Paula Quinteros: «En los medios de comunicación no todo lo necesario es un buen negocio»

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Paula Quinteros (Cali, 1980) pide una cerveza y un café a la vez. «Para mí tiene sentido, no te extrañes», avisa. Es una de esas periodistas refractarias a ser ella la entrevistada  —de ahí la bebida relajante que dirige dos medios en diferentes continentes con horarios dispares —para eso chute de cafeína—. Tiene golpes de sangre argentina, brasileña y española, aunque habitualmente se la ubique erróneamente como venezolana. 

No lo dice (no hace falta) pero prefiere que esas dos cabeceras, The Objective en España y El Estímulo en Venezuela, sean las que hablen por ella. Y lo que dicen es que su futuro, tanto en número de lectores como en influencia, sigue una trayectoria siempre ascendente. Precisamente «influencia» fue su respuesta cuando le preguntaron qué quería en este oficio, hace ya más de dos décadas. Un camino en el que ha habido de todo: revistas líderes, programas de televisión, ataques desde el poder y constantes cambios de ubicación. Quinteros cree que, en esa trinchera de perpetua lucha en la que sobrevive el periodismo, se suele olvidar una batalla: la de la rentabilidad. Para lograrlo no le importa ir en contra de la opinión imperante: no cree en los muros de pago y defiende las alianzas capitalistas con el mundo empresarial. Una mezcla que a ella se le antoja tan natural como la el café y la cerveza. 

Repasamos su trayectoria en en el marco de la entrega del Premio Formentor de las Letras y las Conversaciones Literarias organizadas por la Fundación Formentor

Dos definiciones que se han hecho sobre ti: «Tiene clase, y la cuota de sensatez con la que suelen protegerse las mujeres que, además de bellas son inteligentes». La segunda: «La rodea cierto aire de misterio, sus evidentes atributos la ayudan. Habla lo justo y necesario». ¿Te reconoces?

En lo de «habla lo justo y necesario», sí. Ayer hice un comentario imprudente y me acordé de mi padre, que me decía «no rellenes los silencios, porque vas a hacer un comentario inadecuado». Por rellenar un silencio, hice un comentario que ofendió a alguien, así que me levanté y me fui diciendo que me dolía la cabeza [risas].

Lo que me ha llamado la atención es que siempre se hace alusión a tu belleza. ¿No es molesto? 

Hay una rareza interesante para mí, porque estas alusiones a la belleza las hacen en Venezuela, que es un país donde hay mujeres realmente bellas y donde yo me siento como una figurita pobre y simple, entonces es más divertido todavía. Más bien me parece curioso, porque no represento ese canon de belleza. Y también me hace ver que a veces la belleza y la juventud van de la mano. Esas definiciones se hicieron hace quince años, los tiempos cambian. 

Nunca me ha molestado. Creo que se me hace incómodo en el momento de tener que trabajar para eliminar la barrera de la subestimación. Pero si es desde la admiración o desde la estética, me parece fabuloso. 

Manuel Gerardo Sánchez dice que «eres líder por antonomasia», ¿lo eres?

Puede ser. Mi mamá decía que había dos cosas que le llamaban la atención cuando era pequeña, cuando estudiaba en colegios de Brasil, de España o Venezuela. Siempre me decían «Paulita», aunque yo era alta y tenía carácter. Era querida con facilidad. Tenía carisma, luchaba contra el bullying, me acostumbré a tener ciertas herramientas para que la gente no se peleara, era capaz de unir los grupos. Pensaba que tenía la fórmula para que toda la gente se llevara bien. Creo que ese liderazgo proviene de forma natural desde pequeña.

Wikipedia dice que eres argentina, brasileña y española, pero nada de Venezuela. 

No soy venezolana. Yo llegué a Venezuela con doce años, y he estado allí en mi vida adulta porque lo he decidido, no tengo familia allí, solo tengo las raíces que he decidido conservar, la cultura, mi amistades y mi equipo.

Es en Venezuela donde empiezas con el oficio de periodismo, muy joven. 

Mi primer trabajo fue en Televen, prácticamente a la par de empezar la carrera. Empecé con un casting de un programa de concursos. Cuando me di cuenta de lo que iba, me negué. Me preguntaron que qué quería entonces, pero yo no tenía ni idea, tenía como diecisiete años. Pero un programa de concursos seguro que no. Respondí que lo que quería era tener influencia en la opinión social. 

Tenía muy buena relación con los dueños del canal y les dije que quería aprender. Siempre me habían interesado mucho los medios de comunicación, cuando estaba en Brasil era parte de una academia de ballet y danza, llegamos a negociar con una televisión local un espacio, y desde ese momento, desde que fui a la primera reunión, me empezaron a llamar la atención las corporaciones mediáticas. Lo que había detrás. El dueño me dijo «para aprender, tienes que barrer», y yo le dije «¿dónde está la escoba?». Tuve un privilegio único, que pude rodar por cada uno de los departamentos de Televen, así que aprendí cómo se opera un medio de comunicación. 

