
Hay una tendencia reciente —bastante extendida y, en mi opinión, profundamente equivocada— a confundir la confianza con la ausencia total de límites. Hay parejas que presumen, incluso con cierto orgullo mal disimulado, de hacer caca delante del otro. Lo cuentan como quien anuncia que ha alcanzado un nivel superior de intimidad. Como si hubiesen cruzado una frontera invisible que los convierte en seres emocionalmente más evolucionados.
Yo, cada vez que oigo algo así, asiento con educación. Pero por dentro solo puedo pensar una cosa: no hacía falta.
El baño de mi casa es pequeño. No especialmente pequeño, pero lo suficiente como para que todo lo que está dentro exista sin escapatoria. No hay grandes distancias. No hay zonas ambiguas. Lo que está, está del todo.
En una esquina, junto a la pared, hay un cactus.
No es un cactus especialmente bonito. Tampoco es feo. No tiene ninguna cualidad memorable. No florece. No crece con entusiasmo. No parece participar en ningún proyecto. Está.
Su presencia no embellece el baño. Pero tampoco lo empeora.
Simplemente lo acompaña.
Nunca ha intervenido en nada.
Nunca ha invadido el espacio de nadie.
Nunca ha intentado formar parte de lo que no le corresponde.
Y, sin embargo, su mera permanencia introduce un orden silencioso.
El cactus está ahí cuando entro y está ahí cuando salgo.
No observa.
No juzga.
No aprende nada.
Pero tampoco olvida.
Porque, vamos a ver, la mierda es mierda.
No es un símbolo. No es una metáfora. No es un acto poético. Es el final de un proceso que el cuerpo resuelve con eficacia, pero sin ningún interés estético. Convertirlo en un acto compartido no lo ennoblece. Lo único que hace es añadir un espectador innecesario.
Hay quien lo llama naturalidad. A mí me parece fatiga.
Fatiga de sostener cierta imagen de uno mismo. Fatiga de mantener una mínima distancia. Fatiga, en el fondo, de seguir siendo una persona con bordes.
El cuerpo humano tiene muchas virtudes, pero también tiene esta manía de recordarnos, una vez al día si todo va bien, que somos organismos. Que funcionamos. Que procesamos. Que evacuamos.
No es un defecto.
Pero tampoco es una ocasión social.
Hay cosas que pertenecen al orden de lo necesario, pero no al orden de lo compartido.
No todo lo que es verdadero necesita ser visto.
No todo lo que ocurre necesita tener testigos.
La intimidad no consiste en abolir toda distancia.
Consiste en preservar la distancia justa.
Por eso siempre me ha tranquilizado observar a Vega.
Vega no es una criatura especialmente reflexiva en el sentido humano del término. No parece interesada en construir una identidad. No parece necesitar una imagen de sí misma. No interpreta su existencia. La habita.
Y, sin embargo, cuando llega ese momento, Vega desaparece.
No lo anuncia.
No dramatiza su retirada.
Simplemente, deja de estar.
Hace un momento estaba en el pasillo, o sobre la cama, o mirándome desde esa quietud suya que no exige nada. Y al momento siguiente, ya no está.
No se esconde lejos.
No abandona el mundo.
Se retira lo suficiente.
Lo suficiente como para que lo que tiene que suceder pertenezca únicamente a su orden.
Nunca ha hecho caca delante de mí.
Ni una sola vez.
Y no es porque no confíe en mí.
Confía en mí de formas mucho más profundas.
Duerme a mi lado.
Se abandona completamente al sueño en mi presencia.
Se tumba boca arriba, exponiendo sin defensa la parte más vulnerable de su cuerpo.
Se acerca cuando estoy triste.
Permanece cuando todo se vuelve incierto.
No hay distancia entre nosotros en lo esencial.
Pero hay una forma.
Y esa forma no se rompe.
Vega no convierte su necesidad en espectáculo.
No transforma su funcionamiento en un acto compartido.
No me incluye en aquello que no me pertenece.
No por rechazo.
Por coherencia.
MigataVega vive conmigo.
Comparte mi tiempo.
Comparte mi espacio.
Comparte el ritmo invisible de mis días.
Pero no comparte eso.
Y en esa negativa silenciosa, que no es una decisión sino una forma de estar en el mundo, aparece algo que no es aprendizaje.
Es verdad.
Vega no aparece cuando algo se muestra.
Aparece cuando algo se preserva.
Cuando algo permanece entero.
Cuando algo no se disuelve en la falsa idea de que amar es abolir toda frontera.
Porque no lo es.
Amar no es abolir la forma.
Es habitarla.
Es respetarla.
Es reconocer que el otro no es una extensión de uno mismo, sino una presencia completa que existe también fuera de nuestra mirada.
Por eso resulta tan extraño que los humanos hayan empezado a confundir la intimidad con la exposición total.
Como si no quedara nada que proteger.
Como si no quedara nada que preservar.
Como si el amor exigiera la demolición de toda distancia.
Pero no es así.
Nunca lo ha sido.
El cactus sigue en su sitio.
No ha cambiado.
No ha aprendido nada nuevo.
No ha intervenido en nada.
Y, sin embargo, su permanencia sigue sosteniendo el orden silencioso de ese espacio.
Vega también sigue siendo la misma.
Entra.
Sale.
Permanece.
Desaparece cuando tiene que desaparecer.
Y vuelve cuando tiene que volver.
Sin explicaciones.
Sin exhibiciones.
Sin haber perdido nada.
La miro.
Respira.
Existe con una precisión que no necesita ser corregida.
Todavía nos estamos aprendiendo.
¡Ay, Vega, Vega!







