
Hubo un momento en que el streaming parecía la versión higienizada de una vieja fantasía doméstica, la de disponer de todo sin tener que soportar nada, sin horarios impuestos por otros, sin bloques publicitarios que cayeran sobre la película como una pedrada y sin aquella penosa sensación de estar viviendo al ritmo de una parrilla concebida para un espectador abstracto, obediente y más bien bovino. La promesa era tan seductora como todas las promesas que traen consigo una abolición elegante del esfuerzo. Cada cual podría entrar en su catálogo privado, escoger con un dedo soberano y ver lo que quisiera cuando quisiera, como si la cultura audiovisual, tras décadas de administración industrial y de escasez regulada, hubiese decidido por fin volverse servicial, portátil y casi amorosa.
Luego empezó a ocurrir algo mucho menos ilusionante y bastante más reconocible. La abundancia, que en teoría venía a emanciparnos, empezó a adquirir la textura del atasco. Ya no nos sentábamos a ver algo, sino que entrábamos en una antesala interminable de miniaturas, categorías, recomendaciones y falsas urgencias donde la elección, lejos de parecerse a la libertad, se iba pareciendo cada vez más a una tarea administrativa ejecutada con el último resto de energía del día. Y así, mientras seguíamos creyendo que habíamos dejado atrás la vieja televisión, lo que en realidad hacíamos era entrar en una variante más sofisticada de la misma servidumbre, una servidumbre con interfaz elegante, modales algorítmicos y la rara capacidad de hacer pasar por privilegio lo que ya empezaba a parecerse a la misma mierda.
La primera estafa fue mental. Se nos hizo creer que tener acceso a casi todo equivalía a poder disfrutar mejor de algo, cuando cualquiera que haya pasado una noche desplazando el pulgar por un menú infinito sabe que la sobreoferta no amplía necesariamente el deseo sino que lo vuelve torpe, dubitativo, incluso perezoso, porque no hay imaginación que resista demasiado tiempo ante esa exhibición permanente de posibilidades que se ofrecen sin entregarse nunca del todo. Antes uno elegía una película con una mezcla razonable de apetito y resignación, entraba en ella y se dejaba gobernar por su ritmo, por su duración y por esa antigua disciplina de mirar sin que cada cinco minutos una plataforma le insinuara, con maternal impertinencia, que acaso dos filas más abajo aguarde una opción más acertada. Ahora la obra comparece ya humillada, obligada a rendir examen ante una atención cansada que llega averiada por la propia arquitectura del sistema, que ha convertido la paciencia en un residuo y el acto de ver en una negociación continua con el escaparate.
Tampoco ha salido indemne de este proceso la conversación cultural, esa vieja mesa algo desastrada donde antes, con todas las simplificaciones y servidumbres del modelo anterior, se seguían produciendo encuentros relativamente compartidos. Había estrenos que daban significado a la semana, capítulos que se convertían en fenómeno colectivo y películas que, precisamente porque no estaban siempre disponibles y porque exigían una cita más concreta con el tiempo, conservaban todavía el espesor del acontecimiento. El streaming prometió democratizar esa relación y ha terminado, en no pocos casos, pulverizándola. Cada cual ve lo suyo, cuando puede, en el dispositivo que toque, interrumpido por el sueño, por la cena, por una notificación o por la sospecha de que quizá otra serie, en otra plataforma, merezca más la pena. Vemos mucho y recordamos poco. Consumimos títulos como quien cruza una feria demasiado iluminada, con la retina excitada y la memoria vacía. La experiencia común se ha ido adelgazando hasta convertirse en una suma de nichos que apenas se rozan, y luego fingimos compensar esa dispersión con listas, recomendaciones compulsivas y la ansiedad, muy propia de esta época, de sentir que uno siempre llega tarde a algo que tampoco sabe bien si deseaba.