También aportaba mucho porque cuando te dan, tú das, entonces me sentía en la obligación física y moral de darlo todo. Si veía que las pautas de las noticias las estaban haciendo mal, iba corriendo a avisar de esa falta de equilibrio. Si no comprobaban las fuentes, iba enseguida a reñir. Me indignaba como si aquello fuera mío, así que a ellos les encantaba, porque casi nadie sufre un negocio, pero yo lo sufría como mío porque quería aprender. Así, a los veintidós años fui gerente de planificación estratégica de Televen, mientras estaba estudiando. Hasta que entendí mis propias limitaciones porque no tenía las herramientas suficientes, aunque tuviera la habilidad.

Ahí fue cuando decidí venirme a España. En esa época estaba empezando el Instituto de Empresa con el área de medios, y me aceptaron. Fui también becaria de Prisa en la Cadena Ser, y cuando regresé a Venezuela empecé mi camino.

¿Por qué España? 

Pasé todos los veranos de mi infancia en Cantabria, mi abuelo tenía dos casas cerca de Santander, una en la playa y otra en el río. Tenía una vinculación muy grande con España. Mi abuelo era mi gran amor, me enseñó a remar, que es una de las cosas que más me gustan en la vida.

Después vuelves a Venezuela.

Volví porque mi padre se estaba muriendo. Él me hizo prometer que no volvería a Venezuela porque le daba mucho miedo, quería dormir tranquilo. La verdad es que, desde que tengo uso de razón, mi padre estuvo enfermo. Yo tenía veintitrés años, tuve que ir porque además me tocaba. Soy la mayor, tengo una hermana pequeña que en aquel momento tenía seis años, y mi madre me necesitaba. Así que me tocó irme en contra de la voluntad de mi padre.

Luego me casé, pasé un periodo pensando qué iba a hacer. Tenía unas ofertas corporativas, una de ellas relacionadas con el video on demand, hablamos de 2003. Hice la tesis sobre eso, que parece la prehistoria ahora. Pero me di cuenta de que el mundo corporativo nunca me iba a permitir la libertad que necesito, y necesito mucha. En el mundo corporativo tienes muchas retribuciones, pero en aquel momento pensé que no me iba a permitir esa libertad. 

Entre todo esto decidí fundar mi propia revista. Hice las cuentas, vi el mercado, en ese momento había una revista líder llamada Exceso, pero su editor estaba un poco mayor. Se veía que en el quiosco había una luz, un espacio para una revista. Ya estábamos en la segunda burbuja digital, es decir que pude haber hecho una digital desde el principio. Pero, desde mi parte más financiera, veía que los medios digitales cambiaban de plataforma cada pocos meses, y pensaba «yo no soy Murdoch, no puedo sostener eso». Así que pospuse eso para cuando se estabilizara la situación.

En 2005 lancé la revista Clímax, que fue casi un éxito instantáneo. Tuvo mucha suerte alrededor de su primer número, con un reportaje en portada a Edgar Ramírez, probablemente el actor venezolano más reconocido, además de dos reportajes de investigación sobre La Salle y las primeras expropiaciones de Chávez. Tenía crónica, tenía humor, ilustración… 

En el número seis dimos una exclusiva, más que una exclusiva fue una anticipación, que fue cuando Teodoro Petkoff se lanza a la presidencia de la república, creo que él no calculó que la revista iba a salir antes que su rueda de prensa. La portada era un plano muy cerrado de él y el título «Teodoro Petkoff se lanza al ring». La revista ya había tenido éxito por la calidad, al público instruido le había gustado mucho, pero lo de Teodoro fue una maravilla, hasta el punto de que tuvimos que reimprimir la edición. Fue una aventura maravillosa que duró muchos años.

Tras el éxito de Clímax se me acerca la Cadena Capriles, que era el grupo editorial líder de Venezuela, con un periódico popular llamado Últimas noticias que, para que te hagas una idea, tenía una tirada de trescientos mil ejemplares, era un gran grupo. Ellos trataron hacer algo parecido a Clímax, pero no lo lograron, así que decidieron asociarse con nosotros. Aunque me hice la dura, acepté la sociedad al principio por un porcentaje pequeño, con ciertas facilidades en la impresión y la distribución. 

Cuando pasaron uno o dos años, a Capriles les hacen una asesoría y aplican la teoría del big desk. Les dijeron que debían dejar fuera dos de sus revistas porque tenía costes que no se podían optimizar con la nueva dinámica, a pesar de su éxito: una de cocina, Bienmesabe y otra para hombres, UB, parecida a Interviú. Ellos sugirieron que yo me quedara con ellas, así que Capriles amplió su participación en mi empresa y quedamos como socios, con ambas partes iguales. Imagínate, una revista de mujeres en bikini y otra de cocina. Creo que tengo más que ver con las mujeres que con las patatas, te lo aseguro. Fue una época divertidísima. 

