música de Triana —o de Camarón, de Lole y Manuel, de Serrat, Hilario Camacho o Leño— fuese menos el tuétano profundo de una época que una mera anécdota. Porque ahí, en esa intersección entre canciones y congresos, entre discos y pactos, entre guitarras y comités federales, se entiende mejor qué país estaba naciendo… y qué cosas estaba dispuesto a dejar atrás para hacerlo.

Se oye un rumor por las esquinas

que anuncia que va a llegar

el día en que todos los hombres

juntos podrán caminar.  («Desnuda la mañana»)

2.

La historia de Triana comienza en 1974 en Sevilla, en ese momento de recomposición política y cultural que fue el último aliento de la dictadura y los albores de la transición. Jesús de la Rosa Luque (voz y teclados), Eduardo Rodríguez Rodway (guitarra y voz) y Juan José Palacios «Tele» (batería) se encontraron allí, atraídos por la idea de fusionar la hondura del flamenco con la estructura expansiva del rock progresivo, dando forma a lo que pronto se conocería como rock andaluz. Una música que nace en los cinturones suburbiales de las grandes ciudades, y no en ningún despacho. Su primer álbum, publicado el 14 de abril de 1975, consolidó ese sonido híbrido de influencias de bandas como King Crimson, Vanilla Fudge o Caravan, desplegadas sobre la lengua y la emoción andaluzas, como si el sur hubiera decidido pensar en grande sin esconderse. Ese mismo año murió Franco. No es una casualidad banal. Su primer disco aparece cuando el país empieza a respirar, todavía con miedo, todavía sin saber si ese aire será duradero. Triana —o El patio, como se suele conocer a su debut— no suena a ruptura, suena a despertar lento, a conciencia que vuelve al cuerpo. Es una música atravesada por el flamenco —el dolor, el desarraigo, la hondura—, pero filtrada por el rock progresivo, por la idea de que lo popular podía dialogar con lo complejo sin pedir perdón. Su impacto artístico fue inmediato —no así el comercial, que llegó más tarde—. Fue un eco cultural de un país que buscaba nombrarse nuevo.

Paralelamente, un par de meses después de que Triana grabase su primer disco en el verano de 1974, en octubre el PSOE vivió su propio momento de escritura nueva cuando, entre el 11 y el 13, se celebró en Suresnes (Francia) el XIII Congreso del partido. Fue el último del PSOE en el exilio, y en él un joven Felipe González fue elegido secretario general, desplazando a la vieja guardia encabezada por Rodolfo Llopis. Suresnes no solo significó una renovación de personas, sino una puesta en escena frente a la historia. El joven abogado sevillano, con su discurso de confrontación estratégica al franquismo, inauguró un PSOE que, con sus propias tensiones internas, era empujado al corazón de la transición política inminente gracias al apoyo de Willy Brandt, el SPD y EE. UU. El primer disco de Triana, por el contrario, es un regreso al asombro infantil, a la emoción pura y transparente. Es un álbum inmortal; aunque hayan pasado cinco décadas, suena fresco, actual, adelantado a su época y sorprendentemente capaz de tocar a quienes nunca habían escuchado algo similar. A mediados de los años setenta, poco antes de que España se quedara sin su dictador, el país bailaba «El Bimbó», escuchaba a Camilo Sesto cantar «Melina» o a la dulce Cecilia con «Un ramito de violetas». Nadie esperaba la audacia musical de Triana.

El disco comienza con «Abre la puerta», un himno que mezcla melancolía y alegría, tradición flamenca y rock progresivo, con un solo de batería que adapta la bulería al ritmo moderno. Cada canción del disco, desde la etérea «Luminosa mañana» hasta la intensa «Recuerdos de una noche», pasando por «Sé de un lugar» y «Diálogo», es un despliegue de técnica y sentimiento, de raíces y experimentación, de emoción contenida y desbordada. Sobre todas ellas sobresale «En el lago», un viaje sonoro y poético que demuestra la capacidad de Triana para abducir al oyente. Cierra el disco «Todo es de color», un canto sereno y primaveral sobre lo que está por venir que sintetiza la magia de la banda y su conexión con Lole y Manuel, cuyo disco Nuevo día también resulta enormemente significativo dentro de este momento histórico.

Triana no era solo flamenco ni solo rock progresivo. Eran el eco de una voz, quizá de Andalucía, quizá de una generación que se despertaba a bostezos y golpes. La expresión de un pueblo que soñaba con libertad y futuro, capaz de unir raíces con innovación, poesía con fuerza, sentimiento con técnica. Y este, su primer disco, es amor puro, amor que duele, que se extraña, que transforma.