A esto se añade un detalle especialmente grosero, aunque la costumbre haya logrado naturalizarlo con notable éxito, y es que el streaming ha terminado por reconstruir muchos de los vicios que decía venir a destruir. Subidas de precio, planes con publicidad, exclusividades de catálogo, paquetes encadenados, desaparición de títulos que uno creía disponibles con la estabilidad de un mueble heredado y una fragmentación tan ridícula del mercado que el espectador se ha convertido en una suerte de gestor contable de su propia fatiga, calculando qué suscripción mantiene este mes, cuál cancela, dónde estaba aquella película que juraría haber guardado y cuánto tarda una plataforma en recordarle, con entusiasmo casi obsceno, que por un poco más puede acceder a una experiencia premium de la experiencia premium. Hemos vuelto, por la vía de la supuesta libertad, a una burocracia del ocio que se parece demasiado a la de la vieja televisión de pago, con el añadido humillante de que ahora debemos sentirnos modernos mientras la padecemos.
Pero lo más interesante del asunto quizá no esté siquiera en ese regreso de la factura y la fragmentación, sino en la clase de espectador que este ecosistema ha ido fabricando, un espectador entrenado para desear sin detenerse, para curiosear sin comprometerse, para pasar de una cosa a otra con una soltura que se confunde a menudo con amplitud de criterio cuando en realidad delata una dificultad creciente para someterse, con un mínimo de paciencia, a la temporalidad de una obra. La plataforma no quiere que nos demoremos demasiado en nada, quiere que permanezcamos dentro, que no salgamos del recinto, que confundamos la abundancia con la permanencia y el movimiento con la elección. Por eso todo está pensado para que el visionado nunca se desprenda del todo de la tienda, para que la película o la serie no consigan emanciparse plenamente de la condición de producto exhibido. Uno entra en una ficción y sigue sintiendo detrás, como una respiración pegajosa, la presencia del catálogo entero, la sugerencia incesante de que acaso podría estar viendo otra cosa, una cosa mejor, una cosa más próxima a su perfil. El algoritmo no recomienda como recomienda un amigo, que se equivoca, insiste, exagera y compromete en su consejo algo de su propia sensibilidad. El algoritmo administra, retiene, modela y, sobre todo, tranquiliza. Nos da bastante de aquello que reconoce como probable y nos ahorra con eficacia empresarial el peligro de la rareza.
De ahí que la decepción actual con el streaming no sea una rabieta nostálgica de exinquilinos del videoclub ni una añoranza cursi del mando a distancia grasiento, sino el resultado bastante lógico de haber descubierto que una tecnología presentada como liberación del espectador escondía, en realidad, una captura mucho más fina de su tiempo, de su atención y hasta de su pereza. Ya no hace falta sentarse a ver la televisión porque la televisión, convenientemente licuada en plataforma, nos acompaña al tren, a la cama, a la comida rápida, al domingo exhausto y a la espera del dentista. No organiza solo nuestro ocio, organiza también sus márgenes, rellena huecos que antes podían quedarse vacíos y convierte la disponibilidad permanente en forma natural de consumo. El resultado es una cultura audiovisual que se infiltra en todos los pliegues de la jornada y que, por ello mismo, pierde a menudo la densidad suficiente como para sentirse encuentro y no mero acompañamiento.
Por eso convendría ir perdiéndole el respeto ceremonial a la retórica con que todavía se presenta este modelo, siempre envuelto en palabras como acceso, personalización, flexibilidad o modernidad, que suenan muy bien hasta que uno repara en que vive rodeado de plataformas, de cuotas, de recomendaciones automáticas, de series que olvida al mes siguiente y de una sensación bastante poco épica de cansancio visual. El streaming seguirá ahí y seguiremos usándolo, desde luego, porque las servidumbres cómodas son las más difíciles de abandonar y porque nadie va a inmolarse por principios frente a la pantalla del salón. Pero puede que haya llegado el momento de admitir que aquella promesa de emancipación doméstica ha terminado produciendo una versión más invasiva, más burocrática y más psicológicamente astuta de la vieja dependencia audiovisual, una versión que todavía se presenta con sonrisa juvenil mientras reproduce, bajo la capa brillante de la interfaz, la misma lógica de captura que decía venir a jubilar. Mirarlo ya sin fascinación, con un poco más de escepticismo y con toda la mala baba que se merece sería al menos una forma decorosa de empezar a despertarse.