¿Serías capaz de enfrentar un tipo de contenido así hoy?

Sí, de hecho, sigo teniendo esta revista, la voy a sacar en papel otra vez en Venezuela. 

UB es famosa por sus chicas semidesnudas en las portadas.

Sí, pero no solo eso. UB es una revista que, sobre todo para los hombres de hasta cuarenta años, es parte de su vida. La estética de la revista cambió en mis manos, no me identifico con el trabajo del pasado. Tiene unos columnistas y un humor maravillosos. Ahora habrá que tener en cuenta los tiempos que corren, así que será un reto ver cómo reacciona la gente. Yo confío ampliamente en el equipo, son unos grandes periodistas que van a estar a la altura de los tiempos y a la esencia de la revista. 

También trabajaste en Globovisión en un programa de sexo, ¿no?

En esa época ya tenía la revista Clímax, por lo menos llevábamos diez números. Se me acercó mi amigo Alberto Ravell, que es el fundador de La Patilla, y era socio y fundador de Globovisión. Me dijo «Paulita, tenemos una propuesta de hacer un programa de sexo, ¿cómo podemos hacer que no sea vulgar?». Yo le dije que, para mí, el sexo es como cualquier otra fuente informativa, como la economía o los deportes. Me ofreció conducir el programa y acepté con una condición: exigí que el nombre del programa fuera Clímax. Eso también ayudó a la marca a darse a conocer, y teníamos clientes que patrocinaban tanto el programa como la revista.

Cuando le pusiste ese nombre a la revista, ¿tenía ya esa connotación sexual?

En una clase en España alguien dijo que los buenos nombres tenían una vocal fuerte, una equis y dos sílabas. Me pasé un viaje de Caracas a Valencia pensando en un nombre hasta que se me ocurrió Clímax. Busqué en la RAE qué significaba, la definición me encantó, habla del momento culminante de un poema, el punto más álgido de una historia, que además se repite. De hecho, en las definiciones de la RAE no venía ninguna connotación sexual. Pensé que era perfecto y maravilloso, poético. Lo registré inmediatamente. 

Pero después en Globovisión si se centró en esa connotación.

Sí, pero a mí no me salió tan bien la jugada porque mucha gente solo conoció el programa. Al final yo me cansé, porque era un programa en vivo, era como un reto. La gente me advertía de que alguien llamaría y me diría alguna grosería, pero en más de un año de programa nadie llamó para decir algo fuera de lugar. Ni siquiera en los mensajes de texto.

Era un buen programa,  lo abandoné porque sentía que había cosas en mi vida que eran más importantes. Pero, cuando miras atrás, piensas «¿de verdad había cosas más importantes?». No lo sé. No sé si habría tenido más impacto si hubiera continuado con el programa durante más años, pero en aquel momento, para mí, sí había cosas más importantes. Además, era los sábados por la noche y en vivo, tuve que reducir mi vida social.

¿No te perjudicó de ninguna manera en tu carrera estar vinculada a un contenido sexual? En España, a algunas profesionales sí les ha pasado.

Creo que no me ha pasado, pero también escucho muy poco lo que dicen de mí. Creo que tampoco dicen mucho de mí, no suelo dar entrevistas porque sé que suelen buscar otros temas. Me centro mucho en mi equipo, pienso que no es importante mi opinión fuera de mis paredes, o mi vida como tal, que eso no suma, pero a lo mejor sí.

Diriges dos medios: El Estímulo, en Venezuela, y The Objective. ¿Cómo es navegar entre dos países en dos situaciones políticas tan dispares?

El resumen de los últimos veinte años es que, todo lo que crees que no puede pasar, sí puede pasar en Venezuela. Me acuerdo, en estas entradas y salidas, cuando vine a estudiar a España, que el primer impacto fue cuando fui a hacer la compra. Aquí estaban cambiando de pesetas a euros, fui a comprar al Corte Inglés y no me pasaba la tarjeta de crédito, porque habíamos empezado con el primer ensayo de un rígido control de cambio. En Venezuela llevamos más de veinte años sin poder hacer una simple transacción económica de forma normal. Hay que buscar otras vías, que casi siempre están al borde de la legalidad. Hay una generación completa que ha crecido en este contexto.

A partir de aquí, hubo una caída continua. Entre 1999 hasta 2013, que muere Chávez, es una etapa dura y de cambios radicales, donde logra cambiar el mapa legal, y pasamos a una ley de contenidos penal fuerte, mediante la que se intimida a los dueños de medios y periodistas. La cárcel asusta. Y desde 2013, con Maduro, se consolida la hegemonía comunicacional.