En ese mismo ambiente surgieron otros nombres que ayudan a cartografiar lo que estaba ocurriendo en la música andaluza de la época. Antes de que Triana tomara forma, por Sevilla ya circulaban bandas como Storm, Gong o Smash, cuya música también fue central para liberar el flamenco de sus moldes tradicionales. La figura de Ricardo Pachón aparece aquí como productor y catalizador de sonidos, produciendo discos seminales de Lole y Manuel y de María Jiménez, acompañando a Triana en sus grabaciones más importantes y empujando a Camarón a plasmar, unos años después, su La leyenda del tiempo. Triana no fue un fenómeno aislado, fue el epítome sonoro de una época que, por primera vez en décadas, exploraba quién era España cuando se permitía escuchar más de lo que sabía nombrar.

Su segundo disco, Hijos del agobio, llega en 1977, cuando España vota por primera vez. El título no podría ser más exacto, pues aquí ya no hay euforia, hay tensión. Musicalmente es férreo y denso, pero a la vez sumamente evocador. Líricamente el disco nombra lo que la política todavía no se atreve a decir, que la libertad no es un regalo, que viene mezclada con cansancio, con miedo heredado, con renuncias anticipadas. Canciones como «Ya está bien», «Desnuda la mañana» o «Necesito» no pueden ser más elocuentes en este sentido. Ese mismo año, en octubre, se firmaron los llamados Pactos de la Moncloa, acuerdos que buscaban estabilizar la economía y la política españolas mientras se construía la democracia. Entre los firmantes estaban Adolfo Suárez (UCD), Santiago Carrillo (PCE) y Felipe González por el PSOE, que representaba en aquellos días uno de los ejes del consenso. La estrategia fue explícita: todos juntos —políticos y sindicatos— debían organizar la salida de la dictadura con la mayor serenidad posible para evitar el caos, y el PSOE y el PCE aceptaron jugar ese juego. Uno de los dos cabalgó la ola y el otro acabó engullido por ella. Dirimir traiciones o torpezas no es el objetivo de este artículo, pero no podemos dejar de señalarlo.

En 1978, el mercado discográfico español copia el modelo que Gonzalo García Pelayo había ensayado con su sello Gong/Movieplay y plasmado en Triana. Pelayo fue el cerebro de este escenario, entendiendo perfectamente que había un país entero queriendo decir algo nuevo con materiales antiguos. Triana fue el músculo y el corazón. A partir de ahí, los grandes sellos crean filiales para captar grupos emergentes. El rock andaluz se convierte, durante un breve momento, en seña identitaria de la apertura. Artistas y grupos como Alameda, Cái, Goma o Medina Azahara cristalizan ese impulso de hibridación entre rock y tradición andaluza que reflejaba la apertura social y cultural del momento. Pelayo fue quien creyó en una música que otros veían marginal, y su sello discográfico se convirtió en plataforma para muchas propuestas de la escena andaluza emergente. La sintonía entre Triana y los Pelayo —el hermano de Gonzalo, Javier, fue brevemente su manager— no fue un marrón casual. Ambos entendían que la música que venía de Andalucía tenía un potencial narrativo y político que escapaba a los géneros estándar.

Sombra y luz (1979) pone el broche a una trilogía perfecta, siendo el disco más vendido de Triana en el momento, con trescientas mil copias, a pesar de que musicalmente es el más oscuro y progresivo de los tres —seis canciones maravillosas con preciosos destellos de luz como «Quiero contarte»—. Aparecen en revistas como Popgrama y en programas musicales de relevancia como Musical Express, lo que da una medida de su presencia en el imaginario popular. El 30 de septiembre de ese año tocan ante treinta y cinco mil personas en el Parque de Atracciones de Madrid. Triana ya no es un grupo, es un fenómeno nacional, al igual que el PSOE a esas alturas, partido consolidado y primera fuerza de la izquierda tras las elecciones de 1979. Con todo, ambos no pueden ignorar la crisis interna que viven.

En mayo de 1979, en el XXVIII Congreso Federal del PSOE, Felipe González propuso retirar el término «marxismo» de la definición ideológica del partido, insistiendo en que para ganar y gobernar había que ser socialistas antes que marxistas. La propuesta fue rechazada por la mayoría de los delegados, en un momento en que el partido aún se definía como «marxista, de clase, de masas y democrático». González dimitió temporalmente como secretario general, lo que provocó una profunda crisis interna. La decisión de renunciar al marxismo no se concretó hasta el Congreso Extraordinario del PSOE, en septiembre de 1979, celebrado bajo el lema «Forjando el socialismo», en el que González recuperó el liderazgo y se aprobó la salida formal del marxismo de los estatutos, reconfigurando al partido como socialdemócrata y federal.

