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La bola negra y la taxidermia de Federico

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Javier Ambrossi y Javier Calvo recogen el premio a la Mejor Dirección por La bola negra en la ceremonia de clausura del 79º Festival de Cannes, el 23 de mayo de 2026. Foto: JP Pariente / SIPA.

Andaba uno por el patio digital de Menéame —ese ágora donde la sociología española se muestra sin filtros de instagram— cuando me he encontrado con un texto firmado por un tal IanCutris que en pocas líneas hace lo que las páginas culturales de los grandes diarios no son muy propensas a hacer, que es nombrar al elefante. El elefante, en este caso, es la operación de momificado político que viene padeciendo Federico García Lorca desde aproximadamente el momento mismo en que dejaron de moverse las palas en el barranco de Víznar, y que esta semana ha encontrado en La bola negra de Los Javis su última y más triunfal estación. Diecisiete minutos de aplauso, escribe el meneante, entre bandejas de champán y caviar y caballeros con esmoquin cuya residencia fiscal conoce mejor el archipiélago caribeño que la calle Alcalá. Difícil imaginar un epílogo más expresivo, en efecto, para una película sobre el poeta del Frente Popular.

En este caso, a diferencia del Cergayntes de Amenabar no es mi intención hacerles un sesión de psicoanálisis lacaniano a Ambrosi y a Calvo porque porque el caso no lo merece y, sobre todo, no lo necesita. Lo que con Amenábar pedía la maquinaria del diván —ese trabajo paciente de descifrar la pulsión que se disfraza de proyecto artístico— aquí se ofrece sin disimulo, perfectamente articulado en la rueda de prensa, distribuido en notas de promoción, la compañía de astros y astras y traducido a seis idiomas por el departamento de comunicación del festival. Los Javis hacen maravillas con lo que tienen: una sensibilidad pop bien entrenada en la metabolización del catálogo cultural patrio, un olfato de mercado finísimo y un equipo de prensa que conoce los rituales de la Croisette mejor que el propio Lumièr Tampoco se les puede reprochar haber elegido como materia prima un fragmento dramático inacabado que es, probablemente, el texto más explícitamente homosexual del Lorca tardío. Lo escribió él. No se lo han inventado ellos. La queja contra una hipotética película queer sobre La bola negra sería tan estúpida como quejarse de que Yerma va sobre la maternidad.

El problema, como suele ocurrir en estos casos, no está en el material sino en el dispositivo. O, dicho de otra manera, no está en la película sino en su marco. Cuando Javier Ambrossi, al finalizar la ovación, declara que a Federico lo asesinaron «por ser gay» y enlaza la efeméride con la actual regresión en derechos LGTBIQ+ —operación retórica impecable en términos de comunicación contemporánea, todo hay que decirlo—, ejecuta sin proponérselo una de las taxidermias políticas más eficaces de los últimos años. Porque a Federico no lo mataron principalmente por ser gay. El informe policial de 1965 sobre su asesinato, que es lo más parecido a una versión oficial del régimen que ha llegado a nuestros días, lo describe simultáneamente como «socialista y masón» y «tildado de prácticas de homosexualismo». Los tres motivos van juntos, sin jerarquía clara, formando la trinidad acusatoria que justificó la decisión de bajarlo a Víznar. Reducir todo eso al eje sexual-identitario es una simplificación que tiene la curiosa propiedad de borrar al republicano firmante de manifiestos del Frente Popular, al fundador de La Barraca, al hombre que declaró a El Sol en diciembre del 34 que sería siempre partidario de los pobres y de los que no tienen nada. Una simplificación que parece sutil hasta que uno se da cuenta de que sobre esa sutileza descansa la diferencia entre entender lo que pasó en este país entre 1936 y 1939 o no entenderlo en absoluto.

Los Javis han ido y han elegido a un cadáver incómodo de los de verdad —incómodo porque tenía la mala costumbre de articular en la misma biografía la sexualidad disidente, el compromiso de clase, la militancia cultural republicana y la defensa explícita del campesinado andaluz, todo ello sin despeinarse y sin aparente contradicción— y con bisturí marketiniano de los buenos le han rebanado pulcramente los planos hasta dejar a la vista el identitario, que es el que se vende en formato camiseta, calendario, taza conmemorativa, festival, sello postal y —ahora— película. Se descarta el plano de clase, que no se puede vender porque incomoda a los compradores, claro. El resultado es un Lorca apto para todas las sensibilidades del consenso cultural contemporáneo, incluida la sensibilidad del esmoquin con residencia en Mónaco que aplaude diecisiete minutos seguidos en una sala oscura de la Costa Azul.

Esto, que parece una caricatura, es literalmente lo que Harvey Milk ya describió hace medio siglo con claridad meridiana. La vida de un marica en un prostíbulo de Harlem, decía Milk, no es la vida del hijo amanerado del dueño de la General Motors. Lo curioso del fenómeno es que afecta también a Pasolini, comparable a Lorca en casi todos los parámetros relevantes —homosexual, comunista, poeta, asesinado—, y sin embargo Pier Paolo ha resistido bastante mejor la operación taxidérmica. Quizá porque su politicidad era más áspera, más desasogante, menos digerible por la burguesía. Quizá porque escribió artículos en Corriere della Sera en los que llamaba a las cosas por su nombre con una violencia retórica que ni los más entusiastas de su iconización pueden disimular del todo. Federico, en cambio, dejó sobre todo poesía y teatro, lo que permite operar con más comodidad sobre el material. La poesía se puede citar fuera de contexto con facilidad pasmosa. Una entrevista política, no tanto.

Y así llegamos al espectáculo final, que es donde IanCutris da en el clavo: diecisiete minutos de aplauso en Cannes. Bandejas de champán. Esmoquin. El asesinato de un poeta republicano convertido en evento glamuroso de la industria del entretenimiento europeo. La pregunta, lanzada por el meneante con esa curiosidad ingenua que permite el formato breve, es si a Federico le hubiera parecido bien. Y la respuesta, me temo, es que probablemente no. No porque le ofendiera la película —que quién sabe, quizá le habría divertido—, sino porque conocía perfectamente los mecanismos de neutralización de la cultura burguesa, los había descrito él mismo con detalle en sus conferencias, y habría reconocido en la ovación de la Croisette exactamente lo que era. Que es, mal que les pese a sus actuales gestores, una forma muy refinada de seguirlo enterrando.

Mientras uno terminaba de pulir estas líneas, el jurado de Cannes ha resuelto premiar a Los Javis con el galardón a la Mejor Dirección, ex aequo con el polaco Paweł Pawlikowski. La Palma de Oro, por su parte, se la lleva el rumano Cristian Mungiu por Fjord. Que el reconocimiento haya recaído sobre el envoltorio —la dirección, la factura, el oficio de empaquetar— y no sobre el objeto envuelto es de esas ironías exquisitas que solo el azar del calendario sabe ofrecer con tanta puntualidad. Cannes ha premiado, en efecto, lo que había que premiar. Y a Federico, que andaba por allí cerca, se le ha vuelto a escapar el último tren, como ya le pasó aquel agosto del 36 saliendo de Madrid hacia Granada.

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