¿Tú has tenido miedo?

No. Debo tener algo desconectado en mi cabeza, pero no tengo miedo. No es valentía. Pero sí he tenido que luchar, más de lo que la gente sabe. No lo suelo contar por tratar de no victimizar la empresa… a los periodistas no nos gusta que nos victimicen. Cuando el tiro viene, nosotros llevamos un chaleco antibalas y seguimos la cobertura. Creo que hay una parte de «yo soy periodista, no me defiendan, estoy haciendo mi trabajo». 

También aprendemos de los errores. En la sociedad venezolana no se han articulado eficazmente las miles de injusticias que vivimos en diferentes niveles. No hemos hecho un mal trabajo comunicando, el problema es que son tantas, tan inverosímiles y tan seguidas, que el ritmo de la realidad es mayor que el del relato. Todo eso se acumula y se hace muy grande, y no sabemos cómo lidiar con el monstruo porque es muy poderoso. Pero cuando ya ves que es una perversión sistematizada quizás es demasiado tarde.

Ahora acaba de salir el informe sobre libertad de prensa de Naciones Unidas, y hay por lo menos quince referencias a El Estímulo, son cosas muy feas de las que hemos hecho cobertura. Pero vale la pena, porque ahí estamos, en la defensa de la democracia, ahí estuvo la cámara y el periodista. Esperemos que algún día se haga justicia, porque entonces habrá valido la pena. 

¿Cómo es la convivencia entre las dos redacciones que diriges?

Es muy buena, también para el equipo, porque son dos redacciones espejo en algunas cosas, y poco a poco se van conociendo y entendiendo las limitaciones que tienen ambas. Eso te pone en perspectiva, porque ambos equipos ven lo que hace el otro. Ese entendimiento es muy interesante. Ahora los hemos estructurado de forma que, al menos la parte noticiosa, se entienda más como grupo. 

¿Tenéis previsto que converjan de alguna manera?

La lógica dice que sí, ya que España es, digamos, la sede de la lengua española, mientras que Caracas ahora está en desventaja y parece que va a seguir así. De hecho, si ahora hay un cambio político no será suficiente, tienen que venir más cambios. Caracas todavía no se presta ahora para ser una buena sede principal de nada. En cuanto a capital humano, sí. 

Yo creo que evolucionaremos a que la base esté en Madrid, y que, lo que está en Venezuela y los pequeños equipos de otros países sean corresponsalías modernas, más equipadas, y poder aprovecharnos de las nuevas herramientas del teletrabajo, que están siendo bastante aceptadas. 

¿Os interesa convertiros en un medio de referencia en cuanto a información de Venezuela en España? 

Sí, es algo que vi como lógico. El cambio se produjo el año pasado, donde digamos que empecé a construir una forma de destacar, saber qué contenidos pueden interesar y aportar al público. Antes, si había una marcha de apoyo a Guaidó, ahí estábamos reportando doble, la cobertura local con El Estímulo, y la internacional de la mano de The Objective. Pero lo hacíamos solo con eventos noticiosos. Ahora, profundizamos tratando de responder a preguntas más analíticas, pensando en las respuestas que necesitan los que ven a Venezuela con interés y preocupación desde afuera. 

Entrevistamos a políticos, académicos, analistas, con una mirada más de agencia de noticias, más universal. Al mundo le interesa Leopoldo López, el papel que está jugando Henrique Capriles, de qué van las siguientes elecciones. Creo que antes, por calificar el contenido como oportuno e importante, no pensaba en hacerlo más comprensible fuera de las fronteras venezolanas. Son dos lenguajes diferentes para cada medio, para cada audiencia. Los contenidos no trascienden únicamente por ser relevantes.

A veces hay medios como ABC o El Mundo que cogen referencias de El Estímulo, en lugar de a The Objective. El Estímulo es probablemente uno de los medios venezolanos del que más referencias se hacen a nivel internacional. El engagement es fabuloso, siempre está en el entorno de los seis minutos de lectura, una barbaridad.

Estamos auditados, pero eso en Venezuela no vale para nada. El sistema tiene unas formas muy sofisticadas de destrucción, para asfixiar a los medios. Así que nos da igual los números que tengamos. La gente dice que hay libertad de expresión en Venezuela, porque puedes hablar. Sí, puedes hablar, pero con un equipo aterrorizado y con menos recursos cada día para invertir o simplemente para pagar las cuentas. Te ahorcan de otra forma. Nosotros hemos resistido porque yo he resistido, mi equipo ha resistido, es una decisión que hemos tomado todos.

¿Cuál es el coste de resistir?