Mientras Luis Cernuda miraba hacia fuera con nostalgia contenida y Triana hablaba de sombras, luz y renuncias, en Madrid se estaba escribiendo otro guion, el de un partido que abrazaba el poder institucional como forma de transformación, renunciando a ciertas marcas históricas para ganar el centro político. Fue un momento de tensiones internas, de pugnas por definir la identidad, similar —en clave política— a las pulsiones dialécticas que se intuían en la música del grupo sevillano. Era la misma hora política en que la música hablaba de claridad y sombra; y la política, de identidad y transacción.

Dormidos al tiempo y al amor

un largo camino y sin ilusión

que hay que recorrer

que hay que maldecir. («Hijos del agobio»)

3.

En 1980 la situación empieza a adquirir otro cariz. La trayectoria que había transitado de forma paralela, a partir de este momento toma direcciones distintas, cuando no opuestas. Triana publica Un encuentro. Más pop y menos flamenco, más coyuntural y menos marxista, más íntimo y menos resonante socialmente hablando. En una palabra, más accesible. El disco gira en torno a una canción emblemática que será su mayor éxito hasta el momento, «Tu frialdad». Los medios de comunicación que hasta ese momento los habían ignorado amablemente comienzan a darles cancha. Como grupo hay un giro sumamente significativo, renuncian a la autogestión que durante seis años habían llevado y firman por una compañía de management (Distar), que comienza a enturbiar las cosas dentro y fuera del grupo. Empieza la renuncia identitaria, suave, casi educada. En 1981, el disco Triana —también conocido, paradójicamente, como Un mal sueño— confirma la desorientación —o la búsqueda de una identidad nueva—. Musicalmente irregular, conceptualmente errático. Ese mismo año estalla la movida madrileña, movimiento contracultural urbano que promovió nuevas estéticas (punk, synth-pop, moda y hedonismo) y que contrasta con la profundidad introspectiva del rock andaluz, al tiempo que fue ampliamente asumido en los circuitos culturales de la España democrática, donde el motor de esas propuestas culturales dejaba de ser popular y comenzaba a institucionalizarse.

En paralelo, el PSOE también ha hecho su recorrido, culminando su transformación en partido de masas. Asume que su enemigo principal no es la derecha, sino el Partido Comunista. Se asume la política de bloques y se trabaja la desactivación total de Carrillo y del PCE. El intento de victoria en 1979 y su derrota en estas primeras elecciones generales constitucionales habían abierto crudos debates sobre estrategia y definición dentro de los partidos de izquierda. La organización del PSOE defendía que la asunción de una política radical alejaría al partido de la posibilidad de alcanzar el poder, así que la eliminación del marxismo de su definición se entendió como necesaria para construir una alternativa viable y gobernable. Este gesto marca el cambio de eje ideológico del partido hacia la socialdemocracia europea. Ya en 1977 Felipe González había dado pistas de esta visión. En el número 31-32 de la revista Nueva Sociedad, julio-octubre de 1977, pp. 43-48, afirmó: «El país no va de ser un país de dos fuerzas políticas, sino de una alternativa moderadamente conservadora y moderadamente progresista. El ser moderadamente conservador o progresista no depende solo de la actitud de los representantes de las fuerzas dominantes, sino del papel que juegan los otros para compensar un exceso de conservadurismo o un exceso de radicalización».

Las políticas culturales municipales que impulsa el PSOE en los primeros ochenta buscan integrar, pero también desactivar, a asociaciones vecinales y movimientos barriales. La cultura es politizada. Se instala la sensación de que ya no hay que pelear, de que lo institucional basta. La cultura se vuelve amable, exportable, naíf, y lo que fue motor cultural en los setenta se etiqueta como viejo o reaccionario. Triana, cuyos integrantes tienen poco más de treinta años, empieza a ser visto como un grupo de adultos quejicas.

En 1981, mientras Tejero entra pistola en mano en el Congreso, Triana se queda sin rumbo. En 1982 no publican disco. Hay desgaste vital y creativo. Tocan en actos de campaña del PSOE y se patean de nuevo el país, intentando encontrar su hueco en esa política cultural que se ve reducida a contratos públicos de ayuntamientos en fiestas populares. Los promotores privados nunca se preocuparon de crear un circuito profesional de salas y auditorios, por lo que los diferentes partidos políticos pasan a ser los encargados de filtrar la actividad musical —y, en último término, teatral y literaria—. Curiosamente, estamos hablando de la sutil infraestructura cultural que, a pesar de la renuncia teórica del PSOE al marxismo, bien que se preocupó de instaurar y monopolizar. El círculo comienza a cerrarse, confirmándose algo que la música de Triana venía diciendo desde Hijos del agobio: que España todavía no se había desprendido de todos sus espectros.

