Arte y Letras Historia

Una de trenes

Trenes
Fotografía: Dave Fayram (CC).

Debía tener cuatro o cinco años cuando mi abuelo empezó a llevarme a ver los trenes. Vivíamos en Montgat, un pueblo a orillas del mar y la vieja línea Barcelona-Mataró, donde todo el mundo siempre se ha quejado sobre cómo el tren separaba el pueblo de la playa y de todo el ruido que hacía. A mí la idea de tener trenes frente al mar me parecía la mejor idea del mundo. 

Recuerdo esos paseos con mis abuelos cada tarde junto a las vías, esperando ver pasar una desvencijada suiza (mejor en amarillo-azul que en verde-gris; eran más bonitas) o una de las por aquel entonces nuevas 440, relucientes con el sol de poniente. 

Por aquel entonces aún no sabía qué estaba viendo ni me había dedicado a aprenderme de forma obsesiva las características de cada serie de Renfe, pero todo lo que veía, escuchaba y olía me gustaba. El susurro de metal contra metal, de rueda y carril, los chasquidos de la catenaria, el zumbido de los motores eléctricos, el ronroneo cansino del freno reostático, el olor a aceite lubricante, flujo hidráulico y motor eléctrico. Recuerdo, sobre todo, el tamaño, el peso; la sensación de un objeto metálico enorme, atronador, llevando cientos de personas a sitios lejanos y misteriosos. 

Durante los años siguientes cogí el tren cientos de veces con mi abuelo en excursiones infantiles por toda Barcelona, fuera desde Montgat, hacia la vieja estación de cercanías ya desaparecida al lado de la Estació de França, fuera desde Vallvidrera, con el funicular de madera y la gran caverna subterránea de los FGC y la ya desaparecida Avinguda de la Llum sobre ella. El viaje en sí me gustaba casi tanto como el destino; las idas y venidas de los trenes y metros en estaciones eran una atracción más. 

Explico todo para dejar claro que lo mío con los ferrocarriles viene de lejos; aunque a los cinco años era difícil hablar de obsesión enfermiza, mi insistencia en ir a ver esos cacharros y pedir trenes eléctricos a los Reyes Magos eran ya síntomas preocupantes. La fascinación de aquellos días se derivaba más del hecho de que los trenes eran grandes y ruidosos (a todos los niños les gustan las cosas grandes y ruidosas, supongo) que de la finura técnica del material rodante, la belleza funcional de las infraestructuras, la historia detrás de cada piedra o los beneficios económicos y sociales del transporte público, pero la afición estaba ahí. En el fondo, todos los motivos, argumentos e historias que pueda explicar sobre por qué adoro el ferrocarril como medio de transporte no dejan de ser racionalizaciones para disimular el hecho de que en el fondo no soy más que un chaval de cinco años al que le gustan los objetos grandes y ruidosos. 

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10 comentarios

  1. Encantador artículo Roger. Mi niñez va asociada a los viajes en tren desde Madrid hasta Alar del Rey en el express-correo Madrid-Santander, para desde esa estación ir a los pueblos de mis tíos y abuelos.Recuerdo mi emoción cuando en mi primera vista al museo de Ciencias de Londres reconocí una de las locomotoras allí expuestas como el modelo de esa linea. Me sigue pareciendo un modo de viajar maravilloso.

  2. Maestro Ciruela

    Estación de Ariza… ¡Cuántos recuerdos de la década de los 50! Venta de Baños, Aranda de Duero… Y todas estas localizaciones, a lomos de un tren apodado «El Shangai». ¿Puede ser o es un error de mi memoria?

    • El Shangai creo recordar era el tren que hacía el recorrido de La Coruña a Barcelona y empleaba algo más de 30 horas en hacerlo

      • Maestro Ciruela

        En efecto, molinero, lo busqué por la tarde y encontré amplia información sobre ese tren .¡Gracias por su ayuda y saludos!

  3. Coincidimos bastante, salvo que mi abuelo me llevaba a ver esos gigantes negros que bufaban vapor y se alimentaban con montones de paladas de carbón.
    También me gusta la sensación de infinito que dan las vías, sobretodo cuando se pierden en un túnel como en la estación de Sao Bento en Oporto o en la de Port Bou.
    Muchas gracias por el relato.

  4. Buen articulo, gracias.

    Por comentar otra historia de trenes, en el libro «La mujer que visitaba su propia tumba. Una historia se Manchukuo» se habla de la SMR (South Manchurian Railway), el ferrocarril manchuriano que los japoneses recibieron de los rusos tras la guerra Ruso-Japonesa de 1904-05. Se analiza la importancia del tren como arma de colononizacion, ya que decidia que areas se desarrollaban economicamente (a las que llegaba) y cuales no. En la decada de los 30 la SMR era, de largo, la corporacion mas grande de todo Japon y tan poderosa que era poco menos que un Estado dentro del Estado.

  5. Muy buen artículo. Gracias. Dejo aquí un enlace a un texto interesante sobre cómo los ferrocarriles influyeron en los husos horarios.
    https://blog.renfe.com/que-hora-es/

  6. Mis recuerdos de trenes de la niñez se remontan a mediados finales de los sesenta, cuando un par de veces al año íbamos a recoger a mis tios de Bilbao a la Estación de Francia de Barcelona, vestíbulo catedralicio, una playa de andenes en parte curva, altísimos arcos de acero pintados de negro, enormes topes de final de via con acento inglés, fria iluminación industrial, derramando viajeros y equipajes los trenes recien llegados, aquiescentes a la ocupación los cercanos a partir.

  7. Te refieres al tiempo que se tardo en hacer la línea País Vasco – Madrid. la famosa Y griega vasca lleva más de 20 años y va para rato . Además para ir a Barcelona o Madrid el tren hace escalas larguisimas en Alsasua , Miranda,… A mí el tran me encanta pero no tanto como para aguantar paradas de más de una hora

  8. Pingback: España en regional: de Valencia a Barcelona | sephatrad

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