Te sientes golpeado. Creo que es una violencia sostenida en el tiempo. Te sientes debilitado. Te puede dar más o menos miedo, aunque yo no suelo sentirlo, pero otros miembros del equipo sí lo han sentido, y entiendo perfectamente que lo tengan. Pero sobre todo, es la sensación de traumatismo sostenido. Es dolor, hay desgaste. Ellos juegan a que tú te desgastes, y ganan. La victoria, como en la vida misma, es sobrevivir. 

En nuestro caso, yo me siento victoriosa y creo que mi equipo también. Hay miles de noticias que publicamos con las cuales ayudamos a comunidades, diría que hasta salvamos vidas y hacemos aportes a la cultura cada día, recordando de qué estamos hechos, por lo que hay mucho con lo que dormir tranquilo y feliz. Soñar que habrá justicia en Venezuela te hace recobrar el aliento y que esas heridas duelan menos. Pero siempre las llevas contigo. 

Con dos medios en dos continentes distintos, ¿hasta qué punto estás involucrada, por ejemplo, en la selección de los periodistas de la redacción?

Totalmente. Delego, es lo que permite que las cosas funcionen. En el caso de The Objective, hay dos cabezas para la parte de reportajes, crónicas y entrevistas y para la parte de opinión, con las cuales yo converso, y juntos estudiamos, analizamos, tenemos una comunicación continua.

Los medios tienen que tener diferentes sabores, no ser personalistas. Hay revistas personalistas que funcionan pero solo gustan a los afectos a esa persona. Yo he sido un poco ambiciosa en el formato de mis medios generalistas, así compites con los grandes. No buscas perfiles, sino calidad, que haya diversidad de contenidos y que sean buenos, que haya impacto y contraste. 

Esto es lento, después de estos quince años, lo importante no es el número final de lectores, sino otras cosas. Y si te obsesionas pierdes, porque esa ansiedad es contagiosa y contagias a la redacción. Lo importante es que esos periodistas produzcan buenos contenidos, y para ello tienen que estar felices y tranquilos. 

En la redacción de The Objective, sí que hago más el papel de directora casual. Es algo que al principio quería evitar, pero salió natural. En El Estímulo hay un director, pero trabajo en equipo con él, debido a esta precariedad que nos impone el gobierno venezolano. Estas labores hicieron que me viera obligada a estar en el barro con los dos medios. 

También es una fuente de juventud. Mientras estás trabajando, eres joven. Yo siento que es 2006, porque estoy otra vez buscando cómo crecer. Los medios tienen esto de ser como un niño, un medio es como quieres que sea, pero también tienen su propia personalidad. Con The Objective tenemos un niño adolescente, que está creciendo. Está buscando su lugar en la sociedad, conociendo su voz.

Tú tienes una formación empresarial, al margen de periodística, que supongo que es clave para que tus proyectos funcionen.

Lo tienes que ver como una empresa de medios. Creo que esta es realmente mi pasión, aunque también sea periodista. 

¿Te consideras más empresaria que periodista?

Depende. A veces, cuando hago algo bien o escribo algo bueno, digo «ah, mira» y me sorprendo a mí misma. No sé. Siento que en el periodismo tengo mínimos momentos de brillantez, y como empresaria soy constantemente buena y responsable. Hay una parte de mí que se despierta todas las mañanas con un sentido de responsabilidad, que lo que quiere es que sus proyectos crezcan con una visión de futuro, de trascendencia, de que es algo que importa. Es ese el sentido empresarial. 

La otra parte es romántica, y me permite ser impecable con lo que publico, en términos de tener filtro y criterio para los contenidos, tener visión, ideas, aportar, conversar con el equipo. 

En España hay cierta tendencia, o complejo, a hablar de las empresas periodísticas como eso: empresas.  

Es cierto. Yo a veces me siento con mi equipo y les digo «hoy vamos a hablar de números», y les explico. Les digo «¿quieren entender cómo funciona este negocio?», porque las cosas cuestan. Eso de los intelectuales con los que parece que el dinero no va con ellos, ese mundo no funciona. A ver, a ellos sí, a mí no. Creo que si cada integrante del equipo está involucrado con la organización habrá más compromiso y visión.

A mí me enseñaron cuánto costaban las cosas y la importancia del trabajo. Mi papá fue un gran empresario, y yo aprendí de los negocios gracias a la pasión que él sentía por el trabajo.

Dicen que el trabajo hace al hombre. Y a mí, en las pequeñas tragedias que he tenido en mi vida, el trabajo me ha salvado. El tener que despertarme al día siguiente con algo tan bonito que hacer me ha permitido tener un norte. 

En España, ¿por qué decidiste comprar un medio en lugar de fundar uno propio?

Fue una corazonada. Y creo que era la forma de comprometerme con algo que tenía que hacer. Sabía que tenía que emprender en España, y de la otra forma iba a ser un poco más largo el proceso y me lo iba a pensar en exceso. Esta era una forma de obligarme.