En 1982, el PSOE capitaliza toda esa tensión en la que estaba el país y, con mayoría absoluta, Felipe González llega al Gobierno el 28 de octubre, consolidando un proyecto político que había transitado desde una oposición casi anecdótica —en octubre de 1974, el PSOE era un partido de poco más de tres mil militantes y un escaso protagonismo entre los grupos de oposición que se preparaban para el final del franquismo— hasta la gestión hegemónica de la nueva España democrática —obtuvo 202 de 350 escaños, con el 48.11 % del voto—.

En 1983 aparece el último disco de Triana, Llegó el día. Un intento consciente de volver a la senda identitaria. Escucharlo hoy produce cierto malestar. Es como si el grupo supiera que algo se acaba. El disco es irregular, errático, y a veces doloroso de oír. Pero en esa zozobra hay momentos de una esperanzadora luz aún más dolorosa. La canción titular es prueba de ello. En ella hay despedida y melancolía, una composición que, inconscientemente, une a Triana con su primer disco y a la vez se erige como colofón de esa transición que busca su marchamo final. «Iba vestida la aurora con rayos de sol, y en los cabellos prendida llevaba una flor». Si hay un momento de triunfo institucional, pero también de disociación profunda entre cultura popular crítica y poder político institucionalizado, es este.

El 14 de octubre de 1983, Jesús de la Rosa muere trágicamente en un accidente de tráfico. Tiene treinta y cinco años. En mayo de ese mismo año se habían celebrado las elecciones autonómicas y municipales en trece comunidades, donde el PSOE gana por mayoría absoluta de nuevo en diez de ellas, consolidando su modelo y su proyecto. Un proyecto en el que la visión artística del llamado rock andaluz —y del rock urbano, la canción protesta y etiquetas afines—, con Triana a la cabeza, empieza a no tener cabida. La transición había terminado; lo cultural y lo político discurrían por rumbos institucionales y se busca promocionar otro tipo de grupos.

Lo que vino después fue el colofón de una historia que no podemos evitar leer como trágica. No solo el PSOE sufre una metamorfosis. Fraga se reinventa. Carrillo prepara su mutis. Felipe González comienza su paseo hacia el abismo. El felipismo reconfigura la escena. La ratificación de la permanencia en la OTAN, la brutal represión frente a las protestas por la desindustrialización, la ley de Protección de Seguridad Ciudadana (ley Corcuera), los GAL y, sobre todo, la descentralización del Estado y la privatización paulatina de lo público son algunos de los trazos de un cuadro que culmina con la España de 1992, la Expo y las Olimpiadas de Barcelona. El establishment cultural que antes había sido contestatario ahora es aceptado, absorbido o reinventado. La ironía la contemplamos perfectamente en la Exposición Universal de Sevilla 92, en la misma ciudad donde crecieron González y Jesús de la Rosa, cara y cruz de un cuadro tremendo que todavía estamos dilucidando.

Triana quedó como símbolo de la tensión entre lo posible y lo perdido, ejemplo de una modernidad con raíces, de una cultura que no pidió permiso —venía de la calle y hablaba a la calle— y que pagó el costo de ser profunda. Jesús de la Rosa fue el epítome de esa tradición honda, identitaria, de algo que brilló durante unos años, tradición compartida con otras figuras como pueden ser Camarón, Lole y Manuel, Rosa León, Paco Ibáñez, Rosendo o Evaristo Páramos, una tradición enfrentada, consciente e inconscientemente, al establishment que formaban otros artistas como Julio Iglesias, Raphael, Mecano o Alaska. Quizá perdimos al sevillano equivocado.

Esa lucha cultural jamás ha desaparecido. Reapareció, por ejemplo, en otro caso paradigmático que volvió a unir flamenco y rock, en 1996, con Enrique Morente y Lagartija Nick y una obra llamada Omega, cuando ya habían emergido las miserias del GAL y el felipismo entraba en su fase terminal, eclosionando la estela siniestra de la figura de José María Aznar en una España tan previsible, humana y esperpéntica como siempre. Pero eso ya es otro ciclo. Otra música. Otro mundo.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*