Tenía la ilusión de que funcionara desde el principio, aunque lo compré a los dos meses de existir. The Objective se lanzó en septiembre de 2013, y yo compré el 33% en marzo, entre que se negoció. Era un bebé. En 2016 tomé control del 100% de las acciones.

Creo que fue eso, forzarme. También esta forma es menos costosa, hay menos barreras de entrada. Era más caro comprarlo que hacerlo, pero era la mejor forma. En los negocios, a veces las cosas cuestan más, pero era una barrera de entrada que dejaba de existir. Y además es un medio que estaba en España, dónde yo quería estar, por temas de salud de mi madre. 

¿Cómo es el recibimiento de un nuevo medio en España?

Muy bien. No he notado hostilidad, no sé si porque no me entero. 

¿El proyecto se parece ahora a la idea que tenías de él en 2015?

Se parece. Aunque cada año invertimos en innovación. Y hay que estar atentos a que no se parezca a lo que ya existe. Estar al día con las tendencias del mercado, pero trabajar para resaltar. La parte visual para mí era muy importante, porque creo que eso hacía falta en los medios generalistas españoles, un frescor y una estética diferente. Hay mucho trabajo detrás de lo que se ve.

¿Recuerdas quién fue tu primer fichaje, por ejemplo, para opinión? De quien quisieras tener una columna sí o sí.

Fue una notable decisión incorporar a Ignacio Peyró al equipo, aunque no es el fichaje de una columna, pero sí de quien va a dirigir a los columnistas, y mucho más que eso. Para mí fue un cambio importante, porque me dio una sensación de descanso y reposo activo, en el sentido de que sientes apoyo, de que alguien va a tomar buenas decisiones por ti y por el medio. 

Lo que sí recuerdo es que no quería que aquello fuese un juego. Hubo un momento en que teníamos a Pablo Iglesias y a Hermann Tertsch. Este es un error que se paga, si lo haces solo por equilibrar la balanza de izquierdas y derechas, sin más criterio, como si fuese al peso. Ocurre cuando los que deciden no tienen mayor experiencia en el periodismo

Creo que, desde entonces, hemos logrado construir una de las mejores canteras del columnismo español en El Subjetivo. Todos los escritores me gustan. Son parte del ADN de The Objective, Manuel Arias Maldonado, Juan Claudio de Ramón, Antonio García Maldonado, Miguel Ángel Quintana Paz, Laura Fàbregas, Jorge Freire, Ricardo Dudda, Victoria Carvajal, David Mejía. Más recientemente Cristina Casabón, Anna Grau, José Carlos Llop, Beatriz Manjón. Ocuparía páginas si sigo, y espero ocupar muchas más con nombres que tanto admiro.

También tenemos la sección de reportajes, Further. Y Today, la sección de las noticias. Hemos concebido un juego de colores, tipografías y otros detalles, para dividir y resaltar lo que es opinión, noticia o reportajes amplios.

En Further también tenemos excelentes firmas, comenzando por las de nuestra redacción fija, y va muy bien esa profundidad que te permite hacer un reportaje largo. Es lo que más nos gusta a los periodistas, escribirlos y leerlos. Y a la gente también. En muchas redacciones algunos editores dicen que a la gente no les gusta leer reportajes, pero eso es mentira. La gente lee las piezas largas. Cuando los tiempos de lecturas son largos, están asociados a textos largos. Lo que tienes que hacer es que el reportaje sea potente, con varios principios y finales. Y yo creo que la gente quiere saber, quiere esa profundidad. Y nosotros tenemos que luchar por eso por principios. 

El scroll está muy bien, pero también te produce una ansiedad por no saber. El periodismo de largo aliento es esa unión fantástica de la literatura y las noticias, y no tienes que ser Capote para lograrlo. Un periodista joven puede perfectamente enganchar con su tema a toda una comunidad de lectores. Yo sí creo que la gente se engancha leyendo. Lo sé. 

Hay una cuestión actual e inevitable en los medios en España: los muros de pago.

Yo estoy en contra de los muros de pago, a muerte. Prefiero tomarme una planta venenosa antes que poner un muro de pago. No estoy en contra de que mis colegas dueños de otros medios lo hagan, lo entiendo perfectamente y entiendo las estructuras que llevan encima. Lo que no estoy de acuerdo es con el muro de pago como tal. 

Creo que es lo contrario a lo que nosotros prometemos en nuestra parte deontológica, es decir. Por ejemplo, vamos a poner que yo instalo un muro de pago de tres euros. Conozco a mucha gente joven, de dieciocho o diecinueve años, que acaba de entrar en la universidad en Venezuela, que tiene que trabajar dos meses para ganarse esos tres dólares. Y no solo eso. Cuando tienen un poco de internet, les agrada increíblemente poder entrar en cualquier medio. ¿Tú sabes lo que significa para esa persona tener los contenidos a su alcance? 

Estoy en desacuerdo con los muros de pago porque yo vivo en una realidad en la que se acumularían cada vez más injusticias. Realmente, como buena capitalista, creo en la unión de intereses compartidos con la empresa privada. Si podemos unirnos a la empresa privada para poder trabajar ciertos temas, realizar encuentros, fomentar el diálogo, defender a las instituciones, ¿por qué bloqueamos la posibilidad de que individuos alrededor del mundo puedan informarse en español? Es el idioma de una inmensa población que se encuentra en situación precaria. Piensa en Bolivia, en Colombia, en Venezuela, en Chile… Piensa en la cantidad de gente a la que le estás quitando la posibilidad de leerte. A lo mejor no te están leyendo todavía, pero les quitas esa posibilidad. La idea fundamental del muro de pago va en contra de todo en lo que yo creo. Post COVID, un ciudadano enterado en España tendría que suscribirse a tres medios, eso son mínimo veinte euros mensuales. Algunos pueden, pero se hace cuesta arriba. Pero entiendo la estructura de los gigantes, por qué han llegado ahí, y entiendo que algunas cosas ya no sean prioridad para ellos. Para mí, tendría poco sentido ahora.

Vas completamente a contracorriente de la tendencia general, porque parece inevitable que dentro de poco queden pocos medios en los que no haya que pagar por la información. 

Como buena hormiguita que soy, vengo estudiando todo esto, y sé que las cosas cambian. Pero no logro verlo. Yo no pretendo estar en el top five de los líderes del mercado, se puede ser influyente y rentable sin estar ahí, e incluso puede ser mejor. Yo creo en las alianzas de los medios de comunicación con la empresa privada, buscando intereses en común, sin entrar en propagandas. 

Son las grandes empresas, me atrevería a decir, las que tienen la información, las grandes respuestas y la capacidad de cambio. Con medios independientes que tengan una gran filosofía, pueden impulsar ciertas cosas que de otra manera no podrían por sí solos. Por eso es tan importante tener medios independientes alrededor de los medios líderes. La importancia de los medios independientes se ve sobre todo en las grandes crisis. En esos momentos los medios independientes cobran un valor brutal. 

Todo individuo cultivado y con una idea justa de la sociedad entiende esta importancia. El tema es que,en los medios de comunicación no todo lo necesario es un buen negocio. Ahí está el reto: hacerlo lo suficientemente atractivo, tender puentes e intentar hacer que la alianza entre un medio y una empresa no dé la sensación de que el contenido está vendido y cause rechazo. El reto está en la percepción de esa comunidad. 

A veces, el mismo lector rechaza cuando hay una alianza. Queremos lo independiente, pero lo independiente ¿de qué? En de The Objective aplicamos la transparencia. A mí me gustaría que, en un futuro, toda alianza comercial sea lo más transparente posible para la audiencia, y que además sea atractiva y satisfactoria. Cuando se cumple ese ciclo, cumples algo idílico. Y eso es lo que te dice «¿para qué le voy a cobrar tres o diez euros a una persona por leer mis contenidos?». Yo estoy muy orgullosa del equipo que tenemos, y el equipo comercial tiene que ser igual de formado y comprometido que el periodístico. 

Generalmente el sector periodístico se lamenta mucho del llamado «lector de titulares», que ni siquiera lee la noticia. Ahora, incluso Twitter te da un toque si vas a tuitear algo que no has leído. Pero tú, sin embargo, tienes una postura diferente antes esto: en lugar de lamentarte, enfocas el contenido a ese tipo de lector, el que se informa solo con el titular, o con un tuit. 

Tenemos que trabajar con eso, hay que pensarlo. El clickbait no funciona, o solo funciona una vez. Yo sí creo que hay una ocasión legítima para utilizarlo, cuando lo que vendes en el interior de la noticia o el reportaje es superior a ese titular llamativo. Porque ahí en realidad no es un cebo, tienes derecho a hacerlo. 

Al final, lo que quieres es crear una comunidad, y que dentro de ella cada uno tenga una función. Habrá gente que solo lea los titulares, pero eso es igual de válido que el que entra a la web y lo lee todo, e igual que el que ve los stories y hace swipe up, y el que está en Facebook y comenta lo que ve. Son todos igual de importantes porque forman parte de nuestra comunidad de lectores. Pero es que, además, se transforman en diferentes comunidades que son tuyas también. Es decir, si tú a ese tuitero lo mantienes informado sin que haga clic en el enlace, va a estar siempre contigo, y a ti ese individuo te interesa, porque pesa igual que otro tipo de lectores. 

De alguna forma, tenemos que complacer a la gente. Este trabajo viene de la promoción, no de la planificación de los contenidos. Cuando estás promocionando, tienes que pensar qué quiere el público.

Sobre las fake news, has dicho alguna vez que lo realmente preocupante no es la difusión, o el fact-checking, sino que estamos obviando lo importante: que hay mucha gente que voluntariamente escoge creérselo, y lo busca. 

Sí. Ahora estamos luchando con unos monstruos. Es un momento fascinante para el periodismo, que siempre se ha enfrentado a los cambios sociales. Por eso es una maravilla de oficio, porque es un constante desafío crítico, desde la curiosidad. Además, se premian los grandes valores, como si eres un equipo cauto y responsable, transparente. Es un trabajo en donde siempre se te permite ser crítico, por eso es una maravilla de trabajo.

¿A qué otros monstruos te refieres?

En Venezuela, nosotros sufrimos en El Estímulo unos diecinueve mil ataques de hackers a la semana. Yo sé más de hackers que de todo lo anterior que te acabo de decir. Obviamente, la web se cae cuando hay una marcha o una protesta, por lo que estamos luchando continuamente con los bots del chavismo y los laboratorios, con China y Rusia. Parece una novela, pero es parte de mi vida, así que no es algo lejano. Cuando pienso en The Objective y pienso en el futuro, sí pienso que los medios son cada vez más importantes. Todos los medios tenemos que quedarnos. 

Ahora ha salido un documental de Netflix sobre las fake news [El dilema] y las redes sociales, y la gente está empieza a estar más preocupada, y a mí me parece magnífico. Pero entonces se tiene que acentuar la tendencia de invertir más en los medios, porque las fake news no tienen fuentes fiables. Da igual si es de izquierda o derecha, ojalá lo puedas definir, porque ya sabes con qué óptica lo estás leyendo. Si lees unos y otros, se hizo la cultura. Más que nunca, se necesitan los medios, todos los medios. Toda la gente debería leer mínimo tres medios. Hay polarización y radicalización, sí, pero lo bueno es que lo sepas, que no ignores de dónde viene eso. Y los periodistas también tienen intereses, pero yo creo en los periodistas. 

En este gremio, creo que vamos a lograr defender la información, la verdad, y defendernos de la desinformación. Es una lucha titánica, nos estamos enfrentando a unas herramientas muy poderosas. Volví a ver hace unos días la película La red social, y no creo que Zuckerberg imaginara el poder que iba a tener, fue una mezcla de circunstancias y de desarrollo de la tecnología. Google también es una coincidencia a raíz de la transformación de los algoritmos. También tienen importancia los hackers, y los gobiernos intentando inmiscuirse en la política de otros. 

Es una época fascinante, donde se necesita gente instruida y profundidad, que es con lo que a mí me gustaría contraatacar, porque ellos atacan con titulares engañosos, pero tú no te puedes defender con titulares, sino con información contrastada. Yo no puedo disparar con la misma metralleta que ellos tienen, entonces la única forma de luchar contra ellos es construir lugares seguros desde donde podamos minimizar o ralentizar el impacto de la desinformación, y poder explicar a la gente cómo defenderse. Ahora, esto no lo puedes hacer solo, sino que tiene que venir con una capacidad y disposición por parte del lector. Ahí está ese gran signo de interrogación, en saber si las nuevas generaciones van a estar capacitadas o no para esto. Creo que vamos a tener grandes sorpresas, siempre pensamos que son unos idiotas, pero saldrá una gran generación, que avance y se supere, que no se quede en el debate identitario. Soy optimista.

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5 Comentarios

  1. Antes tomaría veneno que poner un muro de pago, dice. Pues no podría haber sido lo que es cuando no existía internet, o hubiera trabajado subvencionada o para un Estado, y con lo que cree en «la unión de intereses» de la emresa privada, lo lleva claro.

    «Yo creo en las alianzas de los medios de comunicación con la empresa privada, buscando intereses en común, sin entrar en propagandas.» Ahora se da mucho entre empresas privadas que cuando una compra los servicios de otra, lo llaman «colaboración» o «alianza» cuando es un intecambio comercial. ¿Intereses en común entre la empresa privada y el medio de comunicación que no sea la propaganda comercial para que la empresa se anuncie y los lectores compren sus productos? ¿Qué otro tipo de interés hay? ¿El que afecta al contenido sin que la lectora sepa que está leyendo contenido pagado por una empresa privada que sin ser muy cantosa muestra «intereses» de la misma?

    Vale que en Venezuela el Estado mienta como agencia propagandística de su gobierno que es. Pero esta señora se va al extremo opuesto completo.
    Igual para que los jóvenes puedan pagar 3€ al mes para leer las noticias, habrá que meter en esos «intereses de la empresa privada» el que paguen sueldos dignos y no miserias. Pero parece que eso no serían intereses comunes.

  2. No pago por leer ningun medio via internet, ni en papel ya que han decaido excesivamente. Voy a seguir a este diario o periodico digital. No lo conocia hasta hoy, hasta hora mismo. Tiene buena pinta

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